Hoy día los cabros hicieron un alto por el día de la marihuana. No tenía idea de su existencia. Me puse entonces a googlear, y algunas páginas señalan que el memorable día (20 de abril) es conocido con la fórmula 4:20. El origen de esta fórmula viene supuestamente de una tradición iniciada en un colegio de California, en específico, el colegio San Rafael. Esa era la hora en que cierto grupo de estudiantes en los años 70, quienes se autodenominaron los Waldos, se juntaban a fumar, bajo la estatua de Louis Pasteur, una vez acabadas las clases, y en especial, una vez acabada la hora de los castigos disciplinares, casualmente, en plena época de la revolución de las flores. El día de esa forma no solo simboliza el consumo de la hierba sino que todo lo que la envuelve, el ánimo de sobrepasar los límites, de joderle la madre a los moralistas y a los pacatos. La sensación de aventura, de peligro, mezclada con la aceleración en el cambio hormonal y el efecto placebo y alucinógeno de la planta. En suma, la bomba química anti sistema y el atractivo tubo de escape para la realidad y su horda de obligaciones y de responsabilidades. Recuerdo que durante la clase de Consumo y Calidad de Vida uno de los chicos dijo entusiasta "Sáquese uno, profe". Era el chico que venía de España. Lo decía con una confianza admirable. Luego, un compañero suyo, chileno, fue todavía más lejos. Dijo que para él este día no tenía sentido. Le preguntaron que por qué. Y respondió que porque para él todos los días eran el día de la marihuana. Las carcajadas iban y venían. Ni siquiera yo mismo me había enterado sobre la existencia de un día dedicado a la cannabis. Y lo mejor y más bizarro fue que lo supe de parte de los propios alumnos, verdaderos beatniks en miniatura. La historia, de ese modo, se repite. Algunos entrarán a la U, en busca del orgullo profesional. Otros se meterán a trabajar en lo que sea. Pero a todos, sin duda, los seguirá uniendo ese día. Después de las clases, después de la pega, bajo otras estatuas, lejos de otras instituciones, pero volando, vibrando con la misma sustancia, y hasta con la misma inspiración e intensidad.
jueves, 20 de abril de 2017
En relación al censo, una amiga se refirió a una pregunta conflictiva. Extrañamente, como la mayoría señala, no la pregunta sobre quién era el "jefe del hogar", que producía anticuerpos al asociarse al discurso de género, sino que la pregunta relacionada con la pertenencia a algún pueblo indígena u originario. Decía que la pregunta estaba mal planteada, porque señalaba explícitamente que si el censado se "consideraba", no si pertenecía, cuestión que queda a criterio subjetivo de cada individuo. Por ejemplo, si alguien del extranjero viene y por uno u otro motivo se considera mapuche, no siéndolo, tendría que colocar esa opción como válida; o, yendo todavía más lejos, si un rapa nui de repente considera que se siente identificado con otra etnia que no sale en la lista tendría toda la libertad de colocar cualquier clase de etnia en el apartado "otros", por rebuscada o absurda que resulte. El criterio entonces, al no estar bien demarcado, se encuentra con un callejón sin salida, y da para imaginar o inventar prácticamente cualquier cosa sin restricción, salvo el que cierta lógica al uso dictamine como inviable o derechamente fuera de lugar. La palabra "considerar", que en este caso significa creer, estimar, juzgar, verbos personalísimos, derivada originalmente del latín, "observar a los astros", rompe con el límite político y va más allá de la pura estadística. Entra en el terreno de la subjetividad, donde no existe otro censo que el de la imaginación. Merced a este error no forzado, cualquiera podría considerarse originario de cualquier lado (o de ninguno) si así lo prefiere, con todo derecho, siendo tomado por un loco pero con todo el vacío de la ley a favor de su inubicabilidad. Hubiera querido trabajar en el censo solo para leer las más disparatadas y surrealistas respuestas que hubiesen surgido de esa pregunta mal hecha.
martes, 18 de abril de 2017
Según dicen ayer uno de los cabros quedó con matrícula condicional luego de enfrentarse verbalmente con un vecino del instituto. La cuestión fue debido a una pelota que cayó en el patio del vecino, con la cual los alumnos jugaban durante el recreo. El vecino, al enterarse de esto, le paró los carros a los chicos que salían del instituto sin autorización a buscar la pelota en la casa de al lado. Durante la discusión posterior, el cabro condicional se botó a choro, y el vecino, sin más, hizo como que iba a sacar un arma de fogueo. El asunto resultó finalmente tan embarazoso que al director no le quedó otra que separar las aguas, y aplicar la medida coercitiva correspondiente al alumno que, de acuerdo a las versiones del hecho, incitó el conflicto. Sobre eso se habló hoy en la mañana. El bochorno de la pelota, lo llamó, irónicamente, el director. Un compañero del cabro condicional que iba entrando, habló, en cambio, sobre el bochorno del arma. La verdad sobre lo ocurrido se debatía entonces entre una pelota arrojada fuera del límite de la institución, y un arma apócrifa simulando defender un determinado metro cuadrado. La realidad escolar se volvía de pronto esa delgada línea que separaba la experiencia lúdica del atrevimiento.
lunes, 17 de abril de 2017
Quema del Judas
Quema del Judas en los años sesenta. Cerro Barón. Tengo la impresión de que antes la quema del Judas tenía otro motivo, un motivo si se quiere más apegado a la tradición. Un motivo ceremonial. Se recuerda con nostalgia aquel acto de la quema porque reunía a todo el barrio. El fuego tenía entonces un sentido de destrucción pero también de reunión. La calavera en el muñeco representaba a la muerte. Su quema era un nuevo comienzo. El rito de hoy en día, por su parte, se ha politizado. El muñeco ya no simplemente simboliza la muerte, sino que se identifica con los políticos. En el Cerro Castillo, por ejemplo, queman a Trump. En Venezuela hacen lo mismo con Maduro. Incluso en Valpo queman a Jorge Castro. Las monedas que se desprenden de los muñecos en llamas serían lo que la gente desearía tomar de vuelta. El valor de cambio de sus ilusiones. La politización del Judas, plenamente identificado con el "traidor al pueblo". Se perdió quizá el sentido original, religioso, pero el rito adquirió, en cambio, un significado político. La gente sublima, a través de ese acto simbólico de la quema, la indignación colectiva. No solo se venga de su opositor, sino que también procura incendiar su legado.
Amos Oz en su novela Judas planteó una idea hasta el día de hoy controvertida: La posibilidad de que el Judas Iscariote de la Biblia no haya sido un traidor, sino que, por el contrario, el mayor devoto de los discípulos, el primer y el último cristiano. La idea de Amos no era someter esa posibilidad a una tesis, sino que desarrollarla de manera polifónica en un libro con una trama que mezclara la novela de aprendizaje con la novela de desamor. Así como Borges en su cuento Tres versiones de Judas, planteaba un giro radical, explicando el por qué la supuesta traición constituía en realidad un hecho necesario para completar la misión de Cristo en la tierra. El libro sobre Judas le valió a Amos el descrédito social en su pueblo de origen. Sin embargo, contrario a lo que se piensa, dijo "sentirse orgulloso" de ser llamado traidor por el simple hecho de oponerse a ideas fundamentalistas. Sin ir más lejos, equiparó la relectura de la traición con la de Max Brod hacia su amigo Franz Kafka. Dijo que si Max no lo hubiese traicionado, quemando sus manuscritos, nadie habría sabido de su obra. Lo mismo se podría decir respecto a Judas y su maestro. Si no lo hubiera entregado a los romanos, no habría habido crucifixión, ni mucho menos, resurrección. En resumidas cuentas, no habría habido obra. El cristianismo como tal no hubiera estado completo sin ese sacrificio. Asimismo, la literatura no sería tal sin aquel acto de "mala fe", sin aquel acto deshonesto pero brillante de la publicación. Amos lo supo y lo llevó hasta las últimas consecuencias, convirtiéndose en el traidor de su cultura, pero a cambio de un prestigio de otro orden. Un oscuro prestigio. Un prestigio literario. Todo escritor que sea llamado como tal por la sociedad, en definitiva, tiene que tener un poco de Judas.
sábado, 15 de abril de 2017
El año 2014, un diario oficial del Vaticano, el "Observatore Romano", reconocía al filme El evangelio según San Mateo de Pier Paolo Pasolini como "la mejor película sobre Jesús", cuestión que contradice la crítica de los años sesenta realizada por el mismo diario, en el momento de estrenarse el filme. La crítica apuntaba a que la cinta era "fiel a la descripción, pero no a la inspiración del Evangelio". Luego, con el tiempo, el Vaticano se desdijo y se sostuvo que el autor manifestó en verdad una "inspiración digna de un creyente". La propia Iglesia reconoció, en el fondo, que no tiene nada que hacer ante la liturgia del celuloide, sobre todo de la mano de Pasolini, el cineasta ecléctico, capaz de adaptar a la pantalla grande desde Las mil y una noches hasta los 120 días de Sodoma.
Se dice que estos días son dedicados a la reflexión. La pura y sagrada reflexión, libre de instituciones y de restricciones. Me gusta pensar en esa figura como algo enteramente subjetivo, personal. Me gusta pensar que hay en el creyente algo enteramente humano que lo une, que lo "religa" a su esencia más allá del acto proselitista de la adscripción a una cosmovisión. La fe como un nicho misterioso, destinado únicamente a una reflexión personalísima, sin intermediarios, representaciones ni idolatrías. La reflexión sobre la individualidad siendo confrontada, interpelada constantemente por lo inconmensurable, llámese infinito, absoluto, "divinidad". La verdad pero también el misterio del pensamiento, invocando secretamente la irreductible verdad y el misterio del universo.
jueves, 13 de abril de 2017
Ayer durante la mañana, antes de las presentaciones, mientras instalaba el data en la sala del segundo ciclo A, un par de cabros se me acercó a comentar cosas. Preguntaron si íbamos a ver una película o una serie. De pronto una chica, a propósito de los comentarios, me hizo otra pregunta más personal: Si había visto una serie llamada Death Note. Que si le respondía que sí, me iba a volver su profesor favorito. Por supuesto que mi respuesta fue afirmativa. En eso, otro cabro agregó que si acaso uno los iba a anotar en una libreta como la de la serie si se portaban mal. Ante la gracia del alumno, le respondí que no, que solo era un libro de clases, no una death note, aunque a ratos pretendiera parecerse. El acto de escribir asociado a la muerte. La relación descubierta por el cabro no fue simplemente una asociación al voleo. Fue una intuición demasiado oportuna.
Después, otro chico, cuando ya estaba a punto de proyectar el data hacia la pizarra, a modo de cine, me preguntó si acaso esperaba la tercera temporada de Twin Peaks. Le respondía que andaba expectante, que sería de aquellos regresos repletos de nostalgia. Se notó que el chico seguía de cerca la legendaria serie. Luego de aquellas digresiones, los cabros debían plantear un tema en grupo y exponerlo frente al curso en forma de debate. El del cabro que preguntó sobre Twin Peaks debatió con su grupo sobre el tema de la violación. El de la cabra fanática de Death Note, posteriormente, estableció un foro sobre el tema de la delincuencia juvenil. Lo más insólito de todo es que sus temáticas guardaban también una relación secreta con las series mencionadas. De ese modo, exponían frente al curso como nunca, con entusiasmo, e incluso con elocuencia. Hay algo en el desarrollo de la ficción que supera el plan curricular. Un elemento que actúa sobre la imaginación. Que supera la brecha entre lo popular y lo académico. Un factor de diletancia que posibilita de pronto intervenciones de antología.
Ya al salir a recreo, la chica del anime se refirió nuevamente a la libreta. "Merezco una anotación positiva al libro, mister", agregó mientras se despedía. Finalmente, me señaló que no me confundiese de libreta. Que solo escribiera sobre su participación en el libro de clases. Ninguna cosa más. Así, podría volver tranquila a casa, intuyendo que su nombre en el papel puede realmente hacer la diferencia entre la vida y la muerte.
miércoles, 12 de abril de 2017
Espías del amor pretende mostrarle a sus televidentes la gran verdad, la gran desilusión detrás del montaje sentimental, pero también le hace creer a los enamorados que su ilusión puede tener un lugar privilegiado incluso más allá de la frivolidad de la pantalla. Revelación y simulación por partida doble.
Galletas
El loquito de la casa en la cocina estaba guardando unas galletas en bolsas. No eran de las comunes y corrientes. Eran de "aquellas" galletas. Decía que con unas tres se podía pegar un viaje piola. Explicaba que era distinto comer que fumar, por el simple hecho de que el humo se procesaba rápido, pero a la vez era rechazado con mayor velocidad. En cambio, al comer, el proceso resultaba más lento, si se quiere progresivo, pero pegaba con mucha más fuerza. Le hice saber que hasta el efecto era muy distinto. El humo vuela, pero la comida al parecer consigue un efecto de trip. Hablaba de que otro compadre prácticamente hacía cualquier cosa con marihuana. Queque, mantequilla, leche, etc. Le decía que hasta podría formar una "Pyme". "Tss, ojalá", señalaba el loco. En eso llegó otra compañera del depa. El loquito le ofreció un par de galletas: "Para la once", le dijo. La compañera, sabiendo de cuales eran, dijo que pasaba, que ya las había probado, pero que mañana tenía que trabajar. Quizá otro día, con más tiempo, con más ganas, agregaba, con una sonrisa corta, mientras volvía a buscar una sartén para cocinar. Quedé de comprarle entonces un par de galletas al loco. Le dije que mañana en la tarde, después de la pega, sería la mano. "Todo sea por un viajecito hacia el otro lado", concluía el loco, mientras se esfumaba hacia su pieza, y prendía la única luz al fondo del pasillo
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