domingo, 26 de julio de 2026

Fui a ver La Odisea de Nolan al Insomnia, por segunda vez, con mi familia. A la salida del cine, en la fila, un caballero sostenía un libro: Un dique contra el pacífico, de Marguerite Duras. ¿Por qué ese libro y no otro? Preguntarle al caballero en ese momento habría sido demasiado raro. Investigué por mi cuenta sobre la obra. Todo ocurre en el contexto colonial de la Indochina francesa. El derrumbe de los diques por las olas del océano tiene una repercusión en la dinámica familiar entre la madre y la protagonista Suzanne. La madre lucha inútilmente por conservar sus tierras en la llanura frente a la acción inclemente de las aguas. Si uno lee más allá, hay aquí una resonancia con lo que sucede en La Odisea. El mar también cobra un rol fundamental. Se percibe también como amenaza. Poseidón, el dios del mar, se venga de la tripulación de Odiseo, atacándolos con tormentas y fuerte oleaje. El único dique que tenía Odiseo, en ese momento, era su astucia, su determinación y la lealtad de sus hombres. Son esta clase de lecturas y de coincidencias las que me llevan a pensar que, de repente, en la realidad, se cuelan ciertos elementos que damos por arbitrarios y que, con un poco de atención, revelan su propia orgánica, o será únicamente la obsesión por encontrar un significado allí donde solo había una azarosa contigüidad humana. De todas maneras, la función parecía, en esos instantes, que fuera a anegarse y que el agua saldría despedida fuera de la pantalla para desafiar nuestra incredulidad.

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