El gran secreto de George Romero en relación al terror fue que reinterpretó ese viejo mito sobre el vudú haitano de la resurrección de los muertos, para volverlo una metáfora sobre la naturaleza de los propios vivos. Su mejor cine se enfocaba en una subrepticia protesta contra el estado de cosas que mantenían los vivos, en la sensación inminente de que "todos se están empezando a sentir como zombies". Un mundo de muertos vivientes, para Romero, era un escenario latente. El zombie, visto de esa forma, sería incluso una criatura verosímil, la consecuencia catástrofica de una humanidad que no haría otra cosa que fagocitarse a si misma. De ahí también la ingente crítica de Romero al imaginario zombie más actual. Decía, por ejemplo, sobre la serie "The Walking Dead" que hacía que fuera imposible crear una película zombie que tuviera cualquier tipo de sustancia que no fuera zombies causando destrucción. Romero se refería a cierto purismo genérico, que habría degenerado luego en una criatura informe demasiado ideológica. Pero resulta inevitable esa relectura cinematográfica, sobre los zombies como un chivo expiatorio para hablar sobre la sociedad misma, sobre todo en un contexto en el cual los vivos resultan, a fin de cuentas, mucho más peligrosos que los propios muertos. Más peligrosos que sus propios miedos más profundos. Con todo, Romero seguirá ahí presente, esperando a resucitar en la mirada agónica de cada muerto que se creía vivo, en un mundo que quiere (sobre)vivir a toda costa conociendo de antemano su inexorable final.
lunes, 17 de julio de 2017
Había estado soñando cosas inenarrables. Tanto así que solo recuerdo detalles vagos y difusos de cada sueño. El de anoche tenía una relación exclusiva con una frase de Borges. Una frase seguramente apócrifa, inventada, como las propias de Borges, solo que ahora se trataba de una maquinación personal. Era una apostilla teórica al libro de Tlon. En su momento la sabía de forma íntegra. Lamento haberla olvidado. Pero al parecer en aquella frase se hablaba de Eckermann. Busqué en su lugar alguna frase de Borges con Eckermann, y apareció una en que mantenía un diálogo con Goethe. Comenzaba hablando Eckermann. Decía «Debe ser algo extraño, la verdad». Goethe le respondía «No tan extraño como puede pensar la gente», luego agregaba «los personajes piensan, actúan y sienten como nosotros (...) con la salvedad de que entre ellos todo es más claro, más casto y más moral". Algún significado debe tener. Alguna extraña asociación. Pero después de todo no se trata sino de una maniobra onírica, discursiva. Una interpretación antojadiza producto de una lectura demasiado oscura. Tan extraña como la verdad lo era para el propio Eckermann, ya no sé si en el propio sueño de la frase o al momento de pensarlo.
domingo, 16 de julio de 2017
Con mi hermana y mi madre conversábamos respecto al Pastor Soto. Ella tenía una tesis sobre su actuar. Estaba segura que lo suyo era más bien una suerte de gran performance, puesto que un pastor evangélico común y corriente solo se dedicaría a predicar en la calle con su grey, quizá con los excesos discursivos y retóricos que lo caracterizan, pero sin llegar a "profanar" el ámbito mediático. Con todo el aparataje que cubre los escándalos del polémico Pastor pareciera que se le está dando una tribuna subrepticia. Y en el fondo hacia eso apuntaría su puesta en escena: convertirse en una figura pública y en una voz, pero no precisamente en representación de toda la comunidad evangélica, sino que en representación de su propio nombre, estando dispuesto a sacrificar en el camino el sentido común y coronar el absurdo. Por supuesto que esa sería una mirada cinícamente optimista. Lo real sería sostener que el mencionado Pastor hace lo que hace con una convicción ciega, y que su cobertura no es sino una consecuencia inevitable de su despropósito. Pero también podría ser el caso que su intención quijotesca no apunte tanto a hacer valer lo que dice en la biblia como a buscar la fama que resulta de eso. Ponía mi madre el caso de Jimmy Swaggart, un pastor evangélico norteamericano, famoso en los años ochenta, llenando estadios enteros de fieles escuchando y creyendo a rajatabla en su palabra; una suerte de rockstar para los evangélicos, quien incluso llegó a confesar que tenía tejado de vidrio al contratar los servicios de una prostituta, solo para después arrepentirse en público ante una copiosa audiencia televisiva. El Pastor Soto, según la tesis sostenida, buscaría entonces volverse algo así como un Jimmy Swaggart criollo. Más que un predicador callejero, un showman hasta el punto del paroxismo. Por eso su discurso no resiste análisis alguno, porque no se centra tanto en el contenido (vacío) como en la forma, en un anacronismo persistente hasta la saturación, en un afán del escándalo por el escándalo, en una ficción insufrible de su caricatura. Hay en esta clase de pastores mucho de performistas, pero performistas que se han tomado tanto en serio que por su sola seriedad llegan a causar una hilaridad única en su género.
sábado, 15 de julio de 2017
Gainsbourg y la nieta de Tolstoi
Según una biografía de Serge Gainsbourg, entre las muchas féminas que tuvo se cuenta nada menos que a la nieta de León Tolstoi. La relación con ella fue, sin embargo, particularmente distinta a todas las otras, por el simple hecho de que fue su primer gran amor y, a su vez, uno de sus primeros fracasos. Se dice que cuando estudiaban en la Escuela Superior de Bellas Artes intentaron algo, pero la nieta de Tolstoi, Olga, se corrió a último minuto. Le prometió volver, pero, como era de esperarse, nunca lo hizo. Años después cuenta la biografía que se reencontraron en Argelia cuando Serge ya era famoso. Olga llamó a su puerta. Él apenas la reconoció, sugiriendo de forma un tanto cruel que, después de todo, ellos nunca se quisieron de verdad. La cuestión entonces terminó en nada. Después de leer ese pasaje, busco una frase del abuelo de Olga, León Tolstoi. Sobre las mujeres. Señala en una que: “Aquel que ha conocido sólo a su mujer y la ha amado, sabe más de mujeres que el que ha conocido mil”. Pienso en Gainsbourg, en la discordancia entre su reputación y los dichos de Tolstoi, y no puedo evitar una sonrisa ante la sutil ironía.
viernes, 14 de julio de 2017
Alone
Hay una anécdota, más legendaria que verídica, que cuenta el porqué del célebre seudónimo de Hernán Díaz Arrieta: Alone, que significa solo, solitario en inglés. Dicen que el Alone le fue otorgado por una mujer, Shade (sombra), una escritora anónima, de cierto prestigio en el Chile de comienzos de siglo XX. Según el propio Alone, su seudónimo lo siguió utilizando en realidad a modo de homenaje a aquella escritora, su primer amor platónico de juventud. El Alone le sirvió para firmar luego dos cuentas que publicó en la revista Pluma y Lápiz. A partir de ahí entonces se consagró a la crítica literaria. De su antigua y querida Shade, sin embargo, nunca volvió a saberse nada. Uno de los más reconocidos críticos literarios de Chile, bautizado por una mujer como Alone. El epítome, el colmo de la soledad. Podrá parecer una historia romántica pero también tiene mucho de ironía. La crítica como un ejercicio romántico y a la vez solitario, auto paródico.
Chucha, hace poco desperté y no sabía si estaba atrasado para ir a la pega o si solo debía seguir acostado, dejando que la música de la radio siguiese sonando. Fue tan incómodo que en su momento me urgí caleta. Habrá sido el insomnio, la desidia o solo una de las malas jugadas de la mente. En mi cabeza sonaba Im Going Home de Ten Years After luego de haber visto un par de películas hasta altas horas de la madrugada. Me hallaba volviendo de algún lado, pero no sabiendo hacia dónde ir, hasta que un golpe de frío desde la ventana abierta sirvió de paipazo. De cierta forma, el invierno me hizo volver en sí. El sueño me había arrebatado el juicio, mandándome a la cresta. Entonces respiré hondo, me asomé hacia la calle y bebí el último sorbo de café de la taza dejada sobre el velador.
Última de la NASA: La sonda espacial Juno sobrevoló directamente sobre la Gran Mancha Roja de Júpiter el lunes, pasando a una distancia de apenas 9000 kilómetros sobre la tormenta. Se sabe que es lo suficientemente grande como para cubrir la Tierra por completo y ha estado en actividad durante siglos. Seguramente nuestro propio sistema cósmico tiene, así, un efecto más psicodélico que cualquier sustancia o música en ácido. A eso se refería quizá Kubrick en aquella vieja entrevista ofrecida en una revista editada por Robert Anton Wilson: "la cruel pero bella indiferencia del Universo". El solo visionado de su forma despierta tanto la sensación de caos como la intuición de una belleza sublime por inabordable. Frente a esa impresión, el ego no puede sino zozobrar como ante una película con demasiadas capas de lectura. Entonces, qué es lo que esas fotografías de la gran mancha roja de Júpiter pueden comunicar o significar más allá de su propia majestuosidad. Algo similar recordé que se disputaba en una clase de psicología. En qué cambia el orden de lo humano, el orden material consuetudinario con un acercamiento o una imagen más viva de un fenómeno astronómico, a una distancia brutal de nuestro propio universo simbólico. Nada, a excepción de una vista más amplia. Una contemplación mucho más vivaz. La ciencia del cosmos no es útil. Su propósito podrá tener una intención política, incluso conspirativa, pero no arreglará nada. Las cuestiones trascendentes no sirven. No son su naturaleza servir. La ciencia del cosmos es como el arte del cine, no cambia la vida, pero sí cambia la perspectiva, la óptica bajo la cual esa vida avizora un camino, un visionado posible. Con todo, es imposible no asociar la gran mancha roja de Júpiter con 2001. Será porque las conquistas del espacio son solo comparables a las conquistas del celuloide y la imaginación.
jueves, 13 de julio de 2017
Cerca de Bellavista, a un costado de donde machetean los punkis, doy con unos libros en un puestito frente al Serviu. El primero en el cual fijé la vista fue una edición de En las cimas de desesperación de Emil Cioran, editorial Tusquets, sellado, a nueve lucas. Hice el gesto de meter la mano al bolsillo, estando a punto de comprarlo. Aunque la duda, la vacilación fue más fuerte. Pasaron alrededor de cinco minutos de vitrineo inútil, producto de la duda ante la compra del libro. El propio discurrir ante la posibilidad de adquirirlo se volvía dilemático, desesperado. Hasta que llegó un sujeto x de la nada. Mientras seguía merodeando otros libros, escarbando alrededor del de Cioran pero todavía sin la intención de comprarlo, el sujeto, como era previsible, puso su mirada en él. En menos de un minuto, ya estaba regateando su precio con el vendedor. Todo indicaba que él lo compraría. De repente, al sujeto le invadió también la duda ante la compra, durante más de un minuto. Ya pasado ese lapso, se fue sin más, con ese típico y fugaz agradecimiento de transeúnte apurado. Ambos, el sujeto y yo, clientes potenciales, pero finalmente, clientes frustrados, renegando de si mismos ante la vacilación por la compra de aquel libro de Cioran. La ida del sujeto servía, sin embargo, de victoria pírrica, de consuelo pasajero, porque la duda continuaba. Todo indicaba que el libro debía comprarse en ese preciso instante, pero en cambio, me vi hojeando las páginas abiertas, dobladas de un libro llamado "Actitud mental positiva" de Napoleón Hill y William Clement Stone. El libro ese estaba botado, a precio de huevo. Claramente devaluado. Cerré entonces el libro, sin ánimo de hojearlo. Hasta que el vendedor anunció que ya era hora de cerrar el boliche. Pregunté a qué hora estaría mañana. Decía que todo el día, con algo de prisa, mientras iba metiendo a la caja, de manera casi automática, los últimos ejemplares que quedaban arriba de la mesa. Entre ellos, el famoso tratado sobre la desesperación.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)