La escritura de blog, flexible, sin un plan determinado, sin otra ambición que sí misma, escribiendo solo por el placer o la necesidad de hacerlo, sin mapa, como una amante cualquiera, lo que no quita que el proyecto de libro siga existiendo campante como si se tratase del mismísimo matrimonio.
martes, 20 de octubre de 2015
"Es de uso frecuente el adjetivo kafkiano para referirse a situaciones como las descritas en la novela. ¿Cómo lo definirías de acuerdo a tu lectura? Describe además una escena o situación del libro que pueda calificarse con este adjetivo:
Respuesta: Darwinismo social".
En la revisión de la prueba me di cuenta que ese alumno respondió eso, y argumentó que al principio Gregorio era el fuerte, el que trabajaba para pagar la deuda de la casa, pero después se convirtió en el débil ya que su familia no lo quería en su estado de bicho. Increíble su respuesta. De hecho sin teoría ni bagaje, por una pura lectura intuitiva, abrió sin quererlo una nueva posibilidad interpretativa: la relación entre lo kafkiano y el darwinismo. Una razón económica. Una razón evolutiva. Una razón literaria.
lunes, 19 de octubre de 2015
Ese fenómeno extraño que solo lo otorga la virtualidad, el vértigo de ver cómo tu lista de contactos (o debería decir, vida social) se reduce un poco cada día (un amigo o amiga fantasma que se resta) de manera abrupta y misteriosa, sin mediar palabra ni razones, como una bomba de tiempo que no se sabe si va a explotar o simplemente detenerse.
Algunos podrían considerar una locura el que prestes más atención de la cuenta al cuidado de la auto imagen, otros podrían llamarte demasiado normal por seguir los patrones y cumplir las expectativas que el resto espera de ti. Frotar el espejo pulcramente para obtener el mejor ángulo de tu semblante. Asumir que el día domingo es la neurastenia de la responsabilidad. Tragarse el orgullo y en cambio anudar la corbata para reinventar la rueda, o mejor dicho, echarla a andar; luego pensar siempre que podrías estar haciendo cualquier otra cosa, lo que fuese, porque al decidirse por una matamos una parcela de realidad, colgamos a aquella o aquel que pudo haber sido pero no fue. Sin embargo, sigue ahí, hablándose, tratando de convencerse que nada acabará, una vez retire la vista del espejo, y otro nuevo día se asome dispuesto a regocijarle y contradecirle por igual.
sábado, 17 de octubre de 2015
En una clase sobre el género dramático recuerdo que repasando el origen del término tragedia esta va asociada desde antaño al canto del macho cabrío, al culto festivo y desenfrenado de la naturaleza, y con ella, al culto del dios del vino. Una alumna extrañada por esa definición preguntó: "¿Pero cómo es eso, si la tragedia implica algo malo, triste, y el canto y la fiesta son algo alegre, algo que es positivo?". Pensé en un ejemplo práctico: Usted cuando celebra por algún motivo ¿Lo hace solamente por aquellas cosas más agradables, placenteras, satisfactorias de su vida? ¿O también hay momentos en que se decide a celebrar precisamente para ahogar en el fondo de su corazón aquello que representa la cara opuesta: las penas, los remordimientos, los deseos reprimidos, aquello incontrolable pero muy en el fondo suyo?. Pues la tragedia, así vista, en relación con el teatro, buscaba representar la vida no solo en su aspecto grandioso sino que también en su aspecto más oscuro, incomprensible, incluso abyecto, pero no por ello menos noble. Las fuerzas de la naturaleza, simbolizadas por el dios Dionisio, estaban implicadas en la fuerza y el sino de los hombres. La alumna apuntaba, a pesar de no conocer la teoría, a una cuestión esencial: La compleja relación entre tragedia y fiesta, cuan cerca o lejos se está de alguna de ellas y cuan próxima o distante se halla una de la otra. "Entonces, cada vez que haga un brindis, pensaré en la tragedia. Y cada vez que me encuentre mal, pensaré en el dios del vino". Aunque lo hubiese dicho en broma, de eso se trata. Los textos dramáticos no son una mera lectura dominical. En esa revelación, aunque anecdótica, significativa, hay un comienzo. ¿A qué? Solo ella debe descubrirlo. A su manera. Aprender puede hacerte sufrir, pero también amar. En ese momento ella sola, sin saberlo, es Medea, Electra, Yocasta, etc. Toda la literatura ya está en nuestro interior. La tragedia es, por lo tanto, conocimiento.
jueves, 15 de octubre de 2015
Día del profesor. En una ocasión, luego de haber terminado una clase, y en medio de una conversación sobre las profesiones y que no sé cómo y en qué momento empezó, un alumno dijo algo sensato: "Nada que ver los profes, les achacan caleta de cosas, y mira cómo les pagan". Si llevásemos esa frase honesta a otro contexto, diría más o menos que todo el mito que gira en torno a los docentes como los mesías de la actualidad es otra falacia si ni siquiera en la práctica se reconoce la labor real del docente en sus condiciones básicas. Es como si le dejasen a Sísifo la tarea de cargar un pedazo de mundo en sus hombros sin recibir nada a cambio, nada más que esa pura responsabilidad sin otro sustento en la vida. Pasa porque la práctica del enseñar está sujeta a la mera lógica del trabajar para vivir. Por eso, la santificación del profesorado responde también a una estrategia reaccionaria. Hay un falso mesianismo en atribuir a los profesores poco menos que la responsabilidad sobre todo lo que ocurre. Lleva a pensar que están destinados a llevar a esa carga porque así lo quisieron, mientras el resto se exime de esa carga disfrutando de mejores condiciones. Si quieren meter a los profesores en el grupo de profesiones que cambian el mundo, entonces no podrían quedar fuera ni doctores, abogados, ingenieros, etcétera. Pero ellos no parecen cargar con ese peso. El doctor salva vidas, el abogado defiende casos, el ingeniero planifica proyectos. Por dinero. Pero no se les achaca nada más. Tampoco quieren otra cosa que el propio ejercicio de su profesión y su recompensa. Como diría aquel alumno, es irónico puesto que al profesor se le considera capacitado (cultural o moralmente) para llevar la bandera de determinada redención social, pero se le paga en cambio ridículamente. Es nada más que el pago por achacarle el futuro de otros -palabra tendenciosa- a costa del propio pellejo.
El honor del Espartaco y Chile, hoy
Una vez mi padre, como suele hacerlo en sus analogías entre cine y política, dijo que la situación actual de nuestro país puede ver su contraparte reflejada en el argumento de la película Espartaco de Stanley Kubrick. En el fondo todos seríamos esclavos por igual, solo que la diferencia estriba en reconocerlo y a pesar de eso guardar cierto ápice de orgullo y capacidad de resistencia. La lucha clásica venía dada por el motivo del honor, término prácticamente desconocido hoy por hoy y solo almacenado como alguna vieja ética elitista. Si se piensa en gran escala todo gran conflicto pone en tela de juicio algún remoto concepto de honor desde ambas partes, por muy sucias y materiales que sean las prácticas y objetivos que se buscan, como pudiera pensarse en nuestro actual estado de cosas, asociado a Chile y su estructura neoliberal. El honor del esclavo que, a pesar de vivir subyugado al imperio, enfrenta la arena sujeto al arbitrio de los poderosos, con el riesgo de volverse el espectáculo de una masa impertérrita.
Una genealogía del poder nos permitiría pensar que la diferencia entre los esclavos de todas las épocas es cualitativa en términos del honor que les es permitido poseer, lo que determina a fin de cuentas su cualidad propiamente humana. Así visto, el Espartaco de Kubrick sería el del gran mito mesiánico, el del redentor que desde la sombra de la ignominia pública levanta a todo un pueblo hacia su libertad, a pesar de que este no sepa precisamente qué hacer con ella. No le importaría la muerte, su legado “le sobrevive” en su hijo y su mujer huyendo prófugos por siempre.
Tenemos, en cambio, otra categoría de esclavo, completamente deshumanizado, que solo puede existir en el anonimato y bajo la sombra de un amo, sin voluntad propia. Se trataba de la mayoría de los esclavos romanos. Un hombre era considerado tal si solo podía saltar la gran barrera del honor. No lo era tanto por la condición económica, como ahora, ni por su pertenencia a la polis ni a una lengua, puesto que aquellos bárbaros, extraños a la civilización, poseían igualmente cierto orgullo, cierta humanidad insolente, siguiendo otros caminos, al alero de dioses distintos, pero suya, al fin y al cabo.
Mi padre entonces, haciendo un parangón entre ese concepto de la película y lo que él intuye que está pasando actualmente, expresa su descontento de forma categórica: Chile es un país que ha perdido el honor. Es un país esclavo como tanto otros, pero se ha vendido. Y ha consentido venderse. Podría incluso concebirse como la gran traición hacia si mismo perpetrada por Fausto: el vender el alma, el honor, a cambio de sabiduría, o en este caso, mejor dicho, de poder, pero de falso poder supeditado deshonrosamente a otro más grande, y con la ilusión de la grandeza frente a la miseria. Pero eso no quiere decir que esté muerto en vida. Los contextos y la trama histórica han cambiado pero ciertas cosas vuelven.
Como sea, se puede seguir siendo esclavo deliberadamente, hipotecando la existencia por unos cuantos bienes materiales, persiguiendo unos sueños e ideales de contrabando que el propio imperio invisible insufla en sus ciudadanos anónimos, pero con el romanticismo de que todo puede en algún momento cambiar, sin que eso signifique precisamente luchar por ello y conseguirlo; o bien se puede elegir un camino todavía inexplorado y que parece solo posible en los libros: el camino heroico del que rehúye el deshonor y que, de esa forma, muere sabiendo que su camino no puede ni deber ser el único posible.
martes, 13 de octubre de 2015
Sin estar al día respecto a asuntos políticos, leo por ahí que Bachelet al promulgar una ley que otorga autonomía al Servel dijo una frase de Spiderman: "Un gran poder otorga una gran responsabilidad". Efervescencia virtual por la asociación entre el comic y la política. Argumentan si acaso las acciones de los mandatarios no pueden ser consideradas dignas de caricatura, si el país bajo su tutela acaba convertido en una historieta, si con esos dichos está matando la política y de paso la imaginación de muchos, etcétera. Luego descubro que esa frase en realidad Stan Lee supuestamente la sacó de Franklin Roosevelt, dicha en el contexto de la Segunda Guerra Mundial, a dos días de morir. Son esas conexiones, aparentemente superficiales, azarosas, absurdas, las que ayudan a pensar mejor la historia, con un componente siempre ficcional e irrisorio de por medio.
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