Vi Un Poeta, de Simón Mesa Soto. En general, me mantuvo atento a la singularidad del protagonista y a la precariedad del entorno colombiano. Me conmovió en las escenas íntimas, muy avanzada la historia. Había, eso sí, algunas escenas hilarantes, seguidas de una alta carga de patetismo (de pathos) encarnada por el actor Ubeimar Ríos en el papel de Oscar Restrepo, un profesor y poeta fracasado que siempre vuelve a sus únicos dos libros premiados de juventud y ve en José Asunción Silva una especie de santo patrono que lo acompañará en sus momentos más solitarios.
Creíble y verosímil la actuación del poeta vulnerable, demasiado ingenuo en su ensoñación e incapaz de tomar las riendas de su vida. Eso lo lleva a proyectar sus ilusiones frustradas en una estudiante con talento para escribir poemas. En la relación entre el poeta y esa estudiante se desarrolla el punto más fuerte de la trama. Y, de paso, la crítica a los talleres y festivales de poesía no se hace esperar, y se expone continuamente su hipocresía, aunque con algo de caricatura, a ratos. De todas maneras, el drama de lo que allí ocurre queda luego sublimado con un golpe de realidad (como debía ser), porque el poeta está continuamente dándose de bruces con ella, hasta el punto de perder el control y verse sobrepasado.
Desde otro ángulo, ¿quién no ha sentido alguna vez que su sensibilidad es directamente proporcional a su torpeza para la vida cotidiana, con toda su crudeza prosaica? Y, sin embargo, no basta esa intuición para escribir poemas, ni para conjurar la poesía allí donde sobra la pasión, pero falta mucho oficio, todavía. Si usted se dice poeta, o lector de poetas, y se siente identificado/a, tiene que ver esta comedia drama, o drama poético, o como le parezca que sea denominada esta joyita cinematográfica.
Una crítica mala leche a la película citó un extracto de un poema del poeta Helí Ramírez, fragmento que me parece que rima muy bien con el tono de la película y que suelta una buena metáfora sobre el tan afanado deseo de reconocimiento:
Cuando siento como poeta
me pellizca un sentimiento
y el alma no me arde.
Los poetas
qué piñata
ombligos se creen del mundo
con gorrito de vino trasnochado.
En este país de brazos enardecidos y alma encabritada
son «héroes» de una angustia de hostería
y el de la chaqueta se considera la estrella
y el de corbata el número uno
Ignorando que cada poeta si lo es
solo aporta un pedazo de su alma al gran
poema de la humanidad.
Los poetas
qué piñata
como un electrodoméstico mendigan una vitrina.
Los poetas
qué piñata
estatuas de sal que a nadie paralizan
Ahora mismo, mientras releo este poema, investigué sobre el gran poeta nadaísta colombiano, Gonzalo Arango, y se me ocurrió citar unos versos que resonaron y que, creo, capturan poderosamente el sentir del malogrado poeta Restrepo en la ficción:
“Todo aquello que amé y viví hasta el delirio me ocultaba en su esplendor mi verdadera vocación: ésta de no poder vivir sino forjando mis sueños en el yunque de la soledad”.

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