sábado, 26 de noviembre de 2016

En Plaza Victoria, un montón de gente con banderas rojas junto a una cubana. Metros más allá, por Edwards, rumbo a la comisaría, una marcha de señoras y señoritas con el lema No más muerte a Carabineros. Sincronicidad paradójica en menos de una cuadra. Se obvió la pregunta por la causa de cada grupo. Sería redundante preguntar lo que salta a simple vista. Cual transeúnte impasible, simplemente se dibujó una ruta aleatoria. Una ruta a través de la efervescencia social, auspiciada por un sol imponente.

jueves, 24 de noviembre de 2016

Leí algo sobre el Chico Molina, a raíz de un comentario sobre una cita de Steinbeck. Dicen que una vez llegó a un bar llamado la Unión Chica, anunciando a sus contertulios el término de su gran obra literaria llamada "El Lobo Estepario". Luego les leyó la obra página por página dejando a todos estupefactos por semejante genialidad. Más tarde, se pudo comprobar (al parecer Luis Oyarzún lo hizo) que la obra leída por Molina en esa ocasión era en realidad la novela homónima de Herman Hesse, que Molina se había dado el trabajo de traducir antes de que el libro se editase en Chile. Se dice que esa vez, lejos de avergonzarse, Molina se enorgulleció, puesto que para él daba lo mismo si se adjudicaba la novela con su nombre, porque sentía que le pertenecía a él y a sus amigos. En definitiva, a cualquiera que la leyese con sentido y entusiasmo. No escribió El lobo estepario, pero actuó como tal. No fue un editor de Hesse, pero fue uno de los primeros que lo leyó. Solo alguien como Molina, rara avis de las letras chilenas, pudo dar fe de eso.
Con la última ex veíamos La pequeña casa en la pradera, canal 13. Siempre la veía los Viernes por la tarde en la pieza. Me parecía melosa y melodramática, pero por su carácter de culto al menos hice un sacrificio. A ella supongo que le gustaba por esa proyección idílica de la vida en pareja. Ese ensueño bucólico propio de las chicas demasiado creyentes. Me acuerdo que en una parte el señor Els, comerciante del pueblo, pelea con su mujer y esta le echa un montón de huevos encima. Me comienzo a reír de manera desaforada. Ella decía que no le hizo gracia. Extrañamente después en el capítulo el Señor Ingalls también se ríe por lo sucedido, y la Señora Ingalls dice exactamente lo mismo. Que no le hacía gracia reírse del señor Els y la pelea con su mujer. Hasta el día de hoy, me sigo cagando de la risa con ese episodio. Aún con cierto ánimo hipócrita. Como buscándole una salida de culebrón a nuestra rutina. Recuerdo entonces la serie a partir de ese hecho cómico, y pienso en que al final lo único que sobrevivió al amor fue esa burla, esa burla ridícula de los huevos rotos encima de la cabeza, símbolos de nuestro estado sentimental.

miércoles, 23 de noviembre de 2016

Prueba final

En esta siesta de una hora al llegar de clases, soñé otra cuestión extraña, para colmo, relacionada con el instituto. Estaban en una prueba final. La sala era difusa. Un espacio sin forma definida. Solo se apreciaban los alumnos en sus respectivos asientos, delineados no tanto con perfección sino que con orden. El profesor no se dejaba ver, porque era uno mismo observándolo todo. En las pruebas se apreciaban unas inusuales figuras geométricas a modo de ítemes, debajo de los cuales había líneas de desarrollo. Cuadrados, rombos, también círculos. Al otro lado lado de la hoja recién empezaba, digamos, lo estrictamente linguístico, con un texto largo, irreconocible en el sueño, que debían leer no recuerdo con qué fin. Uno de los alumnos, sorprendido ante tanta figura geométrica aparentemente sin sentido, preguntaba qué hacían allí, en una prueba de lenguaje. Que esto no era la psu de geometría. Lo decía entre angustiado y enojado, porque el tiempo corría sin una pronta respuesta. Ni uno mismo sabía el por qué de esa misteriosa prueba. Solo atiné a decirle que las figuras geométricas simbolizaban los puntos de vista. Que la prueba era fundamentalmente de literatura. En la cual los puntos de vista son la esencia de todo. El alumno volvía perplejo, sin entender un carajo, de vuelta a su asiento. El resto escuchó la explicación pero seguía impertérrito en el desarrollo. Una alumna dio la vuelta, observó hacia todos lados diciendo irónicamente: "pues no veo literatura por ninguna parte". Todos comenzaron a reír. Después de eso, el sueño acaba. Despierto. Tumbado sobre la cama, en una posición a todas luces incómoda. Era el cuerpo, un insalvable dolor de cuerpo que no había podido superar durante toda la noche. "El dolor no tiene forma", me dije a mi mismo. Al parecer, esta vez el punto de vista sí tenía que ver con eso. No había armonía entre literatura y geometría en el sueño. Tampoco la hay en esta pequeña realidad irregular y prosaica de fin de semestre.

martes, 22 de noviembre de 2016

El Cubo

La nueva apuesta de Chilevisión: El Cubo, con una idea por supuesto que no es original, copiada de un programa británico del año 2009, en la que los entrevistados están encerrados dentro un gran cubo iluminado solo con retroproyectores, completamente solos, con cámaras robotizadas operadas desde fuera y cuyas preguntas las realiza una voz en off. La farándula se renueva y le da un toque kafkiano a su farsa. Hace de la vida íntima un motivo de show psicológico, donde sus televidentes hacen las veces de testigos, mediados por un panóptico invisible al común de la gente pero completamente identificado por el equipo televisivo. Cuando escuché por ahí esta idea sobre el Cubo aplicado a la entrevista de farándula, pensé de inmediato en la película de 1997 del mismo nombre, dirigida por Vincenzo Natali, en la cual las personas despiertan de repente encerradas en un Cubo sin saber por qué, y en la que deberán hallar la salida de este a cómo de lugar. Lo realmente intrigante de la película era ver cómo los encerrados caían presos no tanto del cubo en si mismo, sino que del laberinto de sus propias mentes y caracteres. He llegado a imaginar que el próximo paso de la televisión abierta -siguiendo la lógica del encierro y del panóptico- será precisamente ese: Encerrar en un Cubo a sus invitados sin motivo alguno, solo puestos contra si mismos, para ver quien sobrevive. Una obra televisiva digna de un episodio de Black Mirror. La pesadilla kafkiana vuelta el nuevo espectáculo.


Guias

Algunos alumnos a lo largo de estas últimas dos semanas han dicho sobre las guías de trabajo en clases: "Puedo hasta empapelar de nuevo la pieza con ellas", señalaba una alumna sarcástica. Otro decía, con determinación: "Haré una fogata con ellas". Un tercero aclaraba, bromista: "Tengo para regodearme en papelillo (para fumar)". Solo dos respondieron algo completamente distinto. Uno un poco más predecible: "Las dejaré como material de estudio". Y otro alumno que dijo, de forma inesperada: "Quedarán en blanco. Como deben estar". Todos de alguna manera le dieron alguna utilidad a las guías, aunque no fuese ni por mucho la señalada, (sentido sería mucho decir), pero este último prefirió la hoja en blanco, el vacío. Ese deber estar de la hoja en blanco. Nihilismo escolar de fin de semestre.

lunes, 21 de noviembre de 2016

David Foster Wallace decía que el 50 por ciento de lo que hacía era malo, y así es como iba a ser, y si no podía aceptarlo, entonces es que no estaba hecho para eso (la escritura). El truco estaba en saber qué era malo y no permitir que los demás lo vean. La obra, sea de la naturaleza que sea, un caballo de troya que arrastra una multitud de yerros y desaciertos. Hay algunos que prefieren ocultar esa multitud; otros que buscan exhibirla, haciendo gala del sacrificio que tomó el proceso. Siempre algo queda atrás en el momento de su ejecución. Siempre algo se descarta. Siempre algo corre el riesgo de ser destruido. La obra no como algo puro. La obra como el resultado de un asalto. Una tentativa de asaltar la perfección.

viernes, 18 de noviembre de 2016

Un cabro decía que estuvo detenido por un disturbio post partido del día Martes, y que por tal motivo fue formalizado. Contaba la experiencia a sus compañeros con cierta seriedad. En el fondo de esa preocupación se escondía cierto orgullo, orgullo por iniciarse en una experiencia límite. (coqueteando con lo ilegal). Hoy día, después de haber faltado, se le ve más tranquilo que aquella vez. Le pregunto que cómo le fue, si logró zafar el proceso. Dijo que sí pudo, solo que con la condición de una firma hasta la resolución de aquel incidente. No podía ocultar, a pesar de verse atrapado en semejante burocracia, su sensación de alivio al concretar la victoria pírrica. "Me los paseo a todos". dijo con resolución. Pensaba de seguro que era más vivo que ellos. Para él ese paseo era más importante que cualquier siete. Se sentía libre, en cierta medida, libre de mandar a la mierda dentro del aula, donde sabe que existen leyes y cadenas de otra naturaleza. Donde sabe que su profesor -un simple novato en la escuela de la calle- ejerce otro tipo de ley, una ley que hasta él mismo no dimensiona.

jueves, 17 de noviembre de 2016

A veces revisando la mensajería, uno vuelve a conversaciones antiguas, pequeñas y anónimas obras maestras escritas a dos manos. Las guardo celosamente como si se tratasen de material arqueológico. Leo el de una chica que decía ser de España, pero que andaba por Alemania, estudiando filosofía, luego de volver de Chile. En una parte, casi al principio, hablaba sobre un sueño que tuvo, un sueño con un chico desconocido de Valparaíso (que resultaba ser uno mismo), y una carta con un secreto que quemaba. Se vuelve a la conversación con el iluso recuerdo de algo, a pesar de la ficción, solo por el placer del texto. Me regocijo en la belleza de esos diálogos íntimos y pretenciosos sin otro fin, buscando algún pasaje significativo o simplemente analizando el derrotero que tuvieron. Una especie de obsesión romántica mezclada con una innata capacidad de ocio. Quizá precisamente entremedio de estos ligues fracasados -y elocuentes- sobreviva algo medianamente digno de ver la luz, algo que sea bueno, que sea real, algo que al menos queme, como aquella carta imaginaria.

Calor de locos. Lo malo que la migraña comienza a brotar. Aunque da la ocasión para el hielo y la cerveza. Hay cierto embrutecimiento en el calor que exaspera. En cambio, invita al ánimo desenfrenado. No hay tiempo para la reflexión debajo de la brasa. Solo queda salir a buscar algo para refrescarse y aguardar la sombra. La mirada lasciva fluye sola, las señoritas lo saben. Pasan de largo ignorando la orgía del tiempo. Los vendedores continúan estoicos, aprovechando la intuición del verano. El caminar se vuelve despreocupado. Pareciera que los problemas se derriten, junto con la cabeza. La mejor excusa para no trabajar en demasía. El frío invita a la introspección, o la actividad puertas adentro. El calor obliga a la acción, al aire libre. No deja espacio para el recogimiento. No provoca otra cosa que un ocio desatado. Unas ganas metereológicas de beber y beber, hasta que el sol se canse.