sábado, 15 de julio de 2017

Por lo que veo, la nieve es centralista. Por estos lados, una lluvia fugaz y un sol helado como premio de consuelo.

viernes, 14 de julio de 2017

Alone

Hay una anécdota, más legendaria que verídica, que cuenta el porqué del célebre seudónimo de Hernán Díaz Arrieta: Alone, que significa solo, solitario en inglés. Dicen que el Alone le fue otorgado por una mujer, Shade (sombra), una escritora anónima, de cierto prestigio en el Chile de comienzos de siglo XX. Según el propio Alone, su seudónimo lo siguió utilizando en realidad a modo de homenaje a aquella escritora, su primer amor platónico de juventud. El Alone le sirvió para firmar luego dos cuentas que publicó en la revista Pluma y Lápiz. A partir de ahí entonces se consagró a la crítica literaria. De su antigua y querida Shade, sin embargo, nunca volvió a saberse nada. Uno de los más reconocidos críticos literarios de Chile, bautizado por una mujer como Alone. El epítome, el colmo de la soledad. Podrá parecer una historia romántica pero también tiene mucho de ironía. La crítica como un ejercicio romántico y a la vez solitario, auto paródico.
Chucha, hace poco desperté y no sabía si estaba atrasado para ir a la pega o si solo debía seguir acostado, dejando que la música de la radio siguiese sonando. Fue tan incómodo que en su momento me urgí caleta. Habrá sido el insomnio, la desidia o solo una de las malas jugadas de la mente. En mi cabeza sonaba Im Going Home de Ten Years After luego de haber visto un par de películas hasta altas horas de la madrugada. Me hallaba volviendo de algún lado, pero no sabiendo hacia dónde ir, hasta que un golpe de frío desde la ventana abierta sirvió de paipazo. De cierta forma, el invierno me hizo volver en sí. El sueño me había arrebatado el juicio, mandándome a la cresta. Entonces respiré hondo, me asomé hacia la calle y bebí el último sorbo de café de la taza dejada sobre el velador.
Última de la NASA: La sonda espacial Juno sobrevoló directamente sobre la Gran Mancha Roja de Júpiter el lunes, pasando a una distancia de apenas 9000 kilómetros sobre la tormenta. Se sabe que es lo suficientemente grande como para cubrir la Tierra por completo y ha estado en actividad durante siglos. Seguramente nuestro propio sistema cósmico tiene, así, un efecto más psicodélico que cualquier sustancia o música en ácido. A eso se refería quizá Kubrick en aquella vieja entrevista ofrecida en una revista editada por Robert Anton Wilson: "la cruel pero bella indiferencia del Universo". El solo visionado de su forma despierta tanto la sensación de caos como la intuición de una belleza sublime por inabordable. Frente a esa impresión, el ego no puede sino zozobrar como ante una película con demasiadas capas de lectura. Entonces, qué es lo que esas fotografías de la gran mancha roja de Júpiter pueden comunicar o significar más allá de su propia majestuosidad. Algo similar recordé que se disputaba en una clase de psicología. En qué cambia el orden de lo humano, el orden material consuetudinario con un acercamiento o una imagen más viva de un fenómeno astronómico, a una distancia brutal de nuestro propio universo simbólico. Nada, a excepción de una vista más amplia. Una contemplación mucho más vivaz. La ciencia del cosmos no es útil. Su propósito podrá tener una intención política, incluso conspirativa, pero no arreglará nada. Las cuestiones trascendentes no sirven. No son su naturaleza servir. La ciencia del cosmos es como el arte del cine, no cambia la vida, pero sí cambia la perspectiva, la óptica bajo la cual esa vida avizora un camino, un visionado posible. Con todo, es imposible no asociar la gran mancha roja de Júpiter con 2001. Será porque las conquistas del espacio son solo comparables a las conquistas del celuloide y la imaginación.

jueves, 13 de julio de 2017

Cerca de Bellavista, a un costado de donde machetean los punkis, doy con unos libros en un puestito frente al Serviu. El primero en el cual fijé la vista fue una edición de En las cimas de desesperación de Emil Cioran, editorial Tusquets, sellado, a nueve lucas. Hice el gesto de meter la mano al bolsillo, estando a punto de comprarlo. Aunque la duda, la vacilación fue más fuerte. Pasaron alrededor de cinco minutos de vitrineo inútil, producto de la duda ante la compra del libro. El propio discurrir ante la posibilidad de adquirirlo se volvía dilemático, desesperado. Hasta que llegó un sujeto x de la nada. Mientras seguía merodeando otros libros, escarbando alrededor del de Cioran pero todavía sin la intención de comprarlo, el sujeto, como era previsible, puso su mirada en él. En menos de un minuto, ya estaba regateando su precio con el vendedor. Todo indicaba que él lo compraría. De repente, al sujeto le invadió también la duda ante la compra, durante más de un minuto. Ya pasado ese lapso, se fue sin más, con ese típico y fugaz agradecimiento de transeúnte apurado. Ambos, el sujeto y yo, clientes potenciales, pero finalmente, clientes frustrados, renegando de si mismos ante la vacilación por la compra de aquel libro de Cioran. La ida del sujeto servía, sin embargo, de victoria pírrica, de consuelo pasajero, porque la duda continuaba. Todo indicaba que el libro debía comprarse en ese preciso instante, pero en cambio, me vi hojeando las páginas abiertas, dobladas de un libro llamado "Actitud mental positiva" de Napoleón Hill y William Clement Stone. El libro ese estaba botado, a precio de huevo. Claramente devaluado. Cerré entonces el libro, sin ánimo de hojearlo. Hasta que el vendedor anunció que ya era hora de cerrar el boliche. Pregunté a qué hora estaría mañana. Decía que todo el día, con algo de prisa, mientras iba metiendo a la caja, de manera casi automática, los últimos ejemplares que quedaban arriba de la mesa. Entre ellos, el famoso tratado sobre la desesperación.

martes, 11 de julio de 2017

El Vaticano se reinventa a sí mismo. Ahora en un fallo respecto a las propiedades del pan, el Papa Francisco ha decidido estar en contra de las hostias sin gluten pero a favor de aquellos organismos genéticamente modificados. Según esa declaración, para el Papa entonces la tan llamada transubstanciación tendría además un correlato genético. Quién lo creería: La Iglesia aceptando una explicación científica para justificar uno de sus dogmas. Pero basta con que los creyentes recuerden, al momento de comulgar, quién fue uno de los principales pioneros de la genética, para que todo adquiera un tenor digno de novela distópica. Se trata nada menos que de Gregor Mendel, un sacerdote austriaco. De ese modo, al querer comer el cuerpo de Cristo en hostias transgénicas, los fieles no solo lo estarían haciendo en nombre de su antiguo dios, sino que también, implícitamente, en nombre de la ciencia moderna.

Sename

Cuando Ivan Karamazov conversaba con su hermano Aliosha respecto a la naturaleza del dolor en la Tierra, acabó demostrando que en este punto la existencia de un Dios le resulta irrelevante, por cuanto no la niega, pero no tolera su creación; el mundo, en particular, la sociedad completa. Consideraba inconcebible el dolor, sobre todo el dolor de los niños. Le repetía de manera enfática: Toda la sabiduría del mundo es insuficiente para pagar las lágrimas de los niños. Aliocha, con los ojos brillantes, se convencía sobre los dichos de su hermano. Su conclusión era que no podía admitir el hecho de que los hombres aceptasen el progreso, en última instancia, la felicidad, la tal llamada "salvación", a costa del sufrimiento de un pequeño mártir. Aquel maquiavelismo, desde un punto vista ético de su creencia, resultaba simplemente un contrasentido, una aberración. Se podría incluso hacer un parangón con lo señalado por Albert Camus respecto a la cuestión de la libertad, cuando se refiere a la mentira flagrante de quien sostiene que “hay que matar a unos cuantos para llegar a un mundo donde no se mate a nadie". Solo en base a esos dos juicios literarios, la infancia aparece como lo único inocente frente a la calamidad, en suma, como aquella instancia, aquel espacio en donde todavía se reconoce la inocencia perdida luego del destierro del paraíso, aquel paraíso vivido pero luego extraviado por el paso del tiempo y la experiencia. Es increíble, con todo, cómo en aquella célebre conversación con su hermano Aliosha, Ivan pareciera estar describiendo, en el fondo, una realidad similar a la vivida en el Sename, esa especie de orfanato ruso decimonónico pero en clave sudaca. Hay una autora, Guila Sosman, que señala unas palabras rotundas al respecto. El Sename como un fantasma que sigue ahí, que se manifiesta a través de la crisis, del socavón moral de una sociedad que se fagocita a sí misma. En una película reciente, “Mala Junta”, recuerdo que se hablaba de la incertidumbre respecto al destino de los que irían a parar a ese centro. El gesto de uno de los jóvenes protagonistas al enterarse que debía ingresar allí, en contra de su voluntad, preso de las circunstancias, era tal que no dejaba ver otra cosa que una expresión vacía de sentido. Eso explicaría, entre otras cosas, el fracaso completo del sistema en un sinnúmero de otros casos que siempre tienen en común la voluntad de fuga y la rebeldía, auténticos catalizadores de su impotencia. El Sename así vendría siendo nuestra propia versión de aquella zona tan temida por los personajes de Dostoievski. Su sola existencia interpela a quienes ven en la desesperación nada más que una fantasmagoría. En este sentido, el silencio del Estado acaba siendo tan ensordecedor como el eterno silencio de Dios.

lunes, 10 de julio de 2017

Los dos dinosaurios

Armando Uribe y Nicanor Parra, los dos dinosaurios de la poesía chilena que aún siguen con nosotros. Ambos han permanecido prácticamente a las sombras de la luz pública. Eso sí, sin dejar de producir por su cuenta, escondidos, lejos del ruido de la hiper conexión. Sin embargo, pese al factor tiempo, hay algo que los diferencia de manera casi diametral. Nicanor Parra, a su vez el más longevo, ha ido derivando hacia una especie de mito viviente. Por lo que se ve no ha escrito nada relacionado con la antipoesía, a excepción de los llamados "discursos de sobremesa". De hecho, su último libro es solo una antología titulada "El último apaga la luz", título, por lo demás, bastante conveniente. Uribe, en cambio, no ha dejado de escribir poesía en ese estilo amargo y sarcástico que lo caracteriza. Solo que lo ha hecho tratando de conspirar a pesar de todo, en un auto exilio acorde a su visión lúcida, catastróficamente lúcida. Su silencio mediático podría ser analogado casi con el de un monje rabioso. Por ejemplo, con el último trabajo La vanidad de la soberbia, afirma sin más que "sus libros no sirven para absolutamente nada", puesto que lo que aumenta con el tiempo no es el conocimiento ni la sabiduría, sino que la tontería. Veo en Parra y Uribe, algo así como los dos polos de una escritura que ha sobrevivido a su propia caducidad. Animales de otra historia que se han resistido a volverse fósiles en la era del desecho. El primero, como una gran carcajada paródica que sigue riendo incluso cuando ya ha acabado el show; Y el segundo, como el gran ceño fruncido que sospecha de todos los artificios, incluido el artificio de la propia poesía y el de la vida, de cara a la muerte.

domingo, 9 de julio de 2017

"Los baños del Máscara son como los de Trainspotting" Una gringa en el local.
A veces me pregunto qué habrían escrito ciertos escritores antiguos si hubieran tenido blog. Pienso por ejemplo en grandes diaristas: Ramón Ribeyro, André Gide, Pessoa, Pavese, el propio Kafka. La pulsión no se agota solo en el medio de la expresión, aunque se ve directamente ligada a ella, como una suerte de membrana a través de la cual se sublima el siempre caro e ininteligible mundo interior. Me acuerdo que una vez con un amigo discutimos acerca de la necesidad de todo esto. Respecto al escribir impulsado por un proyecto, por un interés un tanto mundano, o por una serie de circunstancias vitales, existenciales, que hacen prácticamente inexcusable cualquier otra forma de manifestar la experiencia. Ponía el caso de Juan Emar, quien, después de haber escrito dos de sus libros más conocidos, se auto exilió durante más de veinte años a completar su ya legendaria "novela total" (como la llamaría Bolaño): Umbral. Decía que dedicar la vida a escribir nunca ha sido lo recomendable dentro de los parámetros de supervivencia establecidos. Al menos en el contexto contemporáneo. El amigo argumentaba que muchos anteponían la salud, la propia vida, al oficio. Le explicaba que, en cambio, gracias a todo ese sacrificio auto flagelante, a esa determinación atípica, Juan Emar fue lo que fue. Alvaro Yañez Bianchi nunca necesitó subsistir de la literatura: era hijo de un senador y empresario, presionado por su padre para seguir la abogacía. Conoció París a temprana edad, lugar en el cual se empapó de la vanguardia de aquellos años. A pesar de todos esos privilegios, se dedicó cien por ciento al trabajo artístico y literario. Todo consistió al fin y al cabo en una cuestión de determinación. Los motivos y caminos de la creación son siempre oscuros. Inexplicables bajo la lógica del sentido común. Incluso discutibles desde un punto de vista moral. Pero sin esa manía hasta cierto punto patológica no podríamos conocer "la sombra del éxtasis" creativo. Y todo ello no tiene nada que ver con la felicidad, sino que netamente con una obsesión, con una idea mórbida incrustada en la mente y el espíritu. Si Juan Emar hubiera seguido el otro camino, el de la salud, quizá no sabríamos jamás de su ambiciosa obra. Si el mismísimo Kafka (Neruda llamó a Emar, "nuestro Kafka") no hubiese tenido la enfermedad, ni el padre que tuvo, ni esa vida rutinaria y atormentada, no habría sido Kafka. Quizá hubiese llevado una vida más saludable, mucho más corriente, FELIZ! pero en su lugar habría sacrificado la posteridad. A ratos la decisión de escribir va en contra de cualquier expectativa, pero es algo que muchas veces no se elige, o, por el contrario, algo que simplemente los sujetos eligen a pesar de sí mismos. Escribir no los hizo precisamente plenos. Fue lo más cercano a un estupefaciente simbólico. Vacío de un sentido estable, pero repleto de un placer contingente, sin garantías. Hicieron lo que la sociedad nunca esperaba de ellos; sin embargo, fue lo que a la larga los hizo únicos.