viernes, 14 de agosto de 2020

 "También resulta que la vida de la que hablan

con horrorosas ganas es una cita

de la cual olvidaron la referencia". 

La provincia de ultramar, A. Bresky.

-Profe, ¿usted cree en la pena de muerte?-, preguntó la alumna durante la clase en línea, bajo el contexto del contenido sobre el discurso dialógico, cuando presentaba un ejemplo de un debate como texto argumentativo con tema polémico. Le repliqué que se trataba de una muy oportuna pregunta, a propósito del caso Ámbar. En lo personal le respondí que no creía en la pena de muerte, sin dar mayores explicaciones. –Si quiere por interno le explico por qué-, atiné a decir. La alumna, en cambio, convencida de su creencia, dijo que sí creía en la pena de muerte, pero que tampoco iba a explayarse por este medio. Solo quería saber mi opinión al respecto, porque le serviría para un trabajo que estaba haciendo para Lenguaje común. De ese modo, la clase en línea continuó, a medida que seguía la revisión del ejemplo del debate. La pregunta ex profeso se instaló en la conciencia de los presentes. Así es como una pregunta relacionada con la muerte teñía ahora con un velo de incertidumbre y desasosiego el ánimo pedagógico.

domingo, 9 de agosto de 2020

A raíz del caso Ámbar volvió a salir a la palestra el tema de la pena de muerte. Anteriormente ya había vuelto a salir con el caso de la pequeña Sophie. La pena de muerte fue derogada en Chile durante el gobierno de Ricardo Lagos, amparándose en tratados internacionales sobre derechos humanos, incluso el último condenado fue indultado por Eduardo Frei Ruiz Tagle en los noventa (caso Cupertino Andaur). Él pronunció las siguientes palabras tras el indulto: "No puedo creer que para defender la vida y castigar al que mata, el Estado deba a su vez matar. La pena de muerte es tan inhumana como el crimen que la motiva. Sólo Dios da la vida, sólo Dios puede quitarla". Un debate que mantiene dividida a la clase política y a la ciudadanía en un nivel humano con posiciones a ratos irreconciliables. La pregunta hoy por hoy es ¿la pena de muerte es realmente justa? ¿Compensa el daño de crímenes tan atroces como los de Ambar o Sophie? Ante estas preguntas, sale a colación el rol del Estado respecto al monopolio de la violencia y también el de la justicia. Están quienes, imbuidos por la sensibilidad humana que producen estos casos extremos, abogan por la pena de muerte para sujetos que no merecen una segunda oportunidad, dada la gravedad de sus crímenes y que, a los ojos de la sociedad, solo deben ser borrados del mapa. Hay también datos y argumentos racionales para justificar el restablecimiento de la pena. Por ejemplo, en el hecho de que el Estado Chileno gasta alrededor de 700 mil pesos en un preso y solo cerca de 40 mil en un estudiante público, poniendo en perspectiva el tema de los valores. ¿Qué pesa más: un estudiante o un preso? Se preguntan en base a estos datos fácticos. ¿Dónde están las prioridades del Estado chileno con respecto a la ciudadanía? A partir de esto, se deduce que mantener de por vida a un preso condenado por crímenes repudiables sería una injusticia para el círculo más íntimo de las víctimas, quienes deberán pagar con sus propios impuestos la estadía carcelaria del victimario. 

Por otra parte, están los que plantean que la pena de muerte resulta una medida inviable, ya no tanto desde el punto de vista de los derechos humanos de los condenados, sino que desde la crítica al aparato represor del Estado que, al plantearse la posibilidad legal de dar muerte a ciertos condenados, puede caer en una deriva peligrosa, rozando el accionar fascista, y con ello, la corrupción de condenar a muerte a posibles inocentes o a sujetos acusados simplemente por motivos políticos. En este punto, se enarbola la importancia del garantismo que algunos cuestionan al proteger demasiado a los delincuentes, pero que permite a todos los ciudadanos contar con, al menos, una base de derechos básicos y fundamentales, frente a la acción punitiva de este gran Leviatán. Además, se plantea que la pena de muerte, aun siendo implementada, tampoco garantiza que, a futuro, acabe la comisión de aquellos crímenes que la justicia social condena con el linchamiento total. Se han mostrado cifras para sostener que aquellos estados en los cuales la pena de muerte se implementó no bajaron considerablemente sus índices de criminalidad, y como solución a largo plazo, en cambio, confían en que todo pasa por una reeducación de la sociedad, para crear las condiciones necesarias que hagan improbable la existencia de delincuentes y criminales. Esa es la vía idealista que condena de por sí la pena de muerte. No victimiza a los condenados, como aquellos que son partidarios de la cadena perpetua (aduciendo que los condenados son consecuencia de un sistema enfermo), sino que toma partido por las personas que vienen, abrigando todavía y, a pesar de la injusticia y la maldad reinantes, una cierta esperanza en la humanidad. 

En suma, apoyar o rechazar la polémica pena de muerte implica legitimar algunas de las razones aquí expuestas, y ello conlleva un profundo dilema ético relacionado con el sentido de la justicia. Surgen entonces nuevas preguntas, a propósito de esta discusión, preguntas que dejan la puerta abierta para interpretaciones: si lo justo es dar a cada quien que lo merece de acuerdo a derecho ¿sería realmente justo matar a quien mata? ¿Es eso justicia o venganza, bajo la ley de talión? ¿el Estado es realmente un ente legítimo para deliberar esa acción? ¿Dar muerte a alguien que le arrebató la vida a otro, finalmente, de acuerdo a un cierto sentido de proporcionalidad, compensará la pérdida de esa vida y el daño que provoca en la sociedad? ¿Lo correcto es lo justo siempre? ¿Para quién o para quiénes? Las respuestas a estas preguntas, insisto, solo pueden ser respondidas en base a elecciones y convicciones personalísimas que serán, a la larga, el reflejo de cada persona.
Tras la terrible muerte de Ámbar, aparece ante el ojo público la figura de la jueza Silvana Donoso, ministra de la Corte de Apelaciones de Valparaíso, quien autorizó la libertad condicional del principal sospechoso, Hugo Bustamante, el “asesino del tambor”, pese al informe desfavorable otorgado en su momento por gendarmería. Las manifestaciones en su contra pronto se hicieron notar, siendo señalada como cómplice indirecta del hecho de sangre. Silvana Donoso había justificado la decisión de dejar suelto a Bustamante, aduciendo precisamente que la libertad condicional no es un beneficio, sino que un derecho, y que era el resultado del mecanismo legal llevado a cabo por la comisión presidida en ese tiempo por ella (no olvidar que esa comisión estaba conformada, en su totalidad, por cuatro mujeres y dos hombres). Lo más irónico de todo es que la jueza integró hace algún tiempo la presidencia de la Mesa de Género de la jurisdicción de Valparaíso. Incluso tuvo la oportunidad de expresar ante la prensa su compromiso con las mujeres víctimas que representaba en diferentes casos. Actualmente, y luego del conocimiento mediático del caso Ámbar, Silvana Donoso ha sido requerida por la masa crítica. Ella ha optado por guardar silencio. Seguramente debe estar viviendo, en su fuero interno, una inmensa contradicción ética y vital, o tal vez, debe estar convencida de haber tomado una decisión correcta ajustada a derecho, con el apoyo de más de treinta abogadas de Chile. La mayoría de la gente, indignada frente a la sensación de impunidad, no ha cesado de apelar a la llamada “puerta giratoria” de la justicia chilena. ¿Qué razones cabrían ante semejante muestra de prevaricato? ¿Cómo podrá justificar la jueza, hoy por hoy, su decisión bajo este catastrófico panorama? Si se trata de buscar responsables, se podría individualizar hilando fino con nombres y apellidos o, por el contrario, generalizar apelando a algo más estructural, como lo son las cuestionadas políticas públicas de protección a menores. Nuevamente, la ética frente a los otros, frente a la sensibilidad y seguridad de la sociedad, confrontada con la lógica interna del sistema. Dicen que la justicia es ciega, no tanto por imparcial, como por querer ver solo lo quiere ver. Dicen que lo justo dista mucho de lo legal. Dicen que la libertad de unos termina donde empieza la de otros. En vista de los hechos, la conciencia de Silvana Donoso seguirá siendo interpelada, mientras no se dicte una sentencia condenatoria contra el inculpado. A veces la ley del karma pareciera nivelar un desequilibrio no del todo visible. El macabro juego de las decisiones y las consecuencias.

miércoles, 5 de agosto de 2020

En una misma semana, la ya conocida lucha de cierto grupo de mapuches en la Araucanía se ha acrecentado con el contexto político del virus y la lucha mundial contra el racismo; un desastroso incidente ha sucedido en el Líbano durante su peor momento histórico, producto de una explosión de material químico supuestamente accidental; y en Villa Alemana, la justicia emprende grandes esfuerzos para tratar de dar con el paradero de una joven llamada Ámbar, cuya madre está emparejada con el famoso “asesino del tambor”, de quien se sospecha pudo haber tenido alguna responsabilidad en su desaparición. 

¿Qué tiene en común estos tres hechos en apariencia tan distantes entre sí? ¿Qué hilo subrepticio los une? Pues, que todos ellos configuran una muestra del escenario de incertidumbre y de horror que estamos viviendo durante el 2020. Y todo indica que se vienen cosas peores. Ni Camus hubiera podido intuir un momento de la historia tan brutal y absurdo. Ni la ciencia ficción más distópica hubiera podido concebir un futuro tan enrevesado y desesperanzador. Solo resta que el curso de la historia decante, venga lo que venga, y que nos pille confesados antes de que sea demasiado tarde.

Durante el último tiempo, se han intensificado los conflictos en la Araucanía específicamente en Temuco, Valdivia y varios otros puntos como las zonas de Curacautín y Collipulli. Todo ha adquirido ribetes aún más peligrosos en el contexto de la lucha mundial contra el racismo, actualizada ahora a la causa mapuche. Por un lado, los sectores del progresismo alegan una discriminación racial sistemática contra los mapuches, apelando a la lucha milenaria por sus tierras usurpadas. Por otro, los sectores del oficialismo condenan los hechos de violencia ocurridos en la Araucanía, producto de lo que ellos llaman actos de terrorismo, camuflados bajo la causa mapuche y orquestados por la izquierda para desestabilizar el clima político en el país. Para unos, el Estado chileno ha sido el principal opresor y usurpador, y ya es hora de que detenga su violencia. Para otros, las instituciones y el Estado de derecho han corrido el peligro de caer ante el caos y la falta de orden público. Todo indica que ese será el tenor de las relaciones ideológicas de aquí a fin de año, con miras al Plebiscito por una Nueva Constitución, y la cosa cada día se agudiza aún más con el escenario de la peste. No cabe ningún consenso ni diálogo en esto, para quienes promulgan la edulcorada democracia de nuestra soberanía. Evidentemente, se suma la beligerancia del 18/10 con la cuestión social del covid para generar el caldo de cultivo necesario de una guerra cultural sin cuartel.

domingo, 26 de julio de 2020

Querido primo: fuiste prácticamente un hermano chico para mí. Todavía recuerdo cuando de cabros jugábamos en el patio de los tatas. Me retaban porque me ponía a pelear contigo, y tenía envidia cuando a ti te servían más bebida que a mí, o por ejemplo, cuando venías y te quedabas con el mejor juguete. Nunca olvidaré esas tardes enteras jugando al 64 o al play 1, empecinados en pasar los niveles de las etapas de los videojuegos. Me decías el monstruo por pasar todos los niveles con facilidad. Tú te llamabas el descubridor por desbloquear cosas nuevas. Nunca olvidaré cuando íbamos al Alejo Barrios con el tata a jugar pichanga y ya mostrabas tus dotes de arquero. Nunca olvidaré cuando hacías tus imitaciones ni cuando te explayabas tan lúcidamente sobre el acontecer político. Podrías haber sido un excelente comentarista deportivo, un locutor radial, un politólogo o un humorista de stand up comedy. Mi viejo en parte te consideraba como su hijo por eso mismo. Admiraba en ti esa locuacidad, esa capacidad verbal e histriónica para opinar sobre temas polémicos, pero también esa cualidad única para el humor que tenías. Nos sacabas a todos una sonrisa, por el simple hecho de hacerle competencia a Kramer. Tenías un don del cual yo carezco: el don de la extroversión. Si bien no te venía lo intelectual, tenías una visión muy aguda de las cosas, acompañada de esa característica liviandad de sangre, la cual hacía que tu compañía fuese absolutamente confiable y amena en un sentido muy íntimo. Pese a tus problemas, que todos tenemos, pese, a lo mejor, a tus rabias, a tus frustraciones, que destilabas, a ratos, eras un cabro sano, y, por sobre todo, un cabro bueno, íntegro. Son cosas que admiro aún de ti, y que no puedo sino recordar con cariño. Hablabas de aquellos “viejos tiempos”, en donde todo era más fácil, cuando éramos pequeños. Deseabas en tu fuero interno que todo fuese como en aquellos viejos tiempos, y compartía tu visión de manera entusiasta. Eras un nostálgico. Ansiabas aquella edad de oro, aunque no por eso dejabas de disfrutar el presente, a tu manera. En el fondo, soy muy parecido a ti en ese sentido: un romántico, en el viejo sentido de la palabra. Añorabas el pasado pero a la vez vivías el aquí y ahora, con un dejo de desenvoltura, de simpatía, de candidez, aunque guardabas conflictos que solo tu conocías, en parte, como todo el mundo. Nadie te puede culpar por eso. Sabemos que quizá te sentías incomprendido. Yo, en lo particular, nunca fui capaz de hablar contigo para tocar esos temas que tanto te aquejaban, porque temía, en parte, que se perdiera aquella magia en nuestra relación, de cuando éramos precisamente más jóvenes, y en donde no existían esta clase de problemas, y todo era más fácil. Afrontar el paso del tiempo y la madurez implicaba, de forma dolorosa, seguir nuestros propios rumbos. Y así fue. Pese a la comunicación, había que crecer y dejar atrás aquellos viejos recuerdos para afrontar la vida adulta. A pesar de todo, y de esa distancia, el lazo que nos unía era el de aquella añoranza del pasado, ese pasado ideal. Ahora lo entiendo todo. Tu mensaje siempre fue atesorar esos recuerdos en nuestro interior, porque el tiempo también tiene corazón. Más allá de las circunstancias que envolvieron tu partida, me quedo con eso: con tu nobleza, con tu espontaneidad, con tu espíritu crítico y con la idea de que nuestra memoria siempre puede dignificar nuestra historia. 

Hasta siempre, futbolero, locutor, imitador, politólogo, bombero, primo, hermano 

Los viejos y buenos tiempos siempre vivirán en tu memoria.

viernes, 17 de julio de 2020

Se aprobó el retiro del 10% de los fondos de la AFP por la cámara de diputados. Se ha aprobado en una jornada marcada por la beligerancia callejera y las aproximaciones hacia una posible vacuna contra el virus. Esa jornada marcó un punto de inflexión inaudito, en el sentido de que el oficialismo ha cedido nuevamente a las demandas de la oposición. Aquel sistema que se creía tan eficiente, aquel Mercedes Benz del que hablaba orgulloso José Piñera, ha sido encausado lentamente a golpe de presión y de fisuras internas hacia su propia entropía. Finalmente se marcó un precedente importante, desde la tan bullada y malograda campaña del No + AFP; primera promesa rota, tras la proyección hecha en el año 90 acerca de la posibilidad de pensionarse con el 100% del sueldo para el año 2020. Esta vez se apostó inteligentemente por la urgencia vital del escenario de catástrofe, dejando de lado la manida lucha estructural. Si no se pudo atacar de raíz al sistema de AFP ni tampoco establecer su nacionalización desde la bancada comunista, había que apelar a los ánimos exaltados de “las bases” sumidas al hambre de todos los días. Había que ofrecerles la oportunidad de que contaran con sus propios recursos acumulados, de que sintieran al menos de forma parcial una pizca de control y de poder sobre su propio capital, aunque la lógica del sistema siguiera sin garantizar un cambio sustancial a futuro, suponiendo que lo hay. Más valía 10% en mano que cien jubilaciones rentables volando. Ante el incierto panorama país, y considerando el todavía oscuro advenimiento del plebiscito constitucional, había que jugársela por un presente efervescente, totalmente convaleciente, cargando aún con el combustible del 18/10 y de cara no solo a la odiosa pandemia sino que a un próximo contraste de fuerzas.

martes, 23 de junio de 2020

El mundo ha acabado el 21 de Junio según el calendario Maya, siguiendo la rectificación de Paolo Tagaloguin. Dos días después, todo sigue perfectamente igual. Dicen que la tercera temporada de Dark el día 27 de Junio marcaría el verdadero fin. Más vale aprontarse, porque si no acertaron los mayas, puede que sí lo hagan los alemanes. Si no lo hizo la escatología, puede que sí lo haga una serie de televisión.

jueves, 18 de junio de 2020

No soy amigo de las estatuas. La propia idea de una estatua de la libertad resulta absurda. Pero no creo que la solución pase por derribarlas ni decapitarlas. Sé que el gesto de su derrumbamiento y decapitación supone rebelarse contra un imaginario simbólico de opresión, y que eso implica precisamente leer a esos personajes representados desde la vereda del poder opresor. Sin embargo, esa lectura se hace más bien desde un “presentismo” con altas dosis de revisionismo político, que, en todo caso, interpreta la carga histórica condensada en esas estatuas a partir de un evento puntual o un hecho paradigmático, al cual se suma toda una serie de causas encadenadas que vendrían a construir un relato, en este caso, el relato de los discriminados por la "historia oficial" en razón de su raza, de su cultura de origen o de su genética. En lo relativo a Colón como símbolo del racismo en América, y, por alcance, del racismo actual norteamericano, no se puede aseverar tajantemente que sea el responsable originario de todo el genocidio posterior, ni afirmar con certeza que él haya representado el origen de toda discriminación racial desde el período de la conquista en adelante. Hay que considerar que EEUU fue colonia británica desde el siglo XVII, justamente cuando comenzó la esclavitud en esos lares, tiempo después de la leyenda negra española. Hay que considerar también que Colón murió desconociendo por completo que había pisado unas tierras completamente desconocidas para la óptica occidental hasta ese entonces, encontrando siempre en esos parajes el signo de las Indias a lo largo de sus cuatro viajes. En sus diarios siempre consideró a los nativos como oriundos de las Indias, incluso mencionando al Gran Khan, en un intento por establecer negociaciones con esta gente nativa, por supuesto, sin éxito alguno. Se cuenta, por otro lado, que al ser designado virrey y gobernador de las Indias por la Corona Española, a Colón se le acusó de implementar un gobierno tiránico, hecho a partir del cual la historiadora Consuelo Varela opina que «la historiografía que se nos ha conservado hasta ahora es única y exclusivamente la que le favorecía». Pero si achacamos únicamente a Colón la completa responsabilidad sobre todo lo que sucedió después en América (que, por cierto, tampoco constituye un continente necesariamente victimizado ad aeternum, sino que un continente humano con su propia entidad dentro de la historia universal, llena de luces y sombras), asimismo tendríamos que achacarle, por ejemplo, a Julio César la barbarie ocasionada en Germania, o a los árabes la dominación ejercida durante siglos sobre los propios españoles. Igual que en Europa, la conquista de ese continente inventado denominado América (a decir de Edmundo O Gorman) supuso un profundo cambio social y cultural, tal vez equiparable al que provocó Roma sobre el Viejo Mundo. Las civilizaciones, quieran o no los puristas de la moral, se han ido blandiendo como espadas a base de fuego y hierro. ¿Pero a qué costo? Se preguntarán los progresistas de hoy. Pues el costo del ciclo de la(s) historia(s), sin una síntesis posible en el horizonte, el ciclo de la(s) historia(s) que una y otra vez vuelve(n) sobre sí misma(s), de manera centrífuga, construyendo un presente sobre las ruinas de un pasado, y, al mismo tiempo, conservando los sedimentos, los recuerdos que aún palpitan y también los olvidos que aún resuenan. No hay que dejar que esos recuerdos opaquen la mirada, aunque tampoco que esos olvidos permanezcan demasiado tiempo en la retina, con tal de nublar la visión de las cosas. Las estatuas deberían seguir ahí, no tanto para ensalzar a los muertos, como para repensar lo que fueron.