miércoles, 25 de enero de 2017

De salida con mi hermana chica a la feria del libro. Decía nunca haber ido. Se inclinó por tres cosas: unos mandalas, una saga de libros de Harry Potter y un libro álbum de Justin Bieber. Eligió los mandalas para colorear. Quería también un libro de la saga pero era demasiado caro. Finalmente pidió el libro álbum. Dentro de este había un poster gigante. Le dije que sería el primer poster de un cantante que pegaría en su pieza. No escucho a Bieber, pero la compra de su álbum era un regalo: no dependía de mi juicio. El solo ver la sonrisa de mi hermana hizo que recordara aquel tiempo en que también pegué el primer poster de una banda en la pieza. La primera señal de fanatismo confeso. En ese momento supe que dejaba de ser simplemente niño, para pasar a la ilusión de la adolescencia. En el instante en que mi hermana vio ese poster para pegarlo en su pieza, comienza lentamente a hacerse grande, a adquirir sentido estético, no el mejor, pero sin duda el primero.

De amor y de ideología

Recordé que un compadre de la u hablaba sobre una discusión en un seminario con un profesor marxista. En aquel seminario alguien del público, al parecer un trabajador, le preguntó al profesor: "¿y en el comunismo uno le va a poder levantar la polola al amigo?". Esa pregunta, aunque se vea a simple vista simplona, incluso banal, digna de teleserie, carente de trascendencia filosófica, esconde en verdad todo el meollo del asunto. La voluntad del individuo, manifestada en el deseo por la polola del amigo, yendo más allá de cualquier clase de moral. Hasta dónde puede llegar el código ético en una sociedad que se pretenda abiertamente comunitaria. Pongamos el caso hipotético de ese mismo sujeto, queriendo levantarle la polola a su amigo, pero en una sociedad neoliberal como la nuestra. La pregunta de inmediato carecería del peso que tiene si se la hace con respecto a la sociedad comunista, puesto que la primera se pretende en apariencia tan moralmente relativa que cualquier clase de traición personal o dilema amoroso-sentimental constituye casi una variable predecible. En cambio, en la segunda, pretender engañar al amigo con su polola deriva en una contradicción flagrante contra el espíritu mismo de la sociedad que habita. La sociedad que se permitiera eso, sin que exista una reconciliación de las partes implicadas en el engaño, acabaría devorándose a si misma, en su propia paradoja moral. Algunos dirán que, claro, existen cuestiones que no son literalmente "de todos", como la novia o el novio de alguien, por supuesto. Como decía Kant, las personas deberían ser fines y no solo medios, en cualquier dinámica humana presente o futura. Sin embargo, dentro del contrato de pareja rige generalmente y, aunque no lo parezca, otra clase de lazo. Independiente del contrato social colectivo. Derivado de este, pero autónomo. El lazo del sexo y del sentimiento amoroso, alegando una complicidad irreductible a cualquier clase de ideología. Su dinámica parece tan caótica y tan compleja que solo los implicados en una relación parece que pueden llegar a asimilarla. Que no a comprenderla del todo. En lo que atañe al deseo y la pasión por un otro, quizá solo los herederos de Freud y de la psicología transpersonal puedan ofrecer luces. Son cuestiones que van más allá de la discusión ideológica. Y que se resuelven o, en su defecto, se dilatan, más acá de ella. Una posible revolución no estará exenta de estos baches de culebrón. De estas pequeñas pero grandes escenas de celos. El deseo desconoce explicaciones. La pureza ética, en estricto rigor, es solo un ideal apetecible. Una abstracción demasiado ficticia.

lunes, 23 de enero de 2017

Tracking 2

En el lanzamiento del libro Tracking 2 de Gonzalo Frías, hubo algo que me llamó la atención. La mirada solitaria de una chica con la polera de Stranger Things, a un costado con el primer libro de Frías. Cuando él hablaba sobre la pérdida de su padre y del proceso vivencial que le llevó a escribir, y de cómo el cine le ayudó a subsanar su realidad, la chica le preguntó algo sobre su proyección con la escritura más allá de la pasión por el cine. Se veía tan inmersa en la conversación que realmente parecía estar viviendo una película, no tanto la película de la vida de Frías, si no que su propia película sobre el testimonio de un cinéfilo ante el mundo. Lo mejor es que no bastó ninguna otra palabra para llegar a esa interpretación. Frías, a propósito, seguía hablando sobre Stranger Things y cómo la serie le permitió reflejarse a si mismo en el pasado, identificado con el papel de Winona Ryder en busca de su hijo. En este caso, en busca de su padre o, mejor dicho, su presencia simbólica. Buscándolo incluso a través de dimensiones. Visualizándolo en otro reino. En eso, la chica del principio, después de la conversación, comienza a hojear el primer número de Tracking. Frías continuaba señalando que era más importante contar una historia que contar la pura y santa verdad. La chica en cuestión buscaba algo en las páginas del libro, quizá un atisbo de verdad o de imaginación. La escena de algún filme de culto, o solo un detalle autobiográfico digno de voyerismo. A lo mejor trataba de desenrollar en su mente alguna suerte de cinta, o solamente dar con una remota coincidencia entre vida y obra.

Al terminar la presentación, veo hacia el hijo y la pareja de Frías, las únicas miradas atentas a la persona, no tanto a la obra o a la figura. Se arma de inmediato una fila para las firmas. La chica alcanza a ponerse de las primeras. Era, en ese momento, la más entusiasta con el libro de Frías. Había algo, sin embargo, diferente en ella. Ya no la admiración impersonal del espectador promedio. Sino que la identificación vicaria con la obra. Parecía libre de pasarse todo el rollo posible del universo, creyendo que ella también podía en algún momento contar su personal versión de los hechos. La lectura o el visionado, que, en palabras de Frías, le permitía "ponerse en el pellejo" del propio personaje, y constatar que su propio yo y su propio ojo son, a fin de cuentas, los de cualquier otro cinéfilo, doliente, contradictorio, sobre todo doliente. En la mirada de la chica, no tanto en su pregunta en público, se podía ver reflejada una película completa. Y también, en parte, la película de Frías. La aventura de la pérdida en Stranger Things. También el monstruo derrotado, llevado de vuelta a su dimensión desconocida. El monstruo interior que cada cual busca vencer con severas cuotas de ficción.
El contenido de ciertos sueños. Siempre perturbador, aunque también apasionante. Su metáfora entra más en relación con la proyección de una película clandestina que con la excavación de tesoros en una cueva recóndita. Los sueños como una combinación miscelánea de vivencias, recuerdos, reflexiones en vida que no alcanza a cobrar forma en la experiencia. Por ejemplo, el de la mañana tuvo que ver con un cerro porteño inventado en alguna parte del espacio mental. Allí ocurría un asesinato. Me veía escapando de una familia relativamente conocida. Una de las integrantes tenía el rostro de una ex. Sabía inconscientemente que el principal sospechoso era un conocido que, sin embargo, se sentía distante. Una figura pública. Tal vez un poeta. Las motivaciones eran difusas, al igual que el escenario. Lo único que persistía a través de la ensoñación era la imagen del cuerpo muerto enterrado en alguna parte, el rostro inmarcesible de la ex, y la presencia fantasmal del poeta implicado. La interacción con esos tres agentes era mínima, y se restringía a unos pasos temerosos a través de ese cerro digno de la película Inception. Sus formas eran inauditas, pero lo que siempre permanecía era cierta oscuridad. La sensación nocturna de que en cada esquina pudiese presentarse la muerte. Mejor dicho, la sombra del implicado. O, peor aún, la posibilidad de que el implicado fuese uno mismo. Un determinado sentimiento de paranoia, que a ratos me recordaba a una actuación en la serie Twin Peaks, o a la nueva serie de Netflix, Sense8, en la cual ocho personas están conectadas psicológicamente, pero también de forma circunstancial, a través de la muerte de una joven. El sueño ocurría, casualmente, cuando me quedaba durmiendo al ver el primer capítulo, ojeroso, agotado y sobretodo delirante. Alguien debería, en un futuro de ciencia ficción, hacer algo con los sueños. No sé, instalar un dispositivo tipo Black Mirror, que grabe las ensoñaciones con detalle para su posterior análisis, o, mejor aún, para su visionado en profundidad, como si se tratasen de temporadas de tu propia serie vital. La mente misma como un pequeño cine, proyectando sus propios secretos. Quizá qué clase de experimentos o de creaciones podrían salir de eso. De seguro, vanguardia pura. Cuestiones que harían furor.

domingo, 22 de enero de 2017

Una amiga dice haber visto el libro de Hola soy Germán en la feria de Valpo. Luego de encontrarlo, afirma que si un youtuber fue capaz de escribir un libro, entonces ella podría perfectamente actualizar su blog, publicar lo que escribe allí y hacerse famosa. El punto en el fondo es que cómo un libro tan malo puede ser tan vendido. Eso puede explicarse fácilmente, en realidad, bajo dos puntos: Uno, que hoy más que nunca cualquiera puede publicar algo teniendo determinada comunidad lectora. Y dos, que a causa de esa posibilidad el valor de una sola publicación resulta más relativo que nunca, entre el universo de publicaciones existentes. El caso del libro del youtuber sería, de ese modo, un caso paradigmático. Una rara avis en los anales de la literatura virtual.

viernes, 20 de enero de 2017

Gombrowicz veía en el contradecirse un movimiento genuinamente más creativo que el apego a una lógica implacable. En el diario y en la novela desplegaba un universo de ficción que le abría paso a la ironía, al desencanto, a la vulgaridad, pero también a la constatación de un trasfondo trágico. La radiografía de un espíritu paradójico. Es el legado que hereda del dadaísmo, padrino de la revuelta del lenguaje contra la literatura institucional. En eso reflexiono luego de haber hojeado a la rápida, en la feria del libro, una de las novelas desconocidas del autor, titulada "Pornografía". Según contaba el estudio de esa edición, el nombre había sido cambiado luego por "La seducción", mucho más sugerente y menos explícito. Inauditamente, el título acabó gustándole al propio Gombrowicz, siendo que en su juventud la obra versaba precisamente sobre una sátira política, a todas luces, pornográfica. Una anécdota similar consabida le ocurrió a Bolaño con su antigua "Tormenta de mierda", modificada luego, por razones editoriales, y gracias a un amigo mexicano, como "Nocturno de Chile", nombre mucho más poético y menos escatológico. Ambos, Gombrowicz y Bolaño, eligieron el título descafeinado de sus obras, en el fondo, por una necesidad lectora, si se quiere, económica, más que por un cambio de su esencia, siempre sarcástica y paradojal. Un fenómeno que podría tacharse de políticamente correcto en realidad ocurría por motivos estético-narrativos. La contradicción entre las intenciones del escritor y las expectativas del lector siempre resulta vital. En términos narrativos es el caldo de cultivo para relecturas, tachaduras, omisiones. El Gombrowicz y el Bolaño inéditos, permanecían, de ese modo, igualmente feroces, inclasificables, para el exigente y voraz predio literario, porque, como el propio Gombrowicz señalaba, en su Testamento: "la contradicción, que supone la muerte del filósofo, es la vida del artista".

La broma infinita

Intento dar con La broma infinita de David Foster Wallace en la feria del libro de Viña. En un puesto tienen en cambio su biografía: "Todas las historias de amor son historias de fantasmas". Tentador título pero paso. Prosigo hacia el siguiente stand en busca de la próxima referencia intertextual, de la próxima coincidencia tragicómica.

jueves, 19 de enero de 2017

La gran pregunta del diletante contemporáneo: *¿Cómo compatibilizar el tiempo para el trabajo con el tiempo para el ocio? Se supone que las vacaciones están hechas para compensar el tiempo que dedicamos a sobrevivir. Ese tiempo para el ocio suele verse como un lapsus dentro del orden establecido. Por lo mismo, se ve con recelo a aquellos que tienen demasiado tiempo libre. Pareciera que estar ocupado conllevara cierta carga de nobleza. El estar desocupado, el contar con demasiada libertad de acción, en cambio, posee de forma irremediable un matiz peligroso, incluso vergonzoso. Se pone en evidencia, por ejemplo, cuando elegimos entre una distracción evasiva o un panorama, digamos, "más constructivo". De acuerdo a esa elección moral, todo lo que uno hace o deja de hacer debería poder contribuir al trabajo o al ocio de otro. Se está libre siempre y cuando ese ocio no sea asumido como condición, sino que como circunstancia, como tiempo en economía para la sociedad. Así, el dilema clásico queda nuevamente formulado: ¿Vivir para trabajar? o ¿Trabajar para vivir? Bertrand Russell en su Elogio a la ociosidad planteaba algo interesante: la resignificación del ocio, lejos del estigma de inutilidad ignominiosa, entendido como el tiempo para el cultivo de uno mismo, aunque eso implique solo encerrarse a leer, o, por el contrario, viajar a Machu Pichu o al Himalaya en alguna especie de búsqueda extravagante. Por otro parte, Bob Black en su Abolición del trabajo, proponía algo radical: romper con la idea del trabajo como dinámica de sobrevivencia, y sencillamente convertirlo en la fuerza productiva necesaria para la realización personal. Lo que sucede en el fondo es que el trabajo, de acuerdo a nuestro actual evangelio, se ha vuelto prácticamente la voluntad de espíritu del hombre moderno, a tal punto que este no puede llegar a concebir otra vida que no sea una vida llena de trabajo en pos de una retribución o una idea de futuro. Toda la lucha contra el sistema apuntaría entonces hacia esa vereda remota: la posibilidad de que la fuerza de trabajo sea alguna vez liberada del yugo del salario, y de que el ocio sea revalorizado, por fin, como el tiempo legítimo para la manifestación de la cultura con todas sus luces y sombras. Suena fácil leído en palabras, pero el trecho hacia la realidad, su dilatación, su postergación, es aquello en lo que se podría resumir toda la historia conocida.

* Se podría preguntar lo mismo en relación a la escritura como expresión del ocio más profundo, aunque también, a su manera, en cuanto trabajo, un verdugo interior que somete y demanda.
Se puede vislumbrar en el actual Werner Herzog un esfuerzo por volverse un documentalista del espíritu humano. En los documentales que ha hecho ahora último ahonda en sus misterios, sus recovecos, su magma interior. Como buen Herzog no deja de preconizar un declive, un inminente desastre, pasando por el miedo a sucumbir frente a las fuerzas naturales, hasta llegar a la realidad de la incomunicación en nuestra paradójica era. Me pregunto qué será lo que sigue. El documental se ha vuelto su propia y personal sinfonía del caos.

La lectora de Osho y la de Foucault

La situación es la siguiente: una chica en la Feria del libro de Viña levanta un libro de Osho "Aprender a amar". Mientras tanto, uno mismo a un costado, intentando buscar más ediciones de novelas de Anagrama. La chica no lucía del todo imbuida en la hojeada del libro. Se intuía su interés creciente por la temática más que por la obra misma. Sin otra evidencia que el hecho, se podría especular que el amar en sí mismo convoca la atención literaria femenina. Sumado a la temporada de verano y el libre y florido intercambio de ideas. En el momento que acudo a la zona de los libros de autoayuda, la chica parece dejar a un lado su Osho. Se anima ahora hacia un clásico: "El libro de los secretos". Hay quizá en la literatura de estos gurúes un magnetismo subestimado, pensé entre mí, mientras la chica en cuestión se disponía a guardar la cámara digital que llevaba en un morral con motivos artesanales. Más allá, se le ve saludar a unas amigas que compartían con ella.

En otro stand cercano al de la chica de Osho, otra joven se ve concentrada en la lectura de un libro gordo. A simple vista, se le veía sola. Me acerco a revisar las ediciones. El libro era nada menos que "El gobierno de sí y de los otros" de Foucault. A diferencia de la chica de Osho, esta otra sí se veía imbuida en la lectura. Tanto así que pareció que toda la feria del libro a su alrededor se abstraía, no importándole interrumpir el paso de los feriantes ni el propio interés del resto de los lectores. La joven, con un sexto sentido, por supuesto que sí advirtió mi presencia. Aún así, no le importó. Siguió en su gobierno de sí y de los otros, completamente segura de su acto solitario, de su pura identidad centrípeta. Cuando hubo terminada su lectura, vio que estaba agarrando La hermenéutica del sujeto. Una vez que termino de hojear el libro, lo agarra ella. Casi en un acto reflejo, lo aprieta como agradeciendo que esté en sus manos. Entonces se da la vuelta y desata de nuevo su lectura profunda.

El aprender a amar de la chica del principio, y El gobierno de sí y de los otros de la última. Casi se podría establecer una extraña continuidad entre ambas lectoras. Entre el amar y el gobernar. Sin embargo, se aprecia una diferencia radical entre el motivo amoroso y la lectura rápida de la primera, y el motivo filosófico y la lectura centrípeta, completamente alucinante, de la segunda. Cada una por sí sola es un universo literario andante, pero con la segunda fue posible sentir una soledad magnética, que parece estar evadiendo a los otros, pero que en realidad los está gobernando, haciéndolos parte de su imaginario lector. La que estaba haciendo la verdadera hermenéutica en el fondo era ella. Uno mismo acabó siendo solo un sujeto más -quizá ficticio- dentro su inusitada lectura. Un voyerista inventado. Un otro indeseable, persistente, aunque necesario para su ejercicio