¿Estamos ante un “estallido social” yanqui? ¿un verdadero 18/10 gringo? Se ha creado una relación refleja entre lo que sucede actualmente en Estados Unidos producto del asesinato de George Floyd por parte de un policía, y lo que ocurrió en Chile el pasado 18 de octubre luego de una serie de evasiones al metro de Santiago que sirvieron como excusa para desplegar la insurrección colectiva (y, en cierta manera, política) que se prolonga hasta el día de hoy, si no fuera por el factor virus. Lo interesante en el caso gringo es que dicho estallido ha sido gatillado pese al contexto de la pandemia, en cambio acá la efervescencia ha permanecido un tanto a raya, al menos en lo que dure la proyección de aquí a fin de año, cuando se acerque la fecha del plebiscito por la Nueva Constitución. Yo diría que más que una relación estrictamente refleja, tal como han creído algunos sectores radicales, que insisten en ver en este estallido gringo una suerte de réplica de lo sucedido con el nuestro, lo que está pasando entre Estados Unidos y Chile es más bien una resonancia única entre distintos ánimos de disconformidad bajo diferentes contextos, cuyo impacto en el seno de la sociedad ha provocado ciertos puntos de simpatía, como es el caso de Gustavo Gatica con los manifestantes yanquis heridos en los ojos, o la frase ACAB que englobaría ahora no solo a los “pacos” sino que a la policía propiamente norteamericana. Y, sin ir más lejos, es cuestión de pensar en la población que se levanta contra Trump escondido en un bunker bajo la Casablanca y la gente que acá marchó en masa a lo largo de la Plaza Baquedano, proponiéndose llegar a la Moneda para encarar a Piñera. Si bien los levantamientos de ambos países pueden emparentarse, y se subentiende que sean respuestas a una “violencia estructural”, siguen siendo, sin embargo, producto de causas distintas, simplemente porque el presupuesto ideológico para nuestro estallido es muy particular, y estriba principalmente en la repulsa al llamado legado de Pinochet, es decir, el modelo económico y la Constitución política impuestos durante la dictadura, y esa repulsa ha surgido desde las bases mismas, teniendo una cierta articulación política desde la oposición y desde la izquierda. En cambio, el presupuesto para aquel estallido, el gringo, guarda relación con otro fenómeno. Como explicó Fernando Villegas en su canal, también se trata de una acumulación de descontento, pero tiene que ver más bien con dos cosas: por un lado, el resentimiento producido por la desigualdad entre aquella población que creyó en el sueño americano de la clase media y aquella elite intelectual que consiguió adaptarse a los nuevos tiempos en aras de la tecnologización de la sociedad; y por otro lado, la cólera de una masa crítica que, ante el incidente con George Floyd, ha vuelto a despertar los odios raciales que se creían superados, y que en la práctica continúan siendo un estigma social desde los tiempos del Ku Klux Klan y Martin Luther King. Por supuesto, y a propósito de los ciberataques de Anonymous, no faltarán las voces que insistan en que el problema de base del conflicto vivido tanto en Estados Unidos como en Chile por igual, lo conforma el imperialismo, el poder organizado, el capitalismo, y que aquellos que se rebelan contra esas fuerzas enemigas constituyen una sola voz unívoca, o a lo menos, un grupo heterogéneo levantado contra un adversario en común, pero con esta concepción maniquea pienso que se reduce demasiado la necesaria mirada histórica en torno a estos dos estallidos, so pena de subestimar sus alcances, sus circunstancias específicas, sus posibles sombras y luces, puesto que sus esquirlas alcanzan decididamente otros horizontes, otros caminos. Veremos entonces cómo evoluciona de aquí a futuro este estallido en Estados Unidos, sobre todo ahora que su realidad imita a DC y se parece a la última parte del Joker, y qué le depara a Chilito de aquí en adelante, dando fuertes señales de que la cosa está lejos de acabar, de que solo se está viviendo una tregua país para luego volver a la carga, con el odioso bicho como telón de fondo de una guerra planetaria.
lunes, 1 de junio de 2020
Después de 3 años, Anonymous regresó y recargado, ya que en cuestión de horas atacó el sitio web del departamento de policía de Minneapolis; hackeó los radios del departamento de policía de Chicago y reprodujo la canción “Fuck the police” de N.W.A; viralizó documentos relacionados con el “Libro negro de Epstein”, donde se expone la posible conexión de varias personalidades de la política, la iglesia y el mundo del espectáculo anglosajón con secretas redes de pedofilia; expuso el presunto verdadero móvil de la muerte de la Princesa Diana (asociado directamente con lo anterior); y amenazó con exponer otros crímenes de parte del gobierno estadounidense a raíz de lo ocurrido con George Floyd. Si creímos que este 2020 solo era un remedo de Black Mirror, resulta que ahora es un episodio inédito de Mr Robot. Uno crudamente conspirativo.
domingo, 31 de mayo de 2020
Joker anda suelto en Minneapolis
Una figura inquietante destacaba este viernes en medio del tumulto, justo entre la avenida Chicago y la calle 38, donde sucedió el arresto policial y posterior muerte del afroamericano. Un hombre disfrazado de Joker paseaba solo con un cartel que reclamaba “Justicia para George”. Con el pelo verde y largo, la ropa chillona y una mueca afligida pintada en el rostro, Joseph Pudwill representaba la última versión cinematográfica de este macabro payaso interpretado por Joaquin Phoenix en la famosa película estadounidense. En ella, un Joker maltratado por la vida se torna un sangriento asesino.
“Se ha convertido en un modelo de la injusticia social, el reconocimiento de las tragedias que ocurren, me he enamorado de este personaje y creo que hoy sirve para empujar el mensaje”, explicaba Pudwill, un empleado de supermercado de 36 años.
En Chile, la gestión del ministro de salud ha sido duramente cuestionada, sobre todo después de una desafortunada declaración en la cual señala que todas sus proyecciones epidemiológicas se han derrumbado como si fueran “castillos de naipes”; además, ha dicho que desconocía la “magnitud de la pobreza y del hacinamiento” que están viviendo muchos sectores de la población, agudizada todavía más por el problema sanitario. Todas estas señales de inoperancia fueron interpretadas en forma de indolencia por parte de la oposición, incluso desde el propio oficialismo, lo cual ha llevado a generar el debate en torno a la urgencia de las cuarentenas. El gobierno ha procrastinado estas medidas hasta el extremo y ha propuesto, en cambio, retomar poco a poco el hilo de la productividad económica, sobre todo cuando los números de contagiados aún no parecían lo suficientemente preocupantes ni alarmantes. Eso le valió una crítica férrea, en circunstancias de que el Colegio Médico y ciertas investigaciones expertas respecto al avance del patógeno ya habían advertido que la situación se iba a volver cada vez más peligrosa frente a la inminencia del invierno y que, definitivamente, el virus no se iba a volver “mejor persona”. Por ello, el gobierno, un tanto arrinconado, ha salido a desmentir las declaraciones sobre al aumento de contagios debido a los llamados a la “nueva normalidad” y el “retorno seguro”, y se propuso ir estableciendo cuarentenas cada vez más estrictas en sectores estratégicos como la Región Metropolitana y, prontamente en la Quinta Región, buscando de esta manera paliar los errores cometidos y enfrentar el emplazamiento de los sectores más disidentes, los cuales, en su mayoría, claman para que la clase política “salga de su burbuja” y aplique de una vez por todas la cuarentena total en aquellas zonas más vulnerables del país, solo que esta medida saca a relucir, una vez más, el grave problema de fondo: el de la desigualdad en el acceso al empleo y los recursos básicos, porque, desgraciadamente, la cuarentena total, sus consecuencias, no son iguales para todos. Es más, pone en evidencia que, en efecto, las cosas no son así.
Por otro lado, en Argentina, opositores al gobierno de Fernández, entre ellos, científicos e intelectuales, se han puesto de acuerdo para cuestionar precisamente la cuarentena nacional, el ASPO (Aislamiento Social, Preventivo y Obligatorio), que ya lleva más de dos meses. El cuestionamiento lo han hecho a través de una carta en la que, según dicen, el gobierno ha encontrado en la llamada “infectadura” un relato legitimado por expertos para mantener un estado de cosas que atentaría peligrosamente con la propia democracia del país, bajo el pretexto de la seguridad pública. Desde el gobierno han salido a replicar los dichos de la carta, argumentando que no son pro cuarentena, sino que “anti muerte”, por lo que la cuarentena establecida por decreto es únicamente una medida provisoria. En este punto, el ministro de salud argentino señaló que por ningún motivo se está pasando a llevar la libertad de los individuos, como así lo creen, según él, sectores de la derecha (o, mejor dicho, liberales), sino que se está priorizando el bien común, el derecho colectivo a la vida. O sea, se está planteando un escenario un tanto distinto al chileno en este sentido: mientras que en Chile la oposición llama al gobierno a declarar cuarentenas cada vez más fortalecidas en pro de la seguridad social, en Argentina la oposición está más o menos convencida de que la cuarentena nacional indefinida ha redundado en perjuicio más que en beneficio, y quizá esto se deba a los distintos colores políticos que presiden cada país.
La cuarentena se ha convertido, a la vez que en una política, en una disyuntiva ética. El quid del asunto estriba en la radicalidad del debate en torno a la necesidad de su implementación. Mal que mal, esta medida juega con un derecho humano intrínseco: la libertad de acción, que puede eventualmente entrar en conflicto con la legalidad y la seguridad colectiva. Pero la interrogante que cabría hacerse, para tantear una posible conciliación, sería la que planteó el periodista Ernesto Tenembaum, muy certeramente en un artículo: cuántas vidas se está dispuesto a sacrificar en pos de las libertades perdidas (tras la debacle).
A ver si entendí bien: ¿unos monos se metieron a un laboratorio indio a robar muestras de sangre de pacientes con covid 19? ¿Y este evento quieren relacionarlo con el argumento de la película 12 monos de Terry Gillian, so pretexto de aunar otro episodio en que, merced a la pandemia, la realidad ha superado a la ficción o, mejor dicho, la realidad ha alcanzado límites que entroncan incluso con la ciencia ficción más distópica? Según tengo entendido, en la película el Ejército de los Doce monos sería inicialmente señalado como el causante del desastroso virus que ha azotado a la humanidad, y por eso el protagonista Cole es enviado desde el futuro para averiguar sobre esta supuesta organización terrorista. Pero resulta que al final se descubre que el Ejército de los Doce monos era una organización animalista cuyo único objetivo era liberar a los animales cautivos en los zoológicos, y el verdadero culpable de desatar el virus mortal sería un asistente del laboratorio de Goines, quien no se encontraba en los registros de los expertos del futuro de Cole. Dado lo anterior, el Ejército de los Doce monos era totalmente inocente de la acusación que se le achacaba. Entonces tenemos que el paralelismo entre lo que sucede en el filme y nuestra contingencia no funciona ni siquiera a nivel simbólico, quizá solo aludiendo al escenario pandémico que ni por asomo alcanza las proporciones catastróficas de la película. ¿No estará siendo leída esta salida de madre de los monos en el laboratorio indio como otro argumento en clave viral para la tesis animalista y, en cierta manera, ecologista, de “el ser humano es el verdadero virus” (que en todo caso debería relacionarse precisamente con el planteamiento del Ejército de los Doce monos en la película de Terry Gillian)? ¿No será el pánico previo sobre esta mala interpretación del hecho ocurrido una nueva excusa para sostener que “los animales le están ganando terreno a los humanos, recuperando lo que les pertenece”?
lunes, 25 de mayo de 2020
Texto de requisito para postular al taller de “Nietzsche, la vida como ensayo de liberación” dictado por Martín Hopenhayn.
Mi interés por el taller pasa por un impulso de releer los conceptos de Nietzsche a propósito de los últimos avatares del nuevo milenio, en específico, el del último hombre, el del superhombre y el de la voluntad de poder, conceptos que, articulados en función de una lectura filosófica de la contingencia, creo que podrían aventurar una hermenéutica profunda sobre la actual condición humana. En tiempos adversos, se ha vuelto imperioso repensar los presupuestos vitales que teníamos por establecidos. Hablo de la moralidad, de la pugna interna del hombre confrontando su escala de valores con una realidad que se le presenta cada vez más hostil. En el fondo, se trata nuevamente del individuo en conflicto con el otro, con la totalidad y su correspondiente abismo. De ese conflicto surgen los móviles que han sido el motor de su propia historia, y que todavía configuran una constante, acaso remotamente un camino de libertad. Resulta arduo, sin embargo, avizorar uno, hoy por hoy, en circunstancias en que la humanidad entera se ve sometida a una nueva plaga, frente a la cual se obliga (o es obligada) a un confinamiento no solo material sino que existencial. Este escenario acaba siendo el escenario propicio para la aparición del “último hombre” y un crecimiento nihilismo que se deduce inmediatamente de un ataque al sistema inmune de la vida, una merma en la voluntad de poder. La idea de liberación debería pasar, en este sentido, por una toma de conciencia sobre la fragilidad de la propia vida, y por una reafirmación de la propia existencia en función de un espíritu de autonomía que pueda validarse no solo más acá sino que más allá de sí mismo, en lo extensible del mundo, en su apertura a la experiencia. Una vía hacia el superhombre no como una teleología sino que como una pulsión de fuerzas creativas, entonces se vuelve un derrotero posible, una oportunidad para invocar los anticuerpos necesarios contra la decadencia biológica, el sometimiento político de las mentes y las voluntades, y la corrupción de los valores metafísicos sobre los que se asienta la civilización occidental, valores que, por supuesto, si no pueden ser superados, siquiera resignificados, una y otra vez, a raíz de esta nueva crisis, corren el riesgo de volverse más empobrecedores, propiciando un estancamiento de lo humano, contrario al devenir orgánico de la vida que, de una u otra forma, siempre consigue ver la luz en medio de la oscuridad cósmica.
Cristian Warnken entrevistó al ministro de salud Mañalich el domingo. Cuestiones que subrayo:
1.- Mañalich leyó La peste de Albert Camus más de tres veces. Para él, al país le restan dos escenarios posibles a enfrentar: el planteado en la novela, que implicaría "condenar a muerte segura a muchos ciudadanos"; o la estrategia de gobierno expresada en la llamada "nueva normalidad", que implica aislar a la población en zonas donde se sabe hay un mayor riesgo de contagio. En definitiva, muerte o nueva normalidad.
2.- Se discutía el año pasado respecto a la eliminación del ramo de filosofía en los colegios, y para Mañalich eso está mal. Cree que hay que cavilar sobre qué mundo, y en particular, sobre qué país se quiere después de la pandemia y Carlos Peña debería ser uno de los intelectuales que pueda pensar ese Chile. Son tiempos de pandemia, y a la vez, tiempos de filósofos, repitió enfático.
3.-El ministro estuvo a punto de morir. De chico sufrió un accidente en el que perdió el bazo y un riñón. Todo lo que vivió después para él es una yapa. Es decir, toda su vida posterior, incluyendo su puesto de ministro de salud en Chile, sería una añadidura, una casualidad asumida.
4.- Para encontrar el equilibrio interior, el ministro se vuelca hacia la oración, y se confiesa como un “creyente tardío”. Lo más difícil, según él, sería poder "conciliar la fe en un creador todopoderoso con el darwinismo".
jueves, 21 de mayo de 2020
miércoles, 20 de mayo de 2020
Otro cazabulos: resultó que al final los científicos de la NASA no han encontrado ninguna partícula de fuera de nuestro universo, y menos han confirmado que provenga de un universo paralelo en donde las leyes de la física marchan en sentido contrario. Es más, ni siquiera se trata de la Nasa directamente, sino que de Peter Gorham, un profesor de física de la Universidad de Hawai y su equipo, quien explicó la probabilidad de haber descubierto un nuevo tipo de partícula, y que, por lo tanto, se estaría ante un nuevo modelo de la física, pero no necesariamente ante la presencia de un universo paralelo. Esta sería más bien una hipótesis planteada por la revista New Scientist a raíz de los estudios de Gorham, pero solo eso: una hipótesis. La tan bullada noticia sería una malinterpretación del Daily Star, medio que comenzó a rodar la bola de nieve, pese a que, de entrada, en el mismo título del artículo que originó todo se revela que es una teoría y que nunca asevera la existencia de nada, aunque tampoco se descarta completamente, y esa es la gracia del conocimiento científico: que no afirma ni niega nada hasta que no se pueda contrastar ni comprobar con evidencias empíricas. Pero resulta curiosa sobre este punto la responsabilidad de la divulgación científica respecto a cuestiones que suelen darse por sentadas y resultar atractivas para la opinión pública. Hasta leí en redes sociales algunos estados que hacían alusión a un posible orden de cosas que fuera en reversa para evitar la crisis sanitaria. Incluso yo mismo me vi citando a Borges con su Jardín de los senderos que se bifurcan para darle un toque cuántico literario al asunto. Sin embargo, como ya dije anteriormente: el conocimiento científico da lugar a la especulación mientras no se tenga certeza respecto a un potencial hecho o descubrimiento, y en esa especulación puede caber perfectamente todo un universo de posibilidades.
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