En el instituto donde trabajo no hay sala de profesores. La única instancia de socialización extra pedagógica se halla afuera en la calle. Muchos de los alumnos salen al patio. Salen en su mayoría en masa. Algunos fuman pa callao. Es algo fácil de intuir por el estado en que vienen. Aparte de eso, no consigo ver a prácticamente ninguno de los colegas. Al menos, a ninguno más allá del horario entre clases. Pensé para mi mismo: "Ese pito está más colegiado que los propios profesores". La única huella de su existencia la dejan impresa en la pizarra. Al entrar a la sala se debe borrar sistemáticamente la materia que dejan de la otra clase. Un alumno señalaba al respecto: "Hacen la clase y se van". Irónicamente, el otro día le expliqué a un alumno esta situación como ejemplo de la diferencia entre el lenguaje oral y escrito. Lo que hacían aquellos colegas fantasma era precisamente dejar un mensaje implícito por escrito: daban a entender su indiferencia con el resto del profesorado dejando la materia de su clase intacta en el pizarrón. Ausencia del interlocutor y tiempo diferido: las condiciones mismas de la escritura. Cada clase pareciera ser para ellos un gheto, una trinchera. La trinchera de las matemáticas, la trinchera de las ciencias, la trinchera del lenguaje, la trinchera de la historia. Los alumnos, en cambio, como una tribu diversa, todavía no contaminados por el virus de la especialización y del conocimiento académico, se percatan de este hecho lamentable y lo reconocen de forma indirecta, haciendo en el patio lo que no pueden hacer en clases, saboteando el concepto mismo de colegio, cagándose en el qué dirán, redefiniendo a su manera el concepto, al parecer desconocido para aquel séquito de profes invisibles.
martes, 5 de abril de 2016
lunes, 4 de abril de 2016
Función poética
Revisando pruebas, me doy cuenta que en el apartado de ejemplo de función poética, un alumno del dos por uno anotó lo siguiente: "Chile es un país tan pero tan infeliz, que hasta tiene la forma de una larga y angosta cicatriz".
El hambre
Entre la conversación con un amigo ex compañero de u, escribiente anónimo y también inédito de valpo, surge de repente una idea que me llamó la atención: "¿Y sin en lugar del tema de la inmortalidad como búsqueda trascendental fuera mejor dicho la eliminación del hambre?". El hambre, según él, como intuición de un vacío. El animal no dimensionaría esa hambre como vacío. Sin embargo, si se le elimina a su vida la pulsión de muerte, el ser humano pierde la brújula. Requiere de ese vacío como requiere del pensamiento. Lo decía en el fondo porque identifica toda la problemática moral y el vaivén filosófico con el hambre del mundo, que todavía existe en pleno siglo XXI. Sin hambre quizá el pensador no se hubiese atrevido a pensar, así como el cavernícola no hubiese necesitado del animal para sobrevivir. Pero ese dilema al parecer no cala tan hondo como el de la muerte misma, misterio a la vez contingente y universal. Borges en El inmortal decía con respecto a la muerte: "La muerte (o su alusión) hace preciosos y patéticos a los hombres. Estos se conmueven por su condición de fantasmas; cada acto que ejecutan puede ser último; no hay rostro que no esté por desdibujarse como el rostro de un sueño". Gracias a la condición mortal, como diría Heidegger, y que serviría de base para su pensamiento filosófico, el ser humano es ser para la muerte. Y en la conciencia vaga y efímera de esa mortalidad se siente único, y se sabe con todo el derecho del mundo al cuestionamiento y al devaneo vital. Ese afán primitivo por buscar la inmortalidad no seria otra cosa que la búsqueda por el poder, por el poder multiplicarse en el eco y el reflejo del otro, pero a la vez, perder la bendita o maldita singularidad del relato que sabe que tiene los días contados. Para Borges en El inmortal: "Ser inmortal es baladí; menos el hombre, todas las criaturas lo son, pues ignoran la muerte; lo divino, lo terrible, lo incomprensible, es saberse inmortal". La inmortalidad sería la verdadera tragedia de los dioses, según el argentino. El hombre que pretende ser inmortal sería, de ese modo, una mezcla entre Funes y un nihilista. El compañero, pese a eso, seguía sosteniendo que el hambre tenía futuro como un tópico menos manido que la muerte para una trama novelesca. Se imaginaba, en lugar de un hombre que buscara la inmortalidad, un hombre que anhelara no tener hambre, o que efectivamente después de cierto tiempo dejara de sentir esa sensación de vacío interior. Construir una historia a raíz de esa posibilidad. Por supuesto, una posibilidad demasiado inverosímil, aunque solo posible si dejásemos de considerar al hambre como condición de la vida, ese vacío interior como motor del espíritu. Máximo Gorki fue categórico al respecto: “el hambre sigue al hombre como la sombra al cuerpo”. Plantear el escenario utópico de una sociedad sin hambre. Es el panfleto universal del político. Es el as bajo de la manga de los hipócritas. Por irrealizable. Sin embargo, si no hubiese hambre, nadie necesitaría de la inmortalidad, en definitiva, porque la muerte ya no sería un problema. Pero al fin y al cabo ese pareciera ser el devenir del timón del mundo. Un hombre sin hambre no necesitaría, en definitiva, escribir. Más escritores han escrito en el fondo en base al hambre que el número de cigarros de un fumador empedernido. Porque tanto sin hambre como sin muerte no habría sentido. Es así que se sigue escribiendo intentando aplacar la sensación del vacío que ruge por dentro, ese vacío siempre insatisfecho...
viernes, 1 de abril de 2016
Cronos
El reloj digital analógico en mi muñeca izquierda suena a la hora. Viene programado así de fábrica. Indica puntual, como un mercenario cronológico, el tiempo en que se debe volver a comenzar la gran rueda de las obligaciones, o bien, el hecho inexorable de que nos resta a todos (sin excepción) una hora menos de vida.
miércoles, 30 de marzo de 2016
El nuevo nihilista
Se identifica de inmediato cierta clase de alumnos. Uno de ellos, sentado siempre en la esquina del fondo a mano izquierda de la sala, solitario, alejado del resto de sus compañeros, estratégicamente, haciéndolo parecer involuntario. Se le pregunta por qué se sienta tan al fondo. Responde sin más: "aquí estoy más cómodo que allá adelante" (misantropía temprana). Siempre responde lo que tiene que responder antes que el resto, de una forma casi mecánica pero eficiente, contradiciendo casi siempre el parecer del resto del curso, (crítica compulsiva) incluso desafiando ciertas partes en que el contenido suele tomar una deriva demasiado subjetiva. Ante ello, el alumno del fondo solamente dice: "No me parece". (escepticismo prematuro). No lee nada de lo que está en la pizarra. Rehúsa cambiarse de puesto. No hace más allá de lo que se le pide. "Preferiría no hacerlo", parafraseando a Bartleby. Participa solo para contradecir. O, en su defecto, para molestar y reírse. Ese alumno representa otra cosa. Cada cierto tiempo aparece por lo menos uno de su generación. Ese alumno es la viva imagen del nuevo nihilista. (Lo sé, perfectamente. Porque estuve a punto de ser uno. Sin embargo, aquí me tienen. Enfrente de la sala. Vistiendo el predecible disfraz del líder).
martes, 29 de marzo de 2016
Se torna difícil escribir
"Se torna difícil escribir con la misma brutalidad con que se piensa". Guitarra negra, L. A. Spinetta.
lunes, 28 de marzo de 2016
El basurero de la ideología
Vi en la madrugada un documental sobre la llegada de Spencer Tunick el año 2002, el fotógrafo que desnudó a un montón de santiaguinos frente al Museo de Bellas Artes. Me llama la atención no tanto el acto de haber desnudado a un gran grupo de gente, ni tampoco sus implicancias sobre el mito del chileno como inhibido y conservador, sino que la reacción siempre insólita del sector religioso. Fueron los primeros en saltar ante un acto considerado derechamente como un atropello a la moral y las buenas costumbres. Salieron a protestar cerca del Parque Forestal, buscando funar el empelotamiento masivo. Alguna de las pancartas decía: Si la pornografía es arte, mañana qué. Lo pintoresco del asunto es que eran argumentos netamente reaccionarios. No existía un fondo argumentativo que no fuera el del escándalo frente al desnudo público. El líder del grupo evangélico Nelson Pardo, invitado a un programa televisivo, fue interpelado respecto a las razones para la protesta. Una periodista le mostró el cuadro La creación de Adán de Da Vinci. Le trataba de explicar por qué lo de Tunick era herejía y el cuadro de Da Vinci no lo era, siendo que ambos mostraban la desnudez humana. Pardo no tuvo otra reacción que la ira y la molestia, yéndose indignado del set televisivo. No pudo siquiera definir qué es lo que era pornografía y qué no lo era. Si en ese momento el evangélico hubiese tenido la dignidad suficiente para sostener su postura hasta las últimas consecuencias, no hubiera necesitado ese exabrupto. La falta de racionalidad del argumento religioso en general es lo que provoca su falta de sentido común y su renuencia al diálogo. No hay allí ningún atisbo de intención intelectual. Pienso en aquellos grandes apologistas medievales de la religión, Santo Tomas de Aquino, inclusive el mismo Lutero siglos más tarde, grandes teóricos en su ámbito de creencia. Hoy, en cambio, el proselitista religioso chileno no es sino un remedo de una corriente de pensamiento irracional. Caen en la falacia del argumento de antigüedad y de autoridad, la mayor de las veces. No es tanto que sus ideas sean arcaicas, es que simplemente no saben defenderlas ni acoplarlas al contexto actual. El Pastor en ningún momento habló de la diferencia entre la fotografía y la pintura. Se dan la oportunidad de hablar sobre el debate moral del desnudo sin tener en cuenta la diferencia radical entre un formato y otro. La diferencia artística, epistemológica. Susan Sontag era una conocida anatemista de la fotografía, al señalar que era un ejercicio de poder y de apropiación de la realidad. Si hubiese derivado el debate en base a la naturaleza de la performance hubiera tenido la oportunidad de entrar en el dialogo. Toda su atención, sin embargo, se concentró exclusivamente en la condena del contenido, en el desnudo como delito irrenunciable, argumento que se cae a pedazos al primer disenso, únicamente sosteniendo que Dios trajo al hombre y a la mujer en las mismas condiciones en que Tunick pretende acometer su fotografía de los chilenos.
Otra de las pancartas resulta mucho más interesante, incluso hasta aceptable: "Dios no es hippie". El emplazamiento de la pancarta iba por otro lado, distinto a la de la ideología del pastor. Se acusa el hippismo de la performance. Se cuestiona la relevancia contracultural del asunto. Si acaso ese “Dios no es hippie” significa en realidad que todo aquel que se declare evangélico no puede aceptar los postulados propios de la revolución sexual de los sesenta. Suponiendo, según esa lógica, que el acto artístico de Tunick tenga alguna reminiscencia hippie al buscar una liberación de ataduras y prejuicios mediante el desnudo colectivo. Con ese argumento, basado en esa pancarta en apariencia absurda, el discurso del Pastor hubiera tenido al menos un ápice de sentido, sin dejar de sonar reaccionario. Pero prefirió en cambio la vía del asco. No se cuestiona tanto la creencia en tal o cual credo (son libres de creer, después de todo) como su incapacidad para conectar un montón de neuronas y sacar de eso unas cuantas palabras razonables. El anatema religioso, el mismo que parece ser excusa de las "guerras santas", financiadas maquiavélicamente por potencias ocultas, tiene también su reflejo en estas micro batallas.
Por otro lado, los argumentos de la facción política contra el aborto cayeron en un juego similar. El juego del hombre de paja. La crítica sobre el desnudo fotográfico de Tunick debía hacerse en el cuadrilátero del arte. La moral ya no entra en ese ring. Y para que el religioso evangélico entre en ese ring requiere más que un salto de fé, un salto cuántico. Lo mismo pasa con el debate sobre el aborto. No hay punto en común simplemente porque la facción política nunca dejará de pensar como piensa. Para que esa facción política entre en el ring científico a definir qué es la vida y qué no lo es, incluso más allá, a definir cuándo el feto es persona y cuándo no lo es, debería también existir una realidad paralela. Chocan contra el muro de un nuevo paradigma por la sencilla razón de que han estado escarbando todo el tiempo, como diría Zizek, en el basurero de la ideología. Y no quieren salir de ahí jamás, porque tienen miedo de ser desnudados en el acto.
domingo, 27 de marzo de 2016
Buscamos significación incluso en un huevo de chocolate. Todo vale, desde la más apremiante lógica hasta la más disparatada imaginación, con tal de hacer reír el espíritu. Se busca que nuestro sentido se vuelva importante, que nos impulse a seguir viviendo. En el fondo deseamos que nuestros actos mueran para algún día revivir y dejar su envoltura temporal. Darle su toque trascendente. Pero siempre se sigue aquí, aferrado a la costumbre y al sueño. Esa es la ley del espíritu.
Nazareth Mesías
En la nivelación de lenguaje para Gastronomía hay una chica llamada Nazareth Mesías. Me decía que no era necesario que le recalcara la evidente cristiandad de su nombre, que ya ha tenido suficiente bullying con el hecho de ser nombrada así, y más encima, con la casual coincidencia entre las últimas clases y la semana santa. Tiene el carácter simpático. Para nada santurrona ni mojigata. De perfil humilde, pero de gusto extravagante. Adora lo que ella llama el k-pop, música bailable coreana. Decía que prefiere bailar pasos de hombre, porque la coreografía femenina se le hace demasiado sexy, y ella no está para eso. Le pregunté sobre anime, para buscar algún punto en común. Dijo que le gustan algunos, fundamentalmente películas, porque las series le aburren. En las clases, demostraba no gustarle demasiado la lectura. Solo lo que tenga relación con la cocina. Acusó falta de concentración y problemas de visión. Esa mezcla variopinta de honestidad, humildad y extravagancia la hacen única. Ella no lo sabe. Intuyó cierto interés por la batería de preguntas y el acercamiento extra curricular. Me preguntaba de dónde vengo. Valparaíso. No le gusta por lo turbio y por lo sucio. Para uno, nada extraño sobre la ciudad. Ella, en cambio, viene de Limache. El mal llamado Interior. Le recalqué que las veces que he ido a hacer clases por esos lados se respiraba una paz indescriptible. Una cierta tranquilidad bucólica. A ella le parecía más bien aburrido, pero le gustaba porque allá tiene a su familia y a sus amigos. Me preguntó dónde estudié. Le dije que en la católica. Luego recalcaba que el nombre Gabriel suena a arcángel, demasiado religioso. Junto con el de Salvador, una rara mezcla entre católico y socialista. Se ríe. Tiene gracia. Le decía que al menos coincidíamos en lo religioso. Entonces me dijo que ahora sí podrá hacerme bullying. Vuelve a reír. Finalmente, se despidió y se fue. De una forma u otra, no había nada que me determinara a llamarla de esa manera. Eso no significó nada en absoluto. Los nombres, pienso, son nada más que una invención antojadiza de nuestros padres, un capricho suyo, con el cual nos bendicen o maldicen, sin quererlo. La chica Nazareth no estaba obligada a la connotación mesiánica de su nombre, así como tampoco uno no está obligado a cumplir con la carga semántica del suyo. Hay allí motivo suficiente para marcarte de por vida. Y para imaginar un destino rimbombante. O uno funesto. Sin embargo, por insignificante que resulte, nuestros nombres sí hicieron una diferencia.
sábado, 26 de marzo de 2016
¿Qué es verdad?
Poncio Pilatos a Jesús luego de que este le dijese que él era el camino y la verdad: "¿Quid est Veritas? (¿Qué es verdad?)". Si se pone atención al libro, el hecho de que se lo haya preguntado después no es azaroso. Al ver que Jesús no le respondía su pregunta, afirmó: "Yo no hallo en él ningún crimen". No es que Pilatos no creyera en la verdad, es solo que no era "su Verdad". Para Pilatos todo lo que dijera el César tenía ese carácter verídico. Por lo tanto, la sentencia de Jesús le es sencillamente extraña e incomprensible. No un sacrilegio. Porque su verdad es solo de otro orden y naturaleza. No se encontraba dentro de la jurisdicción ni cosmovisión romana. El descreimiento solo viene de parte de los judíos que exigían su muerte en relación a su mensaje, que contradecía la idea del verdadero mesías. Simplemente, un juego de contraluces: eso fue la verdad. Un prisma para romanos, judíos y cristianos. Esta escena así descrita ilustra una de las primeras muestras de escepticismo de la literatura universal.
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