sábado, 16 de enero de 2016

Mainstreet

Ayer un compadre me sugiere escribir sobre aquellas cosas que se dejan atrás, mejor dicho, sobre ese extraño fenómeno que apenas alcanzamos a definir en una pura palabra llamado nostalgia. Fenómeno en que a ratos se nos va la vida. El pasado como aquello que nos conforma pero también una suerte de sentimiento sobre la fugacidad de todo. Lo que intentaba decirme lo lograba comprender a nivel emotivo pero me costaba darle una forma desde el entendimiento. La sugerencia se le ocurrió mientras escuchaba una canción de Benny Mardones, Into the night,, seguida de otra pieza de The Band, I shall be released, en que colaboraban Neil Young, Neil Diamond, Bob Dylan, Ringo Starr, Joni Mitchell, entre otros maestros. Fue luego con el tema de Bob Seger, Mainstreet, que el tema de la nostalgia cobró forma. Dijo que en específico Bob Seger, y las raíces del blues y el country tienen un sentimiento arraigado con el espacio que habitan. La música de Seger evoca precisamente esos recorridos en carretera por el viejo Oeste en busca de un destino desconocido, lejos del mundo citadino, hacia alguna otra ruta, o simplemente desafiando los límites de la velocidad y del tiempo al dejar Detroit, y con él también dejarse a si mismo atrás. 

Con la música que pudo escuchar en la calle Pedro Montt, bajo un sol imponente y atestado de gente inadvertida y vendedores ambulantes, dijo que pasaba algo similar, solo que se trataba de música indeseable pero algo acorde con el alma del ambiente: cumbia, reggaeton, bachata, tocadas como en un hervidero de las emociones y de las hormonas. Hay quizá algo nostálgico en esos ritmos vulgares, dependerá de la percepción y el gusto de cada quien, pero a lo que iba el amigo era que se trataba de algo suma demasiado "cebolla", melodramático, siempre abocado al tópico del corazón roto y de la cacería seductora. Se refería a otro tipo de nostalgia, la nostalgia sobre el tiempo que simplemente pasa sin más remedio. Una especie de romanticismo que solo la música de Mardones y de Seger podían ilustrar. No sabía definirlo bien, creo que en el fondo hablaba sobre un espíritu beat, de saber que llega un punto en que se debe simplemente dejar la vida pasar, dejar ir ciertas cosas que no tienen otro remedio que cambiar, pero con cierta serenidad, no una serenidad apática, sino que con una serenidad musical. 

En el caso de Mardones, puede que sea el desgarro pero luego la lucidez de saber que el amor va y viene, pero a su vez definitivamente está condenado a cambiar, porque así son las cosas. En el caso de Seger, se trata más bien de dejar un mundo atrás, y con él, toda una vida guardada todavía en el tintero. La Mainstreet, evocada en la canción con nostalgia desde un paraje y un tiempo remoto. Quizá sea tiempo de emigrar, la nostalgia lejos de un estancamiento en el pasado se trata de un viaje interior, se trata de un impulso a recordarlo todo y también a recorrerlo todo desde la mente, los caminos inadvertidos y los todavía desconocidos e incomprensibles. Solo la música, (la buena música) tiene esa cualidad de transportar, de servir de vagón de la memoria. La nostalgia es el vehículo de la música. O la música es el vehículo de la nostalgia. De todas formas, se piensa, se recuerda algo o simplemente se avanza hacia alguna parte. Recordar algo, dejarlo ir, marcharse.

viernes, 15 de enero de 2016

Lo loser y lo winner.

Con un amigo hablábamos intrigados sobre la sutil distinción entre lo loser y lo winner. ¿Se define solo de acuerdo al éxito material, la popularidad, la suerte con el sexo opuesto? ¿Es una mezcla de las tres cosas, o cada condición por sí sola es suficiente? Lo discutíamos como si fuésemos en lugar de sujetos pensantes también parte del objeto de análisis. Todos a nuestro alrededor en la calle parecían abarcar el espectro de lo que se conoce comúnmente como lo winner: ocupados, con una vida en apariencia estable, con pareja. Los pobres diablos que reflexionaban sobre esto, a solas y sin otro propósito más, eran evidentemente los losers. 

Entonces surge la cuestión problemática ¿Dónde está el límite entre lo uno y lo otro? ¿Son esas dos palabritas una condición previa o una mera circunstancia? ¿Un ser o un estar? ¿Se puede ser loser para ciertas cosas, en ciertas ocasiones, y winner en otras? El punto estriba en el significado de esas dos palabras contradictorias entre sí. Cómo definir lo loser y lo winner. No se puede, porque son producto de un prejuicio, de un imaginario importado de yanquilandia, de una lógica de preparatoria. Porque están sujetos, valga la redundancia, a la subjetividad y percepción individual de cada individuo. Quizá solo se trate de intuiciones, de situaciones puntuales o de una seguidilla de caracteres o de conductas que, más o menos relacionadas, dan atisbos de pertenecer a tal o cual categoría o bando. Por ejemplo, es de loser precisamente escribir una posible distinción conceptual sobre qué es lo loser y lo winner, o podría ser de winner que los conceptos sean definidos y se saque un libro de eso y sea exitoso. Ahora, de qué tipo de éxito estamos hablando. ¿Es, entonces, el winner exitoso a nivel material, o solo por una cuestión de actitud, de carácter, de visión y de planteamiento ante la vida? 

A falta de un rigor científico en el intento de definir estas dos palabras, solo queda acotarlas a un fenómeno específico, a una situación de enunciación y de relación real. La que nos compete tiene que ver en general con los tres elementos mencionados: el éxito material, la popularidad y la suerte con el sexo opuesto, establecidos de tal manera que cada uno sea condición necesaria del otro, y no solamente factores aislados. La lógica es la siguiente: se es loser, no se tiene éxito ni popularidad ni suerte con el sexo opuesto. Y lo winner sería precisamente lo contrario. Cada una de las tres condiciones debería cumplirse. Sin embargo, sabemos de sobra que la realidad desmiente cualquier clase de teoría, más aún cuando esta viene sostenida por una apreciación efímera y por palabras sometidas al arbitrio de la moda. 

Mientras bromeábamos sobre lo loser y lo winner, y la posibilidad de que nosotros fuéramos del primer bando casi por genética o por un designio del destino, no paraban de aparecer personas que, a todas luces, se veía que eran "winners": un tipo nos pidió el favor de decirle la hora para sorprender a su polola en su cumpleaños; otro pasaba con auto e iba a saludar a las promotoras de la esquina; otra chica nos preguntaba en qué calle quedaba tal lugar y se marchaba acompañada por su grupo de amigas; incluso pensamos en esas amigas de facebook que todos los veranos viajan a alguna parte distinta y turistean de lo lindo. La única cuestión tangible, tras ese desfile de "ganadores", era que nosotros seguíamos pegados en la maldita ciudad, hablando sobre estas tonterías, maldiciendo el mundo y nuestra suerte. 

El asunto no es tanto si ellos eran realmente winner, sino porqué nos considerábamos losers en relación con ellos, qué era lo tan determinante en esa situación para llegar a decir: nosotros somos esto, ellos son aquello otro, sin siquiera conocer realmente a nadie, sin siquiera saber qué cresta éramos nosotros, y qué hacíamos allí preguntándonos eso, y haciendo todo ese análisis, a propósito de un bajón nocturno. La respuesta del amigo era radical: simplemente la ausencia de algo, un deseo no satisfecho, la idea persistente sobre el vacío de cierta cuestión inconclusa, todo aquello que nos identificaba con el error, con el problema, con la negación, con el desvío, con la falta. En suma y sin tanta retórica ni aspavientos: el no sentirse completamente realizado, el no tener pituto, el contacto ni el suficiente roce social con nadie, el estar solo, en ese preciso instante, síntomas de las vacaciones, síntomas de la inactividad. El pensamiento como que da vueltas, como que quiere salir, se dispersa, quiere lanzarse. Fluye el sentimiento de derrota permanente, la expectativa del cambio, sea lo que sea: un beso, un contrato de trabajo, el mundo. Un sueño, la nada.

jueves, 14 de enero de 2016

Es mejor quemarse que apagarse lentamente

"Es mejor quemarse que apagarse lentamente". Ese verso como pocos saben no es de Kurt Cobain. Solo fue citado en su nota de suicidio. Pertenece en realidad a la canción "Hey, Hey, My, My (Into the Black) de Neil Young, escrita a finales de los 70, 1978 app. De hecho, se supone que ese verso en específico fue acreditado a un amigo de Young. La autoría original es incierta, pero no es lo importante. Hay que leer la frase en su contexto. No es tanto un llamamiento a la autodestrucción, sino que la constatación de una decadencia. En específico, Young hablaba de la decadencia del rock durante esos años, tras la muerte de Elvis, por el hecho de que muchos músicos, incluyéndolo, estaban quedando obsoletos ante el arribo del punk. Por eso, Young compuso esa canción adoptando la ética del punk que estaba en boga. La ética del vivir rápido y morir pronto, antes de caer en la ignominia pública. En el fondo, se supone, esa frase sería la esencia del rock and roll. 

Young entra en disputa con John Lennon precisamente a partir de esa frase. Lennon critica esa especie de culto a la muerte que hace el punk. Dice sobre el polémico verso, en una entrevista: "«Lo odio. Es mejor desaparecer como un soldado viejo que quemarse. Si estaba hablando sobre quemarse como Sid Vicious, olvídalo. No me gusta el culto a los muertos como Sid Vicious o James Dean o John Wayne. Es lo mismo. Hacer de Sid Vicious un héroe, o a Jim Morrison, es basura para mí. Yo adoro a las personas que sobreviven: Gloria Swanson, Greta Garbo. Dicen que John Wayne conquistó al cáncer, que lo fustigó como a un hombre. Ya sabes, siento que haya muerto y esas cosas, lo siento por su familia, pero no azotó a cáncer. El cáncer le azotó a él. No quiero que Sean adore a John Wayne o a Johnny Rotten o a Sid Vicious. ¿Qué te enseñan? Nada. Muerte. Si Neil Young admira ese sentimiento tanto, ¿por qué no lo hace? Porque se ha desvanecido y vuelto muchas veces, como todos nosotros. No, gracias. Me quedo con la vida y la salud". Ante la postura de Lennon, tiempo después el propio Young le contesta lo siguiente, defendiendo la premisa del punk: "El espíritu del rock and roll no es la supervivencia. Por supuesto que la gente que toca rock and roll puede sobrevivir. Pero la esencia del espíritu del rock and roll para mí es que es mejor quemarse frente a una especie de decadencia hacia el infinito. A pesar de que si lo miras de una manera más madura, pensarás: "Bueno, sí, puedes decaer hasta el infinito y seguir adelante". El rock and roll no se ve desde tan lejos. El rock and roll es ahora". Si se ve de cerca, es esa disputa sin fin, el conflicto entre esas dos visiones que incluso se complementan, aquello que, paradójicamente, hace que la industria musical del rock siga viviendo. En la tensión entre vivir para la música (Lennon) y morir por el rock and roll (Young) es que el estilo sigue, es que el legado continúa, a pesar de que el verso se malinterprete como un burdo llamado a la inmolación, a pesar de que existan bandas que no entienden cuando definitivamente dejar la agonía y morir, y otras que prematuramente mueren creyendo que solo con eso pueden pasar a la historia de la música. Ese verso problemático contiene toda la esencia del problema del rock en la actualidad. Bandas que necesitan quemarse cuanto antes, y bandas que pueden encenderse todavía más. En eso se resume todo.

miércoles, 13 de enero de 2016

"El camino del latinoamericano es el camino del huérfano en busca de un padre que no existe". Pedro Páramo, a treinta años de la partida de Juan Rulfo.




A mi juicio, si tuviese que ser definitivamente injusto, si tuviese que elegir, en una situación hipotéticamente desesperada, solo una novela latinoamericana que se salvase de la hoguera, elegiría Pedro Páramo de Juan Rulfo. No se trata solamente de una lección de arrogancia ni de una opción oportunista, a propósito de que hace poco se cumplieron treinta años de la muerte del autor, sino que de una lectura que había venido cultivando hace mucho con esmero. 

De verdad me creía el cuento de la novela debut que catapultó a Rulfo a categoría de leyenda. El ejercicio de hacer una sola novela, pero que fuera LA novela, una sola posibilidad entre millones. Además, una proeza y, si se quiere, también una provocación, ante la abundancia y exhaustividad que otros autores contemporáneos pretendían. Siempre vi en Rulfo algo distinto a García Márquez. Este último me parecía un fenómeno de masas, pese a su brillantez, con eso del realismo mágico, de las ideas de Carpentier que buscaban destronar el surrealismo importado desde Francia. 

Había algo en esa novela inclasificable. Un éxito, pero siempre subterráneo, por su naturaleza opaca, hermética. Pedro Páramo encarna una visión y a la vez una realidad. Es el viaje clásico del héroe que regresa en busca del origen, en este caso, del padre por encargo de la madre de Juan Preciado, solo que aquel viaje épico aquí se encuentra distorsionado, subvertido o definitivamente condenado. Nuestro héroe ya no viaja al infierno a aprender. Viene a ser uno con el infierno. La idea fantasmagórica de encontrar a su padre es una especie de paradoja freudiana, en un mundo que solo le ofrece incertidumbre, rumores, habladurías, la crudeza de lo indecible. Él mismo se convierte en un rumor, en una habladuría. 

Juan Preciado vive la historia suya a través del infierno de los otros que es el infierno suyo propio: Comala, metáfora del fantasma que habita en todos y cada uno, y que todos y cada uno habitan, sin excepción. Comala viene a ser más que una simple radiografía del México del siglo XX, un estado del espíritu, la condición misma del espíritu latinoamericano. De hecho, la propia empresa idealista que busca las raices de la identidad latinoamericana se parece mucho al viaje de Juan Preciado en busca de su Pedro Páramo en Comala: ambos ya están muertos antes siquiera de ir hacia su encuentro. 

Desde una visión romántica, las sociedades latinoamericanas, como Juan Preciado, idealizan a su padre, el foco de sus orígenes, hasta que chocan con la cruda realidad de su naturaleza heterogénea, esa falta de “unidad familiar” ya mencionada. Chocan consigo mismas, y su frustración las lleva a proyectarse de manera espacial y temporal tal como si fuera “Comala” misma: una profunda distopía de si misma, un lugar sin espacio ni tiempo histórico definidos, sólo un gran cúmulo de ecos, voces y sombras caóticamente diseminadas. Esta inexistencia de ese “padre”, esos valiosos cimientos que permiten organizar su presente y edificar su propio futuro, fundamenta apriorísticamente el fracaso de la empresa en la búsqueda de las raíces. 

El camino del latinoamericano es el camino del huérfano en busca de un padre que no existe. Ese camino es siempre dantesco. Se escuchan voces, muertos que parecen vivir, una antología de sangre y de violencia. Su nombre parece escrito en las paredes por el cancerbero de la conciencia. Sin embargo, ese fracaso, ese recorrido lleno de ardides, ese laberinto que refleja su propio mundo interior, por supuesto, no es su derrota, solo su forma, su razón de ser, su camino. 

Rulfo lo supo. Es todavía ese motivo dantesco, ese desafío del canon, esa aparente falta de trama y de consistencia, ese caos de saber que todos ya estamos muertos lo que hace a la novela invencible, indefinible. "Cualquier cosa que tenga forma puede ser definida, y todo lo que sea definido puede ser vencido", decía Sun Tzu en El arte de la guerra. Faltan obras que tengan como premisa la expresión sincera del infierno interior y circundante, sin miedo a perder el pellejo y el espíritu en el intento: sin miedo a perder.

martes, 12 de enero de 2016

Déjalo ir

"Si amas algo, déjalo ir", conocido verso de Benedetti. A ratos Benedetti me pareció demasiado meloso, pero cuando te ocurre algo parecido entonces recuerdas la frase y algo de sentido tiene. No desconociendo la cuestión estética. Humphrey Bogart en Casablanca, como buen hombre duro, llevó a la práctica la idea de dejar ir. Se da cuenta que su amor no es compatible con su estilo de vida. "Dejar ir", frase demasiado fácil de decir, pero compleja de realizar. Los monjes tibetanos practican el desprendimiento del deseo mediante la meditación. Algo todavía demasiado incomprensible para un occidental enamorado del amor y todas sus ficciones. Será que se puede simplemente amar a alguien, en un sentido más trascendental, sin sucumbir al deseo de apegarse o aferrarse. Amar simplemente al amor que se tiene, por así decirlo. Pese a la ausencia. Pese a la distancia. Pese a la nada. Es difícil, porque duele. Es difícil, porque eso existe. Porque resulta inconcebible la impermanencia de una relación luego de haber plantado allí como bajo tierra una millonada de experiencias, deseos y sueños. Se enseña que en algún momento aquello va a crecer, para madurar o desprenderse. Entonces se le quiere retener, comienza el deseo egoísta, la posesión emocional como mecanismo de defensa contra el devenir. Todo es cosa de tiempo, decía una. Justo antes recordaba otra frase al vuelo: "el tiempo también tiene corazón". Demasiadas lecciones en un lapso de tiempo relativamente corto. Qué es en el fondo la historia universal del amor de todos los tiempos sino una pura exhalación del mundo, o aquello que se supone lo mantiene en órbita, en términos platónicos, o definitivamente aquello que lo precipita de una vez por todas contra el asfalto de la realidad (cuestión que siempre me gusta decir), tal como afirmaba Milán Kundera en su novela La insoportable levedad del ser. Tiempo de dejar ir, ¿tiempo de amar, o dejar de amar? Tiempo para la vida (¿la mía?) o tiempo para uno mismo (¿el que ama o no ama?). Porque se supone que todo llega cuando se está preparado, porque todo lo que debe expresarse debe ser dicho con claridad, en el momento preciso, en el espacio indicado. Pero nada de eso, en el fondo, se cumple a cabalidad. Nada parece coincidir del todo con nuestra íntima voluntad. Entonces, siempre ha sido más sencillo que todo eso: simplemente, ir, acudir en busca de lo que te apasiona, raptarlo y ganártelo; o, dejar ir, volverse un monje de la incondicionalidad, creer que todo es parte de un plan y que aquel deseo o aquel amor dejado ir para siempre florecerá en alguna otra parte en forma de novela o de jardín. De todas formas, el dejar ir será como vivir o como morir. Una parte dentro de ti ya está muerta, la otra aún no vive. En ese dilema es donde nos hacemos los artistas y los iluminados. En ese dilema es donde inauguramos nuestra propia ficción, para no morir de la realidad, para no morir de aquello que se deja ir....

lunes, 11 de enero de 2016

La muerte rockea

Se va Scott Weiland, Lemmy, y ahora, Bowie casi de forma simultánea. El destino nos castiga. Se lleva lo mejor. Donde sea que estén, debe ser un lugar bueno para rockear. La muerte nos pasea, la muerte rockea, todos ellos lo sabían. Nos toca a nosotros averiguarlo.....

Fuera de tiempo

2:45. Siempre se vuelve a los viejos vicios, pero no precisamente rehabilitado, en un deja vu constante de ciertas emociones, que no hábitos. Uno de aquellos: dejar sonando la radio con temas clásicos toda la noche para dormir, o a esa hora, en vh1 con videos de temas ochenteros, The Romantics, Kim Wilde, The Outfields, etc, que ya sonaban en mi cabeza pero había olvidado de donde venían, si de alguna fiesta perdida en la memoria o en un sueño retro mientras la música afuera en vigilia seguía sonando envuelta en el silencio de la noche. Es una extraña sensación de estar volviendo a la pieza cuando vivías con tus padres, con el equipo stereo antiguo haciendo oído para escuchar los temas como si fuesen secretos, pero ahora, con todo el tiempo y la soledad por delante, el visionado de aquellos videos como un sueño o la irremediable y placentera realidad de estar nostálgico por lo que unos cuantos hits, un café cargado y un corazón ingenuo pueden provocar.

Recuerdo que una me decía: "tú no pareces de este tiempo". Así tal cual. "Siempre te sentí tan melancólico", decía otra que se fue sin despedirse. ¿Será en el fondo de tanto escuchar música de otra época? ¿Una retromanía, como lo decía un crítico de rock? ¿O simplemente una pura excusa para acabar sintiéndolo todo como fuera de tiempo, pero paradójicamente, expresándolo ahora mismo? Expresándolo, justo en el instante en que trato de poner punto final a esta confesión al acabar el playlist de madrugada, pero sigue y sigue sonando, porque nada ha acabado en verdad, solo la manía de recordarlo todo, de dejarlo grabado, de asegurar su permanencia, repetirlo ojalá como aquel cassette que sincronizábamos con el espíritu de la radio. El cassette, el eterno retorno. Repetir nuestra edad de oro, para que no muera, para revivirla, en el fondo, para dinamizar el incómodo presente. Sincronizabas aquel sonido, mientras esperabas que nada interfiriera en esa transmisión legendaria. Que nada, en realidad, interfiriera entre tu presente y tu recuerdo. En esa obsesión se nos va la vida: la de atrapar el tiempo y traerlo de vuelta, encapsularlo, congelarlo, intacto, sea como sea. El tiempo, nuestro tiempo, recordado, reproducido o, lisa y llanamente, imaginado.

domingo, 10 de enero de 2016

Sudamerican rockers

En la serie Sudamerican rockers, un joven Jorge Gonzalez le insiste a su amigo Miguel Tapia que el album Sgt Pepper Lonely Hearts Club Band que tiene en su poder es de los Bee Gees. Tapia le recalca que ese album es original de los Beatles, grupo del cual al parecer Gonzalez no sabía mucho. Se retrata a Tapia como el melómano del grupo, y Gonzalez vendría siendo el chico con la actitud, la rabia y la visión. Ninguno de los dos sabía tocar. A Gonzalez no le gustaban los Kiss (Narea los escuchaba) pero después de Sandro y Camilo Sesto acabó escuchando a los Clash. Tapia hacía las veces de líder del grupo, y le decía a Gonzalez que cantarle serenatas a las chicas era de marica. La primera canción de Gonzalez "Orgullo" la escribió en la pieza para su vecina después de un consejo de su padre. "No hagas caso. Expresa lo que sientes. Escribe lo que sientes. Te lloverán las minas". Un Gonzalez entusiasta le iba a entregar la canción a su vecina pero la familia de la chica fue detenida por los milicos. Se puede decir que está por un lado el Gonzalez romántico, fanático de Sandro, y el Gonzalez rabioso, influido por el punk británico. Mientras Gonzalez le cantaba a su vecina, casi en la misma época los Sex Pistols cantaban Dios salve a la reina. Narea solo fue admitido en el grupo después de que aprendió a tocar con ayuda de una hermosa chica evangélica en una Iglesia de San Miguel. Narea, por supuesto, no les cuenta la verdad sobre cómo aprendió a tocar. Se supone que eran un grupo de rock. Se supone que estaban en contra de todo, que querían expresar la rabia y el descontento que había a su alrededor, viniese de donde viniese. Cuando un chico con ideas comunistas llega al colegio, el que en un principio reemplazaría a Narea en el grupo, les dice que no le gusta el rock, y comienza a tocar un tema folclórico. El chico nuevo les habla de leer El capital y el manifiesto comunista. Gonzalez simplemente pregunta si tiene El Principito, libro que quiere leer para la nueva chica que le gusta. Gonzalez al parecer no era de esa onda. Solo la música le ofrecía una salida. En el fondo, como grupo, no hacían otra cosa que patear piedras, mientras jugaban a ser estrellas de rock. Para ellos, el camino al éxito estaba lleno de notas desafinadas. También lleno de libros y vinilos echados a la calle. Para ellos, en realidad, la historia del rock, su propia historia, también era en parte la historia de Chile. Lo único que cambiaba eran los decibeles. Lo que más tarde Gonzalez, profético, en una de sus líricas, reza: "Solo ruido".

El mundo como supermercado

En El mundo como supermercado, Houellebecq declara profético: "Sin embargo, cada individuo es capaz de producir en sí mismo una especie de revolución fría, situándose por un instante fuera del flujo informativo-publicitario. Es muy fácil de hacer; de hecho, nunca ha sido tan fácil como ahora situarse en una posición estética con relación al mundo: basta con dar un paso a un lado. Y, en última instancia, incluso este paso es inútil. Basta con hacer una pausa; apagar la radio, desenchufar el televisor; no comprar nada, no desear nada, no desear compar. Basta con dejar de participar, dejar de saber; suspender temporalmente cualquier activiad mental. Basta, literalmente, con quedarse inmóvil unos segundos". Frase premonitoria en relación al llamado de no ir a comprar a los supermercados por un día producto de la colusión. Cuestión que en resumidas cuentas resulta más bien una especie de acto poético, algo simbólico, una victoria pírrica, más que algo verdaderamente efectivo, en contra del monopolio comercial.

viernes, 8 de enero de 2016

Atribuir un significado a todo lo que nos pasa, ya no profundo, rimbombante, sino que eminentemente personal, es la gratuita cualidad del pensamiento, aquello que está ahí una vez que se le extraña o se le requiere.
¿Qué podemos pensar acerca de las relaciones que se pierden para siempre, acerca del lenguaje que se hace cada vez más escaso por necesidad, acerca de los hechos irremediables del mundo que te rodea?
Pensar en algo, sencillamente llevarlo hasta el límite, porque la vida se encuentra siempre más allá, o más acá, definitivamente en otra parte distinta a nuestro pensamiento. Como los libros que aún no hemos leído, la realidad pasa entre nuestras manos, muchas veces ausente, a la expectativa.
El pensamiento que agregamos a nuestras relaciones es una especie de savia, el pensamiento que surge de ellas se escabulle como la arena de la última marejada. Solo bastaría asegurar su permanencia y darle la forma del tiempo, aunque continúe su marcha irrepetible.
Es el tiempo el que nos permite pensar, el que nos permite amar, y el que nos permite simplemente pasar, o bien nuestra propia vida, tal cual la pensamos, es el corazón del tiempo. Vacilante, prometedor o nostálgico. Un verano nublado o un invierno que veranea para siempre.