martes, 19 de abril de 2016

lunes, 18 de abril de 2016

La charla

Había acabado la charla. Los invitados y comensales se levantaron de sus asientos. Fueron de inmediato al fondo del salón donde había un estante lleno de libros. No sabía si estaban a la venta. Intuí que no eran gratuitos. Eran ediciones relucientes, aunque algo plásticas, distintas a aquel empastado característico de las ediciones de los setenta, como las de Otros Mundos de Plaza y Janes. Una joven, al parecer integrante del curso, de chaleco verde, me convidó un par de galletas y un vaso de jugo. Me explicaba respecto a la naturaleza del curso, y la posibilidad de participar en él, dentro de dos semanas en una nueva charla. Asentí y siguió su camino, sonriente, segura de su conocimiento. Contenta de capturar a un nuevo interesado. Entretanto, una señora se aproxima y luego de una larga conversación respecto a su convicción espiritual y sus avatares personales, acaba discutiendo -junto a un amigo- sobre Humberto Maturana y su concepto del dialogo y la autopoiesis. Decía conocerlo personalmente, y por eso mismo señalaba que a ratos se adjudicaba tales conceptos como suyos, declarando incluso cierta auto imagen contradictoria con los principios humanistas que dice defender. La señora se refirió a un tal Rafael Echeverría para contextualizar el asunto. La acusación venía dada, supuestamente, porque Maturana decía "no tener nada que ver con el coaching practicado por Echeverría". Que caía en la lógica de la manipulación. En un negocio disfrazado de dialogo. Un ardid de superación interpersonal. Fue lo que más recordé de su dilatada conversación. Incluso después de que acabara refiriéndose a la calidad de la gente con la que trabajaba. "Un grupo muy humano de gente". Esa frase quedó plasmada en el imaginario. "Un grupo muy humano de gente". Hay algo en esa frase que guarda un misterio, a pesar de sonar corriente. El adjetivo humano parece que tenía ahí un sentido paradójico, o, por el contrario, redundante.

Después de eso, me volteo hacia el lado de los libros a ver si algo logra convencerme, mientras bebo el último sorbo del jugo ofrecido por la chica de verde. En eso se aparece una mujer, también aproximándose a los libros. Le comenta a un sujeto contiguo, también miembro del curso, que acaba de ver una luz extraña emanando justo sobre la superficie de algunos libros, en específico los de la esquina, aquella colección nueva que más al principio alcancé a atisbar después de la charla. Su preocupación por aquella luz se hacía notar. Pero no parecía agitada, sino que obnubilada por un fenómeno a su juicio extraño. El sujeto solo parecía escucharla. Intentaba entender la importancia de la luz mencionada por la mujer, pero entretanto observaba el resto de los libros que estaban a su lado. Tratando de buscar un motivo lógico, entremedio de ambos, señalé que a lo mejor aquella luz fue simplemente producto de la iluminación tenue del lugar o de una ilusión óptica. Ella sin embargo insistía en que esa luz significaba algo, que no por nada salió de esos libros, y en un momento específico de la reunión. El tipo al no entender las razones de la mujer se fue retirando sutilmente. La mujer decía ser solamente simpatizante del grupo. No era integrante, como el resto. La luz que dijo haber visto fue demasiado fugaz para ser entendida. Trataba de entender su no entendimiento de esa luz. Haciendo un alto a su impresión, me dijo que era psicoterapeuta. Que estaba en Valparaíso, según su testimonio, para rehacer su vida luego de un quiebre amoroso. Al parecer trataba de asociar aquella luz a alguna señal psicológica. Veía en esa luz quizá una luz sobre una nueva vida después del infierno del amor. Le dije que posiblemente signifique que aquellos libros sean la respuesta. Mejor dicho, aquella colección de libros nuevos sobre el estante desde el cual emanó su famosa luz. La invité a echar un vistazo a esos libros. Fui directamente donde un libro que hablaba de la Gnosis primordial. Estaba sellado. Su diseño era minimalista. Pero en la portada aparecía el símbolo de una rosa. Una rosa bastante distinta a las demás. Una rosa en forma de fractal. Me preguntó si acaso había leído alguna vez en la vida algo respecto a la Gnosis. Le dije que prácticamente nada. Solo conocía el término desde su acepción griega. Y además, el conocimiento vago sobre cierto grupo llamado "Gnosis", con fama de sectario. La mujer ya parecía menos perturbada por la luz, luego de haberse desahogado. El hecho de dar con ese libro, con esa edición única, al parecer la tranquilizó. Ni siquiera lo había leído, y ya parecía haberse contentado con su descubrimiento. Sin conocerla demasiado, concibo en ella el síndrome del lector. Esa satisfacción de hallar un libro importante como si se tratase de un alma gemela, o, en su defecto, de un amante entusiasta. Su satisfacción era algo completamente inaudito pero hasta cierto punto comprensible. Antes de retirarse, la mujer me regaló su tarjeta de presentación. La conservo todavía, subrayada. Tacho la palabra "alma" como lo haría Juan Luiz Martinez sobre su nombre. En aquel hallazgo pareciera que las piezas de su puzzle interior hubieran encajado de alguna forma. Y la escurridiza luz de la verdad, al fondo del salón, se hubiese arrojado repentinamente para iluminar ese encuentro. El encuentro de la mujer con su literatura secreta y su corazón sublimado. Y mi encuentro, completamente intransferible e incorregible, con la felicidad ajena.

domingo, 17 de abril de 2016

El suicidio más hermoso del mundo



    Hace una hora me encuentro con una anécdota en la página del History Channel sobre "el suicidio más hermoso del mundo". Se trata de la historia de una joven Evelyn McHale de 23 años que se arrojó al vacío desde el piso 86 del emblemático Edificio Empire State, en New York. La anécdota cuenta que una mañana del 1 de mayo de 1947, Evelyn adquirió un boleto para acceder al mirador del rascacielos. Según los testigos ella se mostraba alegre, sin atisbo alguno sobre lo que minutos después ocurriría. La joven, sin más, saltó al vacío desde el mirador, y se estrelló contra el techo de una limosina estacionada frente al edificio. Fue el fotógrafo Robert Wiles el que llegó a la escena del hecho y capturó el cuadro de la joven muerta. La fotografía pasó a la historia como la foto del suicidio más hermoso del mundo, por la sencilla razón de que resultaba estéticamente hermoso a nivel visual. La joven pese al impacto presentaba en la foto un cuerpo completamente intacto y parecía que se hubiese desvanecido plácidamente sobre la limusina destruida. La joven Evelyn estaba a punto de casarse. Su prometido nunca pudo entender el por qué del suicidio. Sin embargo, en el abrigo de la joven, que había quedado sobre la plataforma del mirador, se encontró la siguiente nota: "Él está mucho mejor sin mí… Yo nunca seré una buena esposa para nadie". 

Los motivos del suicidio, a menudo completamente secretos pero que en su lugar se manifiestan de manera espectacular, inclusive estética, como en el caso de Evelyn. Muchas escritoras han muerto de una manera también única. Pienso en Virginia Woolf, por ejemplo, colocándose una piedra pesada entre la ropa para hundirse lentamente en el río. El suicido implica una decisión, una decisión drástica. Hay una libertad que en el momento del suicidio se manifestó como catarsis y estaba reprimida hasta antes del hecho. Me impactó no tanto el hecho de muerte mismo, su implicancia sentimental, asunto en este caso policial, sino que ese salto abrupto entre lo privado y lo público que la joven acometió: desde una motivación íntima, secreta, relacionada quizá con el corazón, a un hecho que impacta abiertamente a la sociedad, hasta quedar inmortalizado con belleza en una fotografía. El momento decisivo del que hablaba Barthes en su estudio de la fotografía, ese momento del punctum en que la foto significa completamente un hecho de la realidad, sea este de vida o de muerte. Nunca se sabrá el por qué la joven quiso hacer de su dolor un asunto tan simultáneamente bello y violento. El porqué de la vida o de la muerte no se puede visualizar ni escribir de forma alguna. Solo se puede tener constancia de la belleza del producto. Del cómo de la vida y del cómo de la muerte (de la joven). En la foto de Wiles el tiempo, el tiempo de la joven suicida, choca contra su realidad, le es arrebatado ese tiempo, a modo de ofrenda, para simbolizar el dolor pero también la serenidad de una mujer enigmática. De ese modo, en la fotografía, parafraseando a Barthes en su "Cámara lúcida": "Ella ha muerto y ella va a morir". Esa parece ser la sentencia no solo de la joven suicida, y de los suicidas en general, sino de todos los que atestiguan con pesar, y también con elegancia, su paso por el mundo

sábado, 16 de abril de 2016

Siempre ante la gente que anda deambulando desamparada en la calle, extraviada por alguna u otra razón, siento una especie de extraño respeto, incluso una reverencia inexplicable. No ofrezco ayuda de la nada. Solo lo hago si me lo piden. No interrumpo su estado solitario con una insolente muestra de compasión, porque pareciera que están así por un motivo incomprensible para la masa. Ofreciéndole ayuda solo estaría demostrando que soy parte de esa masa. Que solo quiero publicitar una imagen caritativa ante mi circulo social, a costa suya. Que en realidad no comprendo su realidad. El orgullo del solitario, increíble en tiempos de hiperconexión. Hay algo en ese orgullo que se siente con un aire helado, milenario, que traspasa generaciones. Demuestra en el fondo que detrás de todo este espectáculo pirotécnico de palabras, negocios y relaciones infinitas siempre habita un solitario deambulando por las calles de la conciencia, no pidiendo la ayuda de nadie, solo profiriendo como un mantra la siguiente verdad: ayúdate a ti mismo, y ayudarás al mundo.

jueves, 14 de abril de 2016

Samsa enamorado

En la última novela de Haruki Murakami, "Hombres sin mujeres", existe un relato, exactamente el penúltimo, llamado "Samsa enamorado", en el que el protagonista es el mismo de la novela de Kafka, solo que esta vez el insecto despierta convertido, misteriosamente, en ser humano. Intento comprender el símbolo. Luego recuerdo que la imagen, en lugar de onírica, era kafkianamente real. Una metáfora de la desolación amorosa: La abrupta conversión de insecto a ser humano.

Besos y matanzas

Recuerdo una anécdota de antaño. Había un loco en el colegio al parecer de otro curso más chico que tenía escrita la leyenda "kiss em all" en el reverso de la capa. En un principio con otro loco lo tratamos de poser y maricón por tergiversar el sentido del título del album Kill em all de Metallica, de "mátalos a todos" a "bésalos a todos". Hecho completamente injusto, sobre todo porque podría haberse justificado diciendo que se trataba de un homenaje a la banda Kiss, o sea, su frase podría haberse leído como "que haya Kiss para todos", y no como la palabra beso en inglés. Podría haberse defendido como gato de espaldas tratando de salvaguardar cierta clase de orgullo rockero. Ante nuestra ceguera fanática, sin embargo, descartamos esa posibilidad y seguimos aludiendo a la frase "bésalos a todos" solo para echarle más leña al carbón. Esa disputa ridícula entre la frase mátalos a todos y bésalos a todos ocurría, por supuesto, sin que ninguno de los implicados pusiera realmente en práctica lo que defendía, únicamente como un slogan pretencioso, mientras los otros se mataban de verdad y se besaban de lo lindo. Esa disputa ridícula, sin quererlo, se ha transformado en una disputa universal. Un mundo dividido entre los que se besan y los que se matan. Y al medio, los indiferentes, los perdedores, los que solo pueden escribir sobre besos y matanzas.

martes, 12 de abril de 2016

Increíble cómo con algunos amigos uno se ríe de todas las miserias de la vida. Llega a una especie de catársis, de psicología inversa. "Puta que andamos botados, puta que no nos pescan, puta que nos pagan poco, etc". Todo adquiere el matiz de la risa, pese a ser patético, o precisamente por eso. En la amistad las miserias adquieren una dimensión noble. Se le quita esa carga depresiva, tan poco espontánea. O será solamente porque la miseria ama la compañía, como dice el dicho popular. A propósito, Enrique Vila-Matas, en su novela Exploradores del abismo, señalaba que: "No es cierto que la esperanza sea, como alguien dijo, la resistencia del ser ante las previsiones de su mente. No. Es el humor la verdadera resistencia de fondo (...) El humor es el inquilino eterno del vacío".

El profesor fracasado

Una reciente novela del escritor Cristian Geisse versa sobre un Licenciado en Letras que sobrevive haciendo clases en un liceo de Viña del Mar llamado Richard Nixon School. Para colmo, se trata de un personaje que no tenía contemplado hacer clases, sino que dedicarse netamente a la edición y a la escritura. Pero la realidad lo empujó a buscar trabajo de profesor. Dice a modo de reseña que el trabajo es miserable, puesto que son en su mayoría alumnos desinteresados con la asignatura, y con el propio estudio en general. El profesor para ellos vendría siendo el equivalente al paco en la protesta, un tipo que representa la autoridad y al cual hay que fastidiar a como de lugar. Por otro lado, el escaso o prácticamente inexistente vínculo con los otros profesores. Y el trato plebeyo del director y el UTP. Conforman así un argumento dantesco. Para nada estrambótico ni caricaturesco. Muy cercano a lo que en realidad ocurre. 

Los nombres de las nuevas instituciones, a menudo con nombres de grandes personalidades, por citar algunos: Isaac Newton, Charles Dickens, William James, René Descartes, Charles Darwin. Lo curioso es que, según veo, ninguno refleja realmente al personaje citado. Pareciera que el nombre ahí fuera solo un referente remoto, un aval invisible y encicloplédico para un proyecto educativo que choca de frente con la realidad curricular del país, a ratos paradójica, a ratos tragicómica. Es ingenuo pensar de afuera que allí encontrarán grandes teorías físicas, futuros novelistas históricos, filósofos académicos, inclusive científicos evolucionistas. A lo sumo, eficientes empleados. O universitarios que se creyeron el sueño americano. El por qué del nombre solo constata un hecho más crudo: la educación escolar chilena es un nicho de castas. Lo cierto es que a algunos les toca, para sobrevivir, la carne de cañón. Un nido de ratas, corrijo.

El interés de Geisse por los fracasados. Como lo manifestaba también Peter Handke en su novela "El año que pasé en la bahía de nadie", citada a modo de ironía: "Por otro lado, desde siempre he sentido atracción por los fracasados y los que no salen adelante como si ellos fueran como hay que ser. Los veo, desde lejos, literalmente ennoblecidos, o como si, entre nosotros, los de hoy, fueran las únicas figuras que tienen un destino." El interés por aquellos que siendo necios persisten en su necedad hasta alcanzar cierta sabiduría, parafraseando a William Blake, libremente. 

El profesor fracasa, por supuesto. Sin embargo, me sigue pareciendo burgués en su fracaso, a pesar de codearse con los quiltros del sistema. A pesar de parecer el cínico por excelencia. Cínico entendido en su concepto original. No el mentiroso, sino el desprendido. Personalmente creo que el fracaso, si se le pretende abordar por escrito, debiera ir un poquito más allá. El fracaso incluso en el amor. Algo ya rayano en lo patético. El fracaso en conjunto con la soledad. La soledad de un profesor soltero, pateado precisamente por su inestabilidad laboral, trabajando en un oficio part time los fines de semana, arrendando en una pieza o departamento, endeudado por un sueño obtuso, cargando a cuestas con las expectativas de su familia, no teniendo otra opción que la deuda o el exilio y, sarcásticamente, sin contar con el apoyo que se espera de un profesional derivado en la hidalguía. Pese a esto, y muy a su pesar, sigue siendo un burócrata asalariado. Y eso es lo interesante. Se somete a un trabajo que lo sustrae de si mismo, más allá de las clases que resultan un hervidero social, quizá el único lugar dentro de las instituciones que tiene vida, que se muestra simplemente como lo que es.

El fracaso no como renuncia, sino como aquello constituyente del trabajador en general: se sabe derrotado, sin embargo continúa, mete la cabeza al fango para si mismo (y los suyos). Un tío tenía un concepto oportuno en relación a esto: trabajar para salvarse el trasero. Buscar ese punto en que el profesor se vea tan arrinconado que para lo único que planifique y evalúe con sus conocimientos universitarios de contrabando y su cultura aspiracional sea para salvaguardar su trasero. "No lo hago en el fondo por ustedes, sino para sobrevivirlos". Ese quizá sea el punto de no retorno de la educación chilena. Y a su vez, su salto desde la tragedia a la comedia. Aquel punto decisivo en que el profesor pasa de ser un burgués doliente, venido a menos, a ser parte del espectáculo general del fracaso colectivo, de la risotada que deja entrever la pérdida del orgullo, que no por eso deja de ser cómica. Entonces el profesor en ese punto vuelve al término original de la comedia, desde la poética de Aristóteles. La comedia como el estilo de los que no eran nobles, de los que alguna vez lo fueron pero cayeron en la ignominia pública. La pedagogía en Chile, hoy por hoy, como el ejemplo de esa comedia.

"Ricardo Nixon School" de Cristian Geisse.

sábado, 9 de abril de 2016

Me avisan que ha muerto una vecina muy recordada en el barrio de los abuelos. Hace casi unos seis años había muerto también una bisabuela muy querida. Y unos años más atrás, en un incendio, otra persona entrañable de la familia. Incluso por poco no estoy contando esto, si no hubiese sido por algo, llámenle destino, azar o ese cúmulo de factores desconocidos que simplemente bautizamos con el nombre de casualidad. La muerte como el tópico por antonomasia, la gran interrogante que pesa sobre la conciencia: ¿por qué se muere? Se vive como si no existiese y, sin embargo, anda rondando, siempre. No hay romanticismo en el asunto. Se decía del poeta Pezoa Veliz, por ejemplo, que moría abandonado en su casa. Pero no. La muerte es menos elegante. Simplemente moría en un hospital público. La gente pobre muere, pero el mundo sigue. Eso es lo terrible. Muere sin aspavientos. Pero aún así se sigue adelante con la vida, como si pasásemos de ella. Se parece en eso a Dios. No se cuestiona hasta que le toca a otro. Por eso mismo, te recuerda que tiene espacio para todos. Pero como concepto solo nos deja perplejos. Lo que realmente afecta es más bien el hecho irrevocable de la pérdida. La pérdida de alguien más o menos conocido. La pérdida de un pedazo de mundo o de corazón. El desgarramiento. Mi madre decía que ella guarda recuerdos de la vecina. Un día la vio -quizá por última vez- estando yo presente. Sin duda lo que más extrañaba era a su marido. Casi pareciera que después de su partida ella ya estuviese tramitando secretamente su viaje al destino del amor. El amor, nuevamente, de mano de la muerte como almas gemelas, inseparables. La forma en que se da fin a un relato. Eso es lo que importa. Para el oriental no es tanto la muerte sino cómo se muere. No tiene ese tabú que tiene todavía para el occidental. Esa atmósfera de luto y de amargura. Se necesita de tanto en tanto la muerte para recordar que se está vivo. Por eso lo que se lamenta en realidad es la forma, no la muerte misma. Hay una diferencia abismal entre saber de alguien conocido que muere de un infarto en plena calle, de la nada, no habiendo antecedentes, y saber de otro que muere tranquilamente en su cama después de viejo, acompañado de un sinfín de seres queridos. Solo para un indolente eso daría lo mismo. Lo que queda en la retina es el momento exacto en que se deja de vivir. Cómo fue ese momento. Entonces el relato de la vida cobra fuerza, con un clímax y un desenlace oportunos. Todas las palabras, sin embargo, se vuelven insuficientes, porque están hechas de esa misma materia que muere. Porque se vuelven abstractas tratando de explicar aquello aún incomprensible. Aquello imprevisible que te deja a medio camino, que resulta absurdo o que simplemente se burla de la búsqueda de sentido. Pero en eso consiste a ratos ese juego que llamamos vida. Nos demuestra que las excusas son innecesarias, que en el fondo de todo no existen concesiones. Que por eso, parafraseando libremente a Hemingway, "nunca se vivirá bien si se teme morir".

La carta

El día Viernes una chica del primer ciclo escribe una carta a la directora solicitando, en calidad de representante del curso, el cambio de profesor de biología. El motivo era que según ella el profesor no explicaba bien, tenía una actitud prepotente y no enseñaba de una manera adecuada, ya que cuando se equivocaba se le hacía ver el error pero en lugar de aceptarlo entraba en cólera. Ella señala que todo su curso y el del segundo ciclo están de acuerdo con su solicitud. Pensé por un momento que si hubiese sido yo ese profesor, no estaría escribiendo esto con tanto entusiasmo. La carta por supuesto no nació completamente de ella, era parte de una actividad enmarcada en el discurso de género. Claro está, no el que discute el rol de la mujer, sino que el que hace la diferencia entre los tipos y los géneros textuales. Me impresionó no tanto la escritura de la carta como la determinación de la chica. Estaba convencida que la expulsión del profesor era la mejor opción para todos. Es más: estaba completamente segura de que lo que escribía tenía la voluntad suficiente para lograr su cometido. Le repliqué que no podía emitir juicio alguno sobre eso, mientas no se conociera la versión del profesor de biología. Increíble cómo de repente una alumna en apariencia desinteresada alza la voz cuando se trata de algo como eso, aunque pudiera ser que todo se trate de una simple estrategia o de un texto de ficción. A juzgar por sus gestos y la forma en que lo comentaba, pareciera que no. Me creía su cuento solo por el hecho de mirarla a la cara, con ese ademán inusual. Resulta inevitable, sin embargo, no sospechar de cualquiera cuando entra en juego esa clase de crítica. Cuando anda circulando un texto como ese. La realidad parece que se delata a si misma en ese hecho. En qué punto el texto adquiere la fuerza suficiente como para superar la palabra oral. La chica decía que no le gustaban las cartas. Pero se veía impulsada a hacerlo por el motivo señalado. El género nace entonces de un impulso, si se quiere, de un capricho; el tipo textual únicamente de un concepto, frío, alejado del deseo y de la necesidad. Inconcientemente vio nacer en ella una voluntad epistolar. A raíz de un hecho en apariencia injusto. En apariencia verdadero. Me interpela a mi también, en tono de broma: "Ahora sí que me gustó escribir cartas... Ojala que la lean (ustedes, los profesores)". Independiente de la veracidad o la falsedad del hecho, todos somos mejores escritores de lo que pensamos, cuando, como la chica, buscamos provocar algo en alguien o, cuando, como el profesor, nos vemos acorralados por nuestros propios actos.