domingo, 6 de septiembre de 2026

El diplomático lemuriano

El martes pasado, un hombre llamado Martín Carlos Adrián Lemurión se hizo conocido por presentarse como “ciudadano de la República de Lemuria”, tras ser detenido por circular en vehículo con patentes “falsas”. Ante la presencia de carabineros, el hombre explicó que era un diplomático lemuriano y que estaba ejerciendo su derecho soberano a la autodeterminación. Por supuesto, los carabineros hicieron caso omiso de sus declaraciones y lo detuvieron igual, siendo liberado después con motivo de la investigación en su contra. Los medios lo ridiculizaron al instante, por la extravagancia de sus dichos, asumiendo que no podía declarar su soberanía independiente, por el solo hecho de moverse dentro de la jurisdicción chilena. Otros tantos, en redes alternativas, apoyaron el fundamento del diplomático, el cual abogaba por el derecho consagrado en el artículo 5, apartado 2 de la Constitución. “El Estado debe respetar los derechos naturales de las personas y los tratados internacionales ratificados por Chile. (…) el artículo número 1 del Pacto de Derechos Civiles y Políticos de Nueva York dice que el Estado debe respetar la autodeterminación de las personas”, agregó el lemuriano, al ser consultado por sus argumentos. Siguiendo ese mismo razonamiento, Lemurión sostuvo que él puede declararse independiente, por lo que todos sus documentos no son falsos, solo pertenecen a esa otra nacionalidad, aquella en la que se declara soberano y oriundo de Lemuria.

Conviene señalar que Lemuria sería un continente perdido ubicado en el Océano Índico. Sus habitantes eran miembros de una civilización sumamente avanzada y, de acuerdo al mito, vivían en armonía con la naturaleza, siguiendo un orden espiritual. Se dice que, después de la caída de Lemuria, muchos de sus sobrevivientes se asentaron en diversos lugares de Asia, África y América, lo que explicaría por qué este hombre se reclama heredero natural de aquella civilización, en pleno suelo chileno. “El derecho a la autodeterminación implica que tú puedes declarar tu propio país, hacer tus reglas. Y entenderte con tratados internacionales y diplomáticos con los otros países. Es lo que yo estaba haciendo”, volvía a afirmar Lemurión, muy seguro de sí mismo. Ninguno de los medios oficiales lo tomó en serio.

En la patente y en el documento de Lemurión figuraba, además, la “República Errante de Menda Lerenda”. Según consta, en la propia página web, “es una micronación proclamada oficialmente en 1999 que define al individuo como una República independiente en sí mismo. Acoge como territorio nacional la superficie que ocupa su soberano en cada momento, sin transgredir otro espacio o territorio. La documentación legitimada por Estado miembro de la Comunidad Europea acredita que toda persona pueda ser soberano de su propia República Independiente”. La proclamación sostenida en la página me remite, de inmediato, al pensamiento de autores como Antonio Escohotado, quien, de hecho, es citado junto a una frase de un tal Moisés Naím. “De la piel para adentro, mando yo. Ahí empieza mi exclusiva jurisdicción, y elijo si debo o no cruzar esa frontera.
Soy un estado soberano”, reza la frase de Escohotado, en consonancia con los fundamentos mendalerendianos. También recordé el pensamiento filosófico y político de Max Stirner. Su defensa radical del individuo autónomo, frente a las abstracciones que lo limitan, sintoniza perfectamente con la idea de la República Errante. "Lo único sagrado en el mundo es el yo en su singularidad", afirmaba Stirner, en un abierto rechazo a las ideas de Estado, de nación e incluso de sociedad en cuanto colectivo. Visto de esta manera, tanto Escohotado como Stirner podrían ser perfectamente padres espirituales de Menda Lerenda, algo así como “padres de la patria”, pero de esa patria en la que cada uno, como individuo soberano, puede declarar su propia independencia, su propio camino y su propio destino.

Ahora bien, ¿qué relación podría tener Lemuria con la República de Menda Lerenda? No es tanto su vinculación genuina como su trasfondo para explicar algo mucho más simple: el derecho natural. Como se sabe, este derecho se opone al derecho positivo, al plantearse como algo anterior al Estado mismo y consustancial a todos los seres humanos por el solo hecho de haber nacido como tales. De acuerdo a esto, Lemurión simplemente habría reclamado, con argumentos jurídicos y referencias extrañas, su derecho natural como ciudadano libre e independiente. No es tanto la forma, sino que el fondo. Quienes lo ridiculizaron, sin saberlo, atendieron su forma conspiranoica o delirante, sin preocuparse por la idea matriz, la idea de que somos, en estricto rigor, individuos soberanos, más allá de las convenciones reinantes. Puedes declararte como un perteneciente al reino o a la república que se te ocurra, aunque sea una perdida en el tiempo o fantasmática, sin que ello signifique perjuicio alguno sobre tu persona. El punto está en que, frente al aparato de los distintos Estados, las corporaciones, los grupos secretos y las transnacionales no podemos hacer nada más que declarar, de manera simbólica, nuestra autonomía, aun sabiendo que nos pueden pasar a llevar como quieren, siendo etiquetados bajo un rótulo numérico, un Rol Único Tributario o Nacional, que no dice nada sobre nosotros mismos (una pura máscara), circunscribiendo nuestra capacidad de acción a las normativas vigentes y reconocidas por el ordenamiento legal.

El ejercicio de Lemurión, por su perfil “fuera de la caja”, no tuvo otro efecto que una victoria moral o una acción artística, sumada a una agresiva viralización. Sin embargo, dejó volando una inquietud para debate: ¿qué tan libres y soberanos podemos ser, en un sistema que constantemente sabotea nuestros límites y usufructúa de nuestra energía? ¿Quién es el verdadero usurpador de identidad? ¿El ciudadano ficticio de una nación ficticia, o la propia farsa legal de un sistema corrupto y corruptor?

No hay comentarios.: