Recordé una escena clave del libro Los Altísimos de Hugo Correa, cuando X, el protagonista, habla con L su acompañante sobre las cualidades del mundo de Cronn. Todos los bienes materiales están asegurados de por vida. Todos y cada uno obra en función del bien común. Pero también cada aspecto de Cronn satisface el ocio y la satisfacción de cada uno. Se dice literalmente en el libro: -No hallarás egoísmo en Cronn. No existiendo el matrimonio ni la familia, el cronnio es libre de hacer lo que le plazca, siempre y cuando eso no perjudique los intereses colectivos-. Y posteriormente, viene lo más extraño e interesante: -Todos los bienes materiales sobra. (...) Sobran la comida y el vestuario. Y además siempre encontrarás una mujer dispuesta a compartir estas comodidades. Sobran las As y las Is-. L habla luego con el protagonista, en un tono solemne, sobre la progresiva inexistencia de los sentimientos personalistas en Cronn para lograr el tan anhelado progreso colectivo e indefinido. El amor y la amistad morbosa -dice L- son reemplazados por la pura convivencia. El asunto de la procreación y la crianza es preservado por las nodrizas. No hay lazos afectivos porque de acuerdo a esa lógica entorpece el desarrollo de la sociedad cronniana en su conjunto. La llamada Central se encargaría de proveer a esta sociedad de individuos genéticamente perfectos. Y por supuesto, funcionales al sistema. En un pasaje se concluye: -La Colectividad ha burlado a la Naturaleza. Ha conseguido la libertad absoluta del cronnio para que pueda dedicar todas sus energías a engrandecer Cronn-. Correa quiso ilustrar una gran sátira sobre las utopías sociales que estuvieron en boga durante los años de la Guerra Fría. Cómo se concibe un mundo donde ya no exista el deseo egoísta, donde toda acción apunte única y exclusivamente hacia un bien mayor, y, todavía, cómo se concibe una sociedad que haya alcanzado un grado tecnológico tal que todo error de la naturaleza sea previsto y corregido de tal manera que influya decididamente en la conducta moral e inclusive en el código genético. Correa fue lo suficientemente creativo para advertir un problema científico actual. La obsesión por evitar la entropía del cosmos a toda costa. En la sociedad descrita por nuestro autor, no existe el bien y el mal, porque no es necesaria la moralidad. La vida útil del cronnio está en función del crecimiento de Cronn. No hay pobreza ni dilemas existenciales. Inclusive no existiría la literatura ni el arte como tales ¿Para qué? Si ya no harían falta, en una sociedad cuasi perfecta. Por otra parte, el amor, según lo leído en la utopía de la novela, sería el gran agente de disociación. Y por eso mismo, quizá uno de los pocos sentimientos que dotan de cierto heroísmo tragicómico a la especie. Cómo sería posible concebir un mundo de tales características, sin antes experimentar un miedo inexplicable a perder precisamente lo que constituye al humano: la tendencia a desviarse de la norma, a propiciar el error en pos de emociones primitivas pero universales, en suma, el derecho a equivocarse, sello inconfundible de la civilización. Correa lo sabía. Muy en el fondo, más que una premisa científica, el error sería el espíritu de todo este gran castillo de arena que hemos construido, a pesar de cualquier otro plan universal.
sábado, 29 de agosto de 2015
Sobre Los Altísimos.
Recordé una escena clave del libro Los Altísimos de Hugo Correa, cuando X, el protagonista, habla con L su acompañante sobre las cualidades del mundo de Cronn. Todos los bienes materiales están asegurados de por vida. Todos y cada uno obra en función del bien común. Pero también cada aspecto de Cronn satisface el ocio y la satisfacción de cada uno. Se dice literalmente en el libro: -No hallarás egoísmo en Cronn. No existiendo el matrimonio ni la familia, el cronnio es libre de hacer lo que le plazca, siempre y cuando eso no perjudique los intereses colectivos-. Y posteriormente, viene lo más extraño e interesante: -Todos los bienes materiales sobra. (...) Sobran la comida y el vestuario. Y además siempre encontrarás una mujer dispuesta a compartir estas comodidades. Sobran las As y las Is-. L habla luego con el protagonista, en un tono solemne, sobre la progresiva inexistencia de los sentimientos personalistas en Cronn para lograr el tan anhelado progreso colectivo e indefinido. El amor y la amistad morbosa -dice L- son reemplazados por la pura convivencia. El asunto de la procreación y la crianza es preservado por las nodrizas. No hay lazos afectivos porque de acuerdo a esa lógica entorpece el desarrollo de la sociedad cronniana en su conjunto. La llamada Central se encargaría de proveer a esta sociedad de individuos genéticamente perfectos. Y por supuesto, funcionales al sistema. En un pasaje se concluye: -La Colectividad ha burlado a la Naturaleza. Ha conseguido la libertad absoluta del cronnio para que pueda dedicar todas sus energías a engrandecer Cronn-. Correa quiso ilustrar una gran sátira sobre las utopías sociales que estuvieron en boga durante los años de la Guerra Fría. Cómo se concibe un mundo donde ya no exista el deseo egoísta, donde toda acción apunte única y exclusivamente hacia un bien mayor, y, todavía, cómo se concibe una sociedad que haya alcanzado un grado tecnológico tal que todo error de la naturaleza sea previsto y corregido de tal manera que influya decididamente en la conducta moral e inclusive en el código genético. Correa fue lo suficientemente creativo para advertir un problema científico actual. La obsesión por evitar la entropía del cosmos a toda costa. En la sociedad descrita por nuestro autor, no existe el bien y el mal, porque no es necesaria la moralidad. La vida útil del cronnio está en función del crecimiento de Cronn. No hay pobreza ni dilemas existenciales. Inclusive no existiría la literatura ni el arte como tales ¿Para qué? Si ya no harían falta, en una sociedad cuasi perfecta. Por otra parte, el amor, según lo leído en la utopía de la novela, sería el gran agente de disociación. Y por eso mismo, quizá uno de los pocos sentimientos que dotan de cierto heroísmo tragicómico a la especie. Cómo sería posible concebir un mundo de tales características, sin antes experimentar un miedo inexplicable a perder precisamente lo que constituye al humano: la tendencia a desviarse de la norma, a propiciar el error en pos de emociones primitivas pero universales, en suma, el derecho a equivocarse, sello inconfundible de la civilización. Correa lo sabía. Muy en el fondo, más que una premisa científica, el error sería el espíritu de todo este gran castillo de arena que hemos construido, a pesar de cualquier otro plan universal.
jueves, 27 de agosto de 2015
Pedro Páramo Test
Ayer tuve un control de lectura atrasadísimo sobre Pedro Páramo para Primero Medio. Medio curso dijo no haberlo entendido. Fundamentalmente, problemas con los cambios bruscos de narrador, el estilo algo fantasmagórico, la ausencia/presencia de amores y odios, pero sobre todo el hecho siempre categórico de la muerte, o sea, en realidad, el hecho de no saber quien diablos estaba vivo y quien estaba muerto. En el aniversario del libro, las palabras del autor ciertamente tranquilizan aunque con un dejo de ironía: “A Pedro Páramo yo le quité muchas páginas, como unas 100 páginas, pero después ni yo mismo lo entendí”. Al final de la prueba algunos la entregaron como si la pura lectura olvidada hubiera sido laberinto suficiente. "¿Murió realmente?" decía uno de los chicos. ¿Sobrevivirán a la prueba? Puede que sí, ¿Sobrevivirán a la lectura del libro? Ciertamente no.
miércoles, 26 de agosto de 2015
martes, 25 de agosto de 2015
Mester de soltería
Hay dos libros sobre el Mester de soltería, uno de Rolando Rosas , mexicano, que reivindica su condición solitaria, otro de Luis Correa Díaz, chileno, que habla de otros para no hablar de sí mismo. Escribiría un tercer libro, a medio camino entre el silencio y la habladuría, que sea una pura página en blanco que simbolice toda nuestra historia sentimental...
¿Qué sería de nuestra época sin la música del pasado, sin el pop y el rock que escuchábamos de chicos y que en su tiempo fue grito y promesa y nos llega a nosotros en calidad de arqueología? Es lo que pienso cada vez que sintonizo youtube para acompañar las horas de trabajo gratuito. En esos minutos que pasan la memoria hace lo suyo rebobinando recuerdos que se creían grabados a la fuerza. El colegio, el cerro. La fascinación pero también la expectación. A ratos, en ese lapso melómano, nuestra historia parece un viejo cassette que olvidamos reproducir. Tratamos de parchar la parte de la cinta que se encuentra dañada. La música sonará de todos modos pero el sonido no será el mismo. Tarareamos el estribillo para aludir a nuestros viejos encuentros, hacemos que el ritmo recorra nuestro presente, pero el sonido llegará a nosotros con un rumor lejano, un leve disturbio en la fidelidad. Así como en la cinta, no podremos reparar las palabras y acciones que una vez hicieron efecto en nosotros, pero aún así las conservaremos quizá como si se tratase del lado b de nuestra antología personal. Y las seguiremos recordando una y otra vez en esas horas de trabajo y de limbo musical, como si con eso detuviésemos el tiempo, y fuéramos a caer de una manera irremediable en la nostalgia de una época que no se acabó de vivir pero que tampoco se acabará de reproducir...Mientras pensaba en esto di un vistazo a VH1, tratando de que Mtv no volviese a aparecer en el recorrido, para resucitar otra vez esas horas sin música que se creían muertas, o que sencillamente eran horas en que no se hacía otra cosa que sacar la vuelta, para volver a pensar en el día de mañana, la obligación, lo disonante, lo que desentona con nuestros deseos más inútiles y desenfadados.
lunes, 24 de agosto de 2015
Si se piensa detenidamente la perspectiva optimista apunta siempre a una realidad imaginaria en la que todo puede siempre ser mejor, restándole valor a lo que se siente aquí y ahora. Parte constatando que esta realidad puede ser superada, hay una insatisfacción maquillada en ese deseo, un siempre negar el presente y sus contradicciones por un ir más allá como el caballo con anteojeras que solo puede mirar hacia adelante. En Cándido y el optimismo de Voltaire, se critica esa visión leibniziana de no haber mal que por bien no venga, de estar en el mejor de los escenarios posibles a pesar de que el personaje principal experimente a lo largo de su vida precisamente lo contrario. El optimismo así visto se vuelve más un slogan publicitario que un ejercicio intelectual, una aceptación conformista de que nos puede ir mejor si solamente así uno se lo propone. Es de hecho la estrategia reaccionaria del comerciante, que lo hipoteca todo en pos de una visión antojadiza del futuro. El optimista es un especulador de tomo y lomo. Tiene demasiado que perder. Tiene demasiados planes. El pesimista, por el contrario, no tiene ninguno, solo constata lo que vive y siente en este preciso instante, para conjurar al mundo con esa visión de tinieblas. Si todo está perdido, entonces ya no le queda nada que perder. Es invencible, porque ha hecho suya la derrota. Si todo sale de acuerdo a su expectativa no sufrirá una decepción. Si la vida le demuestra lo contrario, estará abierto a lo desconocido...
miércoles, 19 de agosto de 2015
lunes, 17 de agosto de 2015
Quedarse afuera
Uno de los vecinos de la casa me decía que un día se quedó afuera porque no tenía la llave principal de la puerta exterior. Una metálica que va a dar a la calle. Le dije "¿en serio?" y él enseguida defendió la veracidad del hecho, como si con la pregunta la hubiese cuestionado, arguyendo que para qué iba a mentir, si él no era un mentiroso. No fue menor. Tuvo que arrojar moneditas a la casa de al lado para que le abrieran, durante la madrugada y con la gente molesta por despertar tan temprano. Su respuesta, como protagonista del desatino, iba en relación a la verdad y no al impacto de lo ocurrido. Mi respuesta esa vez fue retórica. Era la fórmula del asombro ante un suceso tan inaudito como cotidiano. Le había dicho que era preciso mantener esa puerta siempre cerrada porque suele haber gente que se pone a dormir en el descanso entre la puerta y la escalera de acceso y no siempre con esa pura intención azarosa -Sosteniendo que la desconfianza sea un a priori que se va descartando en la medida que voy conociendo al otro, aunque sea arbitrariamente-. Si algo aprendí en mis tiempos de conserje fue la desconfianza como base para cualquiera que en calidad de extraño acuda a un círculo cercano, una mínima intuición del sentido de civilización, una extraña voluntad gregaria aprendida pasivamente, de acuerdo a un rol contractual, real solo por conveniencia, una puerta entreabierta al mundo aunque se tratase de un simple protocolo más implacable que el fluir de la bolsa. Aprendí que todas las puertas precisan estar cerradas, aunque ello signifique dejar afuera el vértigo de la aventura y toda la dosis de peligro que conlleve, y que en última instancia toda puerta no está del todo cerrada hasta que recibe una última apertura, ya sea en la vida o bien de amanecida en una de esas jornadas eternas.
El vecino consigue la llave, el acceso al habitat, y consigue a su vez una seguridad de contrabando, un halo de paz que solo un círculo cercano le permite, el calor por reacción a la inclemencia del afuera, la miseria andante que ama toda compañía, en la medida que tenga esa llave como símbolo de pertenencia, desde cualquier clase de viaje o de naufragio, porque alguien con una llave aunque sea un huérfano es casi siempre alguien que abriga una esperanza ciega, la posibilidad de abrir alguna puerta por ajena y distante que sea y sentirse adentro, de vuelta a cierta especie de hogar, como si fuese algún Ulises clandestino. Se puede no tener dinero pero sin una llave se está literalmente perdido, aunque ya no queden puertas. Aún así la llave no te acompañará al éxito ni al fracaso, solo garantizará tu acceso a cierto umbral de la realidad, por hermético o insondable que este parezca. Nunca supimos, a pesar de ser vecinos, que esa respuesta frente al quedarse afuera de noche, paradójicamente tan lejos y tan cerca de la propia habitación, era sencillamente la ironía para superar nuestra condición de auto exiliados por el azar, para recordarnos qué tan cerca se está realmente de la calle y de las cosas que se temen por demasiado próximas. Dentro de la casa todos debiesen hablar el mismo idioma. Pero el afuera estaba demasiado cerca. En el lenguaje se encuentra todavía nuestro principal abandono. Pero el malentendido acaba siendo la llave secreta que abre una puerta imprevista, la ganzúa que nos hace violar el límite de la noche, sin palabras, para entrar por la fuerza al sinsentido original de nuestra rutina.
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