domingo, 12 de septiembre de 2021

Decía el Agente Smith: “Me di cuenta de que ustedes no son realmente mamíferos. Cada mamífero en este planeta instintivamente desarrolla un equilibrio natural con el ambiente que lo rodea. Pero ustedes los humanos no. Ustedes se mueven a un área y se multiplican y multiplican hasta que cada recurso natural es consumido y la única forma en que pueden sobrevivir es esparcirse a otra área. Se inclina hacia adelante. Hay otro organismo en este planeta que sigue el mismo patrón. ¿Sabe cuál es? Un virus”. El discurso del Agente Smith en Matrix viene a cuento con nuestro contexto pandémico. Sobre todo, ad portas de una nueva película de la saga. Según Agustín Laje, existe una verdadera “antropología de lo viral” circulando, para la cual el hombre se ha vuelto una especie de virus en el mundo. Ciertos sectores del ecologismo, al empezar la pandemia, tal cual el Señor Smith, pusieron en marcha este relato, que consiste en que los seres humanos (léase aquí los ciudadanos de pie, no los grandes conglomerados responsables de la emisión de energías fósiles) estamos pagando las consecuencias de nuestra irresponsabilidad e inconsciencia, en un planeta vivo (teoría de Gea) que activa su sistema inmunológico contra la amenaza que representamos todos nosotros. Ahora bien, las interrogantes que pueden viralizarse a raíz de esto son las siguientes: ¿hasta qué punto seríamos un virus para el planeta? ¿Quiénes serían los responsables del calentamiento global? ¿Quiénes se benefician y quienes pierden con este relato? ¿Cuál es nuestra parte en esta “coyuntura”? ¿Mutar, replicarse o desaparecer?
La banda sonora de la nueva película de Matrix la conforma el clásico White Rabbit de Jefferson Airplane. Lo que nadie sabe es que, durante el año 1965, el grupo convirtió una pizzería de San Francisco en un club nocturno, al cual nombraron The Matrix.

Baizuo

Hay una palabra, Baizuo, usada por los chinos para describir a los simpatizantes de esta “nueva izquierda progresista” de Occidente. La palabra se popularizó a tal grado que ya tiene una entrada en Urban Dictionary.

Baizuo es un epíteto chino que refiere a una persona occidental educada pero ingenua que aboga por la igualdad y la paz sólo para satisfacer su sentido de superioridad moral. A un baizuo sólo le importan temas como inmigración, minorías, LGBT y el medio ambiente, estando a la vez obsesionado con la corrección política al grado de que importan valores islámicos [sic] retrógrados en el nombre del multiculturalismo.

La autora Feifei Wang define el concepto de baizuo de manera más precisa:

Debes entender, no se trata de lo que los izquierdistas creen: Equidad racial y de género, no discriminación contra cierto grupo de personas basadas en su orientación sexual o religión, una red de seguridad social que ayude a los pobres y desprotegidos… es sobre la perspectiva que la izquierda blanca tiene de que son mejores, más avanzados, más progresivos y más civilizados.

Y usted, hipócrita lector ¿se considera un Baizuo?

sábado, 11 de septiembre de 2021

viernes, 10 de septiembre de 2021

"Nietzsche, recuerda Wolfe, predijo un siglo XX de «guerras como jamás las hubo», y un siglo XXI más pavoroso aún, una época de «transvaloración de todos los valores», predicción tan rocambolesca como la de las guerras mundiales hecha en la pacífica década de 1880". Ignacio Ruiz-Quintano, Litio.
Una hora fue suficiente para cambiar el mundo. La destrucción de las Torres Gemelas el 11 de septiembre de 2001 no nos llevó al choque de distintas civilizaciones, sino que marcó el inicio de la era del nihilismo mundial. André Glucksmann nos invita a pensar la violencia nihilista a la luz de las grandes obras literarias. Escritores como Dostoievski, Flaubert, Pushkin o Chejov anticiparon este derrumbamiento absoluto de los valores.

Nuestro presente se empeña en reforzar la visión de Glucksmann: vivimos el tiempo del nihilismo consumado y la anomia global.



jueves, 9 de septiembre de 2021

Había un alumno que se negaba a hacer el formulario (prueba) de Lenguaje. Preocupado, fui a preguntarle por el motivo de su negativa. “Simplemente, no puedo. No sé nada”, dijo, sin más. “Pero ¿cómo? Algo debe saber. Por último, chamulle”, le dije, animándolo a hacer algo. “No, simplemente no”. “Ok. Medite entonces. Pero aún le queda tiempo”. “¿No entiende, profe? No puedo”. Su carácter negativo me sorprendió sobremanera. El alumno simplemente andaba “negado”. Incluso para mí, que era un adolescente raro, la actitud del cabro me resultó chocante. ¿Será que el tiempo y la experiencia te hace más estoico, luego de experimentar el cielo y el infierno? Como sea, el alumno dejó su tablet sobre la mesa, en blanco, con una postura rígida, dispuesto a no hacer nada y persistir en su negativa. Lo dejé solo. Por un instante lo comprendí. Lo único que alcanzó a anotar eran las características del Romanticismo, a partir de un poema de Gustavo Adolfo Bécquer. El poema rezaba: Yo me he asomado a las profundas simas/de la tierra y del cielo,/y les he visto el fin o con los ojos/o con el pensamiento./Mas ¡ay! de un corazón llegué al abismo/y me incliné un momento,/y mi alma y mis ojos se turbaron:/¡Tan hondo era y tan negro! El cabro no era el hablante lírico del poema, pero se me figuraba que iba a estallar, sin previo aviso, con un ánimo exultante, cosa que se contradecía con su hermética forma de ser. Subjetividad y rebeldía, fueron las respuestas que escribió el cabro en el desarrollo. Esas eran las respuestas que le había dictado ayer, en un repaso para la evaluación. Antes de su exabrupto, le repetí al cabro que la subjetividad podía verse reflejada en el primer y cuarto verso del poema y, de paso, en su propia actitud. “Si se fija, usted mismo se responde solo. El romanticismo tiene mucho que ver con la libre expresión de las emociones”, le mencioné, tratando de animarlo, nuevamente, sin éxito. Durante más de una hora, el cabro no hizo nada de lo que se le había pedido. Eso sí, se paró y se marchó de la sala, antes que todos los demás. Tal vez su única iniciativa, su único gesto de libertad siempre fue el de marcharse sin dar explicaciones. Soberano de sí mismo, simplemente, no sabía, no podía y no quería.

martes, 7 de septiembre de 2021

—Tal como pasa con los derechos humanos, que si todo se considera como tal, al final nada lo es, ¿no ocurre lo mismo con la violencia? Se lo pregunto de nuevo a propósito de la comisión de Ética, que define incluso como violencia aquello que verbalmente provoque un malestar emocional.

—Creo que hay un ánimo inquisidor en la comisión de Ética, que supongo es algo que se va a corregir, pero hay como una especie de decálogo de lo correcto, que es un límite absoluto a la libertad de las personas, de los propios miembros de la Convención. Hay incluso una sanción de impedir que hablen por quince días. Y hay otra, que me parece la más estrambótica de todas, que es mandarlos a una especie de reeducación, que es lo que hacen los chinos con los musulmanes... O sea, ¿Qué es eso? ¿De dónde salen esas ideas? Me llama mucho la atención que en una instancia democrática se permitan ese tipo de licencias.

—Pero siempre se hacen en nombre de buenos valores: para que nadie le cause daño al otro, para que se respete la diversidad...

—Claro. Es lo que Todorov llama "la tentación del bien": esa tentación en que, por hacer el bien, terminas haciendo el mal, limitando las libertades, imponiendo tus propios criterios. En definitiva, imponiendo una dictadura: la dictadura del bien. Un demócrata sabe que la democracia no es para uniformar a las personas. Tampoco para redimirlas. Para eso son las religiones. O las ideologías totalitarias. Lo que hace la democracia es posibilitar convivir entre todos, respetándonos nuestras libertades. Esta idea de que tú puedes imponer el bien, o lo que crees que es el bien, es esencialmente totalitaria, ni siquiera autoritaria.

—Usted ha hablado de la elevación política de la víctima, donde ser víctima entrega una suerte de superioridad moral. ¿Cuál sería una forma sana de enfrentar el tema, asumiendo que hay víctimas, pero sin dar pie a abusar en nombre de ellas?

—Estamos en una era que algunos autores llaman la era de la víctima. Ante un evento histórico, antiguamente, se centraba la mirada en los triunfadores: el ejército que ganó, el líder que ganó. Hoy día no; es la víctima la que importa, el que fue derrotado. Entonces, estamos en un momento cultural en que la víctima se para al centro del debate y tiene como quien dice "privilegios", entre comillas, porque no es ningún privilegio ser una víctima, pero tiene privilegios en el debate público, porque tiene una autoridad moral. Yo pienso que la víctima tiene también una responsabilidad quizá mayor, pues vivió en carne propia lo que significó perder la democracia.

—¿Qué alcance puede tener todo eso? En principio parece sano asumir que hay víctimas que han sufrido.

—Es sano que tengan esa voz. Lo que pasa es que los actores políticos y los actores académicos no pueden seguir irreflexivamente el discurso de la víctima, porque se impide una reflexión crítica sobre lo que pasó y a veces incluso se adoptan verdades falsas. Por otro lado, la víctima se posiciona de alguna manera como un personaje virtuoso, en circunstancias que habitualmente es una persona normal. Hay una idealización cultural.

Conversamos con los chicos en la mañana sobre el tema de la libertad, a raíz del capítulo ocho de Política para Amador de Fernando Savater. Se me ocurrió rescatar la noticia sobre la joven desaparecida hace una semana en Limache, quien luego fue encontrada sana y salva. De acuerdo a los antecedentes manejados hasta el momento por la PDI, no existen indicios de participación de terceros, y ella habría salido de la casa, según dicen, luego de una discusión familiar. A pesar de eso, se siguen barajando otras hipótesis, conforme avanza la investigación. Por lo pronto, la versión que se maneja es la de la fuga de la joven, todavía sin motivo evidente para el escrutinio público.

La pregunta que les hice a los chicos tenía que ver directamente con el caso ¿Cree que la adolescente que se perdió en Limache fue libre de hacer lo que hizo? ¿Cree que fue responsable de sus acciones? El tema de la responsabilidad iba asociado al de la libertad, de manera unívoca, específicamente en el párrafo en el que Savater menciona que: “las libertades públicas implican responsabilidad (…) Ser responsable es ser capaz de responder por lo que se ha hecho, asumiéndolo como acto propio”. La pregunta la introduje dentro de la sesión en formato encuesta. Tenían que responder siguiendo la estructura argumentativa. Increíblemente, algunos chicos comenzaron a contar sus lazos con la joven desaparecida. “Mi tío es trabajador de la empresa de donde salieron los videos de ella la última vez”, decía una de las alumnas. “Mi mamá era profesora del papá de la niña”, decía otra. La alumna sobrina del trabajador de la empresa agregó que iban a tratar de sacar número de patente del auto donde ella se subió. Un chico desde la casa había dicho que estaba viendo el Mega y justo, durante la clase, estaban transmitiendo primicias sobre el caso de la joven.

Era evidente que muchos de los cabros estaban al pendiente de lo que le había ocurrido. Mal que mal, eso repercutió en toda la comunidad limachina. De ahí se sigue la relación libertad/responsabilidad. Aquel chico que vio el Mega respondió que con la edad de la joven ya sabía lo que hacía. Otra compañera, en la encuesta, le apañó. Otros cinco respondieron que sí, que era libre de hacer lo que hizo y, sobre todo, responsable. Una de las alumnas justificó su respuesta diciendo que “sí, porque es harto grandecita para saber la embarrá que se mandó”. Y luego, agregó que a ella, si hubiera hecho lo mismo, su mamá no le hubiera aguantado y le hubiera sacado cresta y media, y bien merecido se lo tendría. La chica sobrina del trabajador de la empresa volvió a participar y respondió también que sí, que la joven perdida era responsable, que ella “sabía lo que estaba haciendo, porque cuando supo que la estaban buscando, se escondió en un cerro”. Se me olvidó preguntarle si ese antecedente lo leyó en alguna parte o lo supo de primera fuente, pero para el caso daba lo mismo. El punto es que la mayoría de los cabros encuestados había concluido, de manera unánime, que, en el caso de la joven perdida en Limache, la responsabilidad tras tomarse la libertad de “mandarse a cambiar” y no dar señales de vida, preocupando a su familia y a su entorno, recaía sobre ella misma, sin lugar a dudas. Al descartarse, por el momento, cualquier atisbo de secuestro o manipulación, la joven –según los cabros- fue libre de decidir y, por lo tanto, asumir las consecuencias de su “numerito”.

Conviene volver al texto del cual germinó la encuesta y la argumentación. En el cuarto párrafo del texto de Savater se seguía desarrollando la amalgama libertad/responsabilidad y se hacía especial hincapié en la capacidad para dar razones respecto a acciones que involucran a los demás. Así, para el autor, “la verdad de las acciones con repercusión pública no puede tenerla nunca exclusivamente el agente que las lleva a cabo, sino que se establece en debate más o menos polémico con el resto de los socios”. Entiéndase, en este caso, por socios, a la comunidad involucrada, la limachina. Particularmente, los alumnos que argumentaron en torno a esta cuestión. Para efectos prácticos de la investigación, ninguno tenía conocimiento acabado sobre lo que ocurrió realmente con la joven, pero estaban lo suficientemente informados –incluso por fuentes externas a los medios- como para fundamentar sus puntos de vista.

Nunca podremos saber las motivaciones intrínsecas que llevaron a la desaparición de la joven limachina durante días. A lo sumo, podemos sacar conjeturas o presunciones. Sin embargo, nada de eso quita el hecho de que no podamos pensar en aquella joven como alguien, a fin de cuentas, libre y, por consiguiente, consciente de haber decidido tomar tal o cual acción, con lo cual se sigue su responsabilidad en las consecuencias de dicha desaparición y la posibilidad, que nos concede la luz pública, para dilucidar el sentido de dichas acciones, bajo el reflejo de nuestra propia e íntima consciencia y escala de valores. Ahora, si fuéramos incluso más allá de la pregunta de la clase ¿La chica fue realmente libre al momento de decidir? ¿Habrá tenido ella –como todos nosotros- razones, pulsiones o motivaciones secretas que nunca saldrán a flote? ¿Es ella responsable de las opiniones ajenas que de sus acciones y sus consecuencias puedan tener los demás? Sobre esto último, podemos aseverar estoicamente que no. Pero la primera y la segunda pregunta seguirán abiertas, para no extraviarse en el camino ni oscurecer la reflexión.