Armando Uribe y Nicanor Parra, los dos dinosaurios de la poesía chilena que aún siguen con nosotros. Ambos han permanecido prácticamente a las sombras de la luz pública. Eso sí, sin dejar de producir por su cuenta, escondidos, lejos del ruido de la hiper conexión. Sin embargo, pese al factor tiempo, hay algo que los diferencia de manera casi diametral. Nicanor Parra, a su vez el más longevo, ha ido derivando hacia una especie de mito viviente. Por lo que se ve no ha escrito nada relacionado con la antipoesía, a excepción de los llamados "discursos de sobremesa". De hecho, su último libro es solo una antología titulada "El último apaga la luz", título, por lo demás, bastante conveniente. Uribe, en cambio, no ha dejado de escribir poesía en ese estilo amargo y sarcástico que lo caracteriza. Solo que lo ha hecho tratando de conspirar a pesar de todo, en un auto exilio acorde a su visión lúcida, catastróficamente lúcida. Su silencio mediático podría ser analogado casi con el de un monje rabioso. Por ejemplo, con el último trabajo La vanidad de la soberbia, afirma sin más que "sus libros no sirven para absolutamente nada", puesto que lo que aumenta con el tiempo no es el conocimiento ni la sabiduría, sino que la tontería. Veo en Parra y Uribe, algo así como los dos polos de una escritura que ha sobrevivido a su propia caducidad. Animales de otra historia que se han resistido a volverse fósiles en la era del desecho. El primero, como una gran carcajada paródica que sigue riendo incluso cuando ya ha acabado el show; Y el segundo, como el gran ceño fruncido que sospecha de todos los artificios, incluido el artificio de la propia poesía y el de la vida, de cara a la muerte.
lunes, 10 de julio de 2017
domingo, 9 de julio de 2017
A veces me pregunto qué habrían escrito ciertos escritores antiguos si hubieran tenido blog. Pienso por ejemplo en grandes diaristas: Ramón Ribeyro, André Gide, Pessoa, Pavese, el propio Kafka. La pulsión no se agota solo en el medio de la expresión, aunque se ve directamente ligada a ella, como una suerte de membrana a través de la cual se sublima el siempre caro e ininteligible mundo interior. Me acuerdo que una vez con un amigo discutimos acerca de la necesidad de todo esto. Respecto al escribir impulsado por un proyecto, por un interés un tanto mundano, o por una serie de circunstancias vitales, existenciales, que hacen prácticamente inexcusable cualquier otra forma de manifestar la experiencia. Ponía el caso de Juan Emar, quien, después de haber escrito dos de sus libros más conocidos, se auto exilió durante más de veinte años a completar su ya legendaria "novela total" (como la llamaría Bolaño): Umbral. Decía que dedicar la vida a escribir nunca ha sido lo recomendable dentro de los parámetros de supervivencia establecidos. Al menos en el contexto contemporáneo. El amigo argumentaba que muchos anteponían la salud, la propia vida, al oficio. Le explicaba que, en cambio, gracias a todo ese sacrificio auto flagelante, a esa determinación atípica, Juan Emar fue lo que fue. Alvaro Yañez Bianchi nunca necesitó subsistir de la literatura: era hijo de un senador y empresario, presionado por su padre para seguir la abogacía. Conoció París a temprana edad, lugar en el cual se empapó de la vanguardia de aquellos años. A pesar de todos esos privilegios, se dedicó cien por ciento al trabajo artístico y literario. Todo consistió al fin y al cabo en una cuestión de determinación. Los motivos y caminos de la creación son siempre oscuros. Inexplicables bajo la lógica del sentido común. Incluso discutibles desde un punto de vista moral. Pero sin esa manía hasta cierto punto patológica no podríamos conocer "la sombra del éxtasis" creativo. Y todo ello no tiene nada que ver con la felicidad, sino que netamente con una obsesión, con una idea mórbida incrustada en la mente y el espíritu. Si Juan Emar hubiera seguido el otro camino, el de la salud, quizá no sabríamos jamás de su ambiciosa obra. Si el mismísimo Kafka (Neruda llamó a Emar, "nuestro Kafka") no hubiese tenido la enfermedad, ni el padre que tuvo, ni esa vida rutinaria y atormentada, no habría sido Kafka. Quizá hubiese llevado una vida más saludable, mucho más corriente, FELIZ! pero en su lugar habría sacrificado la posteridad. A ratos la decisión de escribir va en contra de cualquier expectativa, pero es algo que muchas veces no se elige, o, por el contrario, algo que simplemente los sujetos eligen a pesar de sí mismos. Escribir no los hizo precisamente plenos. Fue lo más cercano a un estupefaciente simbólico. Vacío de un sentido estable, pero repleto de un placer contingente, sin garantías. Hicieron lo que la sociedad nunca esperaba de ellos; sin embargo, fue lo que a la larga los hizo únicos.
viernes, 7 de julio de 2017
jueves, 6 de julio de 2017
Una cosa que siempre me he preguntado, sobre los requisitos para postular a los famosos fondart: ¿qué cresta significa el "impacto" de una obra? Fanny Campos Espinoza se cuestionaba eso ayer, criticando el criterio cuantitativo para la medición de los proyectos. A lo mejor si la palabra impacto se refiriera a un meteorito, una nave cayendo del cielo, tendría mucha más coherencia que asociada a una simple cuestión estética, artística.
miércoles, 5 de julio de 2017
Luego de la última hora, el día Martes, el auxiliar del aseo había estado barriendo la tierra húmeda del patio producto de la lluvia fugaz de la mañana. Iba saliendo y al bajar la escalera este sube, por su parte, hacia la sala desocupada. Las sillas revueltas por todos lados. Rastros de materia traslucidos en la pizarra blanca. Sobre la mesa, vestigios de la convivencia. La realidad apócrifa de cada clase había acabado, y lo único que restaba era el desorden de su existencia, la vacilación de su desenvolvimiento, durante los últimos días lectivos. El auxiliar acababa su labor, seguramente, y cerraba todo de nuevo. Lo único que persistía abierto era el basurero. Llegaba de pronto a la sala cercana a la oficina, echaba todo el desperdicio de la jornada al tacho, destinado a repetir el mismo ciclo, la misma labor, una y otra vez. "No nos darán vacaciones de invierno", me explicaba al entrar a la sala de profes, "siempre hay algo que limpiar". Me repetía esa última frase acaso como una explicación resignada o determinada. Le decía que faltaba poco para el verano, notando la sensación chacotera que, sin embargo, albergaba su sonrisa corta. Al salir de allí, el auxiliar sacó una lonchera con la colación y, acto seguido, una pequeña biblia. Alcanzó a abrirla en alguna página al azar -o, a lo mejor, elegida misteriosamente-, miró al techo, y se puso a leerla con los brazos cruzados.
La nueva: Mineduc sugiere que ciertos colegios se valgan del sorteo en vez del sistema por orden de llegada para matricular a sus alumnos. Ante la ineficacia de las filas y las largas esperas burocráticas, se cortó por lo sano y se dejó al "azar" el destino de los inscritos. No es, en todo caso, nada tan reciente. Ya se había hecho mención sobre el uso de la tómbola en un colegio de Ñuñoa, un par de años atrás. Lo más absurdo de todo es que plantean la medida como si fuese la solución definitiva. Seguramente, los responsables lo que buscan en realidad es ir instalando de a poco la teoría del caos en cuestiones educativas. Para ellos "el caos sería lo justo", como diría el Guasón. Una medida limpia, imparcial. En apariencia, libre de interés. Sin embargo, no tienen en cuenta el factor de las probabilidades, la pugna siempre latente entre la decisión y el determinismo. Y ya que entramos en la lógica de los juegos de azar, considerando a la sociedad entera en cuanto lotería, habría que comenzar a repensar cuánto de azar y cuánto de deliberación habría detrás de todo aquel jueguito. El matemático Henri Poincaré, por ejemplo, ya había observado hacía un tiempo que juegos como la ruleta parecen de azar, pero esconden una serie de factores no observables a simple vista que propician la causalidad de ciertos resultados, no su "casualidad". De esa forma, habría que cuestionarse en qué método de azar, en qué galimatías conceptual piensan estos nuevos genios de la selección educativa, ya que sabiendo la costumbre de los casinos en general, "la casa invita pero siempre gana". Si se fuese un poco más allá con la onda del azar aplicado al orden social, podría incluso el sistema de sorteo ocuparse para la política misma, y ¿por qué no? de seguro tendríamos una representatividad más acorde a nuestros tiempos caóticos, una mucho más aleatoria, y así terminaría todo de irse a la reverenda, pues el azar se volvería por fin lo más democrático del universo.
martes, 4 de julio de 2017
Posverdad
Hace unos días la RAE aprobó para diciembre el ingreso al diccionario de la palabra posverdad, un préstamo lingüístico tomado de Estados Unidos (post truth, de acuerdo al diccionario de Oxford), muy de moda últimamente, que significa algo así como: toda aquella información o aseveración que no se basa en hechos objetivos, “sino que apela a las emociones, creencias o deseos del público”. El por qué de su ingreso, el cómo de su origen, es lo de verdad intrigante y preocupante. Una posible genealogía de la palabra podría derivar de Lyotard y su ya clásico tratado sobre la posmodernidad en cuanto caída de los metarrelatos. Sería a partir de aquel planteamiento paradigmático que se haría tan popular el prefijo post, usado luego de forma un tanto indiscriminada para resignificar conceptos importantes, contingentes, desde un punto de vista progresista. Ahora bien, Villanueva, el propio director de la RAE, ha acotado que el término debe entenderse en su contexto, en relación a la política en general y su batería de mentiras discursivas y sesgo ideológico. Todo aquello que comprende el campo léxico de la posverdad guardaría un vínculo insoslayable con la ficción, pero no la ficción literaria, sino que la ficción instrumental, brazo armado del aparataje mediático y comunicacional. El creciente uso del concepto sería para Villanueva una señal de que en la actualidad "lo real no consiste en algo ontológicamente sólido y unívoco, sino que, por el contrario, en una construcción de conciencia, tanto individual como colectiva". Lo peligroso es que se ha malversado tanto ese sentido de construcción que ha desembocado en una suerte de relativismo extremo, subjetivismo recalcitrante, desprecio por la rigurosidad de los hechos, verdad sin análisis, médula científica, relieve crítico, al servicio de los think thank de la elite o, por otro lado, al servicio de las nuevas masas empoderadas bajo el signo de la corrección política como sinónimo antojadizo de avanzada cultural. A esto se refería, por su parte, A. C. Grayling, filósofo británico, con la tan bullada "posverdad": el orden invertido de la razón y el sentido común, el limbo irresoluto entre el discurso oficial y el discurso secreto. Su punto de tensión sería precisamente la instancia en que se gestaría tanto la nueva demagogia reaccionaria como una incipiente contracultura acorde a la era internet ¿Habrá sido entonces la "posverdad", en su principio, una consecuencia necesaria e inevitable del descreimiento hacia las verdades absolutas y los universales homogéneos, o solo se puede considerar como aquel vicio semántico que explica de manera dramática la cosmovisión y la conducta de los nuevos sofistas virtuales y sus lanceadas inquisitivas a diestra y siniestra, algo así como la intuición orwelliana replicada a nivel discursivo?
Wittgenstein, en relación a la naturaleza de la verdad, señalaba lo siguiente: "Cuando uno se asusta de la verdad, entonces nunca es toda la verdad de la cual se tiene idea". Así como muchos cuestionan la validez de la posmodernidad, arguyendo que el proyecto originario de la modernidad ni siquiera se ha llegado a cumplir del todo, quizá la posverdad no sea más que eso; la palabra para nombrar el miedo a la indefinición de la verdad, su cualidad enigmática, de fantasma, de obsesión impotente.
lunes, 3 de julio de 2017
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