jueves, 4 de junio de 2026

Mi incursión tardía en la prosa me enseñó que para escribir, a veces, no se necesita un plan tan elaborado ni ambicioso, ni tampoco un tema tan elevado a disposición, tan solo una mirada atenta, una indagación obsesiva en un detalle que hace ruido, una cuestión que desentona con el conjunto, algo pequeño, minúsculo, pero que, en su aparición, desata el milagro de lo imprevisible, como el de un zorzal que, el otro día, se posó justo en el borde que da a la ventana en la parte inferior del dormitorio de mi hermana chica. El ave permaneció durante largos minutos agarrada a ese borde. Miraba para todos lados, con movimientos rápidos, hasta que fijó su cabecita en un punto, hacia el frente, a cinco pisos del suelo de concreto. Era tal su paciencia que parecía abstraída de sí misma o en un estado de suma concentración. La naturaleza se había expresado a través de esa mirada de zorzal. No había allí palabras porque no eran necesarias. La inminente caída o el inminente vuelo, el vértigo, lo pone uno.

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