Cuando Neo le pregunta a Morfeo que si él llegase a morir en el mundo de la Matrix podría acaso sobrevivir en el mundo real invadido por las máquinas, Morfeo le responde: "El cuerpo no podrá vivir sin la mente". Si uno llevara esa afirmación al plano de la virtualidad, podría acaso declararse oficialmente muerto en la Red y por otro lado permanecer vivo, despierto, fuera de allí, digamos, en el mundo "real"? Leibniz reflexionaba sobre la responsabilidad moral de conocer la realidad ¿será tan importante al fin y al cabo saber distinguir entre la pastilla roja y la azul? ¿Qué es aquello tan urgente que nos lleva a elegir entre una u otra decisión? El destino, el espíritu, alguna clase de esencialidad de nombre rimbombante? El punto es que algo permanece entre los dos mundos provocando que la decisión sea irreversible... en el hipotético caso que muera para la red, no puedo seguir siendo el mismo en el mundo que concebí como real... en cambio, si muero por fuera, es decir, realmente, la Red no advertirá el suceso al menos que acuse falta de actividad... no es sino una inmortalidad simulada, puesto que continúa siendo un montón de datos en constante programación... Ese es el vicio y la virtud de la decisión: Siempre se pierde algo, siempre dejo atrás una posibilidad, pero así como la mujer de Lot, no se puede mirar atrás sin antes quedar petrificado para los tuyos en ese mundo en ruinas... muero para la red y me pierdo la aventura de la ficción, muero realmente y no hay garantía de que vuelva a lo que fui ni que llegue a ser lo que podría llegar a ser.
sábado, 11 de octubre de 2014
jueves, 9 de octubre de 2014
Nobel
Ni Tolstoi, Ni Proust, Ni Nabokov, Ni Kafka y Borges necesitaron del Nobel. A decir verdad, nadie realmente importante necesita ser premiado. De hecho, la categoría de "culto" implica un secreto: es influyente, pero subterránea. Los premios no debieran importar más que una bonificación de fin de mes, que un espectáculo pagado en medio de la juerga, que un acto de condicionamiento por refuerzo positivo a cierta manía de convertir en monolito a un autor o a un texto (ambos ficcionales). Sea quien sea que salga podría patentar la anecdótica vanidad de la escritura. Aunque, si fuese parte de un jurado extinto, declararía ganador a Kennedy Toole solo por haber nacido póstumo.
viernes, 3 de octubre de 2014
Sin título
Cómo me gustaría
Calar hondo en la sordera de la masa
Siempre dispuesta a una prostitución funcional
Respecto de sus ambiciones y naufragios
Pero no…
No basta con escribirlo:
La escritura tiene sus días contados.
Soy como una pequeña isla
En un archipiélago espacial
Sometida indefinidamente
A un cautiverio feliz y productivo
¿Qué es la sociedad, al fin y al cabo?
Un conjunto de islas ambulantes
Chocando una con otra
Inútilmente en busca de su unidad original
O de su unidad individual
Que es lo mismo.
Cómo me gustaría
Calar hondo en la sordera de la masa
Y plantar allí mis ambiciones y naufragios
Pero no…
No basta con escribirlo:
La escritura tiene sus días contados.
Y mi existencia se vuelve demasiado insular
Como para ser leída.
2010
viernes, 26 de septiembre de 2014
UG Krishnamurti
UG Krishnamurti, el llamado "anti gurú", uno de los únicos honestos que he leído, dice no tener ninguna enseñanza para nadie, y que solo está ahí para hablar porque la audiencia y la prensa han creado en torno a él algo que no es, un círculo vicioso, un diálogo de sordos. No escribe, no formula ideas, lo encuentra ridículo. Vanidad pura. Renuncia a la búsqueda, porque de por sí lleva a lo mismo. Sobre los libros que otros editaron sobre él, extractos de entrevistas, declara que “Usted puede reproducir, distribuir, interpretar, malinterpretar, distorsionar, arruinar, o hacer lo que quiera, incluso reclamar autoría, sin mi consentimiento o el permiso de nadie.” U.G. hace lo mismo que la naturaleza. La naturaleza no reclama derechos de copia sobre sus creaciones. No es un maestro, no enseña, no busca nada para nadie, es el iluminado en grado cero.
martes, 23 de septiembre de 2014
Sobre un contrato de lectura con El Retorno de los Brujos de Louis Pauwels y Jacques Bergier
Vieja reflexión sobre un contrato de lectura con "El Retorno de los Brujos" de Louis Pauwels y Jacques Bergier, escrita para un Seminario de Especialidad, desempolvada entre algunos archivos digitales:
“Si empleásemos libremente los conocimientos de que disponemos; si estableciésemos entre estos relaciones inesperadas; si acogiésemos los hechos sin prejuicios antiguos o modernos; si nos comportásemos, en fin, entre los productos del saber con una mentalidad nueva, ignorante de los hábitos establecidos y afanosa de comprender, veríamos a cada instante surgir lo fantástico al mismo tiempo que la realidad".
"La rebelión de los brujos" de Louis Pauwels y Jacques Bergier
Escribir acerca de “El retorno de los brujos” supone, para mis experiencias como lector, abrir un ámbito especial a partir de los referentes culturales (no estrictamente literarios) que he logrado abarcar. En específico, este ámbito está relacionado con el mundo del esoterismo contemporáneo. Me remonto entonces a la década de los 60 para situar el contexto donde el libro circuló y desenvolvió. Durante esos años, en Francia, la obra ideada y publicada por Pauwels en colaboración con Jacques Bergier generó –de acuerdo a lo informado en los medios- un verdadero “boom” en torno a temas de diversa índole esotérica y científica-humanista. Por ende, llegó a convertirse en “best-seller” en el sentido estricto de éxito de ventas. De alguna forma, la masividad alcanzada se condice con el omnipresente mercado e industria cultural que la fomenta y preside. Es así que la influencia de nuevos conocimientos esotéricos expuestos “generosamente” para el gran público, caló hondo en un incipiente interés colectivo por aquellas temáticas y asuntos anteriormente restringidos a un círculo intelectual más elitista. Puedo resumir entonces que con el éxito comercial de “El retorno de los brujos” durante los 60, los llamados conocimientos esotéricos referidos a una visión transversal de los saberes humanos, pasaron de constituir un conjunto de saberes underground para posteriormente formar parte del circuito mainstream promovido por el mercado y la industria de la cultura.
Este hecho tuvo indudablemente proyecciones en el futuro. Es posible evidenciarlo en la recepción que tuvo el libro por parte de la crítica, tanto en el sector periodístico como académico. El primero se ha encargado de fomentar todo un fenómeno comercial en torno al libro, facilitando una imagen publicitaria que va de la mano con su manifiesto potencial lucrativo, simplificando hasta el absurdo los contenidos presentes en él. El segundo ha enfatizado su carácter “fundacional”, en el sentido de que funciona como un referente inmediato de prácticamente toda la literatura mainstream actual con orientación esotérica pseudo-científica. Precisamente estos caracteres se han vuelto determinantes para que “El retorno de los brujos” se haya convertido, hoy por hoy, en un libro de culto y de escasa circulación. Esta consideración del libro, a mi parecer, le dota de cierto “aire mítico” que funciona como un valor agregado, independiente de los parámetros de valor provenientes de los sectores de la crítica. De este modo, al entrar en contacto y en dialogo con generaciones posteriores de lectores (entre las cuales me incluyo) se constituye como factor para la construcción de un determinado perfil, una “identidad”. Es decir, aquellos que consiguen este libro, en cierta medida condicionados y mediados por información y conocimientos previos referentes al marketing (el envoltorio comercial y su valoración proveniente de los distintos sectores de la crítica), y a sus respectivos trasfondos culturales, aficiones e intereses, generan una apertura, una iniciación de esa “aura” de valor (en términos de Walter Benjamin) que el lector descubre, más allá del formato material del libro y de su edición específica.
En mi caso, pienso que como lector de “El retorno de los brujos” seguí hasta cierto punto la línea expuesta anteriormente. Mi encuentro con el libro, entonces, va íntimamente ligado con mi incipiente interés por los conocimientos filosóficos que se enmarcan bajo el concepto del esoterismo. En particular, puedo considerar mi ingreso a la corporación “Nueva Acrópolis” como un antecedente directo. A partir de mi experiencia en los talleres de filosofía que impartían, pude discriminar realmente mi proyección individual frente a la perspectiva que cada uno de sus agentes legitimaba. Ellos (los miembros de Nueva Acrópolis) aplicaban una concepción de “filosofía a la manera clásica”, es decir, buscaban aplicar una nueva praxis filosófica actualizada para los tiempos presentes pero basada en los principios y preceptos de los filósofos clásicos (principalmente griegos, como Pitágoras, Aristóteles, Platón, y orientales, como Lao Tsé, Confucio) y además de corrientes esotéricas como la Teosofía de Madama Blavatsky. Poco a poco me fui percatando de su rechazo injustificado por los filósofos modernos y contemporáneos. Fue de esa forma que finalmente disentí de sus puntos de vista y me retiré. Mi primera aproximación hacia este libro cobró así un significado adicional, por el hecho de mi previa retirada de Nueva Acrópolis. Empezaba a sentirme como un lector aficionado a este tipo de obras, aunque “El retorno de los brujos” no constituya literatura esotérica propiamente tal, ni siquiera literatura como fenómeno estético –constituye más bien un ensayo fragmentado en distintas partes, con inclusión de ciertas anécdotas de parte de los autores y de breves textos literarios de célebres escritores ad-hoc-. Me sentía por ello libre de posturas ideológicas, y dispuesto a profundizar en todos estos temas de interés (siguiendo una senda crowleyana de individualidad).
Posterior a mi lectura de “El retorno de los brujos” incursioné en literatura que guarda una cierta relación con las ciencias y los conocimientos humanísticos. Es el caso de autores como Aldous Huxley, con “The Doors of perception”, Lobsang Rampa, con “El Tercer Ojo”, y Austin Osman Spare con “El libro del placer”. Tampoco puedo olvidar la figura de Aleister Crowley, en el ámbito de la magia y el ocultismo. Si bien leer “El retorno de los brujos” me permitió establecer un contrato de lectura con dichos textos y con otros por el estilo, siempre me enfoco principalmente en su dimensión literaria, con una inclinación hacia el imaginario que configuran (a partir de mi proyección), sin dejar de lado su aspecto intelectual. “El retorno de los brujos” funciona así como un texto fundacional de mi nuevo itinerario de lectura, trazando una línea alternativa a mi anterior recorrido como lector. Es por ello que en la actualidad centro mi actividad de lectura en dos ámbitos: el de la literatura como obras estético-artísticas y el de los libros con contenido filosófico, religioso (desde una visión secular) y científico-humanista.
Por otro lado, la lectura del libro de Pauwels y Bergier no sólo ha influenciado los límites de mi campo y de mi modo de lectura, sino que también lo ha hecho en mi forma de concebir lo social y lo cultural. Partiendo de la premisa básica planteada por los autores sobre el “realismo fantástico” como un ingente cambio de paradigma, una aproximación hacia una posible reintegración de lo humano con el cosmos, en el sentido de que lo fantástico justamente supone la verdadera realidad del hombre ante la naturaleza y en el universo, sostengo que es posible aplicar a la vida práctica estas subyacentes ideas operando bajo el concepto de “ver e ir más allá”. Se trata de adoptar siempre una actitud escéptica ante los velos e ilusiones –principalmente informativas, colectivas y culturales- y crítica frente a las redes de poder y de control que ejercen su función consuetudinaria día y día buscando su legitimación en la desidia mental de las grandes masas. “El retorno de los brujos” ha sido para mí un puntapié que me instó a reconsiderar todas estas cuestiones, más allá de la creencia en contenidos como el de las civilizaciones perdidas en el continente americano, la conexión esotérica entre el nazismo y la cultura hindú y el surgimiento de una neo-alquimia que supondrá una revolución en el paradigma del conocimiento científico para dar lugar a una próxima era de misticismo actualizado. En la medida que funcionan como hipótesis y propuestas en ciernes, se hallan sujetas a una revisión, una re-lectura. En este caso, y siguiendo una lectura sugestiva, contribuyen como elementos gravitantes de una especie de imaginario, donde solo el elemento fantástico conlinda con los misterios, donde la visión mágica de la realidad es la expresión de las voluntades, ya que como versara Paul Eluard: "Hay otros mundos, pero están en este".
Si se escribe es casi siempre por un motivo que te excede, siempre buscas ocultarte de algo que te avergüenza, que te sobrepasa o que simplemente no comprendes, te resguardas de aquello que llamas lo desconocido, lo temible por seductor, lo que atrae pero no se alcanza a poseer lo suficiente, o lo inamovible, las circunstancias, las consecuencias de tus acciones en el pasado y en el presente, el peso de la tradición, de sus influencias, de tus relaciones, intuyendo alguna pizca de luz afuera de ese embrollo, se escribe a oscuras a fuerza de no ver nada, de ya no saber de nadie ni de nada, para hacerlo te inclinas, te escondes, te divides a ti mismo, el texto acaba siendo una comezón gigante, la obra de algún insecto que pica desde adentro, para mostrarte el camino de regreso a tu final sin origen.
miércoles, 17 de septiembre de 2014
La belleza angelical de la panadera, hace que comprar el pan se vuelva una actividad sublime, y que después de un día particularmente decepcionante, casi impago, todo cobre sentido cuando escucho la voz que salida de tan fina sonrisa atiende mi pedido en medio de toda una horda de clientes desesperados. El problema es que su forma de ser recatada ni siquiera lo advierte: ella parece más preocupada en atender y proveer el pan, que en la mirada furtiva señalando la belleza que despunta de su inocencia laboriosa. Por eso se vuelve doblemente peligrosa y fascinante. Lo bello, decía Kant, resulta de aquello que gozamos mediante la pura contemplación, sin necesidad de lo útil. Ella desconoce por completo la importancia vital de lo que hace, pero lo hace sin orgullo, con una tierna eficiencia. Cada vez que llega con el pedido, sonríe con su sagacidad silenciosa, tras esa apariencia de fragilidad y de esfuerzo, en realidad sabe a la perfección todo lo que ocurre. Lo único que no ha llegado a entender quizá sea el dilema: ¿qué tan lejos puede llegar esa mirada? ¿podrá marcharse así de agradecido un cliente? Lo bueno es que ya se ha roto el hielo, fuera de la panadería, por motivos azarosos. Así es más o menos el trabajo del escritor: va en busca de un poco de pan y acaba encontrando, a través del hambre, la belleza verdadera. No se trata de desear solamente, es la maravilla de la casualidad. Solo queda resolver si el hambre inicial vino por la necesidad circunstancial del pan o en realidad por la necesidad imperiosa de la mujer. Y es que la palabra pan, por sí sola, nunca quitó el hambre
Es toda una odisea ser consecuente con lo que se piensa... pero no me refiero precisamente a la moralidad... a ratos comulgar con el sentido común resulta conformista, pero dicen que esa conformidad les pertenece a todos... universalidad de la lógica, hablamos sobre las cosas que nos intrigan y repelen como si no estuviésemos incluidos en el plan... nosotros somos la tradición, pero también nosotros somos la traición.
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