lunes, 13 de julio de 2015



Freud decía que los sueños eran una sublimación de un deseo reprimido, lo que no vio quizá demasiado influido por el positivismo de la época es que los actos son en su mayoría símbolos de algo más grande. "He visto metáforas más reales que la gente que anda por la calle", poiesis errante, vagabunda, nómade buscando miradas, cuerpos, errores en los que encarnarse, para hacerse imagen, sonido, doble lectura, no conforme con lo que ya es, con lo que dicta su origen, siempre yendo hacia algo más. Es lo que diferencia al poeta del mero psicólogo: este último en su afán de controlarlo todo, obvia que la matriz de los actos es inexplicable, que las palabras mismas son un subproducto de la locura, que no queda sino utilizarlas para invocar algo que se creía algo demasiado escondido o por el contrario demasiado expuesto. Pensar es quizá lo único libre de tratamiento, la enfermedad de la cual habrá que sentirse orgullo muy a pesar del mundo, porque el poetizar mismo no demanda especialistas, a lo sumo busca adeptos, neuróticos insufribles....

jueves, 9 de julio de 2015

Es increíble cómo al acercarse el final de un ciclo, se rompen las reglas, las categorías se borran, los límites se violan, al igual que en una curvatura del espacio tiempo, como en una nueva teoría cuántica, eso demuestra que el curriculum es otra cuestión convencional. Cómo por ejemplo en una clase de ortografía un alumno se interesa por un disco de King Crimson, entonces por un instante la melomanía se come al lenguaje. Cómo en una clase de repaso sobre el género lírico salen a colación los videojuegos, en un intento por parecer juvenil, entonces la clase se vuelve una vanguardia o simplemente una distracción. Y cómo finalmente en una clase de lenguaje común todos se toman un minuto de confianza, y cada quien le dice al otro lo que no habían querido decirse por miedo o verguenza. Ninguna clase concordó exactamente con lo planificado, así como aquellas improvisaciones en escena que se salen del libreto. La U nos hacía creer en un mundo de Bilz y Pap donde todos los alumnos seguirían al pie de la letra los objetivos y, sobre todo, la ficción de que ellos cumplirían a cabalidad las actividades y estarían satisfechos y agradecidos con el trabajo, como en una suerte de convivencia constructivista del primer mundo. Pero la realidad, cruda, irónica, le da la bienvenida al cambio. Se acerca el fin de algo, se siente que se sigue con lo de siempre, entonces la rueda toma otro rumbo, desconocido, a veces incómodo, a veces simpático, pero definitivamente otro. Y toca sumarse a la fiesta, y toca reescribir el libreto, y decir que, por ahora, ya nada queda.


Veo al Papa Francisco que recibe la cruz con la hoz comunista de parte de Evo Morales. La monserga religiosa, el sabor de la corrección a la orden del día, esa sensación de que las diferencias irreconciliables se pueden eliminar, de que la Iglesia todavía puede reivindicar siglos y siglos de necedad mediante gestos diplomáticos, además con la propaganda de unidad latinoamericana. Me parece sospechoso el discurso buena onda, sobre todo proveniente de la Iglesia, cualquiera que sea el santurrón que la encabece. Esa política blanda, esa posmodernidad líquida, esa carnavalización, jergas académicas para hablar de una estrategia bastante más sutil: la de hacer creer a la humanidad que los ídolos pueden revertir sus roles, que el timón de esta fiesta demagógica le pertenece a todos. Y no tiene nada que ver con la religión en sí, con el concepto metafísico, espiritual originario. Y no tiene nada que ver con la política como puesta en práctica del orden. Es la mascarada la que causa recelo. La pirotecnia de la moralidad. La sensación casi espectacular de que detrás de cada cruz existe una persona de carne y hueso, de que con cada ley que se aprueba, por más rebuscada, vanguardista que parezca, con el juicio de los hombres, se llega a alguna parte, a alguna clase de paraíso progresista, donde todos tendrían la misma porción de torta, donde el bien y el mal estarán a ambos lados de la balanza. Aunque no se sepa, a ciencia cierta, quienes sean realmente los buenos ni los malos de la película.

miércoles, 8 de julio de 2015

Sobre el ocio y la escuela dentro de la escuela.

Siempre existió la posibilidad de más de una escuela dentro de la escuela. Y no es precisamente la existencia de varias pedagogías. Ni tampoco de materias, líderes ni proyectos. Releyendo esa extraña palabra "escuela", recordé de repente el consejo de un viejo profesor de etimología de la universidad: las palabras son como ríos, busca su caudal y hallarás su origen. Uno de los pocos profesores que valían la pena, desatendido, antiguo, casi anónimo, contando con un conocimiento al parecer inútil pero por eso mismo valioso: el conocimiento del origen de las palabras, que es el conocimiento sobre el origen de las cosas y sus respectivos mitos, verdades, mentiras. La palabra "escuela", aquello que los alumnos, muy a nuestro pesar, asocian a regla, imposición, orden, a todo lo ajeno, a todo aquello que los obliga a seguir cierta carrera, como si les pusiesen alas o ruedas para transitar un camino que todavía desconocen. Resulta que esa palabra asociada desde la política y desde la experiencia de los chicos a un espacio puertas adentro, a una institución, en su origen griego significaba "ocio". Los griegos, los presocráticos claro está, los maestros del ocio como instancia y práctica de libertad. Ese concepto clásico de la scholé es lo más cercano que se conoce a una especie de "escuela de la vida", a una suerte de educación a la intemperie, no precisamente la peripatética de Aristóteles, sino que aquella sin academia ni subordinación, solo aquella que servía determinados ideales en función de una tradición. Cada quien tenía su propia scholé, su propia manera de transitar el camino de la tradición. El alumno era el no iluminado que "despertaba" cierta grieta de una cueva interna, para encontrarse con un mundo que lo antecede y sobrepasa, un mundo completamente abierto y nuevo a la expectativa. Lo de la escuela como una cuestión erudita, como un centro de formación vino recién con Platón, y más tarde con la fundación de la escolástica medieval. La institución es mucho más tardía de lo que se cree. Pero entonces ¿qué quiere decir que en cada escuela hay más de una escuela? Pues, que la escuela es más que solo la institución. Parece de perogrullo, pero en efecto cada quien va a la escuela que quiere ir, mejor dicho, cada quien crea escuela a su modo, ya sea con ganas o a ciegas, fuera del curriculum, hay escuelas tales como la "escuela de los vivos", como dijo un alumno un día, o la "escuela de los perdedores", la "escuela de los rebeldes", la "escuela de los mateos", la "escuela de los populares", y así suma y sigue. Quiero destacar la "escuela de los vivos", que parece ser a la que todos aspiran. El alumno buscaba en el fondo plantear con orgullo la posibilidad de una escuela de "vivos", de los astutos, de aquellos que se salen con la suya. Y que sin embargo, siguen su propia ley, desconocida, inenarrable. En efecto, la escuela de los vivos existe, y sigue siendo la que "la lleva". Considero necesario, a estas alturas del partido, recordar de qué escuela venimos, si nos criamos directamente en la escuela de los vivos, si hemos reprobado o simplemente desertado de esa escuela, o si la escuela que pretendemos crear es todavía un mero sabotaje a nuestro ocio de nacimiento. Si la escuela que pretendemos no supera a nuestro ocio original, entonces no vale la pena.


Hoy en la calle rumbo a Pedro Montt unas profesoras de Santiago esperando subir a un bus de regreso. Se presume que venían de alguna marcha o asamblea relacionada con la lucha contra la Carrera Docente. Interactué con ellas un momento, tratando de empatizar. Me preguntaron si era de la educación municipal o subvencionada. Les expliqué (no sé si con algo de rubor o falso alivio) que era de la particular. En eso ellas se subían rápidamente al bus luego de señalar que no bajarían su postura hasta que todo acabara para bien. Lejos de los temas contingentes, lo que más me marcó fue la mirada de las profesoras. Se notaba en ellas una tristeza terrible. El eco, el rumor, solo la sombra de una antigua belleza jovial, libre de obligaciones, libre de enseñanza, viva. Se notaba las mellas del trabajo en su rostro. Primera idea: el trabajo alienante provoca estragos en la belleza física. Luego, voy a un cyber a imprimir unos documentos. Una chica escribiendo en el computador un texto sobre el cuerpo, algo así como un estudio sobre la evolución de un niño con problemas psicomotores. Una joven, quizá trabajadora social o enfermera, estudiosa del cuerpo de un niño. Sin quererlo, aunque sea bajo una jerga académica, profesional, aparentemente impersonal, ella iba recitando un clandestino elogio a la física. Segunda idea: todo vuelve a la física. Con su escritura supuestamente fría, netamente laboral, demostraba que frente a los embates de la vida moderna el único perjudicado es el cuerpo, mejor dicho, su belleza. Algo así como la belleza natural. La belleza sometida a las contradicciones de un mundo que cada vez más se piensa fuera de si mismo.

martes, 7 de julio de 2015



Sería iluso apoyar una causa solamente para sanar una herida del pasado, para compensar cierta incomprensión emocional o para conquistar el corazón de aquella a la que suscribo. Como decía Sábato en el Abbadón, de qué otra cosa nos serviría apoyar algo por insignificante que fuese sino que para ser mejores personas. Por último, para dejar a la deriva una ilusión, la ilusión de que se está haciendo algo bien (pero no algo necesariamente bueno). La simpatía por una idea ambiciosa sobre la realidad pasa por un sendero demasiado personal antes de llegar a cierta conclusión universal. Del mismo modo que pretendo hacer de la causa suscrita única y legítima, así también hago únicos y legítimos los ardides e insatisfacciones que conlleva su recorrido: los desaciertos, los desencuentros, los desapegos... todo ello acaba inmortalizado y a la larga es la victoria pírrica frente a la ilusión de un cambio, es la leyenda personal que llevas a la tumba y que sobrevive a esas causas que todos apoyaban llevando consigo a rastras su memoria cargada de recuerdos y de deseos. Si no puedes escribir sobre eso, al menos ten la decencia de vivirlo. Sin embargo, en aquella causa que creímos perdida hallamos una forma más oscura de revelarnos, en la desaparición de aquella que creímos desaparecida y que nos mantuvo a la expectativa, encontramos una nueva forma de amar, una manera de dejarlo todo para partir desde el punto en que eramos desconocidos y solamente imaginar que podíamos incluso sabotear el mundo para volver a encontrarnos.

domingo, 5 de julio de 2015



Un rosario sobre las cosas inútiles, que le dan un sabor extraño a la vida sin el cual nada se haría con ganas y nada sería lo mismo, un rosario sobre la esencia de un día domingo, antes de darle importancia a las llamadas cosas útiles que por su utilidad pecan de ser demasiado importantes: "Podemos perdonar a un hombre por haber hecho una cosa útil mientras no la admire. La única disculpa de haber hecho una cosa inútil...es admirarla intensamente" Oscar Wilde.

sábado, 4 de julio de 2015



Siempre me ha parecido que aquellos que andan pregonando el sinsentido de las cosas son más bien unos privilegiados. Tienen el suficiente tiempo para perderlo en vociferar contra la existencia. La gente pobre ni siquiera conoce el nihilismo, no necesitan conocerlo, esa nomenclatura ya es un lujo de por sí. Los verdaderamente desposeídos no tienen el tiempo ni los recursos para andar execrando gratuitamente por allí. Su espíritu está demasiado ocupado tratando de subsistir, tratando de pensar en el próximo segundo, tratando de pensar si a la salida de su trabajo no caerán irremediablemente en un abismo. Son, en cierta medida, no optimistas, sino que solo vividores. Los que se dan el lujo de contemplar tienen cierta posición. Lord Byron fue también un romántico. Vicente Huidobro, que andaba tratando de romper la mímesis, connotado aristócrata. Y así también los surrealistas. Los otros, los de abajo, en su mayoría tienden a relatar el transcurso de sus días con otro sentido de la realidad, uno quizá más personal, uno en que se conoce y se vive el despojo de manera natural, no tanto como una postura estética. Sin ir más lejos, Buda, el príncipe, despertando a la iluminación a través de la miseria, de la muerte. A través de la conciencia. Y la conciencia nos vuelve unos cobardes, decía Shakespeare. Y es precisamente porque quienes pueden perderlo todo, pueden darse el lujo de volver a desearlo todo.

jueves, 2 de julio de 2015

Cuando se ven esos vídeos documentales sobre las proporciones gigantescas de tamaño entre la Tierra y los Soles y las galaxias, aflora de inmediato esa típica pregunta tardía respecto a nuestros problemas y su relativa insignificancia, como si preguntándose sobre el universo inmediatamente se postergaran. Siempre cuando se cree perder el tiempo, en realidad se está pensando. Así es el pensamiento: un naufragio gratuito a través de cosas que no sirven ni todavía tienen nombre. Se pierde algo en esos videos: el sentido de realidad, del deber, del día a día y, sin embargo, algo queda, la sensación de que hay algo más que tu metro cuadrado, una cierta sensación de impotencia, cierta temeridad, impulsada por la ignorancia, por la sangre, como si todo fuese un baile cósmico del cual el humano, en su pequeño orgullo, cree restarse, con su pequeña miseria y su cuota de sentido, a orillas de todo un océano de indiferencia, como si ser o no feliz fuese trascendente, como si buscando la verdad en uno se accediera de lleno a una nada, como si saliendo al espacio se buscara uno mismo una nueva vida, pero aquí se sigue. La ciencia le abre la puerta al misterio y también sirve de consuelo para los pequeños egos que piensan en cómo enfrentar el próximo día, la próxima vuelta de la esquina, la próxima conversación remota, el próximo pedazo de mundo que aparece engendrado en la conciencia, esperando otra vez aparecer deletreado en el alfabeto de la vanidad personal.

miércoles, 1 de julio de 2015


De repente en la clase una alumna pregunta de la nada: "¡Profesor!, nos pondrá un siete al libro si gana Chile, cierto?". Ante la posibilidad, y tratando de seguir el juego, replico: "¿Y si pierden?". Entonces un alumno más al fondo se toma la palabra y responde: "Nos raja no más". Acto seguido, todos sus compañeros lo abuchearon.

La sala de clases de repente se transformó en un estadio. Cómo me encantan esos breves instantes de anarquía..