Me encomendaron el favor de editar poemas y realizar el prólogo de una antología. El favor lo pidió un amigo poeta, "el poeta peluquero". Cabe señalar que el amigo me tiene una fe ciega, fe alimentada por el hecho de que yo mismo prologué alguna vez su libro y participé junto a él en otra antología pasada. Copiando y pegando los textos de los autores en word para luego ir calibrando la ortografía y la redacción, recordé de pronto que dejé hace rato esas lides. Yo, quien acostumbrado a las lecturas de café universitario y barucho y a las menciones honrosas en antologías, se había hecho la idea de publicar algo en calidad de "poeta", algo medianamente decente, hoy por hoy prefería ir por la suya y abocarse al ejercicio obsesivo de la prosa, visualizando aquella época con una mezcla de nostalgia y suspicacia, y perseverando cabeza gacha en la labor improvisada de la edición y la reescritura. En el momento que trabajaba sobre los versos, la métrica y los motivos de los poemas de ciertos autores, me veía haciéndolo lentamente, a paso cansino, con cierta despreocupación, como quien corrige rúbricas pal colegio, con un ánimo impersonal, digno de un agente fantasmático. Le pregunté al amigo que faltaban los poemas de un par de autores a la sazón de la antología. Prometió avisarles para que así engancharan los textos restantes con tal de agregar el prólogo y dejar el libro cocinado. Según su etimología, antología tendría el sentido griego de "selección de flores", entendiendo por flor, lo "mejor", lo "más excelso". Volviendo sobre los textos, no puedo evitar mirar con recelo aquellas esporádicas apariciones en antologías poéticas, (aquellas flores maltrechas demasiado verdes o demasiado frescas), y ahora echar mano de una que está a punto de salir, pero ya no en calidad de seleccionado, sino que desde el punto de vista del cosechador, del exprimidor, procurando sacarle todo el jugo posible a aquel amasijo de flores heterogéneas, proyectando su propio y perdido concepto aromático en ellas, como quien elige la mata perfecta para colocar a la tumba de su viejo imaginario.
sábado, 13 de abril de 2019
"Debajo de mi oficina hay prostitución", señaló Felipe Alessandri, el alcalde de Santiago. Luego de notar su existencia, estuvo de acuerdo con instaurar un barrio rojo en la comuna, con tal de controlar el que, a su juicio, sería comercio sexual clandestino. "Nunca la vamos a eliminar, es la profesión más antigua", sentenció, con cierto dejo de resignación, después de haber intentado erradicarla tomándoles fotos a los autos de los clientes para enviarlas a sus casas. Según Alessandri, el barrio rojo es como el vertedero o el relleno sanitario: nadie lo quiere, pero resulta necesario. La medida adoptada por el alcalde podrá parecer la flor del progresismo, tratando de emular la experiencia del Red Light, el barrio rojo de Ámsterdam, pero no revela otra cosa que la misma perspectiva liberal. Un comercio sexual perfectamente regulado, bajo el amparo de las leyes laborales, tributando al Estado, ya no con la faz de la descomposición moral, sino que con el rostro cínico de la integración económica.
miércoles, 10 de abril de 2019
La primera foto de un agujero negro, captada por el Event Horizon Telescope: "Un absoluto monstruo", dicen. Tres millones de veces más grande que la Tierra. No sé, pero me recuerda a aquella imagen del video de Soundgarden: Black Hole Sun.
"Won't you come
And wash away the rain".
El otro día, un cabro sentado de los primeros leía durante toda la hora un libro. Se le veía tan absorto que casi no atendía a sus compañeros, ni mucho menos la clase. Me acerqué a él, una vez terminaba la hora. Seguía con su lectura ferviente y solipsista. "¿Qué lee?", le pregunté. No dijo nada. En cambio, levantó la cara y mostró la portada del libro. La portada tenía un tenue color azul. No presentaba ni título ni dibujo. Por el material y la consistencia, se parecía a aquella edición íntegra de Los desnudos y los muertos que guardo entre los libros de editorial Plaza y Janes. Alcancé a observar apenas la tipografía de algunas páginas que leía. El texto en cuestión tenía una disposición entre novelística o ensayística. "¿Por el colegio o por usted?" volví a preguntarle al cabro, queriendo conocer la razón de tan empecinada lectura. Volvió a no decir nada, hasta que sacó un pequeño papel de su bolsillo. Me lo mostró. En él estaba escrito un vale de biblioteca pública. Con eso quería decir que lo estaba leyendo motu proprio. No contento con su respuesta, permanecí a su lado, pensando en sacarle más información. El chico, hermético, queriendo proseguir con su lectura, notó que no me iría de su lado hasta saber el motivo real de su predilección por ese libro. Entonces, dejó a un lado la página en la que se encontraba, le colocó el correspondiente marcador, guardó el libro en la mochila, y señaló que debía irse pronto, no sin antes pedirme otra copia de la guía de la clase que había olvidado realizar. Todo indicaba que el cabro seguiría leyendo ese libro en clase. El motivo era eminentemente personal. Y todo indicaba que no me lo diría, o al menos no en dichas circunstancias. Ayer, cuando ya comenzaba la primera clase de la tarde, el chico del libro subía a la sala para la otra asignatura. Al verme bajar apenas saludó, esbozando, en su lugar, una breve sonrisa al vuelo. ¿Seguirá leyendo aquel libro en la clase de Matemáticas? ¿En la clase de Historia? ¿De Física? ¿Lo seguirá dejando para la clase de Lenguaje? Hay lectores que no aceptan otra condición que la ausencia de excusas. Hay lecturas que no merecen otro trasfondo que la indeterminación.
sábado, 6 de abril de 2019
Envié el martes el programa del curso al compadre de la fotocopiadora, en el Instituto, con el fin de que cada alumna tuviese su copia física. Al día siguiente, me llegó un correo de respuesta de parte del compadre de la fotocopiadora, señalando que no podría imprimir los programas, ya que por disposición del Instituto no es posible imprimir el tipo de documento que le mandé. Cuando llegué a clases, el día jueves, la directora pidió hablar conmigo un momento, afirmando que el programa del curso no podía ser impreso por "motivos intelectuales". "El programa del curso es un documento protegido por derechos de autor", aseveró. "¿Cómo era eso posible?" dije entre mí, "¿Un programa del curso con derechos de autor? ¿Al mismo nivel que una novela o que un poema?". (Eso, suponiendo que el programa del curso para una cátedra de un instituto técnico tuviese el mismo calibre creativo que una novela o que un poema). La directora sostuvo que el acto de mandar a imprimir una copia de aquel programa era equivalente a realizar una copia pirata de un libro, porque este era diseñado por parte de un grupo de profesionales en nombre de la Institución. "Si hubiese realizado usted el programa, por ejemplo, ese documento sería suyo, y sería intransferible", dijo, creyendo que así, aludiendo al carácter falsario de la propiedad, me convencería sobre la imposibilidad de realizar copias materiales. "El programa del curso es suyo", se repitió en mi cabeza esa frase. Con suma incredulidad, le dije que no estaba de acuerdo, que el programa debería quedar a disposición del propio grupo en cuestión, pero que si ese era el conducto regular lo iba a seguir de todas formas. La directora notó el compromiso a regañadientes y, con una copia de otros documentos comerciales en mano (estos sí eran susceptibles de reproducción), volvió a la oficina.
jueves, 4 de abril de 2019
Recibí de parte de un loco en el terminal La Ligua un papel fotocopiado con un poema. El loco iba repartiendo otros ejemplares alrededor de la manzana. Lo raro fue que solo lo entregó a la rápida sin esperar nada a cambio. El poema era cursi, y versaba sobre un unicornio perdido en el amor. No sé por qué me acordé de Deckard en Blade Runner. Seguí leyendo hasta que abajo salía el nombre del poeta: Ariel Basteri. Bajo ese nombre salía otro, un tal Cristian Mason, encargado de difusión, y decía que el texto era entregado en un aporte a la cultura provincial de Petorca, Quillota, La Ligua, Santiago, Viña, Valparaíso, deseando más abajo un mejor Otoño para todos, y agradeciendo por la cooperación. No sé por qué me acordé, en este punto, de Arturo Rojas. Doblé el papel, extrañado por la insólita referencia, y pensé en buscar al tal Mason y al tal Basteri. No encontré otra cosa que búsquedas apócrifas, hojas secas perdidas en el ciberespacio, palabras echadas al otoño de la significación.
Se me ocurrió explicar los conceptos de hiperonimia e hiponimia en el contexto del manejo de conectores, con un ejemplo práctico. Dibujé en la pizarra tres círculos. Dos de ellos tenían inscrito un concepto. Uno de ellos, varias palabras en su interior. Las palabras de este último se referían a marcas de autos japonesas, entonces los cabros debían ir llenando el círculo con más marcas (Toyota, Kia, Mazda, etc) e indicando el heterónimo que las englobaba. Para los otros dos círculos, se me ocurrió en el primero indicar “bandas musicales”, de modo que dentro de este fueran citando algunas de las que cachaban. Queen, para mi sorpresa (al tiro saltó un payaso del fondo a gritar EO y el resto le seguía la viralizada corriente); también los Guns N Roses; los Beatles; Michael Jackson (el "Ayuwoki" gritaba una chica del medio); Nirvana; AC DC; Metallica; y a la misma lista agregué King Crimson. Volví a preguntar, sorprendido, por otros hipónimos musicales, a ver si alguno salía con trap o reggaetón. Nada. Qué chucha, dije yo entre mí, el alumnado de La Ligua es rockero. Seguí con el último círculo. Para este me había quedado en blanco. Hasta que pensé en una idea de oro: bebidas alcohólicas. Sería el hiperónimo perfecto para completar el ejercicio. Les pedí que nombraran los correspondientes hipónimos. La cuestión fue todo un éxito. Les dije de hecho que me ayudaran ellos mismos a completar, ya que yo desconocía ese campo léxico, y ellos seguramente eran unos peritos en el tema. Cacharon el cinismo y respondieron con un yiaaaaa estruendoso. Entonces fueron llenando el circulito con el mainstream de los alcoholes: chela, vino, ron, pisco, etc. hasta que un cabro de al frente se levantó y me pidió el plumón para llenar el resto de los hipónimos que faltaban. Hipónimos alcohólicos solo para "entendidos": Brandy, Ginebra, Coñac, Amaretto… Uno de sus compañeros, más atrás, se dirigía al cabro y alzaba la voz diciendo: ya se me calentó el hocico, no sigas. El cabro de los hipónimos alcohólicos devolvía el plumón, mirándome a la cara y riéndose a tientas, un tanto rojo de vergüenza, por delatarse a sí mismo, y por ver delatado solapadamente al profesor, ante la mayoría de sus compañeros que, ya sedientos con el ejercicio, compartían la moción. (Por supuesto que el juego de los hiperónimos e hipónimos se repitió para el siguiente grupo de alumnos, y con idéntica acogida. El alcohol como método didáctico para adolescentes. El alcohol como parte soterrada del curriculum).
lunes, 1 de abril de 2019
Recién hablaban en La Red sobre Diego Portales, Grez y otros académicos de historia. Me quedó dando vuelta una expresión que Portales escribió en una carta a Joaquín Tocornal: "el peso de la noche". Era, según Portales, el peso que debía prevalecer sobre el orden social, el peso de la institucionalidad. No sé quién habló sobre una expresión idéntica, Peter Handke parece, pero en tono más bien existencialista: el peso del mundo. Me pregunto a esta hora, cuando ya son las 1 de la mañana del Lunes y toca trabajar al otro día, ¿qué pesará más sobre uno? ¿el peso de la noche? ¿el peso del mundo? ¿o el peso de la conciencia, sin la cual no habría ni orden ni sentido, esta última, la palabra pesada por excelencia? Lo único que sigue pesando a esta hora, sin embargo, es el cuerpo, cortado durante todo el domingo, y la noche que conspira para dejarte atado al peso del sueño.
domingo, 31 de marzo de 2019
A 20 años de Matrix: Cuando Neo le pregunta a Morfeo que si él llegase a morir en el mundo de la Matrix podría acaso sobrevivir en el mundo real invadido por las máquinas, Morfeo le responde: "El cuerpo no podrá vivir sin la mente". Si uno llevara esa afirmación al plano de la virtualidad, ¿podría acaso declararse oficialmente muerto para la Red y, por otro lado, permanecer vivo, despierto, fuera de allí, digamos, en el mundo "real"? Leibniz reflexionaba sobre la responsabilidad moral de conocer la realidad ¿será tan trascendente, al fin y al cabo, saber distinguir entre la pastilla roja y la azul? ¿Qué es aquello tan urgente que nos lleva a discriminar entre una u otra opción? ¿El destino, el espíritu, alguna clase de esencialidad de nombre rimbombante? El punto es que algo permanece entre los dos mundos provocando que la decisión sea irreversible e irrevocable. En el hipotético caso que muera para la red, para el plano virtual, no puedo seguir siendo el mismo en el mundo que concebí como real. En cambio, si muero por fuera, es decir, "realmente", la Red no advertirá el suceso al menos que acuse falta de actividad. No es sino una inmortalidad simulada, puesto que continúa siendo un montón de datos en constante programación. Ese es el vicio y la virtud de la decisión: siempre se pierde algo, siempre se deja atrás una posibilidad, pero así como la mujer de Lot, no se puede mirar atrás sin antes quedar petrificado para los tuyos en esa encrucijada. Se muere para la Matrix, una gran metáfora de la caverna y de la Red, y se pierde la aventura de la simulación y la ficción; se muere realmente y no hay vuelta atrás, no hay garantía de que todo vuelva a ser lo que era ni que llegue a ser lo que podría llegar a ser...
Y tú ¿te has cuestionado alguna vez la naturaleza de tu realidad?
Tenía incrustada la imagen de un helicóptero yéndose a pique desde el Lunes. La imagen pegó fuerte a raíz del helicóptero que cayó en Colliguay y que provocó la muerte de seis trabajadores tripulantes del proyecto de la carretera eléctrica Cardones Polpaico. En la noche del Lunes, soñé justamente con un helicóptero haciéndose añicos. Caía cerca de la costa, a vista y paciencia de todos los porteños en un sector idéntico al molo. Conforme descendía girando estrepitosamente, se iba confundiendo con el mar. No sé quién me acompañaba en ese sueño, pero todo indicaba que se trataba de un espectáculo que salió trágicamente mal, y no de un simulacro o una operación de rescate. Cuatro días después del accidente, y de su sueño, la NASA daba a conocer el nuevo helicóptero que estaría listo para explorar la superficie del planeta rojo: el helicóptero Mars. Un sonido de hélices continúa sobrevolando el cielo de la sugestión. Unas se elevan para surcar el espacio, otras simplemente bajan para precipitar el desastre.
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