Una vez un compañero de la u dijo respecto a la lectura en pdf: es como follar con condón, no se siente ese placer genuino de lo material, de tocar el objeto con las manos, de penetrar en cada textura, aroma y significante de la palabra. Pareciera que la pantalla te estuviese interrumpiendo, te protege de algo pero en su lugar te coarta. Hay que saberse contaminado por la lectura, por su implicancia física. De lo contrario, no se siente como algo real.
martes, 3 de noviembre de 2015
lunes, 2 de noviembre de 2015
Cuando se indaga en la vida de los autores que con tanto ahínco leíamos y llegábamos a admirar como en una teoría del espejo, como retrato de nuestros anhelos más recónditos o, por el contrario, más que a nosotros mismos, estrechamos ese velo de distancia que nos hacía creer que existía por la sola razón de haberse hecho de un nombre. Nuestros autores queridos acaban siendo una especie de compadres de los cuales no teníamos noticia, compañeros que bajo la ley de las palabras aman nuestra miseria. Estoy pensando por ejemplo en el desatendido poeta Pezoa Veliz, del cual una vez escribí un ensayo a propósito del aniversario de su muerte, sobre su trascendencia para la antipoesía y su cualidad autodidacta a pesar de la adversidad que, en el fondo, desarrollaba porque no le quedaba otra, no por una ambición ni una pose contracultural. Por otro lado, está Rodrigo Lira, el poeta kamikaze, incomprendido hasta el fin, sarcástico pero a la vez triste, brillante y explosivo como un balazo a discreción. El poeta Pavese, otro herido, con sus continuas problemáticas sentimentales. Se decía además de la poetisa Sylvia Plath (según relata David Markson) que antes de acabar con su vida en el horno de la casa preparó la comida para los niños que dormían durante la noche. A lo que voy con esto es que no hay nada más contraproducente que enseñar la obra como algo completamente ajeno a la circunstancia vital de quien la interpreta. Se corta esa conexión honesta entre distintos ombligos, unidos mediante el poder de la interpelación textual. Un alumno en la escuela, iniciado recién en estos avatares, no puede hacer la separación abstracta, teórica, tajante entre literatura y vida. Lo que lee debe primero sentirlo como una jugada en el patio de la casa, como discurso de sobremesa un domingo familiar, o, en última instancia, como aquella parte de su imaginación que le está recordando que la realidad está allí, debajo de la cama, en la vista a la ventana vecina, en la oscuridad a la vuelta de la cuadra. Lee en cierta medida como un acto de reconocimiento o de abandono de si mismo. No puede simplemente abstraer a la primera porque, en cambio, necesita hacer ese algo palpable: la propia vida en la de otro, o la de aquel otro que se cree solamente inscrito y enseñado de manera disciplinar, en otra hoja, en otro pedazo de celulosa entregado a la fuerza porque sí, porque es por su bien, muy a pesar suyo. Un nombre en el papel no le restará mortalidad, no le restará sangre al hecho de que aquel que alguna vez habló detrás de esas líneas también tuvo todo el rumor del mundo a cuestas, pagando el alquiler, removiendo los escombros de un camino prestado, sobreviviendo a los embates de siempre, el dinero, los sueños, el amor, repetidos lo suficiente para no volverse superficiales, y no caer en la vergüenza de una falsa idolatría. La diferencia estriba en enseñar ese punto de quiebre: del papel como supuesta garantía de trascendencia y la vida del dedo que la desplaza, simplemente vivo, porque a la larga estudiar y leer no son imprescindibles, aunque eso signifique postergar el tiempo que va pasando. Lo que importa es descreer de los ídolos, señalar ese lazo que une al primer y último hombre, porque todo acaba, tarde o temprano, porque nunca nada es suficiente. Entonces resta el recuerdo de que se tuvo algo que decir o, simplemente, el deseo mudo, intransferible, de haber querido vivir alguna maldita vez.
sábado, 31 de octubre de 2015
Me entero que uno de los principales colaboradores de la Feria del Libro de Santiago es la Compañía Manufacturera de Papeles y Cartones, empresa implicada en la famosa colusión del papel higiénico. Es inevitable la relación entre lo escatológico y lo literario. Entre el llamado acto cultural y el acto de remover la mierda del mundo.
viernes, 30 de octubre de 2015
miércoles, 28 de octubre de 2015
Playboy
Hace poco se anunció que la revista Playboy, luego de más de sesenta años de exhibir cuerpos femeninos y propiciar la revolución sexual de los cincuenta y sesenta en adelante, dejará de publicar desnudos completos. Como todos los imperios, tuvo su gloria hasta que cayó en decadencia. La antigua revolución vuelve a su ruina. La imagen virtual va tomando su lugar. Luego, el imperio del sexo en tres dimensiones: la pornografía. Mientras que, por otro lado, el erotismo de la ficción, de la palabra erótica, sigue su senda subterránea, invicta.
martes, 27 de octubre de 2015
Tiqqun
Leyendo algo sobre Tiqqun, aquel colectivo libertario francés que al parecer se ha vuelto una moda de la vanguardia revolucionaria, me encuentro con algunos pasajes reveladores, no tanto por el planteamiento de un plan de acción, como de una reflexión sobre su sentido:
"¿Qué hacer? La respuesta es simple: someterse una vez más a la lógica de la movilización, a la temporalidad de la emergencia. Bajo pretexto de rebelión. Plantear fines, palabras. Tender hacia su cumplimiento. Hacia el cumplimiento de las palabras. Mientras tanto, dejar la existencia para más tarde. Ponerse entre paréntesis. Alojarse en la excepción de sí. A distancia del tiempo. Que pase. Que no pase. Que se pare. Hasta… Hasta el próximo Fin.
¿Qué hacer? Dicho de otra manera: vivir es inútil. Todo lo que no has vivido, la Historia te lo devolverá.
¿Qué hacer? Es el olvido de sí que se proyecta sobre el mundo.
Como olvido del mundo"
"Ponerse a si mismo entre paréntesis". De acuerdo a esa lógica, al someterse a las exigencias de la sociedad, el único postergado sería cada uno en cuanto individuo. La historia, en el fondo, pone a sus muertos entre paréntesis. El colectivo pareciera apuntar a la tensión clásica entre lo público y lo privado. Dicen expresamente: "combatir la transparencia". Por eso optan por el anonimato y la oscuridad. En un mundo donde se sobrevalora la exposición y el exceso de información, proponen moverse de acuerdo a códigos secretos, hacia algún concepto perdido de comunidad. Extrañamente se siente que por el simple hecho de leer estos fragmentos se está haciendo alguna clase de micropolítica. Una suerte de conciencia que por muy reducida que sea está moviendo algo, alguna especie de poder inclasificable que genera resistencia contra algo que tampoco se sabe a ciencia cierta qué es. Por eso se llega a pensar que por el solo hecho de estar haciendo cualquier cosa, por anodina o cotidiana que sea, se está realizando política, y por ende, se está generando un cambio. Es un comienzo, dicen algunos. Otros hablan de aquel "bichito" que puede transmitirse de boca en boca, como metáfora de ideología o de conciencia, solo que se trata de un bicho que conspira desde adentro, sin garantía de nada, solo la certeza de que existe, de que puede llegar a moverse, y trascender la mera epidermis del yo. Entonces, mientras ese bichito, de manera férrea, persistente, continúa su conspiración y juega a cambiarlo todo, es preciso no postergarse demasiado a si mismo. Eliminar el paréntesis que pesa sobre cada uno, quizá sin otra política que la propia subjetividad.
Un amigo antaño decía: “Si lo que escribes no te ayudará a ligar chicas, entonces ¿para qué lo haces?” La escritura de la forma que sea entendida como una mera extensión del deseo sexual, como una sublimación o postergación. El típico deseo gravitante del hombre de todas las épocas, la condición sine qua non del macho, aunque este solo se pusiese a escribir.
Otro amigo dijo, más en broma que en serio: "Ellas siempre prefieren al que se destaca, al que cumple con su prototipo. Incluso si se trata de marcar más puntos jugando a las bolitas". La competencia encarnizada de la especie por perpetuarla y por saberse mejor y grande, mediante la excusa de las palabras y su capacidad imaginativa, ficticia.
Una gran división entre los autores de acuerdo a su relación con las mujeres. No todos saben la importancia de este aparentemente simple hecho, y tampoco no todos los grandes escribieron con ese propósito de manera explícita. Es porque el escribir en sí puede que sea solo una cualidad entre otras, una raya para la suma, o bien, el plus definitivo.
En el fondo, lo que quería decir aquel amigo era que hay cierta actitud, por muy fracasada o excéntrica que parezca, en el crearse una estampa de escribiente que bien podría ser aprovechada con el propósito siempre necesario de requerir los favores del sexo opuesto. El para qué escribir siempre confuso, pero esa incertidumbre ofrece cierta imagen de misterio, el misterio siempre seductor, siempre subliminal. Todo, al fin y al cabo, recae en el estilo, según dicen. Sin el estilo, o su intuición, o su búsqueda remota, se está perdido.
No puedes asegurar que lo que escribas le guste a nadie, al menos que seas un maestro de la especulación lectora (o seductora), pero tu actitud puede que haga toda la diferencia. O quizá, muy en el fondo, pese a convertirse la escritura en una especie de darwinismo de la seducción, no haya fórmula realmente efectiva, y ellas solo quieran de acuerdo a criterios demasiado subjetivos y específicos, sobre todo, volátiles.
Imaginar una realidad en que el deseo se desvíe del plan social y natural para siempre, en que no todo sea ganancia y lucha genética, en que ellas amen más a los perdedores, pero no al perdedor absoluto, al poeta, al que escribe para sí mismo, y por eso, también para otra, en su ausencia, por muy irreal que sea, o por demasiado verdadera e inalcanzable.
lunes, 26 de octubre de 2015
Rimbaud a los 20 ya había escrito toda su obra. Ian Curtis con 23 años ya había triunfado con Joy Division. Y luego muerto. El club de los 27 alcanzó la cumbre y se suicidó. Se presume que David tenía 18 cuando mató a Goliat. Ni hablar de Jesucristo. Hoy la gente parece vivir más tiempo, pero por eso se posterga más a si misma. Cerca de los 30 con unas cuantas victorias morales, un título en mano y un trabajo, sobreviviendo, todavía proyectándose, proyectándolo todo.
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