Ella entró al mismo restorán, después de pasada la hora de almuerzo. Se le vio hablar a solas, pero no llevaba ningún audífono que desmintiera su soliloquio. Cuando se sentó y pidió la carta, curiosamente lo hizo en una mesa cercana. Acto seguido, señaló de manera fortuita que ambos íbamos al mismo lugar. Llegó su pedido. El mío tardó un poco más de lo habitual. “Oye, disculpa ¿eres un rati?”, preguntó ella. Le dije que no, y le pregunté si acaso era por la chaqueta. Ella respondió que era por mi vestimenta semi formal y mi apariencia seria. Sucedió de ahí la típica charla protocolar: de dónde eres, qué haces, en qué trabajas. Pronto le confesé que, en realidad, soy profesor, que por eso quizá me veía serio. Se rió un poco y continuó comiendo. Llegó el pedido y disimulé estar atento a la comida. Después de un largo silencio, ella fue al grano. Dijo que era reponedora en un supermercado, que tiene un hijo con el cual vive a solas; que, aprovechando que era profesor, necesitaba de algún contacto para terminar la enseñanza media, pero sin tener que pagar por estudiar. “Algo rápido, me carga estudiar”, repetía. Extrañado, le dije que no sabía de nada para acabar con la media de forma clandestina, que solo conocía la vía institucional, pero que si sabía de algo podía llamarla sin problemas. Enseguida guardamos nuestros contactos. Un whatsapp de reconocimiento, para acabar con la colación. Se fijó en el nombre Gabriel. Dijo que le encantaba, porque sonaba a ángel malo. Reí un poco. Ya agotada la charla, ella pidió un postre. Yo pedí la cuenta para retirarme. Luego de dejar la propina, ella se dispuso a acabar lo suyo. Nada más que hacer. Solo quedó despedirse, con número en mano, y una casualidad insólita. Se pasa a veces de ser un desconocido, para luego resultar misterioso, hasta finalmente dar con un calificativo fantástico, y con la promesa de continuar conociéndose. Aunque francamente la chica me daba mala espina, por lo fortuito de la situación y de su acercamiento, cuestión que no se da todos los días y, sobretodo, de forma tan gratuita. Estoy seguro que también a ella yo le daba mala espina, por su mirada interrogadora, y por el hecho de caminar al mismo sitio casi de forma sincopada, pero nunca sabremos qué es lo que en el fondo quería cada uno. Solo ese montón de palabras dichas a propósito de nada (o con un propósito secreto) durante ese almuerzo fugaz. Guardé entonces el número sin expectativa alguna, solo por la satisfacción de sumar otro contacto femenino en estos días de rutina y de sequía social, aunque solo fuese motivado por una sospechosa coincidencia.
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