lunes, 15 de febrero de 2016

Siendo las 12 y media de la mañana, lo primero que oigo y que me despierta del sueño es el sonido de un chinchinero que toca repetidamente en la esquina. No sabía si odiarlo por haber interrumpido lo que anoche no dormí, o sencillamente sentirme invadido por la alegría contagiosa que desbordaba, aunque el lapsus fuera de solo unos minutos, porque luego todo volvió al sonido cageano del plan atestado de motores y de murmullos. La brevedad del chinchinero hace imaginar que su función fue más bien la de despertador. Tenía que ser en ese preciso lugar y en ese preciso momento. Ese sonido entonces: la invitación festiva y escandalosa a formar parte nuevamente de la realidad, como si fuese el recuerdo vivo de un niño que de repente sale de la seguridad de su pieza y se encuentra con la calle y la plaza pública, esta vez sin padres a su lado.

domingo, 14 de febrero de 2016

Una cita con el espejo


Justo recordé que una antigua amiga decía, a propósito de San Valentín, que "voy a tener una cita con el espejo". Solo por eso me pareció encantadora. Tan única, tan diferente a todas esas que enarbolan cursilerías y fantasías color de rosa. No tengo su número y ni siquiera sé su nombre. Solo la recuerdo por esa frase suya, entre humorística y resignada. Ese humor femenino, sutil, tan diferente del doble sentido subido de tono. Tiene un dejo de ambigüedad: por un lado, reivindica que ella se ama a sí misma y ella es su cita preferida (frente al espejo); por otro, acepta que para el tan marqueteado día del amor ella lo pasará exclusivamente consigo misma, y posiblemente con sus amigas a disfrutar de la juventud, a hacer realidad la tan popular frase: "te quiero libre, linda y loca" casi como si fuese una premisa ideológica, un rosario que rezan para salir de juerga y sentirse emancipadas, libres de desear a quien quieran y expeler confianza con solo mover el cuerpo y abrir la boca, aguardando el día del amor con una histriónica alegría de soltera sin compromisos. 

Durante estos días, la población soltera parece que se divide en dos grandes grupos antagónicos: aquellos para quienes la soltería pasa a ser una especie de tabú, casi una carga que las almas atormentadas y solitarias deben llevar por ausencia o por falta de voluntad; y aquellos más optimistas que ven en la soltería una oportunidad para dar rienda suelta a su sentido de libertad y aventura, recurriendo a toda clase de excesos o empachándose de toda clase de proyectos personales. Sin embargo, la soltería en la mujer es radicalmente distinta a la del hombre. No está esa urgencia, esa desesperación sexual y animal que el soltero exuda hasta por los poros. No llega hasta ese extremo baboso al que llega un soltero. De hacerlo todo por un mínimo encuentro afectivo y ojala sexual. En la mujer, quizá la desesperación va por el conteo incesante del reloj biológico. Tiene ansiedad, claro está, pero la mujer en el fondo quiere responder a otra demanda, a otro fin mucho mayor: nada más y nada menos que la siempre promisoria demanda del amor, con sus consecuentes castillos en el aire . 

La amiga aquella, consciente de que todavía no era el momento para amar, se dio el lujo de bromear sobre su soltería y dijo que tendría una cita con el espejo. Minutos antes recordé que había hablado algo sobre el ex. Quiere decir entonces que la talla de la cita vino como una suerte de reacción a su estado anterior, una talla en el fondo muy amarga que viene a reírse de la idealización del amor a partir de lo que vivió. Ella se sobrepuso a la vergüenza de la soledad simplemente haciendo una parodia de su estado civil. Oscar Wilde, casi intuyendo la frase de la amiga, decía: "El amor propio es el comienzo de un romance para toda la vida". Y, en efecto, eso es. Antes de querer vivir en otra teleserie más, de recomenzar el círculo vicioso de atracción-conquista-estabilidad-ruptura, se debería dar con la variable necesaria, la condición previa para cualquier tipo de relación con el sexo opuesto: amar con creces la propia imagen frente al espejo, aunque haya que reconstruirla pedacito a pedacito o impedir que se empañe de realidad. Solo una mujer (y también Oscar Wilde antes de ella) podría haber dicho aquella frase, con una sonrisa sarcástica, esperando a que los otros se la compren y se sientan bien simplemente por estar mirándose al espejo todo el día, convencidos de que solo así el mundo entero se rendirá a sus pies y estarán listos para derrochar y recibir amor a destajo.

sábado, 13 de febrero de 2016

Sobre el amor y el olvido

En el libro Sobre el amor y el olvido, el doctor Román Reyes señala algo interesante: "Todo lenguaje (por oscuro y hermético que parezca) es efectivamente la objetivación de una relación". Hace todo un compendio del amor a partir de un ensayo sobre la comunicación, sobre su posibilidad y también sobre su límite. Pasa por hablar sobre el otro, sobre la palabra, el sentido poético, la psicología, la sombra, y finalmente, la máscara, el rostro. Abarca algo que solo logra comprender mediante un discurso y un argumento medio académico. Trata de imbricar el conocimiento libresco sobre el amor y el olvido con la experiencia física, la abstinencia de la carne con la de la palabra. Y justo cuando está en el orgasmo de esas reflexiones, hace una pausa. Relata una especie de cuento más íntimo. Lo hace literario para darle un toque menos frío, más cálido. Se balancea en la ebriedad del cuento para luego volver a la resaca del sentido, del sentido racional. En ese vaivén pretencioso trata de dar con el equilibrio, a ratos luminoso, a ratos opaco, del tan bullado amor. No nos alcanza nunca el lenguaje para expresar lo que sentimos, esa parece ser toda su verdad. El amor nunca se puede expresar del todo. Porque el lenguaje mismo es su límite. Porque en ese lenguaje precario puede ser a su vez posible, aunque ya esté ausente lo que quiso decir, lo que quiso decir a quien quiso amar. Y termina diciendo: "Solo allí aún habita la comunicación". (En olvidar la falta de significado, en olvidar de repente que el amor tiene un límite, el límite del mundo, el límite del lenguaje).

viernes, 12 de febrero de 2016

Ondas gravitacionales




Se ha hecho pública la detección de ondas gravitacionales. Lo que Einstein había predicho con lápiz y papel hoy ciertos científicos lograron detectarlo mediante un complejo sistema observatorio llamado LIGO (Interferometría Laser de Ondas Gravitacionales). Se dice que gracias a este hallazgo se podría saber qué estaría pasando más allá, a distancias de años luz, solo pudiendo reconstruir qué sucedió en el punto origen de aquellas ondas, si acaso fue por una estrella o por un agujero negro que produjo una curvatura en el espacio tiempo. También la detección de estas ondas ayudaría a saber si la célebre Teoría de la Relatividad se mantiene aún vigente más allá del cosmos conocido. Ellos, los científicos, hacen hincapié en que se trata de eventos que están a distancias inconcebibles para la capacidad humana, y que las ondas vendrían siendo una réplica, una señal que sobrevive tímidamente y nos llega de rebote prácticamente por un accidente del universo. Este hallazgo puede significar además otra cosa: que los avances en la ciencia no hacen sino volver a cambiar el lugar del hombre en el mundo. Si antes de Copérnico la Tierra era el centro de todo, pero un centro dominado por Dios, después el Sol pasó a ser el centro, de manera que el hombre ya no era lo más importante, sino que, digamos, solo un punto extraviado en el pizarrón cósmico, un vagabundo en búsqueda de respuestas.

Existe una tendencia de la ciencia en dividir a su comunidad en dos grandes tipos: los optimistas, los que creen que cada avance redundará en mayores beneficios y conocimientos para la humanidad, y los escépticos, aquellos que piensan que el universo en general es algo demasiado inconmensurable como para pretender su comprensión, y que la historia del hombre no es sino una ínfima parte, un fenómeno tan aislado que en general no significaría nada frente a la indiferencia milenaria del espacio. El cálculo racional, la intuición matemática del científico siempre se encuentran con la piedra de tope del sentido. O la onda gravitacional equivale a la existencia de un mensaje en una botella flotando a través del universo, o significa que solo podemos concebir el eco de eventos de los cuales no podremos ser ni siquiera espectadores. Kubrick, no siendo científico, pero sí un gran cineasta, entendió esas dos visiones en una entrevista, y trato de conciliar la luz de la razón con la oscuridad de todo ese asunto cósmico. Pero a pesar de su aporte, se entra de nuevo en el dilema: ¿Hay cuestiones que al hombre, mejor dicho, al científico le está permitido saber y otras que no? ¿Cuál sería el límite, la verguenza de saber que estamos solos o simplemente alguna vaga esperanza de todavía ir más allá, tratando de saciar el hambre invencible por lo desconocido? Keats en sus versos decía que: "La filosofía recorta las alas del ángel, conquista los misterios con reglas y líneas, despoja de embrujo el aire, desteje el arcoiris". Está demás decir que hoy la ciencia ocuparía el lugar de la filosofía en esa travesía por desentrañar el velo de todas las cosas. El poeta sentía que había un sentido de violación en ese hambre voraz de conocimiento. Que posiblemente sería mejor que todo fuese simplemente contemplado e imaginado, que todo fuese un misterio estético, y no un infinito enigma a desentrañar. Ese es el clásico conflicto entre la belleza y la verdad, pero que hoy se vuelve a concluir mediante números y fórmulas. Lo sublime que de acuerdo a Schopenhauer amenaza la existencia simplemente por querer traspasar cualquier límite.

Cierto grupo de hombres genera también sus propias ondas gravitacionales, que al resto de la población solo pueden llegar de manera intermitente, débil, tal cual una piedra que se arroja en medio del agua y que en sus orillas solo se alcanza a percibir una vibración. Para los científicos pareciera que todo se trata de agarrar una piedra que se hunde cada vez más en el abismo. Para el resto de los mortales, incapacitados de ese privilegio, o simplemente desinteresados, cada teoría o cada hallazgo que circula puede ser leída como simple literatura o como una excusa perfecta para seguir con sus planes en este salvaje rincón del planeta. Sin embargo, cada cual, en definitiva, busca a su modo sus propias ondas gravitacionales. La escritura, por ejemplo, puede ser esa desesperada búsqueda de un centro o más bien el simple capricho de seguir naufragando en la superficie. Incluso el amor mismo puede ser, en última instancia, otro hallazgo del que no siempre se tiene noticia, otra onda sin un centro conocido que nos llega de rebote y a partir de la cual armamos una historia de culebrón que de sentido a toda esta locura.

miércoles, 10 de febrero de 2016

Macbeth

La suspensión del estreno en Chile de la nueva película sobre Macbeth de Justin Kurzel, si no es por razones cinematográficas, solo puede deberse a una vil estrategia comercial. Contrario a lo que dictaba el destino, cometí el pecado de ver la película en línea antes de su estreno. La ambición lo puede todo. No pude ser el rey de nada pero al menos me negué a perder. Me resistí a que la película, como la vida, me fuera contada por los idiotas.

martes, 9 de febrero de 2016

Taxi Driver: 40 años.



40 años de Taxi Driver. Hace unos años escribí una breve reflexión sobre el célebre personaje de Robert De Niro en el filme de Martin Scorsese. Aquí la vuelvo a publicar, a propósito del aniversario de la película:

Travis el taxista no entra, a mi modo de ver, en la categoría de psicópata. Travis es más bien la encarnación de la soledad, la soledad radical del hombre en la urbe enajenado por la guerra y el síntoma de una ciudad trepidante. Prefiero pensar en Travis más como una figura que encarna un estado de ánimo. Todos como criaturas abortadas por la modernidad seríamos Travis en potencia. Por lo tanto, no me extraña realmente si alguno de nosotros en un arranque de desesperación salga a matar proxenetas o agentes corruptos del poder como profetas iracundos sin mensaje ni patria aferrados a una ética sin lugar en el asfalto. La genialidad de esta película y la actuación insuperable de De Niro radican en funcionar como una verdadera radiografía del hombre moderno alienado, del héroe en el anonimato, del profeta apátrida en medio de la vorágine de la corrupción política y la degradación moral de la civilización estadounidense. Después de ver esta película, algo cambia cada vez que me veo al espejo: me invita al arrojo de ese héroe de nadie que lo apuesta todo por un disparo hacia la nada.

Radio X

Para variar otro sueño anoche luego de una maratón de cine y series. Que aparecía de pronto una radioemisora desconocida llamada X. Su señal en frecuencia modulada variaba de acuerdo al clima. Su parrila programática era de lo más extravagante: avisos sobre avances científicos, una sección llamada "los secretos del día" en que contaban asuntos nacionales y del mundo de los cuales nadie ha tenido noticia, un programa en que la gente hacía sus propios descargos en línea, una "avalancha democrática", proponiendo ideas para la radio, y además una sección musical que incluía piezas en su mayoría inéditas, desconocidas, también vanguardistas y experimentales, de las cuales no recuerdo ningún nombre. No tengo idea por qué tenía que ser así, por qué una radio, por qué algunas de esas características. Quizá fue porque durante la madrugada dejé la radio del stereo sonando, y se escuchaba mucha distorsión e interferencia. Ayer en la tarde noche volvía a ver Twin Peaks y precisamente el agente Cooper soñaba cuestiones surrealistas y en ocasiones delirios que no sabía si eran producto de su investigación o un hecho mental que le entregaba luces sobre su trabajo. Puede ser que el haber soñado con esa radio signifique algo. O en realidad no signifique nada. Puede que sea algo relacionado con la melomanía incipiente, con un nuevo emprendimiento radiofónico o simplemente la incapacidad para conciliar el sueño en silencio, la necesidad de dejar sonando algo por incómodo que fuese para desconectarse de la realidad.

lunes, 8 de febrero de 2016

Esa hora en que no se sabe si es demasiado tarde o todavía muy temprano, en que no se sabe si echar un pie atrás o seguir despierto...

El Ruende



A través de un amigo me entero de la existencia del Ruende, ser legendario de Chiloé con apariencia canina que proporciona exclusivamente ayuda a los hombres desafortunados en cuestiones sentimentales, hombres en general feos, sin actitud ni cualidades suficientes, otorgándoles la pareja femenina que deseen mediante un extraño rito. Ellos deberán acudir a un árbol llamado "Tique” durante cuatro días específicamente en medianoche invocando su nombre. El hombre que ha acudido al Ruende tendrá que señalarle a la mujer que desea conquistar y la criatura supuestamente irá a su casa, para hipnotizarla e infundirle una sustancia con el nombre de "Llapuy" que tiene cualidades afrodisíacas. Una vez que la chica se haya tragado esa sustancia quedaría embrujada y cautivada por el Ruende, y este la llevaría con el hombre que la desea, para así entregarse ciegamente a él, enamorada, creyendo que se trata de la criatura que una noche la poseyó en la oscuridad. Es increíble la mitología chilota, una en que incluso los feos, los desposeídos por el amor y por las mujeres tienen su culto secreto, su magia negra y su superstición. El Ruende vendría siendo algo así como el deseo, el impulso primitivo, sabiamente representado por el perro, figura, en su justa medida, freudiana, (equivalente al ello). En la Roma clásica la criatura que simbolizaría al deseo del amor sentimental es Cupido, representado por un bebé alado armado con una flecha. En ese contraste entre el Ruende y Cupido se puede ver la abismante diferencia entre la cosmovisión del chilote y la del romano antiguo. El Cupido no tiene esa cualidad de criatura mágica, tiene más bien una propiedad metafísica que ha superado la vieja mitología. Si una pareja logra espontáneamente el amor, se dice que fue Cupido el que los flechó. Si un hombre o una mujer, desgraciados en el amor, se consagran a Cupido, puede que este los fleche con la persona que sería su alma gemela. Con el Ruende, en cambio, se trata nada más que de los hombres, y no cualquier hombre, sino que de los feos y los rechazados, aquellos sujetos que, si no fuera por el auxilio mitológico de la célebre criatura, no tendrían ninguna oportunidad con el sexo opuesto. El Cupido es una versión idílica del amor sensual. El Ruende encarna el deseo salvaje masculino. El deseo latente de todos aquellos que por su condición han tenido una suerte deplorable en al amor. En la Roma antigua, un feo no tendría oportunidad alguna. Simplemente sería desterrado por Cupido sin ninguna otra explicación que su fealdad. Donde solo hay puro deseo sexual sin amor no está Cupido. El Ruende entra allí donde Cupido hizo la vista gorda, donde erró su puntería. La brujería del chilote le demuestra a los feos que con la voluntad mágica de torcer la realidad todo es posible. No existe, que yo sepa, ningún equivalente al Ruende en ninguna otra cultura. La imaginación de los feos es tal y su desesperación y mala suerte tan milenaria, que se vieron en la obligación de crear una criatura de leyenda para saciar su más urgente necesidad. De ahora en adelante, sabiendo ya todo eso, declaro también un día para los que invocan el nombre del Ruende, para los hombres que no conocen el amor, para los que solo desean conquistar a la mujer de sus sueños. Ese día será el día de los ruendistas.

domingo, 7 de febrero de 2016

Por la mañana suena a lo lejos la campana de la catedral de Valparaíso. Es lo primero que escucho y lo único que me despierta, después de una larga noche. Descreo, no voy a misa, no rezo, no leo la Biblia ni pienso en el matrimonio ni la confirmación, pero al menos, en ese instante, creí, creí en el poder despabilante del sonido de la campana. Nada más importa.