jueves, 3 de agosto de 2017

Fantasmas

Durante la clase de poesía, los chicos de al fondo estaban literalmente buscando fantasmas. Sonaba un ruido similar a un radar. Venía del celular de uno de ellos. Fui a verlo. En su celular había efectivamente algo así como una aplicación para simular una búsqueda de entidades paranormales. "A lo que vino el profe, los fantasmas huyeron", bromeaba una alumna. Al minuto, volvía el sonido. "Mire, mire, caleta de fantasmas al hilo". Para seguirles la corriente, pregunté acaso donde estaban. Dijeron que detrás de usted. Uno de ellos señaló a mis espaldas. Me di la vuelta. Casualmente, el dedo del chico apuntaba hacia la pizarra. Ahí estaban escritos los nombres de cinco poetas chilenos: Neruda, Mistral, Huidobro, De Rokha, Lihn. Se rieron al haberme dado la vuelta. De pronto, la clase de poesía chilena se volvió en realidad una cacería de fantasmas. "Siguen wn, siguen aquí", gritaba un compañero como corriéndose a la esquina, mientras el sonido del radar se hacía más agudo. ¿Cree usted en los fantasmas, profe? preguntaba el chico que apuntó a la pizarra, mientras su atención se iba diluyendo con el desorden del compañero, que seguía fregando con la aplicación. No supe qué responder en ese momento. Cuando recién había craneado una respuesta y estuve a punto de decirla, sonaba el timbre, y los cabros ya estaban hueveando afuera de la sala, con su cacería virtual, sin que me hubiese dado cuenta. Los fantasmas también, en cierta forma, invisibles, inadvertidos, habían desaparecido de la clase junto con ellos. Ya se habían ido, en busca de otra imaginación que poseer.

miércoles, 2 de agosto de 2017

Lepra

Jack London tenía un relato, Koolau el leproso. En él los leprosos eran confinados en una isla. Algo así como una isla de los enfermos. Se veían obligados a rebelarse. La premisa de London era la de la lepra asumida como bandera de lucha. En el Levítico bíblico, en cambio, la lepra era una especie de castigo divino, individual, asumido de forma penitente y silenciosa. Una prueba para sus creyentes enfermos. Una prueba para su purificación. Los relatos sobre la lepra han ido cambiando. Al parecer la histeria colectiva sobre la lepra en Chile tiene más que ver con su carácter mítico que con su carácter clínico. Perdura todavía el imaginario literario del leproso destinado a enfrentar con sus congéneres el holocausto, o el imaginario religioso del leproso pagando por sus pecados al fondo de un desierto sometido al arbitrio de la enfermedad de los dioses.

martes, 1 de agosto de 2017

Fui donde un amigo a cortarme el pelo. Me contó una idea que tiene. Algo más ambicioso que simplemente seleccionar poetas para antologías y publicar poemarios. Tenía pensado hacer una suerte de revisión histórica sobre las peluquerías de Valparaíso. Le decía que la idea tenía potencial. Repetía que era caleta de pega, pero era una idea que lo perseguía hace tiempo. Había estado hablando con un fotógrafo para comenzar a capturar imágenes. Le sugerí que quizá no lo hiciera solo de forma enciclopédica, sino que además hiciera una especie de crónica que incluyera anécdotas literarias, como por ejemplo, haciendo alusión a la propia peluquería donde trabaja, en la cual se dice que fue a cortarse el pelo el mismísimo Arturo Rojas. Una crónica de los personajes que alguna vez tuvieron una relación orgánica con las peluquerías de la ciudad. Qué se podría contar sobre ellos a raíz de su visita a ciertas peluquerías. Qué se podría decir de esos personajes a partir de sus propios cortes de pelo. Porque entre el peluquero y su cliente, después de todo, hay una relación confesional. Un nutrido campo de conversaciones, un espacio capilar para la palabra entre cabellos y tijeras. Claro está que el amigo cavilaba sobre esa idea a medida que rasuraba los resabios de mi anterior peinado. Se podría decir mucho sobre el mundo solo a partir de sus cortes de pelo. Para bien o para mal, el cliente que se ha cortado el pelo ya no es el mismo que entró a la peluquería. Hay ahí algo que cambia, un signo, un estilo, que se asemeja al propio hecho de la poda, de la escritura. Después de haber emparejado las patillas y recortado las últimas chascas, el amigo remataba diciendo que el afeitado corría por cuenta de la casa. Decía que iba a meditar sobre la idea del libro, mientras guardaba el efectivo y se disponía a limpiar los restos de pelo desperdigado alrededor. "Ahora sí vai a matar", lanzaba a modo de broma, sabiendo que era la típica talla de los peluqueros que revisan el cambio de look de sus clientes como quien revisa un texto recién escrito. El cliente que seguía se incorporó enseguida y le tendió la mano. Con la otra, el amigo se despedía. Su palma estaba llena de gel. En el espejo se reflejaba la sonrisa del cliente, mirando hacia su propio peinado. A la salida se alcanzaban a notar en el suelo, conspirando, los vestigios del último recorte.
"La vida es como lenguaje", escribía una alumna en una hoja al revisar su cuaderno. A juzgar por el ceño de su rostro, el significado de la frase no era muy favorable. No la culpo. Es muy probable que haya significado que la vida es una lata. Sin embargo, pese al sentido que quiso darle la chica en ese momento, la frase tiene un potencial insospechado más allá de la mera alusión a la asignatura. La vida, un lenguaje, para uso y abuso de sus usuarios, los vivos.

domingo, 30 de julio de 2017

Un mendigo hoy a la altura del terminal de Valpo, por calle Rawson, luego de haber pedido a unas turistas francesas, (que seguramente no le entendían o iban en otra): "¡Por lo menos denme un no como respuesta!". Lo único que exigía nuestro mendigo del mundo, con un tono irónico, era una respuesta, aunque fuese un no. Aquel no hipotético, una moneda de consuelo simbólica. Casi toda la historia universal de la mendicidad podría resumirse en esa proclama.
Revisando información, doy con una hipótesis temeraria de científicos que afirman la muy abrumadora posibilidad de que todo el universo conocido no sea sino una simulación informática. Ray Kurzweil, poniendo de su propia cosecha, agregaba de hecho que podría ser el experimento de ciencia de un estudiante de secundaria en otro universo. Para alimentar esta hipótesis, un tal John Wheeler, físico, propuso que todo lo que pasa, desde la interacción de partículas hacia arriba, es en cierta forma computación. No tanto matemáticas, como información pura. Por lo que, para llegar a demostrar que todo es una simulación, habría que generar una distorsión de tal magnitud que llegue a revelar un error de código en el sistema. Hay una parodia de esa idea en un episodio de South Park, en el que los chicos descubren que la Tierra es en realidad un enorme reality show intergaláctico, (algo así como un truman show, simulación televisiva, no computacional) que está pronto a llegar a su última temporada y a ser cancelado. Entonces deben a cómo de lugar convencer a los productores que el show vale la pena, y que tiene que seguir. Podrá todo esto sonar a una idea cliché demasiado absurda o paranoica, producto de un fanatismo exacerbado por la trilogía de Matrix o producto de horas frente a la pantalla sin vida social ni contacto con el exterior, pero no deja de sonar a una idea tentadora, sobre todo considerando que la informática se ha estado volviendo ya parte orgánica de nuestro itinerario. Por otro lado ¿Qué sentido tendrá reflexionar sobre esto un sábado por la noche? Pues que resulta verdaderamente estimulante y entretenido imaginar un escenario y una posibilidad semejantes. Un universo entero simulado a cambio de toda una vida simulada. Trato justo.

sábado, 29 de julio de 2017

Tenía pensado ir a comprar el libro "Mi Lucha". Pero no el de Hitler, sino que el de Karl Ove Knausgard. Así como hay libros y libros, también hay luchas y luchas.
A la altura de estación metro Miramar, justo cuando iba a iniciarse el cierre de puertas, un sujeto agarró una bolsa del suelo y la arrojó hacia el andén. Casi al cerrarse la puerta del metro, gritó “¡Señora!”. Una mujer mayor se alcanzó a dar por aludida, volteó la cabeza unos segundos, miró rápidamente hacia la bolsa pero siguió como si nada. Nadie más sobre el andén se dio por aludido. A medida que avanzaba el metro, se alcanzaba a divisar dentro de esa bolsa solitaria lo que parecía ser un paquete envuelto en papel de regalo. Qué contendría. A quien se le habrá extraviado. Regalo para quien. Nada de eso perturbará la imagen de la bolsa con el paquete de regalo abandonada a su suerte al filo del andén, casi cayendo hacia los rieles.
Una fanática de las teleseries se volvió viral al hacer público su descargo contra Mega por el final de Amanda. Decía sentirse estafada, y lo que es más sorprendente de todo, esperaba que para las futuras teleseries "no maten a la protagonista, ya que uno gasta tiempo electricidad etc. en seguirlos viéndolos". Luego de redactar su reclamo, se da el lujo todavía de exigir "como mínimo una postal con un saludo de los actores de ‘Amanda". Me pregunto acaso si ella pudo reclamar contra el final de una teleserie, con todo lo irrisorio que pueda resultar, uno podrá también quejarse contra un libro, volverse viral por eso y hacer de esa queja una suerte de nuevo meta género textual.

jueves, 27 de julio de 2017

Dunkirk


En Dunkirk, la última película de Nolan, sin duda, el sonido, su cualidad envolvente (de la mano de otro maestro, Hanz Zimmer) actúa como el narrador secreto de la historia, la historia de una fuga épica. Nolan incursiona por primera vez en el cine bélico y lo hace recreando la operación Dinamo (1940), en la cual no encontrarán un triunfo inapelable, ni grandes discursos heroicos, sino que solo la crónica de la supervivencia, bajo el vértigo de la tierra a ras del mar y sobrevolando el aire del cielo, los tres elementos de la naturaleza conformando el cuadro dantesco, bajo el cual algunos soldados ingleses y franceses conspiran para sortear la avanzada nazi. Lo verdaderamente único de la cinta es que narra el acontecimiento de los vencidos, su incomprendido orgullo tras palpar la vida al filo de la navaja, su victoria pírrica contra todo pronóstico y expectativa. Dunkirk, en el fondo, resignifica el sentido de la guerra, su concatenación infinita de batallas y treguas. No encumbra ningún acierto militar. No idolatra a ninguno de sus héroes alicaídos. Visualiza más bien un futuro, un escenario en el que los vencidos en masa también pueden conmemorar, con sus bandera rotas, su ilusión y su sangre a cuestas, un día más sobre este extraño mundo, otro día en que se ha burlado a la muerte, al menos en lo que dure la buena racha, porque en la guerra, como en la vida, los vencedores no siempre tendrán la última palabra, (ni el último visionado).



¿Por qué el clásico cuadro de Caspar David Friedrich, El caminante sobre el mar de nubes? Pues porque la analogía con el fotograma de Dunkirk es evidente. No solo en su aspecto visual, sino que semántico. El romanticismo en su sentido más genuino. El solitario caminante en la cima sobre las nubes. El soldado vencido al borde del mar, contemplando la devastación.