jueves, 22 de diciembre de 2016

La muerte de Laiseca no fue tal. Él seguirá habitando en el terror.

Navidad en Islandia

En Islandia, según cuenta una noticia reciente, se celebra la Navidad en cama y leyendo libros. Nada de sobremesa, vino, carne ni palabras de optimismo. Total austeridad. Únicamente lectura silenciosa. Podrá parecer, para nuestro espíritu gregario, un panorama desolador, pero tiene una explicación lógica, y hasta literaria. La costumbre de regalar libros en Navidad tiene por nombre 'Jólabókaflód'. Y se debe a que al ser Islandia un país tan remoto y tan distante, regalar regalos como lo hace todo el mundo se vuelve casi una quimera. Sin embargo, la fabricación de papel por esos lados resulta rentable. Por lo que el regalo más adecuado para Navidad acaba siendo nada menos que el libro. El auge de la venta de libros en Islandia ocurre los últimos dos meses del año. De esa forma, la fecha de Navidad coincide con el auge de la compraventa literaria. Los lectores pueden llevar sus regalos a través de un catalogo anual llamado 'Bókatíðindi', que se distribuye en todos los hogares de Islandia con la esperanza de que el número de libros crezca junto con el de los deseos de noche buena. Se ruega, prácticamente, por los lectores y su hábito invernal. La literatura entonces, como la Navidad, le llega a todos por igual, como si se tratase de un deseo sostenido por todos, una tradicional ilusión fomentada por una razón de geografía y de economía.

miércoles, 21 de diciembre de 2016

Aniversario del fin del mundo. No sé si vestir de luto o vestir de fiesta. Quizá ambos.

The man in the high castle

Quedarse dormido viendo una serie y soñar luego cinematográficamente. Una de las cosas que solo la noche puede auspiciar. La serie era The man in the high castle, capítulo 5. Ocurría un asesinato entremedio. Un disparo público contra un príncipe, a lo Taxi Driver. Una chica judía, en una hipotética Norteamérica dominada por nazis y japoneses, hacía entrega de una película a una banda de rebeldes afroamericanos, dentro de la conocida Zona neutral, para hacérsela llegar a un tal "Hombre en el castillo". Los motivos eran difusos. Era escoltada por un nazi encubierto. El nazi pierde los estribos. Se comienza a enamorar. Cree ver en la película -como la propia chica- un arma política secreta. No se revela en ningún momento su trama, solo hablan sobre su peligrosidad. Metaficción. En el sueño luego de ese episodio, me encontraba cargando un libro. Lo presentaba ante un sujeto de incógnito. El libro era como una especie de curriculum. Sobre la mesa había una kafkiana pila de fotocopias. Debajo se vislumbraba el curriculum de una chica. Las preguntas del sujeto eran ilegibles, intraducibles. Lo único real era la tensión. La peligrosidad de lo que presentaba. El contenido del libro era un compendio surrealista. Versaba sobre la propia biografía. Pero en términos incomprensibles, solo explicables de forma traumática, inconciente.

En uno de sus episodios una chica -quizá la del curriculum- esperaba a alguien en un sitio de noche, parecido al escenario de la serie, sobre un puente. Me encontraba imaginándola, en completa soledad, temiendo que fuese perseguida. Su asesinato era inminente. Los motivos seguían ocultos. Ella lograba escapar. Luego no podía seguir recordando. Regresaba a la entrevista imaginaria. El sujeto especulaba sobre nuestro prontuario. El número de preguntas crecía conforme avanzaba. Por supuesto la tensión subía. Junto a la incertidumbre. Ya no sabía en donde terminaba la serie y donde empezaba el sueño. Todo acababa siendo una sola cosa. Un gran teatro interior, una alegoría política en donde era el Eje el que triunfaba. La película que aquella chica de la serie sostenía. La difusa biografía que cargaba dentro del sueño. No eran sino el símbolo de un lenguaje ultrasecreto, vetado al poder de la realidad. El Eje, representado en la serie, en el propio sueño, no era otra cosa que nuestros miedos vueltos una entidad política. Quizá toda la historia tenga sus propios móviles de pesadilla, su propio reino desconocido, vetado todavía a la vigilia policial de nuestras acciones.





martes, 20 de diciembre de 2016

Conversaba de vez en cuando con su pareja de fantasía, acerca de la posibilidad de crear un mundo atemporal en donde solo ellos con sus hijos pudiesen ser eternamente felices. Según él, ella le decía que lo había leído en una novela decimonónica, adaptada de manera elegante a nuestros tiempos frenéticos. Lo que no sabía era que ese mundo del que tanto hablaban solo era posible en una especie de sueño demasiado inverosímil, en la laguna de algún cuento de hadas vencido por el tiempo y su antimateria. Volvía entonces resignado a la resaca de su tiempo libre, casado con la soledad, teniendo por amante nada más que su promiscua imaginación. En la ventana de su habitación se dejaban reflejar, de forma intermitente, como en una suerte de réquiem, las luces del árbol de pascua del vecino.
Uno de los pocos privilegios de ser profesor, le hago saber a amigos y amigas cuando preguntan: unas vacaciones idénticas a las de los propios alumnos, e incluso pagadas de manera íntegra, cuando se cuenta con contrato a plazo fijo -como el que suscribe-. El legítimo derecho del profesor a tirárselas luego de cargar sobre sus hombros el peso del desprestigio social. El ocio pagado le dignifica. Horas y horas pedagógicas las gastará durante esos dos meses en recuperar el tiempo perdido, dándose una vida de dandy que perderá nada más llegado Marzo. Su tiempo libre será su mayor capital.

El trailer de Morgan

Viendo Morgan (2016) en la madrugada, dirigida por el hijo de Ridley Scott, una película sobre una chica con inteligencia artificial, me percato de que el trailer fue creado por el superordenador IBM Watson, siendo este uno de los primeros intentos de aplicar I.A al terreno de la cinematografía. Se dice que el superordenador, para lllevar a cabo su tarea, fue "alimentado" con más de cien trailers de películas de terror, de modo que en el análisis de los elementos visuales, sonoros y de composición la máquina pudo crear el trailer en menos de un día, cuestión que a un ser humano le hubiese tomado semanas. Vi el resultado en el trailer y en un minuto resulta simplemente inquietante. Pero lo trascendente no es tanto la eficiencia de la I.A para emular la inteligencia y capacidad asociativa, sino que el interés creciente por llevar al plano de la máquina una de las cosas que se creen precisamente más humanas: la creación artística.

Pasa algo con el cine: que su lenguaje audiovisual resulta más ad hoc en relación al algoritmo de una I.A, en el sentido de que su forma de asociar el contenido podría parecerse en ocasiones a la del montaje. En cambio, recuerdo que meses atrás, se experimentó con una inteligencia artificial de Google, a la cual se sometió a la lectura de más de tres mil libros de poesía romántica para que "escribiera", de ese modo, un poema original. El resultado, si bien dicen que manifiesta cierta oscuridad, revela cierto criterio binario, lo que hace que el poema se lea más como un rosario mecánico, una amalgama dual de verso y ritmo. El punto está en que la poesía pareciera que todavía escapa a una interpretación unívoca, y refleja casi con integridad el lenguaje y la facultad de quien la emite. En este caso, el poema fue un fiel reflejo de la inteligencia artificial. Se nota a leguas que su escritura fue una emulación. Demuestra que la I.A está todavía en ciernes, y lo está porque se está metiendo en el terreno del arte. La metáfora constituye aún una barrera para el algortimo, una zona demasiado connotativa para la linealidad de la máquina. Sin embargo, esa frontera no será del todo insalvable en un futuro. El componente que falta, a mi modo de ver, tiene que ver con la imaginación y con lo orgánico. Si la máquina pudiese entrar en ese terreno simbólico sería toda una revelación. Me atrevería a decir que la puerta de entrada al universo humano para la máquina, no será a través de la simple programación lógica, sino que será a través del símbolo. La medida de la inteligencia operativa no será lo que equipare a una máquina con un humano, lo será la forma en que usa el símbolo para otorgarle un sentido a la vida. He ahí lo que diferencia al humano de la inteligencia artificial: el sinsentido, cuestión que para la máquina resulta inconcebible, sinónimo de muerte.



domingo, 18 de diciembre de 2016

Obsolescencia programada. El que inventó ese término de seguro era un poeta sin saberlo. Qué metáfora más perfecta de la propia vida.

Sobre no ser padre

Una chica en un local ayer, me hizo una pregunta capciosa, una pregunta que ya me han hecho repetidas veces, otras chicas, en otros contextos, en diversas situaciones: ¿Tienes hijos?. Ante la negativa, luego arremetía con otra pregunta aún más profunda: "¿Por qué no tienes hijos?". Pude en su momento esgrimir una serie de posibles respuestas a esa pregunta tan inusual, como: No resulta económicamente rentable en nuestro país desigual, no está dentro de los planes, no se ha dado la ocasión. Incluso la respuesta que excede lo personal, y que asoma incluso un punto de vista ideológico. No tener hijos como un combate a la sobrepoblación. Como una forma de darle un respiro al planeta, restando el número de humanos. Cuestión aunque inverosímil, plausible. En la mujer todo eso suele parecer un contrasentido. Un atributo extravagante. Algo que no se entiende de buenas a primeras. Todavía está instalado el dilema, entre el tener hijos por deber, por una cuestión biológica, o sencillamente por amor. Este último motivo resulta aparentemente puro, pero siempre viene aparejado de otra clase de factores. Factores que, en su mayoría, van revelándose casi de manera simultánea a la propia gestación. Al no dar con una respuesta satisfactoria a la pregunta de la chica, por inexperiencia en la materia o sencillamente falta de ideas, no me quedó otra que decirle que "no me nacía ser padre". La chica miró con cierto aire comprensivo, pero se le veía algo estupefacta, sorprendida, por la expresión de la respuesta. El no me nace ser padre. Ahí ya no se trataba de algo deliberado, sino que apelaba a una suerte de voluntad íntima, a una paternidad latente en alguna parte que por ningún motivo se manifestaba. La chica, ante eso, recuerdo que aclaraba que ella tenía tres hijos. La pregunta era en el fondo una proyección de su propia realidad. Lo curioso de todo es que, a pesar de su afirmación, va creciendo el número de mujeres que reniega de la maternidad como un deber, por el discurso feminista vigente y también por un creciente individualismo que lleva a priorizar la aspiración personal por sobre el yugo de la familia. El contraste estaba hecho. La chica, a pesar de todo, entendía el punto. Decía que era algo que no logró dimensionar en su momento. Que simplemente se dio. Nuevamente la apelación a una voluntad inconciente, esta vez con el motivo opuesto. Y eso es lo más extraño de todo: que la mayoría de las veces en esa materia no hay algo verdaderamente definido. Siempre resta una suerte de sombra. El punto es que la idea de tener hijos resulta todavía lejana, o quizá solo difusa, inconsistente. En realidad, toda idea sobre el futuro resulta así. Se carga con demasiado peso. Demasiada responsabilidad. Lo más sensato sería desprenderse de todo. Pero resulta fácil decirlo. Llegado el momento, nuestros errores acaban convirtiéndose en nuestro mayor orgullo. Proyectarlos sobre otra criatura empieza siendo una bendición pero acaba siendo una tarea titánica. La chica, luego de aclarar aquel punto, y ya acabando el motivo de la conversación, siguió su camino. Eso sí, con una remota posibilidad de contacto. En otro espacio, o quizá en otra vida, todavía nonata, como nuestro propio futuro.

sábado, 17 de diciembre de 2016

Caminando de vuelta por la noche porteña en patota después de un lanzamiento, se discutía sobre los locales que van cerrando, que van quedándose en el olvido, como el Keops; aquel tiempo en que todo era más barato, y la resaca más duradera, recordando la Torre, por ejemplo; o cuando el Huevo todavía era la sensación taquillera. Será que el tiempo se muestra implacable o los locales que frecuentábamos solo cambiaron de forma y estamos ya demasiado viejos para concebirlo. O quizá sea como en el poemario de una amiga, donde dice que ya no hay nombres, que todo fue inventado para atrapar lo que de nosotros se va yendo.