viernes, 17 de enero de 2014

Valparaíso gasómetro


1994 Valparaíso fue un pandemonio. Esa vez, el mito se hacía realidad. La misma torre que mantenía templado al puerto, podía volverlo literalmente una tierra de nadie. Era el caos que se intuía en cada respiración y agitación ciudadana como una cuenta regresiva. Yo iba en Primero Básico y lo único que recuerdo fue a una tía que nos evacuó , como una Beatrice lejana, y sentía que nosotros, simples niños, conducidos más por el pánico que por la conciencia de la muerte, éramos simples diletantes que no atendían la gravedad, que solo se dejaban llevar, impacientes, curiosos, por el desenfreno colectivo.

Un compañero de carrera contaba que por aquellos años el mito cobró tal fuerza que las únicas vías posibles era lisa y llanamente el exilio, abandonar la próxima zona cero, hacia Laguna Verde o hacia Placilla. Valparaíso efectivamente desaparecería, un suceso atómico, digno de Chernobyl. Por supuesto, lo inverosímil del relato oficial no contradice su poder de evocación ficcional. Ese sería el caldo de cultivo para nuevas y clandestinas lecturas del desastre.

Es entonces que aflora la faceta subterránea del provinciano, en su versión más escondida: la de los escritores, sobrevivientes furtivos, cucarachas de oficio. Recurren a la ética de los finales, a la estética de los trasnochados, se dejan guiar por los miserables, y también por los héroes anónimos de la ciudad, para brindar por el acabóse, a la manera de Teillier, la última cerveza antes que todo acabe, el último destello de locura antes de la clausura y luego la serenidad del vacío.

Valparaíso, nicho de temblores, incendios y mareas, debe poder lidiar con este presentimiento del desastre no como una neurosis política, sino que como una mitología que permita a los mortales ciudadanos concebir el respiro de poesía que todo proceso de caos invoca. Teillier, el constructor de la memoria, así lo supo con su brindis primordial. Es el saludo digno, irónico, po-ético, frente a lo inexorable, y no la estrategia hueca del moderno que todo quiere controlar, que todo quiere predecir. 

Es precisa una escritura que brinde bajo la luz caótica de todo lo que acaba, y ya no el grosero sistema de predicciones, mediciones de la industria de la cultura, que pretende filtrar y aplacar las potencias creativas como si se tratasen de terremotos o de incendios que devienen en mito.

jueves, 16 de enero de 2014

Inception en el tráfico rumbo a Viña

Anoche tuve un sueño como de Inception, que se instaló un día que iba en la micro de vuelta a Valpo y hacía mucho calor, y justo me quedaba dormido cuando una pendeja cuica al lado publicaba por celular que odiaba a la gente que reclamaba frente al reloj de flores y provocaba el medio taco en Av Marina. En el sueño me despertaba, la micro estaba casi vacía y había un taco provocado por una manifestación de minas reclamando por el nuevo color del reloj de flores , una especie de contra manifestación cuica que le hacía el peso a la protesta municipal por los sueldos. Entre esos dos bandos me debatía mientras permanecía en el taco más solo que la cresta, y el chofer solo atinaba a esperar con paciencia zen. Entonces miraba para afuera e intentaba captar otro rayo de luz para quedarme dormido, y bajé a otra capa de sueño, ahora en la playa frente al mar, también vacío, solo que estaba nublado y Av Marina seguía en taco pero esta vez los municipales protagonizaban la protesta y las niñitas cuicas solo atinaban a llamar a sus papis o pololos para largarse en auto, como queriendo ir al mall a sobrellevar la experiencia traumática. 

Mientras contemplaba todo eso, me quedé nuevamente dormido bajo la marea que se recogía, y en esa capa de sueño aparezco en Sausalito en un escenario kafkiano de fin de semestre , cuando no quedaba nada para entregar el trabajo de título, y yo en medio del taco de sujetos fuera de la oficina del profesor, no hacía sino concluir y concluir el informe (el trabajo mismo era una conclusión gigante , sin marco teórico, sin estructura, sin nada). En eso llegaba una mina que, dentro de los límites oníricos, conjugaba belleza e inteligencia; era como la encarnación de un ideal, todo en ella era levedad, ya que al pasar el taco se deshacía (el nivel de burocracia y de idealización en esa capa era de película) y al tomar mi informe para leerlo, mientras en mi desesperación consultaba al resto de los compañeros, la conclusión mágicamente aparecía al final, donde la conclusión debía estar desde siempre. En esa visión escatológica, dando luz al fin de ese fin, entonces se transforma en una suerte de editora. Sin más, Kafka, el más lúcido de los enfermos, debe haber tenido secretarias como esta (ella se llamaba "flor"), ediciones que solo lo femenino podía engendrar; siempre editando el deseo de los hombres, de hecho su misma vida no es sino una edición infinita del mundo.

Al entregar el informe solo me acuerdo que en medio de la espera por la nota, con su correspondiente taco incluido, accedo a otra capa de sueño esta vez involuntariamente. Allí aparecí en medio de un cataclismo como del 2010, en Av España esta vez, y un montón de gente que solo miraba hacia el mar o hacia el cerro, y en medio me doy cuenta que se encontraba una chica parecida a la de la micro, pero se hallaba como en situación de calle, sin celular, sin auto, sin padres. Cuando me acerqué, en un acto de ridiculez heroica (dentro del sueño lo ridículo parecía sublime, la catástrofe era comedia humana), le entregué una flor, directamente desde arriba -yo señalando hacia arriba, luego tocándome el corazón- y a su alrededor aparecieron unos funcionarios que recogían a quienes, en ese caos, deambulaban solo con su humanidad, con el polvo y la sequía material que parecía sublimada -convertida en el peso del mundo- bajo las lágrimas que corrían por ese rostro leve, virgen. Ella se hacía más distante a medida que era correspondida y alrededor las bombas, autos, funcionarios, convertidos en velos de maya, no fueron sino el sentimiento y la fuerza natural que se debatían en el taco de los hombres. Entonces entre tanta solemnidad, conspiró el animal interior, (el escritor inundado de tinta) y se arrojó contra los funcionarios para robarse a la mujer y en un abrazo sabotear el ideal, de vuelta a la calle, y de entrada al deseo. No fue sino en ese acto, en el instante en que le agarro la mano, en que una cachetada en plena mejilla asola el imaginario, como debe ser, en una explosión interna, en un relámpago como de romántico alemán, me hace abandonar la ilusión y regresar de golpe a través de las capas de sueño.

Luego de esa "patada" me encuentro de nuevo en la micro en Av Marina con el tremendo taco y la muchacha al lado. Entonces me levanto, miro directamente, ella desvía su mirada, y diviso sin embargo su sonrisa frente a la ventana. Su desenfado, su regocijo y ternura frente al reloj de flores repleto de pancartas y voces, como si en el calor de la masa encontrara el gesto amoroso del peso del mundo. Me toco la mejilla, su cachetada, el movimiento de la victoria, la idea que como un caballo de troya la invadió, fue el triunfo sobre el deseo. Entonces, de regreso, concibo en la película el doble filo del Inception: ella también instala en mí su idea, la del audaz sentido de empatía ciudadana que aplaca el salvajismo del eros, superando cualquier malentendido erótico en pos de aquel movimiento social suscitándose afuera, en el zen de la espera. Bajo de la micro, me voy a pata, solitario y distante, pero seguro de que la chica (con la idea dentro) en cada sonrisa invocará la insurrección colectiva.

jueves, 9 de enero de 2014

Ferias del libro

Hoy en chilito resulta más artístico, turístico, montar cuantiosas ferias del libro con todo su gheto de amiguismos y de inversiones, que la existencia de escrituras que simplemente se dispongan a recrear lo humano en su intemperie. El circo estéril de la crítica ha promovido el hermetismo de los criterios por sobre la intuición del gusto que aflore del órgano de lo cotidiano. Si por ejemplo figuras como Teillier lograron instalarse en círculos literarios, fue precisamente porque sentía ese habitar poético siempre a pesar de la crítica, operando esta casi siempre como un acecho dialéctico de aquellas voces circundantes a la tradición, para digerir esas manchas tarde o temprano en su paradigma.

Lihn hablaba de escribir correctamente poesía, más en relación al oficio que a una lógica de producción, oficio posible a raíz, y muy en el fondo, a pesar del impulso vital: "el mismo Rimbaud/que probó que la odiaba (la literatura) fue un ratón de biblioteca,/y esa náusea gloriosa le vino de roerla". Sin embargo, se fue al África. Lihn destinó su escribir al inxilio. El Chico Molina, conocido como bartleby chileno, no escribió nada. Son lecciones que vienen de la voluntad para canalizar el caos propio, más que ejemplos morales.

Se tiende a caer en un academicismo que se fagocita a sí mismo, parasitando a sus huéspedes con el fin de prosperar, cuando hay que escribir fuera de la ley; o también se cae en vanguardismos que afloran al ritmo de la bebida energizante de la imagen, quedándose solo en lo espectacular, en su pista de baile, no en su transmutación, cuando hay que escribir siempre a raíz del silencio, y organizar el ruido interno.

Qué patética la vanguardia que "quiere ir" delante del resto, pero detrás de un sueño americano: plata, libros, mundo ¡nada de eso es el bien peligroso de las palabras! Hay que concebir una escritura que excave en el África interna -su punto de subdesarrollo, su tercer mundo- y que haga de su tinta combustible en la zona baldía de los maestros. Duchamp fue vanguardia no por contingencia histórica, sino porque su gesto es el del asco frente al orden establecido. Su asco fue el estilo del siglo.

Hoy, sin embargo, vemos la prostitución del ritmo interno arrasando en las ferias y en los museos, avalados por la teta del Estado, cuando el sentido de la poesía, a decir de Holderlin, era el de ser "la más inocente de las ocupaciones", inocencia como fuerza y recreación. Prevalece la poesía que propicia el espectáculo, la pantalla donde los egos se masturban, "en línea" con los intereses de narcos editoriales. En palabras de Duchamp: urinarios del pensamiento al servicio de la cloaca de la contemporaneidad. Frente a ese caos solo queda reinaugurar los vomitos joviales; la higiene desaforada que nos reconcilie con nuestra respiración, nuestro anonimato y nuestra oscuridad.

martes, 31 de diciembre de 2013

Final de año

Texto escrito hace exactos diez años, a propósito del Año Nuevo. Un evidente cambio en el estilo. Lea y juzgue usted. Felices fiestas:

Final de año

Hoy en la época donde se supone todos los corazones se abren, todos los vinos se añejan y todas las miradas se abrazan, la locura del sentimiento se vuelve una feria, las obsesiones y demonios se disfrazan para la ocasión, entonces se brinda por esa porción de nada que todos y nadie en particular han colmado. Allí dentro caben las delicias del lazo carnal que nos ata a las cosas. En una lectura de la pasión cristiana, se trata del cuerpo y sus interjecciones. ¡Qué secular forma de santificar las fiestas!

La poesía, en este punto, hace de nuestras palpitaciones y fluidos la jovial maquinaria de la armonía. Allí la palabra felicidad no cabe sino como hipoteca: son solo respiraciones del animal cautivo que soltamos, una vez las palabras no alcanzan a saciar el apetito de todos los días, y el instinto se vuelve el telón de fondo. Los ritmos y ruidos suenan a intuiciones de una alegría apocalíptica, esa furia de la naturaleza que parecía conspirar durante ciclos de velo y rutina.

En la mente de nuestros líderes, en las miradas vacías del amor, en las luces grises del tránsito moderno, podrás oír el rumor de ese milagro, siempre a destiempo de las certezas de vida, ya que en este punto la verdad sabe demasiado amarga, y este cliché, sin embargo, no nos consuela sobre las mentiras que sirvieron de ingrediente a nuestros impulsos más oscuros, pero tan caros a nuestras máscaras diurnas y consuetudinarias.

Bajtín entendió el carnaval en su dimensión política; y con ello, la orgía de los roles, donde siervos en corona de reyes y líderes en calidad de sátiros, brindaban juntos en honor al vacío sagrado que sostienen la ficción de sus vidas ¡Qué falta hace ese culto! Celebrar como orientales sin ánimo de idealizarlos, cantarle al vacío que acusa el reflejo de nuestra materialidad. Se corre el riesgo de perder el ritmo, de mutilar el sentido de esa violencia. No cabe sino sacrificarse, mezclar la náusea de las ideas, sopesar la resaca de la historia, sentir el escalofrío del lenguaje cuando invade como el virus que es y comienza a habitarte como su templo musical.

En la ruta hacia el puerto, van llegando los extraños al carnaval. En esa invasión gloriosa se huele la alegría que no vino, sublimada por los rayos ultravioleta, el alcohol cívico, las visitantes a flor de piel, los amigos de contrabando, el clímax de la democracia. Solo nos resta invocar esos horizontes de película, sobre el trono y el basural de nuestros líderes ebrios. Somos del fin del mundo, sudacas que no se hicieron la América, y solo queda proclamar a los cuatro vientos: ¡El Estado es el fin! ¡El fin es una fiesta! ¡La muerte es una fiesta! ¡La vida no termina! Para los aguafiestas del mañana.


viernes, 13 de diciembre de 2013

Juegos de texto y de red

Al sistematizar los juegos del intelecto y del lenguaje que esta red te permite se puede socavar el campo de felicidad que se estuvo sembrando (a decir de Borges por el placer de la lectura) para invocar en cambio la dimensión grosera del mecanismo de Realidad: el mundo externo y su engranaje de ofertas/demandas, como cuando te das vuelta un videojuego y descubres el vil consumo de su ingeniería, la pérdida de inocencia en ese escudriñar la materia, el hardware de ese portal hacia otras realidades y delirios, entonces viene la nostalgia y el romanticismo demasiado trasnochados, el conocimiento te viene como una brisa impertinente que irrumpe la ventana de tu habitación para despegarte del ombligo de esa fantasía y echar un vistazo afuera. 

Si no se dosifica el placer de aquellos juegos de manera astuta, se acaba siendo un peón, un tonto útil, un derivado de ayudante de fondecyt, una hormiga haciendo engordar a su reina del saber a punta de concesiones mezquinas y malabares retóricos y económicos. En estos juegos se pone en jaque la dignidad del aficionado itinerante, del neófito que lo ha perdido todo y por eso mismo no tiene nada que perder, por eso el placer del despropósito en la publicación de reflexiones en sitios que se sabe son paradojas flotantes aún no del todo identificadas, a la manera de ghetos sin patria alguna, ni cielos ni paraísos que, sin embargo, apuntan a una red de redes subterránea y transversal.

El punto no es tanto la clarividencia sobre algún programa coherente de métodos y objetivos, la intuición sobre la adversidad de estos sistemas se huele en el aire, sino que la actitud salvaje y poética de cada una de las cabezas que propician aquellos juegos, jugar a pesar de saber mediatizada en una ruleta universal todas tus posibles derrotas. Al menos, en estos juegos de presente ficticio, se pierde (y se significa) con rivales y mentores auténticos de una era digital: el aburrimiento capital que engendra hordas y hordas de correspondencias, de implicaciones, de decepciones y de conquistas interiores. 

Es toda una apuesta de jovialidad y de salvajismo inventarse roles: acabas siendo el monje que golpea los muros de la hipocresía en pos del justo medio; el sátiro que multiplica el número de la farsa globalizante a través de máscaras de perfiles, como si los sitios fuesen carpas virtuales donde en cada sesión y en cada usuario se asiste a un nuevo y renovado teatro moderno, con diferentes disfraces e imposturas; o bien el mercenario de la soledad que pretende desde adentro domar a la bestia informática a través del paroxismo y la saturación. Entonces el ejercicio de la ficción cobra carne en el aburrimiento general y alcanza su consecuente ataraxia, y puede que desate de nuevo esos salvajes y cándidos placeres, en cada choque con el pavimento de la realidad.

jueves, 5 de diciembre de 2013

Como en un artículo de Larra

Como en un artículo de Larra, es posible aventurar una especie de ir y venir del puerto, encontrarse en un punto fijo a medida que el grueso de la ciudad te sume en ese bautismo secular del tránsito. Es la travesura del moderno provinciano, dicen. Y no puedo todavía reservarme ese derecho de admisión, ya que el llamado o, mejor dicho, el susurro de la ciudad, con sus perros y sus jefes, asola el metro cuadrado como una aparición. Se trata del lenguaje de alguna clase de Zaratustra invisible invocando a los últimos hombres del puerto, para que adviertan, tras el asfalto y la vaguada costera, a los nuevos ídolos, tan próximos y, por lo mismo, rentables, como opios al precio del bolsillo de cualquier ciudadano de Chile. 

Así, todos acaban por poner al profeta en la cuerda floja, y esperan en el meollo de la ciudad su propia metonimia de dios, sus ilusiones que poseen al ser poseídas. Todos y nadie al mismo tiempo: el universitario –de cualquier especie en esta gran tomatera porteña- con la convicción férrea de ganar su título de ingreso a la “máquina”; el hombre del mercado central con la esperanza de emprender lo suficiente como para conseguirse un negocio propio –por lo demás, lejos de tanto mercadeo inútil y gregario-; los famosos pirateros, que abundan en Santiago, en la calle Pedro Montt y aún más en Internet, con el sueño de legalizar su trabajo, sin los cuales ninguno de nosotros tendría un real acceso a la cultura, -dado su precio, según parece, proporcional a su valor y calidad, de acuerdo a los señores invisibles allá arriba-; los maniqueos partidarios izquierdistas y derechistas, cada cual con su particular forma de rascarse el ombligo y de secretar su caudal económico (en muchas ocasiones, me ha tocado lidiar con dichos seres plagando de folletos las plazas de Valparaíso, y haciendo más mierda esta gran mierda de rebaño de medias tintas); los hombres caritativos, los solidarios de turno, los Don Franciscos trasnochados, con un impulso inconsciente de ayudar tras desastres de todas formas y colores, sin tener ni la más mínima idea de todo lo que hay detrás, (sí, la típica excusa de estos amantes del deber, los he escuchado más de una vez: su servicio incondicional al Estado, a la Patria, su amor a los hombres, su cristianismo, su conveniencia), los punkies con su moda (claro, somos los ingleses de Latinoamérica), que se paran ahí en las farmacias Cruz Verde; todos (y si, más de alguno se me escapa: los pseudo hippies que venden artesanía en las plazas -ejemplos de emprendimiento-, los típicos canutos exegetas de la Palabra, los mormones que más parecen venir por lo pintoresco, por lo fenómeno, por lo híbrido de Chile, que por un real sentido de la vocación religiosa, etc, etc.) todos ellos, y muchos más, tienen algo que los une: su obediencia a su propia ilusión privada ¡vaya ilusión emancipatoria! desear todos y cada uno de los juguetes de la adultez, y las mamaderas del mercado (como si esta fuese la loba romana) para la transición hacia la felicidad que viene del exterior como si viniese del cielo, y que hipoteca así toda la existencia (camino que se pavimenta de deudas, impuestos, buenas intenciones) con la excusa del futuro y la reconciliación. 

Sería mejor que cada uno de ellos pesara a sus ídolos en la balanza de sus posibilidades, al menos medir, sondear esos abismos para luego arrojarse con alguna clase de dimensión o garantía. Ahora bien, quien escribe sobre aquellos últimos hombres, se vuelve asimismo el mecenas de ese absurdo provinciano y, por lo tanto, quien se imagina que todos esos bienes son abismos precisamente porque los desconoce, una nueva clase de fantasma ciudadano, que escribe sobre el valor de todo pero que no adquiere el precio de nada, el de la esquina que secretamente postula a un ideal, a una vivienda, una familia, echando por la borda las palabras que le sirvieran de peldaño a tales fosas de realidad. Los escritores que sean la mancha en esa pintoresca masa. Que todos y cada uno de los personajes de esa provincia pudiese toparse con estos transeúntes pálidos y, en la medida que estos chocasen con el asfalto de su realidad, se abriesen como grietas, a pesar de la sangre de dicho trabajo, a pesar de la tinta de ese vacío. Nada más que bastardos de la posesión, vendedores de la nada. A ellos solo les resta la ficción como garantía de sus oportunidades, de sus elecciones, de sus pasos y hasta de sus cruces.

jueves, 21 de noviembre de 2013

El Neruda de las Residencias: a cuarenta años de su muerte

Se han cumplido cuarenta años de la muerte de Neruda. Frente a la controversia sobre la oscuridad de su muerte, en relación a la tesis sobre su posible asesinato por la dictadura militar, la cual cobra mayor fuerza a medida que pervive ese período de tiempo, es necesario revisitar al Nobel a través de su obra y, en paralelo, la dinámica política y existencial que lo circunda (puesto que no se pueden excluir obra de autor en el caso del vate). En este sentido, el foco de atención será dado a su etapa surrealista, en particular la de Residencia en la Tierra, la obra de madurez de esa etapa de su poética. Revisitarlo permite recordar al “formador de lenguajes imprescindibles” que fue —en palabras de José Carlos Rovira— cuando canta el gozo del amor y del erotismo más puro, pero también cuando es el vate dolorido por el lacerante paso del tiempo. 

Recordemos que en ese período de los años 30, cuando estaban en boga el surrealismo francés posterior al primer auge de las vanguardias, Neruda llegó a aceptar el nombramiento de representar a Chile como cónsul honorario a lugares diferentes, como Singapur, Buenos Aires, Barcelona, y Madrid. Fue durante estos años de soledad y experimentación con la vida bohemia y la pobreza cuando Neruda pudo escribir, desde otra mirada más existencial, un conjunto de poemas a los que reunió bajo el nombre de «Residencia en la tierra» durante el año 1933, seguido de Tercera Residencia y, por último, para completar la trilogía, una serie de poemas titulada España en el corazón.

Al contrario de lo que piensa el mercado oficial, y más en relación a una visión de poética del lenguaje, es preciso afirmar que es esta obra “Residencia en la tierra” aquella que marcará el punto de inflexión entre el Neruda temprano, de influencias modernistas, románticas, para dar paso a su poética de madurez con un lenguaje que, embebido de la herencia de las vanguardias, de su capacidad para ir más allá de los límites establecidos de la palabra y de la cosmovisión, logró consolidar un conjunto de textos que versan sobre temas universales desde una visión desgarrada de la existencia y desde un lenguaje que tensa los límites entre la significación y la realidad –ya sea política, social, humana- aludida. 

Sin pretender exhaustividad es preciso el análisis de dos poemas ejemplares. Walking Around y Significa sombras. El primero es uno de los poemas más célebres de la colección, ya que a pesar del lenguaje intrincado y hermético consigue vislumbrar aspectos retóricos y de evocación poética que identifican al ciudadano anónimo y al mismo tiempo universal. Una especie de revisita del hombre cotidiano en su abismo existencial: El olor de las peluquerías me hace llorar a gritos./Sólo quiero un descanso de piedras o de lana,/sólo quiero no ver establecimientos ni jardines,/ni mercaderías, ni anteojos, ni ascensores. En estos versos se puede aventurar la poética que se despliega a lo largo de la obra, además del aliento subterráneo que pareciese conspirar en las entrañas del hombre consuetudinario, conjugando de forma magistral el misticismo de la angustia con el paso penetrante de los avatares urbanos, civiles. En los siguientes versos logra además ese compromiso con el sentir del proletario que envuelve a raíz de ese aliento mencionado anteriormente: Por eso el día lunes arde como el petróleo/cuando me ve llegar con mi cara de cárcel,/y aúlla en su transcurso como una rueda herida,/y da pasos de sangre caliente hacia la noche. 

Neruda, por otro lado, quiere atestiguar en carne viva y en materia poética que la propia elaboración del libro es la historia misma de una crisis, no solo del lenguaje, sino de su situación política. Es el desgarramiento del hombre frente a su época, su ser, y además la de la voz, el autor, y su escritura. Es el rupturismo al que apelaban las vanguardias, pero desde un prisma encausado hacia una especie de metafísica del hombre exiliado, frente al creacionismo de Huidobro que invocaba no servir a la naturaleza, o el tremendismo de Rokha que desplegaba una visión apocalíptica e insurgente sobre su paso por el mundo. Es, en suma, esta apuesta por una poesía que bebe de la tradición pero que se vale de la transgresión de los parámetros –políticos, literarios, vitales de su época- para desarrollar una po-ética que aúne literatura y vida, es decir, su exilio viéndose también reflejado y recreado en su obra, siendo esta, a pesar de su autonomía, el escenario vivo y palpitante de esa creación.

El segundo poema representativo “Significa sombras” sigue con ese aliento crítico, pero esta vez potencia la dimensión filosófica de las palabras y del sentido del ser, para darles un alcance casi profético: Tal vez la debilidad natural de los seres recelosos y ansiosos/busca de súbito permanencia en el tiempo y límites en la tierra,/tal vez las fatigas y las edades acumuladas implacablemente/se extienden como la ola lunar de un océano recién creado/sobre litorales y tierras angustiosamente desiertas. 

De esta forma, a raíz de esos dos poemas emblemáticos, es posible una aproximación a dos polos del ser humano en situación de crisis política y existencial, que en el texto se traducen en la lectura metafísica de la cotidianeidad y el tono sublime de las palabras más rimbombantes. Es posible argüir entonces que en el libro se manifiesta la crisis en dos niveles: 

- En un nivel poético, que incluye al hombre (como género humano) sumido en una realidad exiliada y, además, a los distintos hombres que sienten el peso del mundo en cada espacio de su tiempo.

- En un nivel meta poético, en relación a las tradiciones literarias con las cuales dialoga y participa, recreándolas a raíz del primer nivel, las cuales remiten al romanticismo con la visión nostálgica, incomprendida del presente, idealista frente al tiempo; al surrealismo con la experimentación de un lenguaje que tensa los límites y que deja entrever algunos de los conflictos más profundos de la psiquis humana; y, además, al canon literario decimonónico, con el cual quiebra decisivamente al privilegiar los contenidos subjetivos en contra de la visión realista, naturalista, apegada a los hechos.

Con todo, Residencia en la tierra es el libro que habla del Neruda más sensible a nivel existencial y a un tiempo el más audaz a nivel de propuesta poética, ya que en el nivel de la meta literatura no se limita a seguir y asimilar las tradiciones sino que las confronta y las reconstruye para recrearlas en su visión particular del exilio y del dolor humanos. Frente al romanticismo, no es solo un mero ejercicio de sentimientos de incomprensión frente al mundo, ni de tópicos como el ubi sunt o el amor imposible. Frente al surrealismo y la creciente anti poesía, no es un ejercicio de escritura automática, irracional, ni mucho menos un calco verbal del lenguaje mundano, sino que es un ejercicio de escritura que pudiera estar más cercano al creacionismo en la estética pero que aún así se diferencia porque aborda un trasfondo de carácter más intimista y, al mismo tiempo, de alcance universal. 

El Neruda de las residencias es el genio de la metafísica poética. Intenta reproducir el mecanismo de una obsesión vital, el discurso de su propio yo lírico avasallado por el dilema del hombre exiliado, gran metáfora del siglo XX en general: 

Sea, pues, lo que soy, en alguna parte y en todo tiempo,
establecido y asegurado y ardiente testigo,
cuidadosamente destruyéndose y preservándose incesantemente,
evidentemente empeñado en su deber original. 

Es ese su compromiso ontológico y poético con el hombre que sabe de la existencia de la muerte y por eso proyecta en su luz y su sombra una energía que comunica una apertura trágica hacia el devenir. Ese es el legado medular, en su etapa de madurez y de mayor profundidad, para lo que después consolida como un proyecto más ambicioso de militancia política y proyecciones americanistas. Es este el rupturismo que le permitió enarbolarse como el poeta de lo humano y de lo transmundano, de la realidad de la miseria pero, a su vez, de la maravilla del sentido, de los que no temen pasear con la muerte de la mano y dar una vuelta alrededor de los siglos y de Chile.

martes, 19 de noviembre de 2013

¿Dónde está mi mente?



Definitivamente, no hay auto ayuda posible tras el narciso del conocimiento. Se ha puesto a la vida en segundo lugar frente al podio de la academia, de la industria, del consumo. Sin embargo, es el optimismo de moda aquel que vende y se aloja en los corazones del hombre moderno como si fuese bandera sobre los satélites atomizados de la conciencia, y en cada conquista se suman escalas a ese paraíso, para luego botarlas una a una, mantener los deseos flotando y restándoles la gravedad de la contingencia, la amargura de la verdad. 

La frase de Coelho: “Cuando deseas algo, el universo entero conspira para que lo realices". Sería bueno saber cuán cierta es en la siberia de la existencia, en el Tercer Mundo siempre fugitivo. Entonces, sobre la basura que no debiera vender libro alguno (y sí lo hace por millones), volverse la mierda danzante, el extravío que procede del caos y vuelve a él, porque entiende que, en su interior, el mundo es la fantástica cuerda floja sobre la cual tropieza, retrocede y baila como nunca.

martes, 12 de noviembre de 2013

A toda velocidad

En la micro que venía de Viña, uno de los tipos que iba de sapo comenzó a hablar algo sobre un ojo biónico, luego de que uno de los pasajeros de atrás le gritó que si acaso no lo veía. Miré afuera de la ventana y la idea de ese ojo tuvo otro alcance: desautomatizar la visión en un leve choque de cuerpos en la calle, en las palabras que se posan como mariposas, sin ahuyentarlas, e inclusive en el bocinazo de la micro que te despabila. 

Tanto en aquella suavidad imperceptible como en el ruido urgente del taco pueden salir despedidas las ideas en un juego de gravedad. Por ejemplo: la mujer que se sube y la mirada lasciva del copiloto, ambos se vuelven cómplices de la congestión, aunque la mujer tiene el derecho que le otorga el pasaje y la necesidad de la visión solo en lo que respecta al ego, y el copiloto solamente tiene una mirada perdida, como muchas otras en la micro llena. 

Por otro lado, un sujeto grita que esta huevada parece Transantiago. La gente comienza a darle la razón.  Al chofer, al fondo, solo se le oye decir que hagan espacio. Parece una voz en off, alguna especie de escritor que sí dirige algo, escritor con, al menos, un tipo de volante. Entonces resulta injusto juzgar a ese sujeto apenas visible detrás del mar humano a bordo. 

Ya no se trata del mito, no caben lecturas bíblicas en esa arca, somos más bien animales, pero ningún diluvio ya nos asola, sino que solamente la angustia del retorno al hogar o a la máquina que, para el caso,es igual de angustioso. Uno podría argüir que el chofer es Sísifo y nosotros su piedra. Si fuera ese el caso, más valdría que la micro cayese de una vez antes que quedar en pana justo en Avenida España, en el intersticio entre la ciudad de las flores y la ciudad de los perros.

Espero pacientemente, haciendo mía la ficción, lubricando la visión, plácido en ese calor en movimiento, sin considerar que la ley de la inercia pueda en cualquier momento empujarme hacia la mujer del principio (como diciendo, piensas mucho, pero, mientras seas pasajero, no me tendrás) o bien empujarme derechamente hacia la puerta, sin desear la salida y sin desear tampoco que se cierre. Extrañamente se bajan casi todos en la plaza, y el chofer voltea el cartel de destino como si se tratase del eterno retorno. 

En ese vaivén se hace visible paradójicamente, y yo el último en bajar, mientras veo también cómo el copiloto lo abandona, y la mina aquella, acarreando la bella indiferencia del universo, baja sin otro propósito que distanciarse (mientras más se alejaba, adquiría proporciones épicas). Todos, sin duda, abandonan el arca rodante. El chofer gana espacio, pero pierde el peso que lo llevó a conducirse. Parecía que mientras más gente subía, él aceleraba más rápido, en un supremo acto absurdo, para huir del taco aquel como de una especie de pecado sin dios.

Entonces las visiones en aquel viaje de velocidad y comedia humana vuelven al reflejo de quien se desplazó sin mover un dedo, el tipo que recreó en su retina el taco, el joteo y el hacinamiento, atajos al movimiento de la micro como si fuera la roca del devenir. Siempre, entonces, con qué estilo la basura de la vereda acaba siendo aplastada por los pies de aquella mina, de qué forma el sapo divisa el centro de la ciudad tal como el África, y con qué maravilla la escritura se deja precipitar sola, lejos del chofer que la empujó y del ojo miope que la leyó, un solo gran camote que rueda desde lejos, arrastrando consigo tanto a las flores como al polvo, en un solo movimiento para todos y para nadie.

lunes, 14 de octubre de 2013

Santo ladrón de los deseos

Fui a la Sala Rubén Darío, a propósito de una exposición fotográfica, en verdad sin otra expectativa que comer, flirtear y beber gratis, soportando el relamido discurso patrimonial. En ese acto de desatino, uno entrevé la maravilla poética del despropósito, un tubo de escape para la mecánica rutina. Sin embargo, a mi alrededor, las fotografías parecían testigos de la neurosis de un voyerismo deshonesto, un paseo a la luz de negocios subterráneos y gestos en vitrina.

Me sumé a tal show clandestino como invitado fantasma, (única forma de ser invitado aquí) y. de inmediato. un hombre viejo me interpeló a propósito de la foto de una tumba. Me preguntó ¿Cuál es? reiteradas veces, y yo le digo casi de forma automática que se trata de una tumba en el Cementerio de Playa Ancha. El viejo volvió a preguntar: “¿pero cuál?”. Era la tumba de Emile Dubois, el "santo ladrón" del puerto que le robaba a los ricos en beneficio de los pobres, según la leyenda. Fue entonces que busqué apropiarme de la sacra excentricidad del lugar. Ante la duda del viejo, le repliqué si iba a ir al cementerio. Me dijo, en tono de broma: “todos… no, es decir, iré ahora, a pedir un deseo”, y terminó diciendo:” tú también pide un deseo...”, para luego marcharse. 

La última réplica me hizo pensar en el carácter iniciático de tal punctum fotográfico: ignorar el vistazo programado e interesado de la exposición, para ser arrastrado por la foto de la tumba del santo ladrón y que luego un viejo te sugiera ir a pedirle un deseo. El deseo se volvió entonces una especie de cleptómano de imágenes paganas, puesto que mi voluntad de ahí en adelante adquirió una espontaneidad inusual. Entendí la verdadera irreverencia en el acto de sabotear lo cotidiano, como cuando la chica, la única a la que eché el ojo, la que sacaba fotografías a las personas y a las fotografías pasivase, se acercó también a la foto de la tumba del santo ladrón. Entonces, merodeé distante, como colándome entre los mercenarios de la cultura fotográfica, para luego volver con un vaso de vino y adoptar el aire desinteresado pero jovial de todo invitado fantasma.

Una vez acabó de observar la foto de Emile Dubois, nuestra "meta fotógrafa" miró atentamente, como queriendo pedir un deseo a través de la mirada, como queriendo trascender la magia del aparato que petrifica el tiempo y, en ese instante de contemplación, acudí y le pregunté qué deseo pediría al santo ladrón. Ella, con un no sé previsible, pero con una memorable digresión, deseó que desapareciesen los verdaderos ladrones de la cultura. Asentí y le dije que me gustaría que os ladrones históricos del puerto, de ese modo ella sonríe desaparecieran. Me hubiese gustado que hablara de sus fotos, si no fuera porque ella se despidió en un estrechón de manos, con una cortesía tibia pero formal.

Es así como me vi de regreso en el evento con esa orgía de miradas, tan próximas, pero tan mecánicas. De manera intempestiva, intuyo que uno puede invocar esa secular animita de deseos en su interior, y volverse esa reencarnación del santo ladrón que roba las imágenes del culto snob para transformarlas en destellos de la belleza cotidiana, en una tarea de iconoclasia y de romanticismo, de no ser porque la fotografía siempre acaba siendo, como la mujer, un erotismo que busca fugarse a lo real. Lo único auténticamente real aquí: el despropósito, la ausencia. 

"Ella ha muerto, y ella va a morir”, en una paráfrasis a Barthes de su Cámara lúcida; la chica que fotografió las imágenes, pero que no se dejó fotografiar, rehuyendo la inmortalidad de la luz fotográfica tanto como la del gesto de cortejo, probó entonces, en ese encuentro simpático y fugaz, que la belleza no puede ser robada por quienes solo buscan desacralizar la realidad, sino por quienes la multiplican, en una fuga de luces y de sombras desconocidas entre sí y que por eso son capaces de desearlo todo.