"Este camino/ya nadie lo recorre/salvo el crepúsculo" Matsuo Basho, traducido por Octavio Paz... inspirador haiku, para seguir por la misma senda laboriosa que se cree recorrer día a día, más por obligación que por fascinación, y en este preciso instante a destiempo.... como una forma elegante de decir que comenzaré a caminar el mismo camino a donde siempre pero con algo de desfase respecto al día de ayer... en que solo el ocaso me acompañará de vuelta... quizá a eso le llamen madurez, realidad, deber... yo lo llamo crepúsculo....
martes, 28 de abril de 2015
Ausencia indispensable
De repente en un pestañeo fugaz sobre la micro de venida, leer "su ausencia es indispensable" en lugar de "su asistencia". Parece que cuando se deja atrás la obligación, la lógica se va al carajo pero el error sale bien parado, dándole una salida poética al desatino. Ojala existiesen más de esas ausencias indispensables. Un trabajo construido en base a esas ausencias....
jueves, 23 de abril de 2015
Sobre leer en libro o en digital (o de la sobrevivencia del texto)
Una discusión bizantina sobre el acto de leer entre unos compañeros, diletantes, conscientes pero desenfadados sobre las implicancias pedagógicas o moralistas de la lectura y aun del libro. Uno de ellos era de la tesis que defendía el libro objeto, en un ánimo fetichista, coleccionar libros como una obsesión, desglosar el orden de ellos en su cuarto de acuerdo a temáticas, editoriales, autores, valor sentimental, hasta olores. De esa su obsesión por el formato material antiquísimo, derivaba la defensa de la lectura precisamente a partir de la materialidad, la relación entre vista y página, entre las manos sobre la solapa y la actividad de inmersión no solo en las hojas sino que en la interpretación misma de los textos que la mente desprende del imaginario impreso como si fuese una erupción de sentido.
El otro, en una postura que pretendía ser posmoderna, defendía la inmaterialidad, el formato virtual, no en desmedro del objeto, sino que en la validez de la eventual sustitución del objeto libro por formas más “económicas”, “ecológicas” y cómodas. Un tecnócrata de la lectura. Daba lo mismo para él leer frente a la computadora que hojear un libro antiguo no importando su edición o su antecedente. De hecho, defendía su tesis argumentando la existencia de libros electrónicos.
Ante las razones cada vez más cibernéticas de su interlocutor, el primero, defensor del formato “natural” sostenía que leer en pdf era como follar con condón: un acto envasado que obvia el factor sensible, de sostener el libro en la mano como si se tratase de una amante o una puta como diría Walter Benjamin en sus analogías (sobre todo estas noches sucesivas, en que lo único que conseguía abrir por debajo de las sábanas era alguno que otro libro de Alianza). Para él leer debiese doler en los ojos y pesar en las manos: leer como una sesión de gimnasia mental, como correr, como retroceder, los textos como otra musculatura, como otra forma de respiración, intrincada pero material.
El compañero que abogaba por la tecnología, planteaba que ese romanticismo en el futuro solo será exclusividad de excéntricos, puesto que cada vez será más imperativa la existencia de formatos digitales, virtuales, que prescinden del antiguo envase material del texto. Guardando las proporciones, sería como sucede en el caso del dinero: cada vez se hace menos material, conservando su sentido solamente en el dígito, en la información. Para este compañero, el libro como tal morirá, si no es que ya está agonizando. Importará cada vez más el texto traducido en información, mucho más accesible, gratuito, “higiénico”, y, lo que sería mejor, completamente íntegro con respecto a su transcripción original.
Abocarse a una de aquellas dos opciones resultaba difícil, aunque estuviese de acuerdo con ellos dos por igual en algunos puntos. Sin embargo la neutralidad era el norte que me avisaba lo siguiente: el olvido de lo que no se dice. El silencio como memoria. El primero olvidaba que el formato libro de por sí ya es una “tecnología”, un engendro que se vio impulsado a raíz de la revolución de la imprenta de Gutenberg, incluso con respecto, por ejemplo a las inscripciones rupestres anteriores a toda civilización o, sin ir más lejos, la propia escritura como una excentricidad frente a la pura oralidad de la que Platón hacía gala, abominando del texto escrito como de algo infrahumano.
El segundo, por su parte, olvidaba que la supuesta ecología del formato virtual también depende de la fuerza eléctrica, y esta a su vez depende de la fuerza natural supeditada al aparataje tecnocrático. ¿Qué haría entonces en una eventual escasez de energía eléctrica? ¿El fin de la electricidad implicaría necesariamente el fin de la literatura? Como sea, tanto el panegírico como el anatema de los libros resultaban demasiado parciales.
Hay algo en el formato virtual que lo hace efímero: su excesiva confianza en la energía eléctrica. La paradoja de la información que se proyecta virtualmente para siempre pero que está hecha solo de acuerdo a un tiempo delimitado. Cito como ejemplo la traducción al formato Word, la cual se pierde definitivamente si no se guarda tras una eventual falla en el sistema, a pesar de que este archivo virtual pueda durar indefinidamente.
Por otro lado, hay algo en el papel que lo hacía igualmente perecedero, precisamente su romanticismo, haciendo caso omiso de que es producto de un reciclaje natural, quizá por eso mismo la lectura no sea más que un reciclaje del olvido, una suerte de fantasmas textuales que atraviesan generaciones en busca de cuerpos para condensar mejor la energía de cada época, que sin ese acto de leer sería puro caos.
Quizá ya sea la hora de volver a la propuesta visionaria de Bradbury en Farenheit 451, que pensaba en una sociedad distópica exenta de libros (y, por supuesto, de pdfs y words) sobreviviendo solo a base de la memoria sobre la literatura del mundo. Un neoplatonismo extremo, futurista, en que el olvido sea una señal de esa historia libresca antigua hecha cenizas y la memoria la forma clandestina en que los textos más frágiles que el aire sobreviven boca a boca, con la lengua como su único principio y su único sino.
Para qué
Alfredo Bryce Echeñique decía que escribía "para que me quieran"; otro que hacía lo que hacía porque estaba herido; otro porque simplemente "tenía deseos". Se lee mucha poética, mucha palabra rimbombante, mucho auto engaño ante el simple hecho de manifestar alguna inquietud, alguna perturbación. La náusea ante la pregunta sobre a qué te dedicas. El escozor ante la pregunta familiar sobre cuándo sentarás cabeza. La tensión entre dedicarse a algo a fondo o que sencillamente cualquier cosa pueda llegar a ser la próxima tentativa. Y no es que se carezca de ambiciones... Es solo que definirse por algo no sería demasiado estimulante. "No hago nada, sin embargo, me creo capaz de todo".
martes, 21 de abril de 2015
Carrera docente
El proyecto de Carrera Docente: Los profesores como los nuevos pícaros, los parias, las ratas de un laboratorio social, en que sus sueldos aumentarán en la medida que superan ciertos niveles (de acuerdo a criterios arbitrarios como si se tratase de un juego), promoviendo así la competencia a mansalva, en el que serán castigados si no logran sortear el laberinto de la calidad, en el que la calidad parece el estigma que deben llevar impreso por las horas absurdas de planificación y de evaluación que puramente contemplan el producto. Se obvia precisamente la palabra "pedagogía" que originalmente significaba conducir, porque esta clase de maquinaciones no conducen a nada, excepto a un círculo vicioso. En enseñar no debiera subastarse la supervivencia. De hecho, en un escenario ideal, nadie debería ganarse la vida enseñando. Hoy por hoy enseñar: la menos inocente de las ocupaciones. Por todo eso, y por más, suscribo la frase del poeta Moltedo: "Prótegeme, Dios mío, del sentido pedagógico y deja que cada día me sorprenda viendo pasar -sin estilo- el viento por la esquina”.
domingo, 19 de abril de 2015
1.- Para refutar el egoísmo supuesto de nuestra sociedad: la existencia de la moda. Desde que existe, ya no hay yo (el yo no importa), sólo otros. Con la salvedad de que son otros solos, en medio de la feria de los otros.
2.- Especulación sobre la palabra yoyó: una metáfora del ego, que siempre gira sobre sí mismo y regresa contra quien lo lanzó, a ratos con vértigo y con intención de desconocerlo.
Anacrónicos de corazón
¿Por qué la música del pasado es la que nos arrebata más directamente el corazón? Es la interrogante que me asalta luego de leer un ensayo sobre el fenómeno post rock. Una intuición que ya creía mía en los años 2000, una vez que se toma conciencia de la banda sonora de tu vida. Aquello que advertía como una nostalgia por el sonido del pasado, como una especie de catalizador del romanticismo de cada uno. Aquello que despierta de alguna forma una armonía con una época, independiente de si se vivió o no. Aquel fenómeno de la anacronía musical, sin embargo, pese a mi intuición, ya había sido escrito por Simón Reynolds el crítico inglés en su tesis sobre la "retromanía". El espíritu de la música como el espíritu de una época, tal como lo pensaban los románticos decimonónicos. Eso era más o menos lo que ocurría con la música popular del siglo XXI, pero en sentido inverso: la nostalgia musical por una época que no precisamente se vivió. La generación del anacronismo melómano. Describo este pensamiento para hablar sobre algo similar que también le ocurrió a mi padre. Su tesis sobre los dos genios artísticos del siglo XX: Duchamp y Picasso, su intuición sobre el hecho de que Duchamp se cagara en el concepto de " arte" establecido hasta entonces con su célebre Fuente, y que Picasso, por supuesto, hiciese de ese concepto de "arte" su sello de genio narcisista que luego explotaría para su seguridad económica, sello que Dalí seguiría igualmente a su manera. La intuición de mi padre sobre esas dos fuerzas dialécticas, que podrían replicarse también al arte latinoamericano (Por ejemplo en Claudio Bravo como Picasso; Matta como Duchamp) ya había sido escrita y publicada por Enrique Vila Matas en uno de sus tantos artículos sobre arte contemporáneo. De tal palo, tal astilla. La anacronía sin querer invadía nuestras cabezas. Como padre e hijo, presos de una asociación que acosaba nuestro pensamiento, como las notas discordantes de una partitura secreta, quizá ya escrita por alguien que no sabíamos que existía, y que resultó ser más familiar de lo que esperábamos. Retromaniacos de sangre. Anacrónicos de corazón.
miércoles, 15 de abril de 2015
El amor es punk
Leo en la mañana antes de ir a la pega una noticia sobre la ruptura de más de 18 años entre Joey y Johnny Ramone por culpa de una mujer, Linda Danielle. Se señala que Joey, el vocalista, era liberal, y Johnny, guitarra principal, conservador en términos ideológicos. Sucede algo similar en otras bandas de rock and roll, sin ir más lejos, por ejemplo, los Beatles con Yoko Ono ¿Por qué el amor a una mujer acaba con las bandas de rock? La locura del amor como aquello que impulsa y a la vez destruye la mística: un destino funesto y prometedor. Joey nunca pudo perdonar a su amigo Johnny por robarle al amor de su vida. Fallece tiempo después. Johnny aún siente remordimiento. Sin embargo, eso fue lo que hizo que llevara su espíritu musical al límite. Joey fue un pequeño Werther. El amor, en el fondo, es punk.
lunes, 13 de abril de 2015
Muere Galeano, quizá uno de los últimos que pensaban sobre Latinoamérica en términos universales, o sobre el globo en términos latinoamericanos, si se puede concebir esa perspectiva, merced a su memoria. Recuerdo que para la tesis de licenciatura escribí que "América es un pandemonio", o sea, un espacio-tiempo histórico marcado por la violencia, el caos y la incertidumbre, cuestiones relacionados directamente con su indeterminación histórica y su complejidad ontológica. De esa postura derivaba un escepticismo respecto a los proyectos reivindicadores de una identidad única y de una pretendida autonomía con respecto a la cultura oficial, otra forma para hablar del tan célebre neo colonialismo, movimiento que me parecía más bien una moda intelectual universitaria que una efectiva camada de discursos contraculturales. Detestaba el academicismo de todo eso: conceptos como frontera, margen, tercer mundo, simulación, edulcorados y manoseados hasta el hartazgo bajo la óptica posmoderna; y por otro lado, el consiguiente proselitismo de una izquierda latinoamericana en Las venas abiertas de América Latina. Eran prácticamente dos posturas extremas que a simple vista derivaban en una visión un tanto maniquea. Sin embargo, Galeano me ayudó a comprender que ambas visiones son igualmente flancos de una lucha original. No es tanto buscar la naturaleza ni la misión (proyectos difusos) de una literatura que se sabía escrita desde estas latitudes, y asumiendo las raíces de estos lados, sino que asumir el absurdo de nuestra América (en palabras de Abel Posse de quien se hizo la tesis) como punto de partida para combatir el sentido de pureza, en términos no solo raciales sino que culturales. Tengo a mi lado un libro de Galeano, Espejos, escrito en el estilo que me parece más adecuado: el de un inventario de fragmentos, una breve enciclopedia de la historia del mundo, en la que América aparece solo como otro prisma de ese gran reflejo universal (no como una cosa aparte, como creerían los viejos conquistadores) que a ratos se cae a pedazos, pero que logra de vez en cuando una imagen de la totalidad, pixelada por la sangre o quizá sencillamente por el tiempo. Escribe Galeano:
"El siglo veinte, que nació anunciando paz y justicia, murió bañado en sangre y dejó un mundo mucho más injusto que el que había encontrado.
El siglo veintiuno, que también nació anunciando paz y justicia, está siguiendo los pasos del siglo anterior.
Allá en mi infancia, yo estaba convencido de que a la luna iba a parar todo lo que en la tierra se perdía.
Sin embargo, los astronautas no han encontrado sueños peligrosos, ni promesas traicionadas, ni esperanzas rotas.
Si no están en la luna ¿Dónde están?
¿Será que en la tierra no se perdieron?
¿Será que en la tierra se escondieron?"
domingo, 12 de abril de 2015
Absurdía, de Alex Tacussis
Extracto de un libro de cuentos del autor chileno Alex Tacussis, del cual solo he logrado conseguir un ejemplar de su libro Absurdía (1987) en la Bilioteca Severín. Referencias a su obra y aun a su persona son completamente desconocidas. Como mucho, el prólogo de este libro escrito por Alfonso Calderón. Ningún atisbo de reseña, ensayo ni mucho menos de crítica. ¿será el escritor invisible del que hablaba Claudio Giaconi? A veces, la posteridad se apuesta en un libro mal clasificado, en una mala jugada de ajedrez trasnochado. ¿Cuántos otros hundidos en el sótano de la historia porque en ese momento no se tenía dinero, no se tenía tiempo, o simplemente, porque no se tenía mundo?:
Había veces que me sentía ausente, alejado de la realidad. Me sucedía al meditar acerca de cómo usar el tiempo. Había quedado muy impresionado de lo que escuchara en el restorán del subterráneo. Estando allí, apreciando todo tan graficado (aunque en un lenguaje inextricable), no experimenté más que una curiosidad y expectación casi infantiles. Sin embargo, a medida que los meses y luego los años fueron pasando, estas ideas cobraron una mayor definición. Recuerdo como lo más impactante la naturalidad con que Alejandro mencionó el promedio que se vive. Me pareció un número frío, la enunciación de una sentencia ineludible. Nunca había analizado la existencia de esa manera. Uno piensa que la vida es la vida, que estamos salvaguardados en un mundo pleno de energía y cosas satisfacientes (o al menos con expectativas de serlo), que la muerte es para los demás, que no nos toca, y por lo tanto todo quien no es uno se constituye en una unidad viviente susceptible de perecer. Pero no es así, por cuanto también me he de sumar a esos miles de millones que había mirado como los “demás”, seres enlazados a la muerte por una suerte de cordón umbilical que, además de indestructible, nunca deja de encogerse, guiándonos día tras día hasta la consumación del enfrentamiento final. Ignorarlo, o descuidar su sentido, es quizá el origen de nuestra vergonzosa soberbia.
Pienso que para sacudirnos sería preciso una impresión fuerte, de esas a las que nadie escapa, como ser desahuciados con toda frialdad y gracias a una nueva serie de examenes retornar a nuestra normalidad anímica (…) En el lapso de tal trance, de horas, días, semanas o lo que dure la equivocación, la mente, el espíritu, han de reaccionar (…) De pronto me entero que vivimos menos de veinticuatro mil días (…) ¡Mierda! Hoy ya he perdido uno… No había dudas: El tiempo es una zarpa que nos erosiona hasta convertirnos en nada, eficientemente, minuto a minuto; y a todo. Me sorprendía en estas reflexiones cuando un asunto no me proporcionaba los resultados esperados. Me enfurecía entregar tiempo a lo que de buenas a primeras debió quedar bien. La idea del perfeccionismo, de la eficiencia como norma permanente, se me fue haciéndose cada vez más rígida. Decidí dar a mi vida algunos trazos: etapas, metas. Ella y yo lo habíamos hablado bastante, y me aplaudía (…) Según ella, muchos desarrollana actividades en las que derrochan la existencia sin siquiera tener claro si les serán satisfactorias. Y después de una vida de frustraciones, muchas veces no reconocidas (pero dañando en lo profundo) se quedan esperando el final con oscura filosofía, ya que si en alguna ocasión se les preguntara: “¿Qué ha hecho en la vida?”, sus respuestas tardías, impulsivas, balbuceantes harían inevitable que se pensara en vidas planas, las que por desgracia se repiten por miles en nuestro aplastado país. Uno podría decir: “Bueno, yo soy profesor (…) pero como en mi campo nunca hallé empleo he tenido que ser taxista hasta el día de hoy. Y créame, muchacho, lo intenté. Primero era demasiado joven, se daba preferencia a los mayores y a los que tenían familia. Luego fue al revés, se prefería a los jóvenes porque se les pagaba menos. Al fin se me rechazaba por no tener experiencia.
Conozco esta ciudad como la palma de mi mano: bancos, pantanos, notarias, cloacas, cuarteles de policía, lupanares, tribunales, teatros, regimientos, carnicerías, abogados, pervertidos, clínicas, prestamistas, iglesias, tiendas de lujo, bares y restoranes. Todo, todo sin excepción. Y no me explico por qué en este país se engaña ofreciéndose profesiones sin porvenir. (…) Mi diploma estuvo colgado por años en el salón. Orgulloso lo miraba; lo enseñaba, me envanecía. Más tarde fue con amargura. Luego, con odio insano. Entonces lo descolgué y lo guardé en una caja. Al fin, hace unos dos años, a la misma hora en que me fue entregado, en un aniversario, lo saqué y lo quemé con vidrio y todo. Y me sentí mejor, y cuando fue un montón de escombros pude contemplar mi taxi con algo de amor, de franco reconocimiento. Así es la vida, joven, espero que sepa elegir”, y otros dirán algo similar, muchos, entre ellos, una gran mayoría (…) Y si se les preguntara, nuevamente: “¿Qué ha hecho de la vida?, entonces pestañearán diez veces seguidas, carraspearán otras ocho, y mirando el techo o el cielo, el piso o una arboleda a sus espaldas, se quedarán mudos, con sus caras y expresiones viejas. Quizá entre murmullos afirmarán que simplemente no se puede. Pero, en definitiva ¿Habrá respuesta para una pregunta tan tonta como cruel?
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