Fui a ver Backrooms del director y youtuber Kane Parsons al cine Insomnia. En la sala se apreciaba una gran cantidad de cabros muy jóvenes. No deben haber tenido más de veinte años en su mayoría. Yo era, tal vez, uno de los más viejos allí presentes. Eso se explicaba por la sencilla razón de que el fenómeno comenzó con un viral de internet. Había que ver la película en el cine, para dimensionar de manera más directa esa sensación de claustrofobia y de paranoia que te impregna la idea de espacios cerrados, vacíos, abandonados, despojados de su uso corriente para albergar lo extraño y lo retorcido. El joven Parsons ya se había hecho conocido luego de dirigir cortometrajes en youtube basados en esos Backrooms, espacios amplios y deshabitados de paredes amarillas, similares a oficinas en donde ocurren cuestiones fuera de toda lógica. Lo realmente espeluznante y fascinante es que dicha idea se viralizó en un foro de 4chan luego de que un usuario anónimo subiera una foto de esos espacios, con una leyenda que le agregaba elementos sugestivos de terror. Fue así que la cuestión evolucionó hasta volverse un "creepypasta". Cada integrante del foro le fue agregando cosas más extrañas y bizarras a la leyenda, hasta crear un verdadero universo Backroom, una especie de "cadáver exquisito" elaborado con puros delirios, sugestiones y miedos de los propios usuarios. Se trataría de un auténtico Egregor espacial, liminal, y ese es el género que la película Blackroom ha sacado del sótano del imaginario: el llamado "horror liminal", horror concentrado en espacios y lugares, ya no en personajes, entidades ni criaturas.
No pude evitar asociar el concepto liminal con la vieja teoría de Marc Augé respecto de los no lugares de la modernidad, aquellos lugares de paso, residuos de una sociedad productivista, centrados en el tránsito y no en el habitar simbólico. Esa misma sensación de despojo y de desarraigo puede hacer que aquellos no lugares engendren dentro de sí lo extraño, lo que parece desviado por falta de pertenencia, por una carencia profunda que despierta lo ominoso. El reverso oscuro de las fachadas modernas, el rincón desconocido y sombrío de las nuevas arquitecturas imponentes y grises puede tener su correlato idóneo en estos Backrooms de la película, y resulta que el Backroom, digamos, su horror liminal, tiene también su influencia en otras películas, videojuegos y libros, tales como El resplandor de Stephen King, luego llevado al cine por Kubrick, con su Hotel Overlook; El Cubo; Silent Hill; Carcosa; El bosque en El proyecto de la bruja de Blair; y las icónicas Carretera perdida y Twin Peaks del gran David Lynch. Cómo olvidar la Logia Negra y su naturaleza maligna, su inconciente traumático y onírico. Si nos remontamos al cine de Tarkovski, es cosa de acordarse de la clásica Zona de Stalker. Pienso también en William Burroughs con su Interzona en el Almuerzo Desnudo. Locura lisérgica total.
Quizá sea en la literatura en donde hay ejemplos más poderosos del horror liminal, del horror de los espacios que devoran la realidad o que devoran la mente de sus moradores, fagocitando su presencia. Comala de Juan Rulfo es un símbolo vivo en lo literario. ¿Espacio fantasmagórico? ¿Nicho de almas en pena? ¿Tierra de ecos muertos? En Tlön, Uqbar, Orbis Tertius de Borges quedaba patente de manera magistral esta idea de un mundo apócrifo e imaginario, a medio camino entre la utopía y la distopía, creado por una sociedad secreta para suplantar al mundo real, y con él, a sus propios huéspedes. ¿No será esta, acaso, la mejor metáfora del metaverso y de la creciente IA? En Backrooms, los personajes que merodean los pasillos amarillos son conducidos, poco a poco, a la locura y a la muerte, solo para ser sustituidos (o transformados) en una copia mal hecha y deforme de sí mismos. Un verdadero imbunchaje liminal, muy en la línea de lo que hace la IA con nosotros al suministrale nuestra voz, nuestro rostro y nuestra figura. Auténticos golems virtuales sin otro espacio que el liminal en el vacío de la red. Datos desechables arrojados a la zona prohibida para su desaparición. Y lo humano, arrojado al abismo de lo real, sin otro lugar que su obsolescencia.
El Instituto de Investigación Async, en la película, cumple un rol misterioso. No se sabe si fueron ellos los gestores de Backrooms, cuestión inverosímil, o más bien se trata de un grupo de investigadores con mucho poder que busca profundizar en la arquitectura caótica de los Backrooms con fines espurios. Creo que fue una decisión acertada el no haber dado mayores referencias, para sumarle otra capa de incógnita al asunto, salvo el visionado del principio, que respondería a una grabación ficticia del año 1990, época en la que Async habría descubierto "El Complejo". Esto me retrotrae, de inmediato, a la película El Cubo de Vincenzo Natali. En la primera entrega se reforzaba una atmósfera kafkiana al no dar ninguna explicación fehaciente respecto del origen del cubo, quiénes lo crearon y con qué fines. Luego, en las siguientes entregas, se revela el misterio. Acá en Backrooms ocurre algo distinto: es en realidad "El Complejo" el que escapa a toda comprensión humana y por eso mismo se emparenta mucho más con el universo lovecraftiano que con alguna otra idea de ingeniería o arquitectura distópica. Al ser un espacio liminal incierto, con una cualidad voraz que engulle y fagocita todo aquello que osa merodearlo, puede, por lo mismo, tener un potencial proteico alucinante. Pueden surgir de ahí verdaderas intrigas, historias paralelas en torno a los experimentos realizados por Async o bien pueden construirse otras películas u otros proyectos basados en El Complejo original, que hagan crecer aún más al "monstruo liminal", como si se tratara de un laberinto que se complejiza al ser recorrido, un rizoma demoniaco que deviene conciencia sobre la entropía del universo, que encarna ella misma el caos como única salida posible.
Al terminar la película, trataba de encontrar la puerta al exterior de la sala para ir al baño. Todo muy oscuro aún. Me sugestioné a tal punto que vi en cada espacio vacío esa potencia de lo insólito. Valparaíso mismo, de noche, está atestado de Backrooms, auténticos callejones salvajes, pura intemperie que aguarda lo entrópico, según sea la psicología y el laberinto interior de sus visitantes y moradores. Valparaíso mismo puede ser nuestro propio "Complejo". Y para honrarlo, toca perderse en él.
Si aún no ha visto Backrooms, vaya corriendo a verla al cine. La entrada, eso sí, no garantizará la salida.

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