domingo, 16 de noviembre de 2025

Si usted tuviera que votar hoy por un(a) poeta o escritor(a) chileno(a) a la presidencia. ¿Por quién (no) votaría? ¿Y por qué?

Dos poetas a la presidencia

Hubo en la historia de Chile dos poetas que se tiraron para presidente: Vicente Huidobro y Pablo Neruda. Huidobro, hace ya cien años, el 17 de octubre de 1925, proclamó su candidatura por la "Gran Convención de la Juventud Chilena", la que incluía a la Federación de Estudiantes de la Chile. En su Balance Patriótico, escribió: “Decir la verdad significa amar a su pueblo y creer que aún puede levantársele y yo adoro a Chile, amo a mi patria desesperadamente, como se ama a una madre que agoniza”. Luego de un asalto a la FECH, su campaña fracasó y prefirió bajarse para apoyar al candidato José Santos Salas. De Huidobro se dijo, tiempo después, tras ser condecorado con la Cruz de Guerra: "En Chile, fue incluso candidato a la Presidencia de la República… en una campaña que no le dio muchos votos, pero que lo convirtió casi en un héroe popular". Pienso en un hipotético Chile huidobriano con una posible "República de los poetas". ¿Cómo habría sido nuestro país en esas circunstancias? Deje volar su imaginación sin paracaídas.

Sobre Neruda, él proclamó su candidatura en el año 1969. En su caso, no hubo una campaña tan activa como la de Huidobro, ni tampoco se le recuerdan frases o eslóganes para la posteridad. A lo mucho, hay un registro documental llamado "Pablo Neruda: Der Dokumentarfilm" del año 2004, dirigido por Ebbo Demant para la empresa de televisión alemana ZDF. En ese registro, se muestra la proclamación oficial del vate, que contó con el apoyo irrestricto de las filas del Partido Comunista. Allí, de hecho, aparece el poeta acompañado por Oscar Astudillo, Cesar Godoy, Gladys Marín, Volodia Teitelboim y Luis Corvalán, secretario general del PC chileno. Recordemos que Neruda bajó a último minuto su candidatura para apoyar, en cambio, a Allende. Pienso también en un hipotético Chile nerudiano, en el lugar del gobierno de la UP. ¿Cómo habría sido nuestro país en esas circunstancias?

¿Y, finalmente, por quién hubiera votado usted? ¿Por el antipoeta creacionista o por el poeta Nobel? ¿Por qué?

Hubo, sin duda, un Chile en el que los poetas tenían la intención política de tirarse a presidentes, aunque su campaña fuera más una performance que una realidad.

Hago una revisión de estas dos anécdotas políticas, a modo de ejercicio crítico, poético y lúdico. Piénselo de esa manera. O piénselo como quiera.

sábado, 15 de noviembre de 2025

En la rebelión de Gragko, solo el caos, la locura, la imaginación y el delirio prevalecerán.

Se cumplen cien años de la película "El fantasma de la ópera". La escena donde Christine se arma de valor y le quita la máscara al fantasma de la ópera causó pánico en los cines de ese entonces. También se cumplen ochenta años de la creación de Juan Marino: El Siniestro Doctor Mortis, el icónico personaje de terror chileno, genio, entidad todopoderosa y maligna. El terror nunca pasa de moda, solo cambia de escenario y de actores. El terror está vivo y habita en cada uno de nosotros.
Un tío mío comentó que cuando estaba estudiando en el pedagógico de Playa Ancha, durante el año 69, apareció Pablo Neruda junto con el poeta peruano Antonio Cisneros, y realizó una especie de conferencia en donde recitó algunos poemas. Días después, el PC lo proclamó candidato presidencial. El resto es historia conocida. Se acordó, a propósito de las próximas elecciones. Dijo además que nuestra familia fue “picada por el bicho del arte”. Comentó que su abuelo paterno era un español que llegó a Chile junto a otro hermano y un grupo de artistas que se presentaba en la colonia española. Su abuelo tocaba la mandolina con ese grupo y ese instrumento lo vio en la casa de quienes terminaron criando a su padre (mi abuelo) que quedó solo. La madre de su padre (su abuela) murió cuando él tenía tres años y el “coño” se habría arrancado a Buenos Aires después de estar juntos durante más de dos años. El otro hermano de su abuelo paterno se quedó en Chile, según cuenta, y un hijo de él sería el caricaturista José Palomo, muy conocido en México, en donde finalmente se radicó. Su veta, agregó, era el tema político. Dicho todo esto, mi tío preguntó si sabía de estas cosas. Le pregunté que no tenía idea; que, de hecho, podría reunir todas esas anécdotas para poder editarlas y eventualmente publicarlas. Él dijo que siempre tuvo problemas de socialización y que con la escritura podía suplir esas carencias. Al confesarlo, comenzó a recordar su infancia en Puerto Montt y después en Valparaíso, luego que su padre (mi abuelo), marino de guerra, fuera derivado hacia la costa central. El viaje en tren desde ese lejano lugar tenía como destino llegar a Santiago. Una imagen que siempre estaba presente en su memoria era la de un lugar con muy poca luz, enormes sombras a contraluz y un olor intenso. Mi tío tenía menos de un año. Ese recuerdo se lo contó a su madre (mi abuela) cuando era adolescente y ella le había dicho que se vinieron en tren. En esos años, según cuenta, se usaba el carbón coke como combustible, de ahí el olor que nunca habría olvidado. Ese es su recuerdo más antiguo. ¿Qué otras memorias habrán quedado sin su correspondiente voz, y sin su necesaria ventilación? Hay en estas anécdotas una crónica que atraviesa mi propio árbol genealógico, una rueda de tiempo que cruza la conciencia de la familia, algo más profundo que las circunstancias inmediatas, de las cuales se derivan otros relatos en potencia, todavía enterrados en estricto anonimato.
Hace exactamente cien años (1925), Vicente Huidobro se lanzó a candidato presidencial. Hace exactamente cien años, los poetas podían llegar a ser presidentes y no solo hinchas del candidato de turno.

miércoles, 12 de noviembre de 2025

Cioran: "A medida que los años pasan, decrece el número de seres con quienes puede uno entenderse. Cuando no haya ya nadie a quien dirigirse, seremos al fin tal y como se era antes de sucumbir en un nombre." En efecto, amigos se cuentan cada vez menos, los precisos. Me aburren las conversaciones superficiales y prefiero el silencio de una buena lectura. De romances, ya hace mucho que no pasa nada auténtico, que me mueva el piso y que me motive a "jugármela". De chico, pensé que la vida adulta sería emocionante, llena de redes y plena de libertad. Demasiada idealización sin sentido pragmático. Y, en cambio, esa vida se ha vuelto rutinaria y solitaria al cubo. Exigente, demandante, impredecible y sin suficiente recompensa. Solo en la escritura, solo en la escritura vuelco mi frustración y sublimo la fantasía de lo porvenir, invoco el fantasma de la posibilidad.

Entrevista a Leonardo Varela, poeta mexicano

"¿En qué momento supiste que eras poeta y no alguien que escribe poemas? ¿Hay diferencia?

Supe que era poeta cuando me di cuenta de que podía prescindir de reconocimiento como escritor de poemas. El escritor de poemas vive por y para las becas, los premios, los amigos y las relaciones públicas. El poeta es alguien silencioso y marginal que deja crecer su obra sin grandes aspavientos."

lunes, 10 de noviembre de 2025

Réplica a un comentario de Sergio Sánchez

El chivo vuelve del cadalso.

Breve relato etnográfico sobre el Metro de Valparaíso

Para Técnicas de Investigación II 

Fui en metro rumbo a Limache por un reemplazo. En ese contexto, tomé nota de lo que pasaba a mi alrededor, durante tres viajes de regreso. Noté que ciertas conductas de los pasajeros en el metro de Valparaíso, tales como el ceder espacio a la gente mayor o vulnerable; cooperar con músicos y vendedores; y contribuir a un clima grato de viaje, mediante expresiones de cortesía y una cuota de humor, a ratos blanco, irónico o absurdo, fueron conductas reveladoras de un sentido comunitario muy arraigado en la gente de la Provincia de Valparaíso, conocida como la gente “costera”, y en la gente de la Provincia de Marga Marga, conocida como la del “interior”. Eso pude constatar en algunas de las anotaciones realizadas a lo largo de tres recorridos en el metro. En específico, durante el último viaje registrado, el día 29 de agosto.

Aquella vez, ingresé a unas máquinas nuevas. Me senté en el último vagón. Un joven de pelo largo le indicó a una mujer al frente que no podía cargar su celular en unos enchufes. El joven me miró. Se sentía tenso. Le pregunté qué pasaba. Me respondió que no se podía cargar ningún enchufe a bordo, y volvió a revisar su celular. A las 15:10 partió el metro. Al fondo, se escuchó a un músico tocar la flauta. La nueva máquina del metro se sintió más liviana al cruzar el trayecto rumbo a Peñablanca, menos ruidosa y con un movimiento más suave. Eso le dio al viaje un confort especial. A un lado de la ventana, una señora cargaba una maceta con una planta, y los pasajeros procuraron darle espacio. Mientras escribía en el cuaderno, una chica rubia me pidió permiso para sentarse. Quité la mochila y ella se sentó al cruzar la estación Sargento Aldea. Entró luego un caballero cargando un gran alicate. El joven del principio le cedió el asiento. Este se sorprendió por el gesto de amabilidad.

En Villa Alemana, subió una gran cantidad de gente. Se había ido el joven a mi lado. Se sentó un caballero, quien me dijo que había pisado sin querer la correa de mi mochila. “Llegará con la correa café”, me dijo, en tono de broma. Le sonreí. Entró otro caballero y topó el alicate del señor sentado al frente. Se disculpó y, enseguida,echaron la talla. Se notaba cercanía y familiaridad entre ambos. Más adelante, el caballero que me habló al principio se bajó rápidamente en estación Viña. Un músico que se había subido antes tocó la flauta, ahora más cerca. Se bajó un hombre con muletas. La gente le dio permiso y se corrió hacia un lado. El hombre apuró el paso para no perder la estación. La flauta siguió sonando, mientras la gente permanecía silenciosa, mirando hacia afuera o sencillamente enfocada en sí misma. La única música que se escuchó a lo largo del trayecto restante fue la de la flauta.

El metro llegó a Recreo a las 15:55. Allí subieron más pasajeros. A mi lado, una señorita se sentó en el lugar que ocupaba otro caballero. Comenzó a sonar la música del Titanic en la flauta. Le dio al recorrido restante una atmósfera apacible, incluso con un toque romántico. La intérprete acabó su rutina en estación Portales. Pidió un aporte voluntario. Algunas personas le dieron monedas. El señor del alicate se bajó en Barón. Por un momento, solo se escuchó el sonido del cierre de puertas. Una vendedora circuló por el vagón, ofreciendo mentas. Un par de personas le compraron, a lo que la vendedora agradeció, de manera efusiva. Finalmente, llegó el metro a la estación de mi destino, Bellavista, a las 16:05.

Pensé en eso mientras anotaba. Nadie parecía advertirlo. Unos entraban, otros salían. Cada quien, en realidad, experimentaba “su propio Metro”. Estaban quienes resolvían la fórmula trabajo-casa o quienes deseaban experimentar el viaje más rápido, zambullidos en su lectura silenciosa, en su diálogo trastabillante, en su lista musical de Spotify o en su improvisación a bordo. Nadie viajaba por viajar dentro de ese recorrido, todos buscaban algo, algo inenarrable, demasiado veloz para significarlo. A pesar de todo eso, faltarían viajes y páginas para una radiografía más ambiciosa del metro.

En dos viajes anteriores se observó que el trato entre personas era casual, espontáneo y respetuoso entre los mismos pasajeros. Sin embargo, en este tercer viaje alcancé a observar una mayor cantidad de gestos y de acciones solidarias, considerando el trayecto completo desde estación Limache (Marga Marga) hasta estación Bellavista (casi llegando al puerto de Valparaíso). Pese a la distancia entre ambas provincias, se lograron advertir, dentro del metro, algunas señas de ese sentido comunitario asociado a los habitantes del “interior” (comunas de Marga Marga, tales como Limache, Peñablanca, Villa Alemana y Quilpué) y también, por extensión, a gran parte de los porteños que abordaron el metro durante los viajes.

Podría decirse, entonces, que el Metro Valparaíso, con su recorrido que atraviesa ambas provincias señaladas, genera una dinámica social propia, característica de este medio de transporte. La mayor amplitud espacial de las máquinas y el hecho de abarcar tantas ciudades en puntos focalizados, permitió, a mi juicio, la confluencia de cada una de estas personas, con sus diversos itinerarios, sus diferentes inquietudes y sus códigos compartidos dentro del lapso del viaje que arranca durante más de una hora. Marc Augé recuerdo que hacía referencia a los “no lugares”, para referirse a aquellos espacios transitorios y anónimos que carecen de cualquier significado relacional, más allá de su utilidad provisoria.

Con esa definición, tal vez Augé hubiera tomado como ejemplo las estaciones de metro, pero cabe señalar que el propio autor, en su libro “El viajero subterráneo. Un etnólogo en el metro” (1987) confesó que “algunas estaciones de metro están suficientemente asociadas a períodos precisos de su vida”. De esa forma, el mismo autor de los no-lugares se afirmó como un “etnólogo en el metro”, en el momento en el que logra realizar un ejercicio de memoria con una mirada lo suficientemente aguda para descubrir lo imprevisto y lo inaudito en las pequeñas cosas. Esa misma agudeza de mirada, esa capacidad de asombro renovada es lo que permite una amplitud en la percepción y un entusiasmo en el descubrimiento de una realidad palpitante, más allá de los prejuicios rutinarios y la mecanización de la vida. Uno mismo, si se pone en el papel del etnógrafo, se dispone a registrar todo lo que ve y le da rienda suelta a sus interpretaciones y a sus recuerdos, puede desafiar la programación establecida y revelar una huella humana allí donde solo cabía algo automatizado, meramente funcional.