Hay en los narradores no sé si una necesidad, sino que una obsesión por atacar cabos, encontrar patrones. La realidad se les aparece a estos como una materia prima, ilegible, inconmensurable, una gran voz cósmica que rezuma energía pero también vacío. Su búsqueda o su tentativa podría analogarse con el mito del laberinto del minotauro. En esa inclinación por los relatos del mundo, interminables, los narradores parecen seguir el hilo de alguna Ariadna afuera del laberinto. El laberinto puede ser a ratos su propia mente. Y la Ariadna que buscan una sublimación de sus deseos ocultos. Pero claro, hay quienes se pierden en el laberinto indefinidamente, hasta regodeándose en su interior, y otros quienes buscan el centro y desean regresar invictos. Más allá de esto, existen, sin embargo, narradores que se parecen más al minotauro de Borges, seres que habitan el laberinto pero que solo desean escapar de él, para superar su condición ínfima. Estos últimos constituyen una especie aparte. Ya no siguen ningún hilo, solo caminan dejando atrás unas huellas fortuitas. Acaso el trazo de una trayectoria vacilante. Me atrevo a decir que estos narradores, ocultos, siempre desplazados, constituyen una promesa emergente. Quizá no un éxito editorial, sino que un legado subterráneo. Ya no el relato del héroe, sino que el no relato del monstruo. Los narradores minotauro que ya no sigan a ninguna Ariadna, que ya no intimiden con un intrincado relato, porque solo buscan la salida del laberinto, en espera de la estocada final, equivalente al punto al final del texto.
domingo, 5 de febrero de 2017
viernes, 3 de febrero de 2017
Un amigo me comenta por interno su panorama de hoy viernes por la noche: empezar la tercera temporada de Breaking Bad, serie que le recomendé luego de que él mismo, hace dos viernes atrás, me pidiera algo entretenido en qué distraerse. Le digo que vale la pena quedarse en la casa un viernes por la noche a verla, aunque se pierda de salir a carretear. Preferir ver Breaking Bad a simplemente salir por la noche pareciera ser, a estas alturas del partido, signo de renuncia, fanatismo, madurez o una bizarra mezcla metanfetamínica de todas esas cualidades. Recuerdo que, tras ver la primera temporada, me señalaba cómo Walter White fue capaz de llegar al límite al construir su imperio de cristales azules, con un fin en un principio éticamente correcto, para luego sufrir en carne propia la transmutación de sus propios valores. Decía que era mucho mejor fabricar algo que beneficiaría a tu círculo aun a riesgo de matarse uno mismo (simbolismo del héroe) que fabricar algo que sería potencialmente dañino para todo el mundo, sabiendo que la ambición de poder también conlleva su cuota de autodestrucción. No estaba de acuerdo con las consecuencias de las acciones de Heisenberg. Sin embargo, la adicción tiene su origen arraigado en un vacío psicológico y existencial irrenunciable. El dilema de Walter White no es otro que el que nosotros mismos nos hacemos en nuestro fuero interno: hacer lo correcto o hacer lo necesario para sobrevivir. Ese dilema no aplica solamente para el negocio de la droga. Aplica para la propia vida. La capacidad de elegir, al filo de la navaja, entre un camino u otro, asumiendo que el viaje de retorno no está garantizado.
“La irresponsabilidad es parte del placer del arte. Es la parte que las escuelas no saben reconocer”. James Joyce. Sueño con que algún día, en una realidad paralela, esta misma frase me la repita un alumno irresponsable en clases, jocoso, irónico, insolentemente jovial, y continué su cometido sin problemas.
20 poemas contra el amor nerudiano
En la lectura poética de El Clandestino en Quilpué de esta noche, se homenajeó a Gabriela Mistral. La mayoría eran poetas mujeres. Sus lecturas eran diversas. Simpáticas ellas. Ninguna parecía demasiado intimidante desde una perspectiva feminista. Al contrario. La presentación oscilaba entre lo musical, lo lúdico y lo ideológico. Hubo algo, sin embargo, que me llamó la atención en la lectura de la última chica. Le pregunté su apellido. Era impronunciable. Se llamaba Verónica. El libro del cual declamó tenía por nombre "20 poemas contra el amor nerudiano", en directa relación intertextual con el clásico poemario del vate. Una relación antagónica, paródica.
Luego de leer esta chica sus versos llenos de referencia al cuerpo erótico, liberado del yugo del hablante lírico adorador de musas, se refirió a los hombres, también poetas, que escuchaban su declamación con entusiasmo. Poseída por la energía de su puesta en escena y en parte por el vino del local, instó a que alguno de ellos diese su opinión sobre la performance, puesto que estaba englobada dentro de un conversatorio sobre escritura femenina, en correcta complicidad con el organizador del evento (que no paraba de echar tallas para parecer empático, siendo también objeto de tallas por parte de una de las lectoras). Al ver que casi ninguno se animaba a opinar o a participar de la convocatoria, nuestra joven poeta arrojó al vacío, mejor dicho, al silencio del local, una pregunta retórica: ¿Qué acaso ningún hombre se atreve esta noche?. Ante la inexistencia de la respuesta masculina, un par de poetas en el grupo en una mesa dijo que esta noche, al ser dedicada a Mistral, sería completamente femenina, por supuesto, para parecer condescendiente con la sutil propuesta de la chica. El animador dice que, ante la interrogante, los hombres podrían quedar para el micrófono abierto, instancia en que casi siempre todo se dispersa, y en donde ya los invitados se van yendo, quedando solo un momento marginal para dar todo de sí o declamar a la mala sin ninguna clase de filtro.
El impasse quedaba, después de todo, resuelto: los hombres de la noche, los poetas, se tomarían el micrófono abierto. La chica de los poemas parecía ya acabar su show para volver con sus amigas o compañeras en otra mesa. En eso, me armo de coraje y le digo a Verónica una última réplica antes de acabar. Le digo que en realidad nosotros esta noche solo vinimos a tomar y maldecir. Por eso la renuencia. Ríe de forma solapada, comprendiendo que en el fondo es así, aunque sonase a un juego irónico. Luego de acabar el evento, me acerco a Verónica para despedirme. Me dice que por qué no leí. Le recalco la razón de que el micrófono abierto resultaba poco digno, ante el hecho de que ya todos querían que la lectura acabase. Y le hago saber además que esta noche era de ellas, en honor a la Gabriela. Ella asentía sonriente, sin ninguna clase de respuesta aprendida, con soltura fresca, casi embriagante. Prometía aceptar la invitación por facebook, mientras agarraba su bolso y el celular iluminado en el bolsillo de su chaqueta. En aquel gesto de despedida intuía que nuestra falta de protagonismo en la lectura no era sino otra forma de adoración. Que el hecho de estar en un rincón, murmurando, sintiendo su poesía femenina sin llegar a comprenderla, era ya a su manera una maldición. Un último verso indescifrable, la constatación de que un puro asunto de lectura y de escritura jamás podrá hacer la diferencia entre nuestro sexo.
jueves, 2 de febrero de 2017
Couve el realista
Adolfo Couve señala en una de las entrevistas de La tercera mano: "Me cuesta mucho menos pintar que escribir. Cuando pinto estoy feliz, pero no estoy creando. Se crea en el dolor nomás. La felicidad va en contra del talento. El talento es dificultad". Ciertamente existe un arte para la cabeza, frío, académico, impersonal, condenado a quedarse en los anaqueles de la indolencia, constatando su falta de compenetración con la realidad. El otro arte, el arte doliente, genuino, será siempre para el corazón y para la vida. Couve decía que su pintura le permitía traducir su estado de ánimo o bien retratar cierto aspecto de la existencia, sin interferir demasiado en ella. En cambio, su escritura estaba más cercana a una pasión, exponiendo sus contradicciones y secretos como si fuesen parte de su arte, siempre en el límite crítico del lenguaje, en la frontera del lenguaje con la propia vida. Sin un grado de perturbación no es posible crear nada. La eterna satisfacción a la que aspira el optimista no puede estar más lejana a la aventura de la creación. Porque esta para manifestarse requiere de un goce medio doloroso, medio epifánico, siempre. Por eso Couve se consideraba ante todo un realista. Aunque no un realista de la mímesis, sino que un realista que se deja traspasar por la realidad como una especie de maestra. Todo lo que admira tiene esa cotidianeidad que puede incluso desasosegar. Entiende que hacer arte no es recluirse ni apartarse, sino que estar aquí mismo, "ponerse vivo". Todo lo que admira tiene, en definitiva, ese rostro crudo de los "vivos", como diría Vila Matas: “retratos de la conciencia de paseo por el mundo, saboreando su bocado de vida, radiantes en su desesperación”.
miércoles, 1 de febrero de 2017
Eternime: la ficción de seguir vivos.
En un enlace se hace mención a un proyecto latente: "eterni.me", surgido de un programa de emprendimientos del famoso MIT, el Instituto Tecnológico de Massachusetts. El proyecto consistiría en la creación de un avatar online a partir de nuestra presencia y actividad en la red, para que así, tras nuestra muerte, ese avatar pueda seguir interactuando con nuestros deudos. En definitiva, la posibilidad de que un avatar se haga pasar por nosotros eternamente, superando la muerte física a través de una vida eterna virtual. Las mentes del gran proyecto dicen que observaron la conducta de las personas cada vez que un amigo suyo en facebook muere. Estas siguen interactuando con el perfil inactivo del fallecido, paradójicamente "dándole vida", de modo que el perfil acaba deambulando como un fantasma en el medio de la red social, un alma en pena que no acaba de desatarse. De manera increíble, el perfil, a pesar de que su usuario ya no siga existiendo, continúa "siendo", sin necesidad de abrir sesión, sin necesidad de una resurrección. Aquellas mentes pensaron en esto y decidieron llevar el proyecto a su idea definitiva: crear una aplicación que sirviese para llegar a crear una memoria virtual de los muertos. Inclusive generar un clon digital que pudiese, mediante un intrincado y complejo sistema de algoritmos, reproducir la hipotética actividad de los muertos tal como si estos en realidad siguiesen vivos en el mundo real.
La pregunta que sigue a aquella idea es ¿cómo será posible que una aplicación pueda replicar nuestro comportamiento después de muertos, basado solamente en nuestra actividad virtual? La interrogante sobre la viabilidad del proyecto Eterni.me ya ha sido formulada por la visión del celuloide, como puede verse en el episodio Be Right Back de Black Mirror, donde una viuda prueba a revivir a su marido a través de la subasta de un "gemelo virtual" que replica su conducta precisamente basado en su historial de red. O en Trascendence, en la cual la conciencia de un científico era cargada, después de muerto, hacia una suerte de red mundial, capaz de conectar con la esencia misma de la realidad y gobernar el mundo. Ninguno de los panoramas ofrecidos parece alentador o demasiado entusiasta con respecto a la ambición de la inmortalidad, cuestión que obsesiona últimamente a los científicos del transhumanismo y a los discípulos de la singularidad. El problema del proyecto es que esconde una intención megalómana. Puesto que si nos preguntásemos ¿cuántos podrían tener una vida virtual después de muertos? la cantidad de aspirantes sería más reducida que el número de personas que mueren por condiciones naturales o azarosas. Lo que daría espacio para una especie de "elite" privilegiada. O el propio hecho de preguntarse ¿para qué seguir viviendo en la red eternamente? echaría por tierra el sentido del proyecto dentro de un marco limitado de posibilidades.
El punto es que el proyecto eterni.me no contempla el efecto devastador de su esencia: el hecho de que nuestro propio avatar post mortem no sea más que una completa ficción, una lectura antojadiza y acomodaticia de nosotros mismos, complaciente, quizá hasta mejorada, pero completamente falsa y servil a los intereses del propio proyecto, bajo la apariencia publicitaria de una vida virtual después de la muerte, que mantenga a nuestra otrora comunidad satisfecha con ese simulacro. ¿Seguiría ese avatar en línea emulando nuestras propias acciones? ¿Escribiendo inbox misteriosos y perturbadores como secretos de ultratumba? ¿Dando matches al sexo opuesto en busca de una relación desde el más allá? ¿Saludando a sus amigos con el mejor de los gestos con un fin únicamente narcisista? Solo una cosa parece completamente cierta respecto al naciente proyecto de la inmortalidad en línea: no será gratuita (ni tampoco honesta).
Se me vienen a la mente en cambio los nobles pero también terribles pensamientos sobre la muerte que poseían los poetas de antaño. Mary Shelley con su Mortal inmortal, en la cual la milenaria ambición por la vida eterna puede llegar a convertirse, lejos de lo que creen los científicos optimistas de nuestro tiempo, más en una maldición que en una bendición. Un mal sueño del cual el alma romántica solo desearía despertar: hacia la muerte. Borges resume, en uno de sus poemas, este sentimiento vital de la muerte, cargado de sentido mortal:
"La muerte (o su alusión) hace preciosos y patéticos a los hombres.
Éstos se conmueven por su condición de fantasmas;
cada acto que ejecutan puede ser el último;
no hay rostro que no esté por desdibujarse como el rostro de un sueño.
Todo, entre los mortales, tiene el valor de lo irrecuperable y de lo azaroso”.
Imagino los eternos rostros virtuales revividos en la red por el proyecto Eterni.me, planos, carentes de nervio, de autenticidad, de vida real, de MUERTE. Y no puedo evitar tener pesadillas tipo Black Mirror.
martes, 31 de enero de 2017
Noche arcade
Andando en vehículo por Subida Ecuador hacia arriba, con un amigo. Una vuelta para merodear la noche porteña de verano. Se ve un ambiente prendido para ser día Lunes. Estacionamos un poco más abajo de la plaza. Luego, recorriendo locales, entre cabros y chicas tomando, damos con una pizzería. Dentro tenían una máquina arcade de esas antiguas. De aquellas que para poder jugar había que echar fichas. Cierta nostalgia, cierta emoción nos baja y entramos a jugar. En los tiempos de infancia los paraísos del arcade eran el Galaxica y la galería de los Tres Palacios. Encontrarnos con una máquina de arcade en un contexto de carrete era como una suerte de anacronía. También a su manera un tardis hacia un tiempo donde la diversión solo consistía en ganar un par de partidas, sin otro futuro que el del próximo juego. Elegimos Capitán Comando. La experiencia nos tomó doscientos pesos. A pesar del tiempo aún recordaba la maniobra para el ataque especial. Matamos a unos cuantos monos. Sin embargo, morimos después de vencer al primer jefe. "La wea ñoña, jajaja, todos vacilando y nosotros jugando arcade" decía el amigo en tono de broma. No pude evitar asentir. Era esa sensación de explorar el presente, el bullicioso presente sin otra garantía que el ambiente, para caer de repente bajo el influjo de la máquina. Y su manía lúdica. En el bolsillo aún quedaban unas monedas de a cien. Era o seguir jugando o ir a comprar un par de tragos. Volvimos entonces al auto, hacia rumbo desconocido, fuera de la Subida. No sacábamos ninguna divisa de la noche y su presente. Salíamos derrotados de antemano de esa batalla, pero, en cambio, con una pequeña victoria pírrica contra el olvido. No ganamos la realidad pero ganamos en cambio la memoria. Aunque fuese invocada en un juego perdido.
lunes, 30 de enero de 2017
Federer, leído por David Foster Wallace
En "Roger Federer como una experiencia religiosa", David Foster Wallace ya se refería al tenista como una suerte de genio. Un genio no imitable. Ofrece por lo menos dos explicaciones. Una, más misteriosa y metafísica, que se acerca, según él, a la verdad; y otra, más técnica y netamente deportiva, que produce mejor publicidad. Lo más inaudito es que pone en analogía el juego del tenista con el de Nadal, este último, de pura inspiración, aguante, frente al primero, de cualidad extraordinaria. Comparable quizá a esa clase de "avataras", leyendas del deporte, como por ejemplo, Alí en el mundo del boxeo. Las palabras de Foster Wallace en el artículo poseen no solo un correlato apologético, sino que un trasfondo visionario, como si se hubiese adelantado al triunfo de Federer, tan solo con describir sus aptitudes en el campo. Esto quizá se deba al hecho de que en el deporte la figura adquiere una cualidad super humana solo comparable a la de los héroes campbellianos. Allí la gloria representa la totalidad de la experiencia. Además el código del deporte es lo más cercano a esa reminiscencia del código de la guerra clásico, en el cual el triunfo significaba no solo colonizar al otro, sino que superarse a sí mismo en contra de toda expectativa. Por eso explica Foster Wallace: "... los códigos de la guerra les resultan más seguros a las personas que los códigos del amor". En el deporte siempre habrá un ganador. Y ese ganador puede hacer la diferencia con el resto. Volverse mito. Y a la vez inspirar a un universo de aspirantes. En el amor, en cambio, las reglas del juego nunca se definen del todo. El mismo tiro que te sirvió para hacer un ace puede hacerte caer fuera de juego, en otro partido. Esa es la gracia de jugar: que las reglas nunca sean las mismas, siempre. Y que la pasión sea capaz de romper la regla, para coronar la excepción, contra todo pronóstico.
Bruce Lee, la voluntad de escribir.
Leo las anotaciones personales de Bruce lee, sacadas a la luz hace poco. Una dice lo siguiente: “Reconocer que la fuerza de voluntad es la corte suprema de todos los departamentos de la mente". Una frase que bien podría haber sido escrita por algún filósofo vitalista del siglo XIX -Bruce lee era a su manera uno de ellos-. En la escritura reconocía Lee un ejercicio secreto de la voluntad, una disciplina a la sombra, que pretende darle forma, quizá algo de movimiento, de dirección. Las palabras dirigidas a voluntad pueden equivaler a la acción de un puño cerrado, si uno consigue cómo y hacia dónde dirigir el próximo golpe. El maestro nos quería decir, indirectamente: no hay mucha diferencia entre escribir y golpear. Todo depende de la voluntad que se le imprima.
sábado, 28 de enero de 2017
En el departamento contiguo, desde la cocina, se escucha reggaetón, según los propios vecinos, "old school". Cantan. Hablan fuerte. Chupan. El mambo bailable de día viernes por la noche, madrugada de día sábado. Mientras en la casa, un silencio espectral, ya, estas alturas, habitual. La única música que se escucha es la de los respectivos equipos. Solo me apaña la compañera de pieza que sale de repente para cocinar algo. A veces su presencia resulta misteriosa. Un fugaz saludo buena onda. Para ella también debe resultarle misteriosa mi presencia. Entramos sin más a nuestros respectivos aposentos. Incomunicados. El living oscuro, inquietantemente tranquilo. Las reglas de la casa parecen estrictas: no carretear en el living. Pero todos sabemos que el carrete se produce igual puertas adentro. Reviso el bolsillo, sin presupuesto suficiente hasta fin de mes. La compañera sale nuevamente para dejar el plato. Cierra la ventana. Señal inequívoca de que acaba el ruido. El ruido de la fiesta que afuera empieza. El eco de la fiesta que aquí acaba. El silencio en toda la casa indica que nuestras noches se van pareciendo cada vez más a esos clásicos cuadros de Hopper, o al remedo de un tiempo en que la gloria consistía en aguardar el amanecer con la más abierta de las sonrisas.
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