martes, 29 de noviembre de 2016

Hablo con una prima que fue a dar hoy la PSU de Historia. Cuenta la historia de un amigo al cual la máquina correctora de pruebas le corrigió mal su PSU del año pasado, sacando menos del puntaje que realmente obtuvo. Lo peor no fue tanto la ponderación final, mero trámite algorítimico fácil de resolver, sino que el error le costó la postulación a becas por encontrarse fuera de plazo a causa del impasse. La prima contaba la historia con cierta naturalidad sospechosa, quizá como una forma de decirse a si misma que la prueba está sujeta a cuestiones que no dependerán solo de ella. Paradójicamente, en el proceso de contar la desgracia de su amigo, se quita un poco de presión, proyectando también el resultado de la prueba a merced de la máquina. Le parecía extraño que fuese una máquina la correctora de pruebas, y no un equipo técnico de la Universidad de Chile. Alguna suerte de comisión evaluadora secreta. A pesar de saberlo de antemano, me sigue sorprendiendo ese singular hecho. Imagino de pronto un escenario distópico en que toda la educación deba pasar por el cedazo de una gran máquina evaluadora, sujeta a códigos y variables definitivamente kafkianas, incomprensibles. La PSU como el primer borrador, como el documento de acceso a una realidad estándar, a una distopía en potencia.

lunes, 28 de noviembre de 2016

El problema del recuerdo en Westworld

En lo último de Westworld, sale a la luz el problema del recuerdo. Dolores va en busca del porqué de su trama. Cree ver en la figura del viajero redentor, y luego, en la del padre, alguna respuesta. Quiere volver a pasar por el corazón lo que creyó amar. Por otro lado, cuando Bernard, científico del lugar, se enfrenta al Dr Ford, le dice que un poco de trauma podrá ser revelador, para indagar en su propio pasado. El doctor le señala, sin embargo, que es preciso el olvido para la vida. 

La misma advertencia nos hace Borges respecto a su Funes el memorioso. Demasiada memoria puede, paradójicamente, perdernos. Hay un momento en que el propio doctor se pregunta la diferencia fundamental entre los humanoides anfitriones y los seres humanos. Decía que no era ni la racionalidad ni la emocionalidad, cosa de la cual los anfitriones también eran capaces, sino que precisamente la memoria. 

Los anfitriones tenían recuerdos implantados que recordaban perfectamente. Hechos de un trasfondo que definía su identidad. En cambio, los recuerdos de los humanos se desarrollan producto de una empiria, vagos y difusos, solo posibles de evocar mediante un relato. En este relato, el olvido viene a ser, no el antónimo de la memoria, sino que finalmente su consecuencia última. 

Todo lo que los anfitriones de la serie comienzan a buscar está programado, y por ende, carece de sentido. Puro, pero, al fin y al cabo, vacío. La conciencia que experimentan de manera incipiente no hace otra cosa que develar esa realidad. Se van pareciendo poco a poco al humano en su incesante búsqueda del tesoro. Era lo que su creador quería a toda costa evitar: el deseo, la insatisfacción. Sin embargo, será eso lo que defina, después de todo, las reglas del juego, en ese mundo absurdo, como el del cuento que Bernard recuerda contarle a su hijo, donde "nada seria lo que es, porque todo sería lo que no es".

En la serie, también Bernard le explica a Dolores que la conciencia no es un viaje hacia arriba, sino un viaje hacia adentro, no una pirámide, sino un laberinto. Que cada decisión puede acercarte al centro, o lanzarte girando a los bordes, hacia la locura. Lo hace tratando de basarse en la teoría del origen de la conciencia en la ruptura de la mente bicameral, basada en Julian Jaynes. Es interesante porque supone que la conciencia puede ser un fenómeno inenarrable, que se escape a la simple voluntad. Por eso la idea del Doctor Ford era en parte esa: dejar que los anfitriones experimenten la conciencia y hagan su propia voluntad, más allá de los lineamientos del parque.
Decido buscar el significado de la palabra pedantería. Me encuentro con una sorpresa. Un estudio virtual señala que es una deformación de la palabra pedagogo, al definir al maestro como “el que acompaña a pie a los niños”. Según el propio estudio, el origen de la palabra resulta incierto. El primer término al parecer proviene de la misma raíz que pedagogo. Durante el siglo XVI, maestro a sueldo. Y posteriormente, alguien que ostenta demasiado su saber. Aunque tampoco existe ningún estudio definitivo al respecto. De ser así, si la etimología lo permite, el pedagogo señalado como el pedante por antonomasia. El pedante como el pedagogo por definición.

domingo, 27 de noviembre de 2016

El otro día uno de los cabros del primer ciclo habló con la secretaria y con uno mismo, después de llegar atrasado. El ánimo estaba tan distendido que esperamos a que terminara la conversación para entrar a clases. El cabro decía con total confianza lo mal que se portaba, a su juicio, antes de entrar al instituto. Entre una de sus hazañas contaba que robaba en el centro de Viña junto con un amigo. Incluso contaba que en una agarró a patadas a un caballero que los increpó. Era de esos lanzas jóvenes que merodean a los desprevenidos con completa alevosía. La secretaria le preguntaba que por qué lo hacía. Lo interesante es que decía que lo hacía no por necesidad material sino que por una especie de adrenalina, de impulso ante la falta de motivación. Llamarlo cleptómano sería arruinar la espontaneidad de ese dicho. Muchas veces pasaba tardes enteras en el calabozo hasta ser soltado tarde por la noche. Sus padres la mayoría de las veces, según él, no se enteraban de sus andanzas. La hacía piola. Ante mi estupefacción por oír el caso de un alumno ladrón, con cierta mezcla de asombro y extraño orgullo, le pregunté en qué estaba pensando cuando hacía lo que hacía. Lejos de moralizar al respecto, preferí escuchar su versión de los hechos. El cabro decía simplemente que no sabía en lo que estaba pensando. Era algo que hacía en su momento por circunstancias y móviles que ya ni recuerda. Que tampoco quiere volver a sacar a colación. Que en el fondo decidió meterse al instituto como una suerte de terapia personal, no precisamente para "mejorar", sino que para olvidar esa parte de su pasado. Luego de eso, hora de entrar a la sala. Se sintió con tanta confianza que incluso se dio el lujo de bromear, diciendo: "cuidadito profe, está vivo que voy a copiar igual en la prueba". No hice otra cosa que reírme. Algo en él cambió después de eso. No sé si para bien o para mal. Desconozco si el cabro en verdad seguirá robando o no. No viene el caso. Lo provechoso fue que se abrió de una forma inaudita y auténtica. Libre de engaño. Libre de moralina. Con una naturalidad propia de la intemperie. Ante eso cualquier aleccionamiento forzado sobre la virtud y sobre el futuro no significa nada. No es más que un robo a mano armada. Un juego de pedantería suprema.

sábado, 26 de noviembre de 2016

En Plaza Victoria, un montón de gente con banderas rojas junto a una cubana. Metros más allá, por Edwards, rumbo a la comisaría, una marcha de señoras y señoritas con el lema No más muerte a Carabineros. Sincronicidad paradójica en menos de una cuadra. Se obvió la pregunta por la causa de cada grupo. Sería redundante preguntar lo que salta a simple vista. Cual transeúnte impasible, simplemente se dibujó una ruta aleatoria. Una ruta a través de la efervescencia social, auspiciada por un sol imponente.

jueves, 24 de noviembre de 2016

Leí algo sobre el Chico Molina, a raíz de un comentario sobre una cita de Steinbeck. Dicen que una vez llegó a un bar llamado la Unión Chica, anunciando a sus contertulios el término de su gran obra literaria llamada "El Lobo Estepario". Luego les leyó la obra página por página dejando a todos estupefactos por semejante genialidad. Más tarde, se pudo comprobar (al parecer Luis Oyarzún lo hizo) que la obra leída por Molina en esa ocasión era en realidad la novela homónima de Herman Hesse, que Molina se había dado el trabajo de traducir antes de que el libro se editase en Chile. Se dice que esa vez, lejos de avergonzarse, Molina se enorgulleció, puesto que para él daba lo mismo si se adjudicaba la novela con su nombre, porque sentía que le pertenecía a él y a sus amigos. En definitiva, a cualquiera que la leyese con sentido y entusiasmo. No escribió El lobo estepario, pero actuó como tal. No fue un editor de Hesse, pero fue uno de los primeros que lo leyó. Solo alguien como Molina, rara avis de las letras chilenas, pudo dar fe de eso.
Con la última ex veíamos La pequeña casa en la pradera, canal 13. Siempre la veía los Viernes por la tarde en la pieza. Me parecía melosa y melodramática, pero por su carácter de culto al menos hice un sacrificio. A ella supongo que le gustaba por esa proyección idílica de la vida en pareja. Ese ensueño bucólico propio de las chicas demasiado creyentes. Me acuerdo que en una parte el señor Els, comerciante del pueblo, pelea con su mujer y esta le echa un montón de huevos encima. Me comienzo a reír de manera desaforada. Ella decía que no le hizo gracia. Extrañamente después en el capítulo el Señor Ingalls también se ríe por lo sucedido, y la Señora Ingalls dice exactamente lo mismo. Que no le hacía gracia reírse del señor Els y la pelea con su mujer. Hasta el día de hoy, me sigo cagando de la risa con ese episodio. Aún con cierto ánimo hipócrita. Como buscándole una salida de culebrón a nuestra rutina. Recuerdo entonces la serie a partir de ese hecho cómico, y pienso en que al final lo único que sobrevivió al amor fue esa burla, esa burla ridícula de los huevos rotos encima de la cabeza, símbolos de nuestro estado sentimental.

miércoles, 23 de noviembre de 2016

Prueba final

En esta siesta de una hora al llegar de clases, soñé otra cuestión extraña, para colmo, relacionada con el instituto. Estaban en una prueba final. La sala era difusa. Un espacio sin forma definida. Solo se apreciaban los alumnos en sus respectivos asientos, delineados no tanto con perfección sino que con orden. El profesor no se dejaba ver, porque era uno mismo observándolo todo. En las pruebas se apreciaban unas inusuales figuras geométricas a modo de ítemes, debajo de los cuales había líneas de desarrollo. Cuadrados, rombos, también círculos. Al otro lado lado de la hoja recién empezaba, digamos, lo estrictamente linguístico, con un texto largo, irreconocible en el sueño, que debían leer no recuerdo con qué fin. Uno de los alumnos, sorprendido ante tanta figura geométrica aparentemente sin sentido, preguntaba qué hacían allí, en una prueba de lenguaje. Que esto no era la psu de geometría. Lo decía entre angustiado y enojado, porque el tiempo corría sin una pronta respuesta. Ni uno mismo sabía el por qué de esa misteriosa prueba. Solo atiné a decirle que las figuras geométricas simbolizaban los puntos de vista. Que la prueba era fundamentalmente de literatura. En la cual los puntos de vista son la esencia de todo. El alumno volvía perplejo, sin entender un carajo, de vuelta a su asiento. El resto escuchó la explicación pero seguía impertérrito en el desarrollo. Una alumna dio la vuelta, observó hacia todos lados diciendo irónicamente: "pues no veo literatura por ninguna parte". Todos comenzaron a reír. Después de eso, el sueño acaba. Despierto. Tumbado sobre la cama, en una posición a todas luces incómoda. Era el cuerpo, un insalvable dolor de cuerpo que no había podido superar durante toda la noche. "El dolor no tiene forma", me dije a mi mismo. Al parecer, esta vez el punto de vista sí tenía que ver con eso. No había armonía entre literatura y geometría en el sueño. Tampoco la hay en esta pequeña realidad irregular y prosaica de fin de semestre.

martes, 22 de noviembre de 2016

El Cubo

La nueva apuesta de Chilevisión: El Cubo, con una idea por supuesto que no es original, copiada de un programa británico del año 2009, en la que los entrevistados están encerrados dentro un gran cubo iluminado solo con retroproyectores, completamente solos, con cámaras robotizadas operadas desde fuera y cuyas preguntas las realiza una voz en off. La farándula se renueva y le da un toque kafkiano a su farsa. Hace de la vida íntima un motivo de show psicológico, donde sus televidentes hacen las veces de testigos, mediados por un panóptico invisible al común de la gente pero completamente identificado por el equipo televisivo. Cuando escuché por ahí esta idea sobre el Cubo aplicado a la entrevista de farándula, pensé de inmediato en la película de 1997 del mismo nombre, dirigida por Vincenzo Natali, en la cual las personas despiertan de repente encerradas en un Cubo sin saber por qué, y en la que deberán hallar la salida de este a cómo de lugar. Lo realmente intrigante de la película era ver cómo los encerrados caían presos no tanto del cubo en si mismo, sino que del laberinto de sus propias mentes y caracteres. He llegado a imaginar que el próximo paso de la televisión abierta -siguiendo la lógica del encierro y del panóptico- será precisamente ese: Encerrar en un Cubo a sus invitados sin motivo alguno, solo puestos contra si mismos, para ver quien sobrevive. Una obra televisiva digna de un episodio de Black Mirror. La pesadilla kafkiana vuelta el nuevo espectáculo.


Guias

Algunos alumnos a lo largo de estas últimas dos semanas han dicho sobre las guías de trabajo en clases: "Puedo hasta empapelar de nuevo la pieza con ellas", señalaba una alumna sarcástica. Otro decía, con determinación: "Haré una fogata con ellas". Un tercero aclaraba, bromista: "Tengo para regodearme en papelillo (para fumar)". Solo dos respondieron algo completamente distinto. Uno un poco más predecible: "Las dejaré como material de estudio". Y otro alumno que dijo, de forma inesperada: "Quedarán en blanco. Como deben estar". Todos de alguna manera le dieron alguna utilidad a las guías, aunque no fuese ni por mucho la señalada, (sentido sería mucho decir), pero este último prefirió la hoja en blanco, el vacío. Ese deber estar de la hoja en blanco. Nihilismo escolar de fin de semestre.