sábado, 6 de mayo de 2017

Greiscol

Hay en Quillota, calle Freire, una cervecería en la cual la especialidad de la casa es una chela exótica con chirimoya. Dicen que para brindar, los clientes alzan los vasos y gritan "por el poder de Greiscol", en honor al nombre del local. En una de esas todos los borrachos de Quillota se deben sentir como He-Man, después de haberse tomado una java entera.

viernes, 5 de mayo de 2017

El taller

En la mañana la secretaria me consulta la posibilidad de hacer un taller extracurricular. Uno de poesía o de narrativa. Decía que varios alumnos andaban interesados, cuestión que ninguno hasta el momento me había hecho manifiesto. Le explicaba que no era mala idea, solo que los horarios, por lo visto, no calzaban. Confieso que me mostré reacio en un principio ante la posibilidad de trabajar más, aunque se tratase de un taller alejado del pesado curriculum. Dije que lo haría si fuese pagado como hora extra y no por puro amor al arte. Vendería cara mi fuerza de trabajo, aunque se tratase de pura literatura. Después lo medité un poco más, y concluí que no sería tan malo pelar un rato el cable con los cabros, jugando a la escritura desde el aprendizaje significativo, jugando a tirar líneas contra las reglas institucionales y editoriales. En eso, el profesor de inglés, quien estaba cerca de la oficina, sacó a colación un ramo optativo sobre la historia del rock que había hecho en la universidad. Pensé de pronto que un taller sobre el rock en un dos por uno sería una cuestión definitivamente excéntrica. Por un momento, tuve la fe de que esas ideas podrían funcionar, contra todo pronóstico, motivadas por la obsesión. El punto, sin embargo, sería la convocatoria real. En estricto rigor, con cuántos verdaderos interesados contarían los talleres. La secretaria me señalaba, entusiasta, que lo hiciera de todas formas, aunque fuesen unos pocos. La secretaria, de hecho, era la más motivada con la idea de hacer talleres extracurriculares. Me acordé entonces de ese clásico dilema de los talleristas de universidad, sin ninguna clase de disciplina, sin demasiado dinero ni ganas, pero conformando colectivos poéticos como si fuesen perros románticos, apostando casi a la pura complicidad entre compañeros de ruta, y a una posibilidad remota de ampliar ese círculo fuera de la lógica de la amistad, hacia una cuestión, si se quiere, más ambiciosa. Nada ha cambiado mucho realmente. Nuestro quehacer pedagógico, de ese modo, sigue funcionando como en aquellos entonces: a puro pulso y romanticismo, tal como suele ser el paso de los días dentro de los infinitos pasillos del instituto.

Blanca Oscuridad

Veía ayer el documental Blanca Oscuridad en Insomnia, sobre la tragedia de Antuco ocurrida hace doce años. En unas escenas se detallaba cinematográficamente el concepto de hipotermia, llegando hasta sus efectos más letales. Ya terminado el docu, salgo a la calle y una inusitada brisa helada pegó de repente como una señal, una respuesta irónica. Hoy, en la mañana, lo mismo. Una premonición del invierno a través del celuloide.

jueves, 4 de mayo de 2017

-Definan literatura, lo primero que se les venga a la cabeza, no importa....

-Es como puro pasarse rollos....

Respuesta a la rápida de uno de los cabros durante la introducción de la Unidad. Previa a la explicación majadera de la verosimilitud.

Recuerdo casi al instante que un loco de la u en un curso de Lingüística, ante la pregunta sobre qué era el lenguaje, respondió, sin más, que el lenguaje "era caleta".

Definiciones espontáneas, incorrectas pero graciosas para conceptos todavía imprecisos, complejos, mañosos e inclusive marchitos de tanto polvo y teoría.
Principio del formulario

miércoles, 3 de mayo de 2017

Whatsapp

I

Los mensajes que nos mandamos por whatsapp hoy fueron, debido a la caída del servicio, algo así como un coitus interruptus comunicativo. Tranquila, que eso tiene solución. Tan solo cierra la aplicación, e intentémoslo en persona.

II

Antes de la caída de whatsapp un amigo decía: "Cerré face de nuevo. Estaba chato de ver la popularidad ajena". Ese loco volverá tarde o temprano, como suele hacerlo. Uno siempre vuelve a los vicios donde cree verse reflejado. Me repetía que estaba chato de la popularidad de los otros. Le decía que en realidad la desea. Parecía que había olvidado que la infamia y la impopularidad eran el leitmotiv de permanecer aquí. Y, a estas alturas, prácticamente nuestra razón de ser. "Ese es el consuelo del perdedor, wn", repetía. O quizá quiso decir, su pequeño falso orgullo.

III

Los mensajes que te mandé por whatsapp anoche figuraban con doble clic. Quiere decir que sí se enviaron y que aparecieron en tu inicio. El azul no aparecía seguramente porque aún no los habías leído. Pero la fecha de tu última conexión desapareció mágicamente. Hoy aquellos mensajes sin leer solamente figuraron con un puro clic, expectantes, abortados al primer intento. Luego dijeron que hubo desconexión a nivel mundial. Tu perfil permanecía imperturbable. Los mensajes en silencio, sin su consecuente réplica. Sin embargo, lo único que se ha caído realmente fue nuestro cauce comunicativo, la intención de darle otra vuelta, y un punto final a nuestras palabras. La obsesión fática por taparle la boca con el dedo al otro o, en este caso, debido a la distancia, la obsesión por taparle el texto y la letra al otro con una señal de hielo.

martes, 2 de mayo de 2017

Ella me preguntó, después de revisar la prueba que le había entregado, si me gustaba Alessandro Baricco. Lo supuso al notar que el último ítem de la prueba consistía en analizar un ensayo del autor sobre los bárbaros. Le dije que había leído Océano Mar. Ella mencionó, en cambio, la famosa Seda. Habló entusiasta sobre la intriga, el embrollo económico de los huevos de seda importados del extranjero y, sobre todo, del dilema amoroso del protagonista en Japón. Por mi parte, le hablé sobre Océano Mar y su narrativa onírica. Prometió que la leería. Le hice saber que en la Unidad de Literatura, que empezaría a contar de esta semana, la idea era confeccionar un plan lector abierto al criterio del propio curso, siguiendo el motivo de la lectura como una obsesión personal. Uno que otro clásico entre medio, claro está, para dar ciertas luces. Pedro Páramo, El extranjero, Estrella distante. Al enterarse de eso, ella consultó si podía incluirse Justine, del Marqués de Sade, en aquel futuro plan de lectura. Me dijo que lo hiciera porque Sade prácticamente no se leía en el colegio. Mi respuesta fue afirmativa, pero con una condición: que a cambio eligiera al menos dos de los libros mencionados como sugerencia canónica. Ella, en un tono entre desafiante y misterioso, señaló que dejaría su preferencia para después. Que ese libro que ella había elegido solo lo iba a dar a conocer al final. Le pregunté entonces si acaso, aparte de leer, escribía. Lo supuse por su afición, a todas luces, evidente. Dijo que sí, pero que no se atrevía aún a mostrar nada, menos a publicar algo. Sin embargo, contra toda expectativa, le insistí en que me interesaría leer algunas cosas suyas. Su rostro cambió. Anotó su correo en un pedacito de hoja de cuaderno y me lo dio. Aseveró que no me arrepentiría, con total confianza, no sin cierta ironía. Me dije a mi mismo que aquel pudor inicial era el pudor propio de todos los que empiezan a escribir. También, ese sano pudor de los que empiezan a leer e intuyen un universo simbólico gigantesco. Una rueda de nunca acabar que, sin embargo, entre vacío y movimiento puede hacer alguna diferencia y tomar rumbos desconocidos. El vicio impúdico del entusiasmo, o bien, la tierna virtud de la vergüenza.

domingo, 30 de abril de 2017

La palabra terremoto


Hay un cierto vicio semántico en las palabras que sirven para denominar grados de movimientos sísmicos. Se le suele llamar "temblores" a los movimientos casi imperceptibles o demasiado débiles. Pero cuando esos movimientos adquieren una fuerza mayor, llegando a interrumpir el ritmo de la mecánica social, se les llama inmediatamente "terremotos". Inclusive, existe una denominación especial para aquellos terremotos que adquieren una cualidad catastrófica única. Cuando provocan una destrucción de grandes magnitudes se les conoce de forma automática como "cataclismos". Según la escala de Mercalli, la intensidad de los movimientos de tierra podría verse representada en su potencial destructivo de las estructuras humanas. Esto lleva a pensar que, de acuerdo a esa escala, un movimiento de tierra solo puede alcanzar el nominativo de terremoto o cataclismo cuando sus consecuencias son lo suficientemente letales. Resulta interesante, de ese modo, constatar cómo estas palabras han sido capaces, con su uso reiterado en cuestiones sismológicas, de mutar, digamos, su sentido neutro, de diccionario, para pasar a representar exclusivamente los grados en que un movimiento de tierra va aumentando su fuerza y desplegando el desconcierto a su alrededor.

Lo que pretendo destacar es cómo, por ejemplo, la palabra terremoto fue simbolizando aquellos movimientos de tierra que pasaron a la historia como los más caóticos, siendo que, en estricto rigor, terremoto vendría siendo cualquier clase de sismo independiente de su fuerza o intensidad. Hay ahí una cultura sísmica apócrifa, una cultura de lo desastroso que los chilenos solo asumen inconscientemente. La intuición de que al nombrar la palabra terremoto esta debe necesariamente aludir al fenómeno que designa, tratando de ajustar la realidad del evento natural con su significante arbitrario. El punto es que podríamos llamarlo de igual forma: sismo, temblor, pero no sería lo mismo. Esos nombres no agotarían la cualidad fenoménica del movimiento de tierra al cual se alude. No tendría la potencia semántica que le corresponde por mérito. En cambio, la palabra terremoto, por sí sola, ha creado un precedente casi como insignia de nuestro carácter. Ha pasado a coronar el léxico de nuestra sismología. Es cosa de historia general. Basta con recordar, por ejemplo, el "terremoto de 1906" en Valparaíso y el "terremoto de 1960" en Valdivia, conocido a nivel planetario como el más devastador del que se tenga noticia. (Incluso existe un libro llamado "El terremoto de Chile" escrito por Heinrich Von Kleist y publicado durante el siglo XIX, que versa precisamente sobre un terremoto de Santiago ocurrido en 1647, y la impunidad producida luego de la ruptura del contrato social). El léxico que tanto nos caracteriza ha conseguido instalar en el imaginario occidental la palabra terremoto prácticamente como sinónimo de nuestra idiosincrasia y de nuestro devenir. En cuanto a la inclinación natural por el desastre, entonces, no somos otra cosa que unos campeones absolutos.


sábado, 29 de abril de 2017

Temor y temblor

I

Al llegar al banco para cobrar el cheque de fin de mes, comenzó a temblar. La señorita frente a mí en la fila se veía que anotaba un estado en su face móvil. Antes del temblor había puesto que no lo había sentido, que últimamente no sentía nada en absoluto, que se sentía "ignorada en ignoralandia" (sic). Luego del movimiento, puso un nuevo estado que decía que ahora sí lo sintió. Se notaba un nerviosismo en su rostro, que, a simple vista, no se manifestaba en palabra alguna. Conforme la fila iba avanzando, la ansiedad aumentaba. Por un lado, la gente más adelante en la fila esperaba con ansia el pago respectivo de su salario; por otro, deseaba que los movimientos acabaran o que, en su defecto, la fila avanzara para evacuar cuanto antes sin mediar ninguna clase de explicación. La señora que estaba a un lado de la cajera en la fila contigua decía querer irse a la casa cuanto antes. Lo hacía manifiesto de manera verbal, como si con eso pudiese conjurar el tiempo necesario para desaparecer del lugar y abstraerse de su miedo. En verdad, el pánico casi siempre venía dado más por la propia gente y su descontrol, que por el efecto real de las réplicas sísmicas. Era la gente y su ansia de salir corriendo, la gente y su manía apocalíptica la que propiciaba que las cosas se salieran de la raya. 

Luego, dos llamadas perdidas y un mensaje. Era la de mi madre, y el whatsapp de un amigo. Madre quería saber lo típico: cómo y dónde estaba. El amigo me preguntaba cómo había estado anoche la lectura. Increíble cómo el movimiento de tierra tiene su efecto también en la comunicación. A fuerza de estrechar las distancias, los temblores guardan también una inusitada fuerza perlocutiva.

Cuando ya debía volver al puerto, fui en busca de unos documentos para en la tarde pegarme el pique a Quillota. En la fotocopiadora, la señora me hacía ver que el alcalde Sharp había suspendido las clases en Valpo como medida preventiva. Seguramente notó la cantidad exorbitante de fotocopias, la premura nerviosa por preparar material pedagógico, solo analogable a la premura de la gente por salir corriendo hacia cualquier parte como si sus sombras fuesen su epicentro. Le hice saber a la señora que, muy a mi pesar, las clases que debía dar eran en Quillota, no en el puerto. Con un extraño humor, la señora decía sentirlo mucho. “No se mueva tanto no más”, aprovechó de decir. Ese último gesto, por gracioso, pero también por descarnado, alcanzaría, más allá del destino del día, una consecuencia fuera de todo pronóstico.

II

Llegada al Preu. Esa vez a tiempo. Se encontraba ella. La misma secretaria que el primer día se tomó la molestia de confirmar mi existencia como profesor en la base de datos. Solo recuerdo el café que se dio la gentileza de servirme, una vez sorteado el impasse de la coordinadora que había olvidado informarle de mi llegada. Fui directo a su recepción. Para romper el hielo no me quedó otra que hablarle sobre los temblores en la Quinta. A medida que la conversación iba tomando forma, dijo algo inesperado, tan inesperado y fuera de la caja como un rumor subterráneo. Dijo que en realidad a ella le hubiese gustado que temblara más. Que, de hecho, le gustaba que temblara. Su respuesta me pilló desprevenido. Un dicho fuera del sentido común, una especie de remezón pero también, a su manera, una suerte de bálsamo, después de una jornada de lógica furibunda. Le pregunté que cómo así, que cómo era posible eso. Su gusto por los temblores. Dijo, sin más: porque “revelaban lo que éramos”. Le dije que se había puesto profunda sin quererlo, hasta filosófica. Enseguida mencionó que no tanto, sino que más bien creyente. Se me vino a la mente de inmediato el libro de Kierkegaard, “Temor y temblor”. En él también se hablaba, en cierta medida, sobre los vericuetos de la fe, sus ondulaciones a veces contradictorias. “El movimiento de la fe se debe hacer constantemente en virtud del absurdo” reza una de sus pasajes. “… aunque poniendo un cuidado extremo en no perder la finitud, es decir teniendo en cuenta que se está en este mundo”, concluye a modo de apostilla. La secretaria, con su declaración, parecía reflejar casualmente esas palabras de Kierkegaard. Sobre todo cuando explicaba su comentario inicial, notando mi extrañeza al respecto. Mencionaba que los temblores quizá nos ayudaban a “poner los pies sobre la tierra”, a constatar que estamos solo de paso, que los movimientos podían interpretarse como pruebas de nuestra transitoriedad. Pero claro, lo hacía siempre enfocada en señalar que detrás de todo se encontraba aquel agente invisible conocido como Dios, haciéndonos sacudir para doblegar nuestro escepticismo y tentar nuestra suerte.

Después de eso, un silencio incómodo se prolongó un rato. Ante la falta de respuesta a los porqués, de pronto cada quien se vio atosigado de quehaceres. En eso debía regresar a la sala de profesores para buscar las guías de la tarde. La secretaria, por su parte, atendió a un alumno que venía a inscribirse. Una despedida corta, temblorosa, cerraba irreductiblemente ese efímero encuentro. Volvía de ese modo raudo a la sala NN, la sala de clases anual, pensando en la suerte de todos los que viven el absurdo como un movimiento fuera de la máquina, mientras otro par de alumnos en el patio también hablaban, en serio pero con total soltura, sobre su posible reacción ante una catástrofe hipotética dentro de una sala de clases. Absurdo. Expectativa. Temor y temblor.


lunes, 24 de abril de 2017

Vía a Quillota

A las seis y media de la mañana del Sábado, tomé la micro Vía aeropuerto rumbo a Quillota. La semana pasada había partido más tarde, confiado en que aquella bendita micro pasaría a tiempo. Sin embargo, bajo la presión cronológica, solo alcancé a tomar una sol del pacífico que acabó realizando un recorrido alternativo, haciendo prácticamente un city tour por todo el interior: Quilpué, el Belloto, Villa Alemana, Limache, con paradas extensas y a una velocidad que haría pensar que el conductor tenía en mente más bien una agencia turística sobre ruedas. En resumidas cuentas: llegué al preuniversitario media hora tarde. Al menos, era la primera vez que hacía ese recorrido. El pique se aprendía, después de todo, por ensayo error. La experiencia, no obstante, se asimilaba lentamente a la misma velocidad de aquella micro matutina. A duras penas, como masticando cada minuto que pasaba. Como recogiendo imaginariamente la basura del camino. Ayer, en cambio, contra todo pronóstico, llegué incluso una hora antes. Sucediendo exactamente lo contrario a la primera vez. El preuniversitario aún no abría. Así que golpeé el portón como haciendo valer mi impuntualidad. Fui hasta la Plaza de Armas de Quillota a hacer la hora. Saqué unas cuantas fotos, mientras veía como los cabros iban llegando de a poco desde calle Freire. Unos iban rumbo al Cepech de la esquina. Otros en dirección contraria, desde donde venía, hacia donde debía volver.

De vuelta al preu, correspondía examinar un ensayo diagnóstico PSU. Los chicos del curso iban llegando a cuentagotas, casi a un ritmo a destiempo. El clima de la clase, tan radicalmente distinto al dos por uno de la semana, me dio la ocasión para tomar una taza de café allí mismo, con total desenfado. Los chicos, a medida que bebía el café, iban retirando sus ensayos. El silencio era tan insólito que llegaba a conmover. Cualquier ruido era interpretado como excesivo, innecesario. Revisando el ensayo, durante la calma inaudita de la sala, di entonces con una pregunta relacionada con Baudelaire. El texto se refería a la percepción que tenía el poeta sobre París. La definición del flaneur decimonónico: vagabundaje, melancolía, añoranza. En una parte de la pregunta de léxico contextual, hablaban sobre un sinónimo adecuado para “repulsivo”. Las opciones daban cuenta precisamente de la cualidad de aquellos lugares frecuentados y rescatados por el poeta. Aquellos lugares que, por su calidad de sombra, al margen del itinerario citadino, poseían una belleza revulsiva, si se quiere, una luz indómita, que pugnaba por salir e iluminar los pasos del errante de turno. La pregunta hacía referencia, implícitamente, al oficio de caminar por caminar, sin mapa, sin propósito, propiciando lo desconocido y lo extraño a cada paso y en cada esquina.

Al final del diagnóstico, los chicos y chicas se iban yendo poco a poco. También hice lo mismo. La coordinadora recibió los ensayos, con una sonrisa rápida, demostrando que andaba medio urgida. La despedida de rigor y, luego, la retirada indolente. Afuera aproveché de completar el paseo exprés de la mañana. Volvía al centro. Plaza de Armas. Me encontré con un par de alumnas que estaban conversando en uno de los asientos, frente a la pileta. Luego, en el centro comercial, otro par de alumnas, sin dirección conocida. Saludaban a lo lejos, como quien saluda a alguien que solo viene de paso. Así sus siluetas se perdían y se confundían entre el gentío de los peatonales, con la pura añoranza de volver la próxima semana bajo una presencia puramente contractual.

Lo especial de Quillota, después de todo, era que transmitía esa sensación casi extinta, de que todos por esos lares conformaban una sola gran comunidad. El extraño era identificado casi al instante. Quizá acogido dentro de la masa, dentro de las inmediaciones, pero de igual forma, reconocido, señalado como tal. Como un solitario que solo viene a hacer un trabajo efímero. Su anónimo grano de arena. Pensaba, de ese modo, al cruzar la acera frente a la muni, en volver de regreso al puerto. El hambre, el sueño y la batería baja hacían lo suyo. La parada del bus-metro indicaba que el paseo, que la ilusión del caminante romántico tenía sus límites. Sus límites materiales, sus límites circunstanciales. Que siempre al final del día no quedaba otra cosa que hacer la vista gorda, revisar el efectivo restante y guardar celosamente esos pasos en falso, con una afición obsesiva, como si fuesen el alma de la ciudad.

domingo, 23 de abril de 2017

Mi madre me comenta respecto a la situación del temblor anoche. Nada del otro mundo, a excepción de la ola mediática. Empieza entonces a hablar sobre el terremoto del 85. Decía que en aquella época, la abuela le calmaba, luego de la seguidilla de réplicas que ocurrían, explicándole que es mejor que tiemble de a poquito, para que así la tierra libere energía y no ocurra nuevamente un terremoto de gran magnitud. Claro está, un mito confortable, para nada científico. Sin embargo, parecía que después de esas palabras inocentes y bienintencionadas, cualquier otro movimiento o desastre lucía menos terrible que antes. La explicación de realismo mágico que daba la abuela se recordaba con cariño, y hasta cobijando cierto halo de seguridad. Un escudo hecho de puro corazón y palabra contra una fuerza natural implacable. Era la potencia anestésica del relato, más allá de su veracidad o falsedad. Podría estar cayéndose el mundo a pedazos, pero seguiríamos, no obstante, aferrados a nuestros relatos como de una tabla al borde del abismo.