Tenía pensado ir a comprar el libro "Mi Lucha". Pero no el de Hitler, sino que el de Karl Ove Knausgard. Así como hay libros y libros, también hay luchas y luchas.
sábado, 29 de julio de 2017
A la altura de estación metro Miramar, justo cuando iba a iniciarse el cierre de puertas, un sujeto agarró una bolsa del suelo y la arrojó hacia el andén. Casi al cerrarse la puerta del metro, gritó “¡Señora!”. Una mujer mayor se alcanzó a dar por aludida, volteó la cabeza unos segundos, miró rápidamente hacia la bolsa pero siguió como si nada. Nadie más sobre el andén se dio por aludido. A medida que avanzaba el metro, se alcanzaba a divisar dentro de esa bolsa solitaria lo que parecía ser un paquete envuelto en papel de regalo. Qué contendría. A quien se le habrá extraviado. Regalo para quien. Nada de eso perturbará la imagen de la bolsa con el paquete de regalo abandonada a su suerte al filo del andén, casi cayendo hacia los rieles.
Una fanática de las teleseries se volvió viral al hacer público su descargo contra Mega por el final de Amanda. Decía sentirse estafada, y lo que es más sorprendente de todo, esperaba que para las futuras teleseries "no maten a la protagonista, ya que uno gasta tiempo electricidad etc. en seguirlos viéndolos". Luego de redactar su reclamo, se da el lujo todavía de exigir "como mínimo una postal con un saludo de los actores de ‘Amanda". Me pregunto acaso si ella pudo reclamar contra el final de una teleserie, con todo lo irrisorio que pueda resultar, uno podrá también quejarse contra un libro, volverse viral por eso y hacer de esa queja una suerte de nuevo meta género textual.
jueves, 27 de julio de 2017
Dunkirk
En Dunkirk, la última película de Nolan, sin duda, el sonido, su cualidad envolvente (de la mano de otro maestro, Hanz Zimmer) actúa como el narrador secreto de la historia, la historia de una fuga épica. Nolan incursiona por primera vez en el cine bélico y lo hace recreando la operación Dinamo (1940), en la cual no encontrarán un triunfo inapelable, ni grandes discursos heroicos, sino que solo la crónica de la supervivencia, bajo el vértigo de la tierra a ras del mar y sobrevolando el aire del cielo, los tres elementos de la naturaleza conformando el cuadro dantesco, bajo el cual algunos soldados ingleses y franceses conspiran para sortear la avanzada nazi. Lo verdaderamente único de la cinta es que narra el acontecimiento de los vencidos, su incomprendido orgullo tras palpar la vida al filo de la navaja, su victoria pírrica contra todo pronóstico y expectativa. Dunkirk, en el fondo, resignifica el sentido de la guerra, su concatenación infinita de batallas y treguas. No encumbra ningún acierto militar. No idolatra a ninguno de sus héroes alicaídos. Visualiza más bien un futuro, un escenario en el que los vencidos en masa también pueden conmemorar, con sus bandera rotas, su ilusión y su sangre a cuestas, un día más sobre este extraño mundo, otro día en que se ha burlado a la muerte, al menos en lo que dure la buena racha, porque en la guerra, como en la vida, los vencedores no siempre tendrán la última palabra, (ni el último visionado).
¿Por qué el clásico cuadro de Caspar David Friedrich, El caminante sobre el mar de nubes? Pues porque la analogía con el fotograma de Dunkirk es evidente. No solo en su aspecto visual, sino que semántico. El romanticismo en su sentido más genuino. El solitario caminante en la cima sobre las nubes. El soldado vencido al borde del mar, contemplando la devastación.
Hoy una chica en clases me preguntó si acaso la siguiente frase: "cuando la muerte comience su inventario" servía como un ejemplo de metáfora o de prosopopeya. Me deja con una intriga no tanto saber si es una figura retórica u otra, sino que el origen de ese verso. El cómo llegó ahí. Si lo sacó de algún poema ya existente o si realmente se trata de una de esas creaciones que sorprenden por improvisadas.
Es consabido que Sartre, en 1964, pidió por carta que no le dieran el Nobel de Literatura. El comité del organismo ya había ratificado su victoria, pero este, fiel a su misiva, acabó rechazando el premio, todo con tal de no convertirse "en una institución" y de no exponer a sus lectores a una "presión nada deseable". Lo que se tiende a olvidar es que, ni tonto ni perezoso, Sartre acabó de todas formas reclamando el dinero de la premiación. En suma, quiso ser consecuente a sus principios, pero por debajo igual quería el maldito dinero. No hay traición en esto. Como dice el dicho: la necesidad tiene cara de hereje. No hay nada que obligue a la honestidad y a la corrección absolutas. Así que, recuerden, futuros aspirantes, ganen todos los premios que quieran, pero hagan la de Sartre: inmortalicen una imagen de rebeldía para la opinión pública, y una vez que todos estén demasiado ocupados con ella, cobren el jugoso cheque sin remordimiento.
Chill Out
Hay un pub frente a la plaza O Higgins cerrada, muy cerca del Congreso, calle Almirante Barroso. Se llama Chill Out. Por dentro, un diseño minimalista. Por fuera, la fachada de edificio patrimonial. En inglés, Chill Out significa algo así como relajarse, "enfriar" las pasiones. Pasando hoy por la tarde, un tipo entraba una java. La imagen mental de la cerveza se vaciaba entonces lentamente sobre un vaso imaginario. Hacía, a propósito, un frío del demonio. Desde el fondo acababa un hit noventero, para comenzar a sonar esa mezcla de trance y lounge que haría juego con el concepto del local. Por supuesto que solo la música daba la sensación de vida, porque no había nadie ahí a excepción de un par de sujetos de cuello y corbata, seguramente oficinistas brindando por su hora feliz. De cara a una de las ventanas, se dejaba ver el comienzo de un video de classic project. Salía en eso una mina a fumar. El frío era tal que arrugaba su frente. En el instante en que miraba a otro lado, dejaba de sonar Black Velvet de Alannah Myles. La chica repentina botaba su cigarrillo al suelo, luego de haber hablado por celular, y entraba justo antes del loco de la java. Cerca de la ventana solo se oía retumbar, a lo lejos, la risa de los oficinistas. Adentro el alcohol hacía lo suyo. Afuera la sensación, en cambio, era extraña por opaca. La música del video de Classic project desaparecía lentamente, a medida que se dejaba el lugar y se avanzaba hacia la vereda. El minimalismo del sitio era tan escandaloso como lo iba siendo la soledad de la calle en el transcurso de una cuadra.
martes, 25 de julio de 2017
Algunos medios virtuales han anunciado la muerte de Anne Dufourmantelle, escritora, psicoanalista, más conocida por haber escrito un libro llamado Elogio del riesgo, en el cual sostenía que "vivir sin asumir riesgos no es realmente vivir; es estar medio vivo, bajo anestesia espiritual". Falleció de un paro cardíaco cuando trataba de rescatar a unos niños que se ahogaban en la playa de Pampelonne, en la localidad de Ramatuelle, al sur de Francia.
¿Fatal consecuencia de principios? ¿O absurdo sarcasmo del destino?
lunes, 24 de julio de 2017
Sacar sus pantys
Cada tanto en reuniones familiares me recuerdan un episodio de la infancia, un episodio que les causa ternura y, a la vez, hilaridad, uno del jardín infantil, el cual si no fuera por ellos no lo recordaría con tanta recurrencia. Dice relación con una niña que en ese entonces era compañera mía, quien me pidió expresamente que le sacara las pantys, a lo que yo respondía que sí, con una afirmación algo tímida y temerosa.
Por supuesto que cuando lo cuentan lo hacen procurando que la escena mantenga su ternura sin perder su lado cómico. Siempre que sale a colación, la idea se trata de recordarla con la nostalgia, el humor y la candidez que evoca. Sin embargo, sigo pensando, hasta el día de hoy, en todo el misterio que encierra. Lo difuso del contexto y la situación en la cual la escena supuestamente sucedió. El hecho de que no la pueda recuperar en la memoria.
Lo más extraño es que no consigo reconstruirla para confirmar su existencia en el pasado. No consigo recordar ni el rostro, ni la figura, ni la voz de aquella chica que me pidió semejante favor, de una forma, en ese entonces, inocente, pero, más tarde, bastante osada. Comienzo a preguntarme sobre el paradero y la existencia de la niña. Intento reconstruirla en mi cabeza. Cómo era. Sus facciones. Cuál habrá sido el color de sus pantys. Qué habrá sido de ella. Estará viva. Soltera. Casada, con hijos. Fuera de acá. Tan lejos o tan cerca.
La maquinación en torno a la chica es tal que llego a soñar, en cierto punto, con sacarle algo más que pantys. Qué hubiera pasado si lo hubiese hecho realmente. Si ella hubiera sido, con toda su falta de forma y de fondo, una especie de belleza demasiado indefinida para ser cierta. He llegado a imaginar incluso que se produce un reencuentro en el futuro, una hipotética vida juntos, digna de un culebrón surrealista; o ella llega, eventualmente, a acordarse de aquella escena, o yo la alcanzo a divisar en algún lugar o situación incógnita, y de ese modo germina la semilla de alguna remota ilusión.
Pero tanto el lector como ella sabe que solo se trata de caprichos malparidos. Mera dislexia sentimental. Una manzana mordida demasiado a destiempo. Las pantys legendarias de aquella chica, si es que vive, si es que existe, aguardan entonces a salvo bajo su figura y más allá de esta fantasía, quizá en manos de otro, o en manos de ella misma, en mi cabeza, libres todavía de la obsesión inconclusa de su ex compañero desconocido.
Solo temo que con la próxima reaparezca el fantasma de esa escena, aquellas pantys en el inconsciente, como una especie de maldición o de fetiche frustrado. O, más improbable aún, ¡que la próxima sea ella misma! y que en ese escenario ficticio no quede otra cosa que rendirse ante la evidencia, y avanzar lentamente, de forma impúdica, obscena, hacia una mutua aniquilación.
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