Saco la basura de la noche anterior en las bolsas de aseo de la cocina. Aprovecho de deshacerme de cuestiones a mi criterio inútiles. Boletas arrugadas, una caja de cereales vacía y una toalla que saca demasiadas pelusas. Voy como es habitual al contenedor de la esquina del paseo de los sueños. Justo antes de lanzar la bolsa, un hombre de barba y de chaqueta oscura, con un atado de cachureos a su lado, urgando entre la basura. Al ver que iba a arrojar lo que tenía en la mano, dijo que podía lanzarlo sin problemas, haciéndose a un lado. Al lanzar la toalla el hombre lo advirtió casi con instinto felino y la atajó él mismo. Dijo que estaba bonita. Agradeció sin más y siguió urgando. Lo más extraño de todo fue que el acto de arrojar la toalla como basura terminó volviéndose un regalo involuntario para el hombre. Lo que uno cree no necesitar, para el otro se ha vuelto una suerte de dádiva. El hombre no parecía acongojado, parecía que lo que hacía -urgar entre la basura- era parte de su rutina, de su estoicismo personal. Miraba hacia arriba como agradeciendo que esa toalla hubiese caído -literalmente- del cielo. La creencia, siempre un vehículo, a veces frágil, a veces necesario, para poder sobrellevar la existencia. El desprendimiento de ya no creer en (la utilidad de) algo, sea ese algo un objeto o una visión de mundo. La filosofía del perro de Diógenes. En realidad uno mismo fue el cínico, arrojando lo que cree que ya no sirve. El hombre solo seguía su instinto dentro de un itinerario de sobrevivencia. Demuestra que, desde el grito de la necesidad, lo deshecho puede convertirse en lo absoluto.
sábado, 6 de agosto de 2016
viernes, 5 de agosto de 2016
50 años de Revolver
A 50 años de Revolver: he aquí sin duda una de las canciones más eclécticas de los de Liverpool. Se dice que Lennon y McCartney fueron a una librería de Galería índica buscando un libro de Nietzsche, y Lennon se encontró con El libro tibetano de los muertos adaptado por Timothy Leary. Fue ahí que comenzó su viaje psicodélico. En la introducción, Lennon comienza a leer los primeros versos. "En caso de duda, apague su mente, relájese, y déjese llevar". Había encontrado las líneas precisas para la canción. Entonces, Lennon siguió al pie de la letra las indicaciones del libro, luego de una sesión de LSD. Arrancaba la etapa psiconauta del cuarteto. Morían los beatles rocanroleros , renacían unos beatles vanguardistas, cerrando otro capítulo de la música popular con un disparo a quemarropa.
jueves, 4 de agosto de 2016
Sobre "El soltero de la familia" de Daniel Osorio.
"El amor gusta más que el matrimonio, porque las novelas gustan más que la historia". Chamfort.
Tengo la vieja costumbre de ir a los cines solo. Las contadas veces que he ido con mujeres no ha sido tanto con el propósito de disfrutar la película por sí sola. Los hombres comprenderán por qué. Ir solo es en cierta medida ir libre de condicionamientos. Completamente arrojado a la tarea de sumergirse en el visionado. Sonará egoísta, sonará pedante, pero se trata de una decisión enteramente personal. Así fue como me dispuse a asistir a la función de la película "El soltero de la familia" de Daniel Osorio. El protagonista, el propio Osorio, de más de cuarenta años, dice ser un militante de la soltería. Cuestiona la idea de casarse desde su propia condición, y con ello todo lo que esa idea envuelve: el temor infundado al paso del tiempo, la propia obligación del vínculo sentimental.
En una apuesta sumamente arriesgada, el protagonista expone su propia vida, desarrollando las aventuras y desventuras de la soltería. Por un lado, está el amigo abogado, que parece ser el demonio de su conciencia, que lo invita a reivindicar su soltería, aduciendo que el negocio del matrimonio no es rentable para nadie y que incluso resulta obsoleto. El propio protagonista, luego de la función, defendía la idea de que, al igual que en la novela de Edwards Bello, El inútil de la familia, el soltero vendría siendo una especie de Inútil para la sociedad. Conversando con su amigo abogado, le dice irónicamente que dedicarse a las letras será lo que le dará éxito, y que la carrera económica es simplemente la carrera fácil, la carrera de los que pretenden quedar bien, de los que pretenden “casarse” con el sistema.
Conozco pocos escritores que hayan estado de acuerdo expresamente con el matrimonio, a estas alturas del partido, considerando que estamos en plena época del divorcio, del individualismo como bandera y de la emancipación de la mujer. La mayoría de las grandes plumas no hacen sino ironizar al respecto. Nietzsche, Wilde, Mark Twain, por citar algunos. “No puedo dejar de pensar en qué gran obra maestra no se ha hecho en soledad”. Replica el abogado. Nuestro protagonista responde, sarcástico: “Hijos”. El amigo abogado, una especie de soltero exitoso, canchero, en cierta medida, la otra cara de Osorio, le recalca que el casarse a estas alturas resulta poco rentable. Le hace ver a Osorio que ser soltero es lo más rentable dentro de una sociedad altamente competitiva. Una afirmación temeraria, sobre todo cuando se cuestiona directamente el sustrato mismo de la sociedad: la familia. Una crítica hacia el sistema de cosas debería pasar, para el abogado, por una crítica misma a la institución familiar. Hacia el matrimonio y su privatización de los sentimientos y el concepto de la propiedad.
Por otro lado, en cambio, tenemos la voz de la familia y el psicólogo de Osorio, que vendrían siendo la voz de la sociedad, la mano invisible que obliga a aceptar las exigencias de una sociedad neurótica. Osorio en apariencia actúa de manera displicente, pero encierra en sí mismo las contradicciones humanas de la soltería, su paradoja afectiva y vital. Un compadre del público preguntaba respecto a la disyuntiva entre decidir estar solo o estar solo sencillamente por una cuestión de circunstancia. En la película Osorio repite muchas veces el estar convencido de que ser soltero es la mejor alternativa. Sin embargo, detrás de esa determinación, deja entrever que la idea de estar con una sola mujer de forma permanente también puede resultar deseable. Entonces se regocija en su pasado, en la posibilidad remota de un amor que pudo ser pero que por su miedo al compromiso se vio mermado. Osorio resulta paradójico en su soltería, aunque persiste en ella finalmente. Asume, estoicamente, el cuento que él mismo se ha creído.
Una de sus ex, que el propio Osorio visita para el desarrollo de su película, le hace saber que su inclinación hacia una soltería radical también es un cuento que él se inventó para no enfrentarse a sí mismo. Osorio, a raíz de esto, y después de la película, concluye que nuestra propia vida está llena de cuentos que conforman nuestro imaginario y nuestra parada ante el mundo, solo que hay cuentos más populares que otros, más “rentables”, o, inclusive, más condescendientes con el sistema de cosas: el cuento del sueño americano, el cuento del amor eterno, el cuento de la igualdad en un mundo que poco a poco se va cayendo a pedazos. La ex de Osorio le hace saber a nuestro amigo soltero que hace falta salir un poco de uno mismo para darle otro vuelco a la vida, pero que, sin embargo, el cuento que nos creemos será el que determinará, a fin de cuentas, hacia donde irá nuestra respectiva micro.
La inquilina misteriosa que aloja en una pieza al lado, la misma que una vez me pidió ayudarle con una maleta pesada, ahora pica unas ensaladas en la cocina, solitaria como ella misma. No había nadie más. Un cuadro a lo Hopper, a solo unos metros de la propia habitación. Voy a la cocina por un poco de agua, para tomar el café después de almorzar. Le pregunto si puedo robarle agua del hervidor, que ella evidentemente había hervido para lo que está cocinando. Asiente sin problemas. Me dice que el calefont ya se ha arreglado solo, que ya no es necesario cambiarlo, como pensaba el arrendador. Luego de conversar con ella, vuelvo a la pieza con la taza de café en la mano. Un rayo de sol impacta desde la ventana entreabierta como para completar la escena. La chica también vuelve a su habitación con un plato de comida caliente. Inevitablemente, las aguas se dividen. De repente, parece que la soledad misma del departamento comenzara a hervir, producto de su propia combustión.
AFPs
En la entrevista de anoche, José Piñera comparó el sistema de fondos AFP con un Mercedes Benz. A pesar del efectismo de su argumento, no pudo haberlo representado mejor: el dinero de todos haciendo funcionar una máquina de lujo que corre perfectamente solo para el sujeto y sus copilotos. Como no hizo otra cosa que defenderse, ese fue el mayor argumento a su favor. Sin embargo, cualquiera sabe que ninguno de los afiliados podrá siquiera comprarse algo cercano a ese modelo de auto con el monto de sus pensiones. Eso demuestra que, al menos a nivel discursivo, se le ha ganado una victoria pírrica.
miércoles, 3 de agosto de 2016
Preguntas que nunca faltan cuando los cabros y cabras del colegio recién te están conociendo: "Profe, ¿Usted va a salir?, ¿usted ha jalado? ¿Usted es virgen todavía?". Preguntas claramente con una intención sarcástica, pero que esconden, sin embargo, un cuestionamiento profundo: el cuestionamiento respecto a la vida del profesor fuera de las aulas. Parecen cuestionarse, como hacia la existencia de dios, como hacia el prestigio de nuestros políticos, la existencia de la vida social del profesor, sobre todo cuando no hay tanta brecha generacional con sus alumnos. Creen que el que estudia para profesor prácticamente hace un voto de pobreza (e incluso de castidad). Y que la pedagogía en si misma se parece a un monacato religioso, donde la única vida que conocerán sus feligreses se debatirá entre las salas de clases y sus casas para proseguir con la pega pendiente. Lo más tragicómico es que aquel cuestionamiento, aquello que resulta a simple vista una talla pendeja, no está tan alejado de la realidad, puesto que, a ratos, la pedagogía tiene mucho de monacato, de abnegación trasnochada, de espíritu de renuncia... Y pareciera por esto, que la talla de los cabros no está demasiado fuera de lugar, que los profesores para los cuales no existe otra cosa que la pedagogía tuvieran que si o sí "comprarse una vida".
martes, 2 de agosto de 2016
Toca la casualidad de que vivo frente a un colegio. El Agustín Edwards. Como si no bastara con haber trabajado en uno. Hoy cuando iba al baño a sacar la ropa lavada para tenderla, y luego de haber hecho del número dos, suena el timbre de aquel colegio vecino. Lo curioso es que sonó en el instante preciso que iba a sacar la ropa. Prosigo con lo que iba a hacer. Dentro de mí pensé que hasta dentro de la casa uno no deja de vivir bajo reglas. Pensé en ello después del timbre, urgido por terminar luego lo que tenía que hacer, como un perrito de Pavlov reaccionando al sonido. El molesto ruido de la obligación, invadiendo hasta la vida cotidiana, en la que se supone el profesor olvida que lo es y se dispone a ser una persona normal.
Sobre Bala Loca
Sobre Bala Loca: Hay algo en el periodista Mauro Murillo que recuerda a los detectives de novela negra. A Philip Marlowe, quizá por su carácter incorrecto, cínico, hasta cierto punto oscuro. Y al mismísimo Heredia, en su variante chilena, por su compromiso por la verdad contra el poder. Pero en esa carrera hacia la verdad hay también vaivenes. Puesto que una conciencia limpia debe también aprender a caminar sobre el barro de los hechos. Mauro Murillo debe no solo enfrentarse a los peces gordos intocables, sino que contra sus propios fantasmas internos: el fantasma de su pasado farandulero, el fantasma de la familia, el sexo y la droga. Mauro Murillo, en esa vereda, vendría siendo el periodista negro que Chile no merece pero que, sin embargo, necesita.
lunes, 1 de agosto de 2016
Agencia de sueños
Hoy en un restorán del peatonal me llama la atención una pareja de viejitos que miraba la tele al fondo. Daban un comercial –reclame como dicen ellos- sobre el perfume Hugo Boss. Un tipo con facha de elegante sobre la azotea de algún edificio, una mesa puesta cuidadosamente en la que lo esperaba una rubia espectacular, bien vestida y sonriente. Por la atención con la que miraban los viejitos parecían extasiados. La viejita sostenía el bastón metálico del viejito con fuerza, simulando de forma simbólica el otrora aparato reproductor de su compañero. La mesera, baja y joven, parece no mirar la escena, pero, al pedirle la cuenta, se detiene un poco a repasar el visionado del comercial. Pareciera que con un gesto corto en el rostro despreciara el efectismo de lo que ve, pero en el fondo escondiera una envidia secreta. La envidia de la perfección. Del estereotipo. No puedo evitar leer sus sentimientos porque en realidad siento exactamente lo mismo que ella, solo que de antemano me mantengo escéptico, pero debajo de ese exceso de racionalidad al atacar el engaño de la publicidad, se mantiene en guardia el deseo de la belleza y del ideal, aunque sean manufactura de fábrica.
Recuerdo que un alumno en la clase del viernes pasado, para la última parte de la actividad de los tópicos literarios, preguntó si acaso estaba bien escribir una publicidad basada en el tópico del carpe diem, que tuviera directa relación con el desodorante axe. No escatimé en análisis y le respondí que había dado en el clavo: el carpe diem para el alumno estaba asociado a la cacería sexual, a la fórmula mágica de la atracción. Inmediatamente, ese mismo alumno hueveó a otro por estar viendo publicidad en su celular. El alumno del celular también parecía extasiado, al igual que aquellos viejitos del restorán, pero ahora no de una decrépita nostalgia, sino que de un impulso hormonal por el nuevo modelo de Peugeot. El alumno del carpe diem le decía: -Te la vendieron toda, hermano. Te creíste todo el cuento. Te metieron la publicidad en el cerebro wn como un simio culiao-. Con esas palabras jocosas, quiso decir que el cabro no analizó ni nada sino que se tragó el mensaje completo sin atisbo de interpretación. Y lo que es peor, según el cabro del carpe diem: “se creyó el cuento entero”, es decir, no solo deseó el Peugeot, sino que todo lo que lo envuelve: minas, dinero, éxito. Evidentemente hay un cálculo detrás de la operación publicitaria: la persuasión al servicio del deseo creado. Los publicistas parecen diseñadores de sueños prefabricados en lugar de meros agentes comerciales. Apuestan, como señalaba Naomi Klen en No Logo, todo su negocio al orden simbólico, que es el que tiene mayor poder sobre la conciencia. El producto en si mismo vendría siendo la metonimia de ese simbolismo. Para ellos, los publicistas, lo que compra el común de la gente no es solo el producto sino que un pensamiento, un sueño, un pedazo de vida. La forma en la que los viejitos miraban a esa pareja feliz, elegante, y la forma en la que estaban agarrados uno del otro. Luego, la manera en que uno mismo y la mesera miraba con recelo el comercial y esa tierna escena de felicidad, es también parte del plan. Lo mismo con el cabro de la publicidad de Peugeot en la clase y su compañero escéptico, fanático del tópico del carpe diem.
Hay sueños y pesadillas que parecen coexistir y chocar unas con otras, armando todo un imaginario propio, un popurrí imaginario de ficciones y de deseos latentes. No parece tan descabellado entonces, como pretendía el cabro de la clase, afirmar que lo que creemos querer no es sino un sueño de fábrica. La educación misma pareciera una gran agencia de publicidad que se encarga de inculcar sueños imposibles en los futuros fracasados de nuestra sociedad. Creamos nuestra identidad en oposición a un sueño que no nos representa, o que solo representa los intereses de otros. No podemos saber a ciencia cierta lo que deseamos en determinado momento de la vida, simplemente porque no nos es lícito definirlo. A aquellos viejitos quizá solo les quedará, después de todo, la nostalgia de una juventud plena de amor, antes de jubilarse miserablemente. A esos cabros en la clase les resta, en cambio, la ambición de un futuro exitoso que promete hacerse realidad pese a la contingencia, pese a la impotencia. Y a uno, por otra parte, solo le resta la posibilidad remota de saberse interpretado en el gesto de una mujer, que pareciera sentir exactamente lo mismo; al menos un atisbo de correspondencia, de mercadería, frente al presentimiento de una ilusión rota.
viernes, 29 de julio de 2016
Dinero
Cada vez que pagan reviso el monedero obsesivamente, como si el estar lleno fuese una cuestión milagrosa. Cuento las monedas como si fuesen a desaparecer de inmediato. Algo común en personas que no están acostumbradas al dinero. Siempre descarto las monedas de menos valor, las de a peso. Las tiro al piso cuando ando en la calle, o las dejo en alguna parte del departamento por si a algún inquilino o desconocido le sirven, o, en su defecto, solo por dejarlas en una parte distinta al bolsillo. Nunca tuve el impulso de ahorrar, no por encontrarlo burgués, sino que simplemente por un ánimo de desprendimiento. Lo que acumulo y colecciono tiene en cambio un valor subjetivo más que capital. Siempre son cosas inútiles o poco prácticas. La moneda de a peso, en cuanto no suma ni resta, se descarta. Desaparecerá algún día como todo el dinero del mundo también lo hará. Solo lo inútil tiene valor de permanencia. Pero he aquí una verdad paradójica: todo, sin duda, tiene fecha de vencimiento. Todo volverá algún día a su inutilidad primigenia.
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