jueves, 23 de febrero de 2023

Cavilaciones sobre el Monstruo

Tras el despertar del "Monstruo" hace un par de noches, estuve analizando bien su figura, su naturaleza, después de ver un listado de artistas caídos, “devorados” y cavilé sobre aquello que lo caracteriza: su apetito, y aquello que lo provoca. Solo puedo decir: nunca se trata de algo homogéneo, porque su voracidad está circunscrita a la situación del espectáculo, en relación con la coyuntura de la sociedad en determinado momento; y su presa, proveniente del mundo de la música o el humorismo, solo tiene constancia de su aparición en la medida que el Monstruo comienza a mostrar las fauces, inevitablemente, cuando ya es demasiado tarde. El Monstruo aparece siempre allí donde acaba la corrección política de los animadores y comienza el grito de la galera. Si los artistas de Viña menos aventajados pudieran anticiparse a su hambre, podrían salir ilesos, pero ¿cómo saberlo? hay algo en aquella criatura colectiva, intangible que, cual perro en jauría, lo mueve, más allá de la formalidad del show: es el sentir espontáneo de la audiencia que impone su propio código feroz, allí donde huele flaqueza, debilidad o mal gusto, y esa imposición se siente, en ocasiones, arbitraria, injusta, pero, las más de las veces, merecida, oportuna. O el Monstruo es una resonancia del instinto colectivo del momento o bien una representación metafórica del clamor popular. Solo quienes somos cómplices por ver con morbo su engullida, podemos descifrar su devastador simbolismo, al alero de los relatos y las narrativas que lo circundan.

Enrique Vila-Matas: “Mi discrepancia frente al presente es grande. Si me preguntan, digo que estoy en contra de todo”

-¿Qué opina de la autoficción? ¿Montevideo puede ser leída en clave autobiográfica?

-Últimamente, en mi país se empeñan en adosarme palabras espurias como autoficción. Y bueno, está claro que en todos los relatos, en todos, absolutamente todos los relatos de todos los tiempos, hay un ineludible fondo personal. Lo recuerdo a veces, en cuanto me llega la pregunta cliché por excelencia. Me dicen: “Y dígame usted, ¿cuánto de autobiográfico hay en su autoficción?”. Y mi respuesta es: “Nada de autoficción, por dios, qué manía. Solo hay ficción a secas, sin más, como en la Biblia, detrás de la cual también estaba alguien creando algo, en primer lugar, para sí mismo”. El otro día, en la televisión, donde uno no puede con las palabras dar muchos rodeos, me preguntaron qué tenía contra la autoficción. Dije: “Nada. Solo que la palabra ficción es más breve que la palabra autoficción y porque hasta la no ficción es para mí ficción”. Me faltó añadir que, como ya explica el narrador de Montevideo, cualquier versión narrativa de una historia real es siempre una forma de ficción, ya que, desde el instante en que se ordena el mundo con palabras, se modifica la naturaleza del mundo.

-¿Tiene una opinión sobre los debates actuales en el ámbito literario: las “cancelaciones”, los reclamos de paridad de género, las tomas de posición ideológica?

-Mi discrepancia frente al presente es grande. Y si me preguntan, digo que estoy en contra de todo. “Para ser realmente contemporáneos hay que ser intempestivos, ligeramente inactuales”, gritaba Nietzsche desde su ventanal de Turín. Así que trato de seguir construyendo mi obra, inasequible al desaliento y a la actualidad. Me adhiero a mi tiempo, porque es inevitable (“No te preocupes por ser moderno, porque desgraciadamente lo serás”, decía Dalí), pero, a la vez, tomo distancia del presente, puesto que a fin de cuentas solo así, desde esa posición desplazada, puede abrirse paso la distancia crítica, la discrepancia frente al presente.

-¿Qué perspectivas tiene la literatura en el panorama actual?

-Creo que con el tiempo, la humilde literatura, no relacionada con el poder, será la única que, por no haber sido precisamente humillada, perdurará.

“Mi discrepancia frente al presente es grande. Si me preguntan, digo que estoy en contra de todo” - LA NACION

"El humor es un escenario complicado y yo apelo a que toda la gente, independiente de su ideología, se ría". Rodrigo Villegas, otro de los nuestros.
La época del linchamiento y la corrección política. Una época que no ríe: "Después de anticipar los linchamientos digitales y de poner en evidencia los debates polarizados y la falta de sentido crítico, Juan Soto Ivars (Águilas, 1985) aparca su faceta ensayista y publica ‘Nadie se va a reír’ (Editorial Debate), una crónica novelada sobre la historia de Anónimo García, condenado por una acción humorística cuyo objetivo era poner en evidencia el afán carroñoso de algunos medios de comunicación."

Ahora los libros de Roald Dahl serán reescritos para no resultar ofensivos. En Charlie y la fábrica de chocolate, se cambiará la palabra "gordo" por enorme y se quitará la palabra "feo". En Matilda, la referencia a escritores como Joseph Conrad y Rudyard Kipling será sustituida por John Steinbeck y Jane Austen. Motivo: presunto "supremacismo e imperialismo". El virus de lo woke pretende infectar la literatura entera. Un revisionismo literario que simplifica toda complejidad de la obra, que es otra forma de apropiación cultural y que responde a los lineamientos de la narrativa imperante. Roald Dahl tiene casi sesenta cuentos y, en serio, hay que tener una visión del mundo retorcida, neurótica y perversa para considerarlo un autor ofensivo. Lo dicho: estamos viviendo una esquizofrenia, una ruptura con la realidad, un mundo paralelo guiado por imbéciles.

“Estas prácticas de censura ideológica y la autocorrección, que en ocasiones inducen a eliminar o no mostrar y en otros casos a integrar temas tendencia, instrumentalizan la literatura, empobrecen la oferta editorial y van en detrimento del riesgo, la diversidad, la libertad artística y el espíritu crítico”

miércoles, 22 de febrero de 2023

Escuchó claro: "ándate", y entonces supo que el Monstruo había despertado, voraz, insaciable, luego de tres años de hambre.

martes, 21 de febrero de 2023

Octubre negro

Una turba me perseguía. Era una turba no muy distinta a las que se formaban en las manifestaciones del Octubre Rojo o en las contra marchas del otro bando, aquellas en que se dejaban ver carteles con la consigna Patria o Caos. La cosa es que, ante la premura por arrancar de mis perseguidores, nunca conseguí distinguir de cuál de los dos bandos eran. Si no podía saber quiénes eran, tampoco podía saber por qué me perseguían.

Al no poder definirme en medio de la huida, el rostro de la amenaza era difuso, pero su peligro era real. Corrí lo más que pude en medio del anochecer, en una avenida semejante a la Avenida Pedro Montt. Traté de esquivar a mis perseguidores metiéndome por algunos callejones, aunque sin posibilidad de perderlos de vista.

A medida que corría, trataba de recordar qué había pasado: por qué a mí, si había formado parte de ellos y me descubrieron o era del bando enemigo. Hacía un esfuerzo increíble en tratar de recordar mientras arrancaba por mi vida. Nada. Solo urgía apurar el ritmo de mi corazón cada vez más convulso. ¿Cuál era la bandera por la que iba a ser sacrificado? Ninguna respuesta podía salvar mi situación. Seguí corriendo como si ya no quedara calle.

Miraba hacia atrás repetidas veces, y los perseguidores continuaban ahí, interminables. Fue tal mi desesperación que, en un momento, pensé en arrojarme a la calle con el riesgo de ser atropellado. Ni siquiera la policía se había manifestado, en esos frenéticos instantes. Las calles, como nunca, lucían despejadas, aunque repletas de neumáticos, restos de bombines y señaléticas destruidas.

Como pude traté de perder a los perseguidores al llegar a una plaza gigante. Me adentré en ella como quien se adentra en un bosque salvaje. No había focos ni luces. Corrí dentro, sin parar, con la esperanza de hallar una salida o, al menos, una luz encendida.

Al otro lado de la plaza, parecía que ya había recorrido lo peor. Había salido de la oscura plaza y ya no sentía venir a mis perseguidores, pero era demasiado pronto para cantar victoria. Ellos pudieron haber tomado un desvío para pillarme por sorpresa, así que seguí corriendo calle abajo.

Al llegar a la esquina próxima a mano derecha, pude divisarlos. Ninguno de ellos estaba dispuesto a claudicar en su misión, por lo que corrieron con más prisa que antes. Retrocedí sin pensar y me eché a correr calle arriba, prácticamente, al límite, en mis estertores.

Corrí sin mirar atrás, hasta que di a cien metros con un vehículo, el primer vehículo en ese espacio denso y en esa noche que parecía la noche después de una purga. Fui por ese vehículo a buscar ayuda. Una mujer estaba al volante, una mujer entera de negro, con el pelo tan largo que le tapaba el rostro. Me subí a su auto rápido y le dije, alterado, que me llevara, que acelerara, que me perseguían. La mujer, sin respuesta, solo atinó a darle marcha al vehículo y a partir por rumbo desconocido, entre medio de unas calles paralelas.

–Llévame lejos-, le repetí, a la misteriosa mujer al volante.

-Ponte el cinturón-, me dijo, con una voz baja, seria.

Así, el auto avanzó lo suficiente para perder de vista a los matones que buscaban liquidarme. La mujer conducía con una tranquilidad inquietante, pero sin decir mucho.

-Te debo una. Me venían persiguiendo-, le dije a la mujer.

-Es tu día de suerte-, repitió ella, mirándome levemente, con tal de no dejar ver su rostro. Luego, volvió a concentrar su mirada en el camino.

-Así que te perseguían ¿Ladrones? ¿Pacos?-, preguntó ella, mientras conducía.

-No lo sé, eran unos tipos extraños.

-¿Pero venías de alguna parte?

-Ya no recuerdo. Solo sé que me perseguían, y temí por mi vida.

-¿Y adónde vas?

-Supongo que donde vas tú-.

Silencio por unos segundos. No dejé de mirar a la mujer. Ella siguió concentrada en el camino.

-Hay un montón de pacos en la próxima avenida-, dijo. –Dicen que un hombre escapó de prisión, no muy lejos de aquí-.

Su afirmación me tomó por sorpresa. Miré, esta vez, hacia afuera. Comenzaba a llover. Traté de recordar de nuevo qué había pasado antes de mi persecución. Cualquier intento por recordar era inútil.

-No sabía que había una prisión por acá cerca-, le contesté a la mujer.

-Pues sí. Es muy peligroso allá afuera-, dijo ella. –Ya no puedes confiar en nadie.

La mujer despegó su mirada del camino y la dirigió hacia mí. Algo en ella me produjo escalofríos. No despegaba su mirada de la mía. Yo miraba al volante, temiendo que perdiera el control del auto. De pronto, se abrió lentamente parte de su chaqueta de cuero para dejar ver un tatuaje encima de su seno derecho. Ese tatuaje era una bandera chilena negra. Fue cuando vi ese símbolo en su tatuaje que comencé a recordarlo todo. La insurrección, la quema, la conspiración y, luego, el golpe.

El rostro de la mujer se desencajó. Su mirada fría se volvió amenazante. En la medida que recordaba cada episodio de aquel tiempo, mi miedo crecía. En un instante, sin que me diera cuenta, sacó una pistola y la apuntó hacia mí, sin perder de vista el volante.

-Te pillé, maldito-, dijo ella. –Por fin, te pillé-.

Con un arma apuntando a mi cabeza, totalmente paralizado, no podía creerlo. Ella dejó ver su rostro, oscurecido por la noche y por la historia. Mi corazón latió como nunca.

-Lo tengo. Aquí está-, repitió la mujer. Había activado un sistema de voz en línea. Fue ahí cuando supe que ella estuvo siempre en contacto con mis perseguidores. Ellos eran los que usaban la bandera chilena negra. Iba a ser sacrificado en su nombre. Seguramente, ese era el objetivo.

Advertí realmente lo que estaba pasando. Ella estaba decidida a vengarse. Así, recordé de golpe lo que había ocurrido después de aquel octubre.

El vehículo siguió su camino a través de una carretera que parecía eterna, mientras que ella me seguía apuntando, sin perderme de vista.

-Más vale que te prepares ¿oíste?-, dijo, con enfado. –De esta no te salvas-.

-Esta no es la forma-, le respondí, -Irás detenida, al igual que los otros-.

-¿Que voy detenida? Jajaja, las patitas del hueón. Siempre tan careraja. Las cagaste. Tú eres el único prófugo acá-.

-Estás completamente loca. Esto se tiene que acabar, ahora. No puede seguir-.

-Te equivocas, esto acaba de comenzar-, dijo ella, con voz fuerte. –Pagarás cara tu traición-.

Tan pronto como ella volvió su mirada al volante, unas luces se divisaron a lo lejos, unas luces que apuntaron hacia nosotros. Eran tan fuertes que no alcanzaba a distinguir si era la policía o si se trataba de otros agentes desconocidos. Cegada por las luces, ella perdió el control del volante. Aproveché para zafarme. Forcejeamos. Le traté de quitar el arma para poder escapar, pero, en medio del forcejeo, el vehículo se fue a la deriva, saliendo disparado fuera de la carretera.

Malherido, desangrado, volví a mirar su rostro, también ensangrentado, lleno de lágrimas. Mi corazón perdía su ritmo, a medida que aquellas luces bélicas se acercaron a nosotros, en medio de la salvaje oscuridad del bosque. Comencé a perder la consciencia. Comprendí, entonces, que la memoria quema y el fuego no tiene otro rostro que la disolución.

lunes, 20 de febrero de 2023

No hay un afuera del sistema, querido ex amigo revolucionario, el sistema también son tus creencias y paradigmas.

domingo, 19 de febrero de 2023

Carlos Iturra: "La dictadura de lo progre, el buenismo, la papilla intelectual, no tolera más que una manera de pensar".

Usted afirma que la cultura está “colonizada por la izquierda”. ¿Qué significa eso?

Nada más contrario a la cultura que la inducción encubierta, esa manipulación bienintencionada de los que son proselitistas antes que cultores o cultivadores. Trabajan la cultura, desde Gramsci y la Escuela de Frankfort, para inclinar insidiosamente las opiniones del público. La verdadera cultura, en cambio, no la que persigue fines espurios, es la que proporciona materiales suficientes, diversos, opuestos incluso, para que cada uno “cultive” su propia opinión, una opinión libre.

¿Cómo ha sido para usted moverse en ese ambiente? ¿Dónde están los escritores de derecha?

Bueno, como te decía… Más que un mundo cultural de derecha, en oposición al de izquierda, y que en todo caso sería conveniente para la ciudadanía, que podría disponer de una referencia cultural menos hemipléjica, lo de veras necesario es un mundo cultural centrado en la cultura, no al margen sino por encima de la política y más allá del proselitismo partidista que tanto vemos, un mundo cultural que creyera de verdad en la capacidad de la cultura para hacer mejor al ser humano, intelectuales y artistas convencidos del poder que la cultura tiene por sí misma para embellecer la vida y aplacar el dolor, sin necesidad de inyectarle energizantes ideológicos ni estimulantes políticos, y en el que lo periférico fuese justamente esa versión de la cultura como sierva de la ideología.

Paula Jones (cuento)

 Ejercicio de reescritura del cuento de una compañera de un taller de narrativa:

-Usted será la que porte el estandarte de nuestra institución. Siéntase honrada- le dijo la directora a Paula.

Ella asintió con una sonrisa leve, apenas dirigiendo la mirada. Fue así que aquel 21 de Mayo, Paula Jones, la “Lady Di” del Liceo Fiscal de Concepción, fue elegida para portar la insignia, durante el desfile en conmemoración de las Glorias Navales.

-Hoy es un día especial, porque, como todos los años, corresponde recordar a los héroes que murieron por nuestra patria. Ustedes, señoritas, mujeres de bien, tienen hoy el honor de servir a la causa de los héroes y honrar su memoria- dijo la directora dirigiéndose a las estudiantes, de forma pauteada, como en tantas otras ceremonias.

La atención de todas las jóvenes estaba puesta en cualquier parte menos en la directora y en su discurso. Ellas fueron ordenadas inmediatamente por la profesora jefe en la fila, para seguir la marcha de acuerdo a los protocolos. Paula sabía que la habían elegido solo por su porte y su facha. Sin embargo, sabía que todos hablaban a sus espaldas. En cuanto Paula se dirigió a cargar con la insignia, entregada por una funcionaria del Liceo, algunas compañeras suyas se arrimaron a la fila principal.

–De nuevo le tocó a la Jirafales-, dijo una de ellas.

–La florerito- dijo otra.

–A esta no la pescan ni los papás- comentó la primera, quizá la más cruel.

-¿Qué tienes con la Paula, tonta, imbécil? Ya quisieras ser como ella- dijo la Antonia, una joven baja pero de carácter fuerte. Las compañeras molestosas siguieron riéndose y luego fueron distanciadas por la profesora jefe para dejar espacio.

–Tranquila, amiga, no les hagas caso- le comentó Paula a su amiga luego de defenderla.

–Gracias, de todas formas. Ahora ayúdame a sostener un poquito esta insignia-.

-Sí, no hay problema, amiga-.

Sin perder la postura y el ritmo, Paula cargó el escudo a lo largo del recorrido y lo hizo de una forma ejemplar.

-Fiufiu- le silbaban algunos cabros del Liceo de Hombres, observando a un costado de la Plaza. –¡Me enamoré! Guachita- le decía uno de los jóvenes más osados, compartiendo su gracia con los de su grupo.

Paula Jones no claudicó en su camino y siguió adelante, con una actitud cada vez más entusiasta. Parecía una provinciana “princesa de Gales”, una joven inglesa sudaca, incomprendida por el vulgo pero, al mismo tiempo, admirada por su temprana realeza.

Al acabar el desfile, Paula se despidió de algunas personas de la comunidad educativa y fue directamente con su amiga.

-Uff por fin terminó. Ya estaba cansada.

-Sí, Pauli. Pero bueno, tenemos que hacerlo, porque somos chiquillas de bien

-Si tú lo dices.

-Por supuesto, mira… ahora vayamos a saludar a unas amigas-

-Nah mejor no-

-¿Por qué?-

-Es que tú sabes que las compañeras se la pasan burlando de mí. No sé qué les he hecho yo, la verdad. Yo no me meto con ellas.

-No pesques leseras, Paula. Solo fíjate en cómo celebró la gente en el desfile y cómo te vieron al pasar. Lo hiciste de maravilla, créeme. La directora estaba orgullosa.

-Sí, pero porque es ella.

-Pero por eso. Si a la gente le agradas, no tienes por qué sentirte así.

-Sí, está bien, amiga, en realidad son tonteras mías.

-Y a las otras que se burlan de ti, nunca las elegirán para estandarte.

-Es verdad. Gracias amiga. Dame un abrazo.

Ambas amigas se dieron un abrazo apretado.

-Entonces ¿vienes?

-Mejor que no, me voy a la casa, me está esperando mi abuela

-Ok, amiga, no hay problema, cuídate. Adiós.

-Bye.

Antonia fue con su familia a sacarse unas fotos, mientras Paula regresó sola a casa, aliviada por el éxito del desfile, aunque muy agotada por dentro.

Volvió a casa con su abuela. Ella le esperaba siempre con un plato de comida luego de regresar del liceo.

–Mi niña ¿cómo le fue en el desfile?- preguntó la abuela apenas vio llegar a su nieta.

–Bien, Tita, me tocó llevar la insignia del Liceo. De verdad que estaba muy nerviosa al principio, pero al caminar por las calles, llevando el estandarte, con toda la gente mirando, sentí, no sé, una tranquilidad, un poquito de orgullo-.

-Me alegro, mi niña. Si aparte de hermosa, como su madre, salió habilosa, como su padre. Estoy tan orgullosa-.

-Gracias, Tita. Sí, un poco de alegría que sea. Igual estoy un poco cansada eso sí-.

-Me imagino mi niña, si desfiló por toda la ciudad. Vaya a su pieza a tomar una siesta si quiere.

-Sí, buena idea, Tita, aunque primero quiero que hablemos-.

-Cómo no, Paulita, voy a servir un poco más de comida y vuelvo-.

-Sí, por favor, que le quedaron excelentes las lentejas-.

La adolescencia de Paula transcurría al amparo de su abuela. Aunque, en realidad, fue la madre de Paula quien la dejó a cargo de ella, antes de partir a Suecia con un hippie burgués exiliado desde el 11 de Septiembre. Su excusa fue ir en busca de mejores oportunidades para luego regresar y traer consigo a ambas mujeres, una vez acabara el gobierno militar. Por eso, continúan esperando a que la madre de Paula se digne a regresar, con la esperanza de un futuro mejor. Aguardar por la madre implicaba, en cierta medida, aguardar por una alegría que se resistía a venir pero a la que tocaba encomendarse, merced a los tiempos aciagos.

La abuela de Paula volvió al rato con el plato de lentejas. Lo sirvió a su nieta con sumo cuidado. Paula la miró sonriente.

-Paulita ¿qué era lo que tenía que decirme?- le preguntó la abuela.

-Quiero que hablemos sobre mi mamá y mi papá, abuela. Casi nunca tenemos tiempo de conversar Tita, entre que estudio y voy al liceo, y usted entre que hace sus arreglos de costura, nunca nos damos el tiempo-.

-Sí lo sé, mi niña. Sé que a veces no nos hablamos mucho, pero lo importante es que estamos para cuidarnos…-

-Así es pues, ahora dígame, ¿qué es lo que sabe realmente sobre mi padre?-.

Ante esa pregunta, la abuela se mostró pensativa. El padre de Paula era un escocés inmigrante, ingeniero en minas radicado en la central hidroeléctrica de Cousiño. Luego de entablar una vida con la madre y reconocer legalmente a la hija, el ingeniero sintió que ya había cumplido con su responsabilidad. Entonces, al poco tiempo, su padre lo envió a continuar un posgrado en la Universidad de Oxford, yéndose a Inglaterra para jamás volver.

La abuela de Paula sabía que hablar de su padre era un tema delicado. Por eso, cada vez que su nieta le preguntaba por él, trataba de decirle las cosas directamente, procurando no hacerla sentir demasiado mal.

-Mi niña, su padre hizo su vida lejos. Recuérdelo siempre en esos libros tan hermosos que le dejó, esas novelas de literatura inglesa que tanto le gusta leer a usted-.

-Pero estoy segura, Tita, que usted sabe más cosas sobre él. Se fue tan luego. Aún me cuesta comprenderlo. A veces leo los libros que me dejó, abuela, e imagino que está aquí de vuelta, por alguna razón-.

-Sí lo sé, Paulita. Todos necesitamos a nuestros seres queridos, pero a veces es necesario no preocuparse tanto. Usted es muy joven y tiene todo un futuro por delante. Eso de seguro hincharía de orgullo a su padre y a su madre-.

-Y ahora dígame, Tita, ¿qué habrá sido de mi madre? Dígamelo francamente ¿realmente cree que volverá, como ella dijo alguna vez?-.

La abuela permaneció pensativa, nuevamente. Hablar de su hija, la madre de Paula, siempre era un tema delicado para ella. Dejó de comer el plato de lentejas y bebió un poco de agua.

-Su madre, niña mía, prometió volver ¿cuándo? No lo sé, pero usted no debe preocuparse, como le dije.

Tomó a Paula de las manos.

-Le repito, Paulita, que ahora debe enfocarse en su vida y su futuro. Yo, su abuela Tita, estaré lo que me queda de vida para ayudarle, Dios mediante.

Paula la miró a los ojos. No pudo ocultar cierta insatisfacción por las respuestas bienintencionadas pero ambiguas de su abuela. Ella, a toda costa, esperaba, algún día, saber toda la verdad sobre sus padres.

-Abuela, sé que quiere todo lo mejor para mí, y yo también para usted. Le amo, pero siento que algo me oculta. Por favor, aunque sea doloroso, le pido abuelita, que se sincere conmigo. No sabe usted lo que sufro, tratando de entender el por qué mi mamá y mi papá se fueron siendo yo tan niña. No sabe lo que se siente que hablen a tus espaldas y te traten de huacha, sin yo tener idea de nada. A veces me siento tan desolada, abuelita. Y no es su culpa. Es solo que quiero despejar esta duda que llevo dentro de mí.

Tita no alcanzo a contener las lágrimas, conmovida ante las palabras de su nieta. Pero con resolución, bebió otro vaso de agua y se dignó a confesar.

-Está bien, mi niña. Si quiere saber qué pasó con su padre y su madre, la entiendo. Sé que usted ya está grande y es capaz de comprender, así que le voy a contar-

Paula se secó las lágrimas, bebió del vaso de agua de la abuela y se dignó a escuchar.

-Quiero que sepa que su madre ha enviado esas cartas con mucho cariño hacia nosotras. Pero me temo, mi niña, que ella no volverá pronto.

-¿Pero cómo así, Tita? Pero si ella dijo que regresaría en algún momento.

-Sé que aún confía en ella, después de todo, es su madre y es mi hija, pero no quiero llenarle la cabecita con falsas esperanzas. No le haría bien a su corazón. Ella ya hizo su vida al igual que su padre, lejos de nosotras.

Paula cerró los ojos y volvió a llorar. La abuela le apretó las manos.

-Tranquila mi niña, no se aflija, yo estoy aquí para protegerla. Le prometo que saldremos adelante. Dios está con nosotras.

-¿Por qué?- se preguntó Paula con la voz triste y entrecortada –Tita ¿por qué tiene que ser así? Dígame ¿por qué? Todos me llaman huacha. Eso es lo que soy, abuela, una huacha.

Ambas mujeres se abrazaron fuerte para contenerse. Paula no podía con la realidad de su orfandad, pero tenía a la abuela que era su cable a tierra. La abuela, a su vez, tenía a la nieta, que era la única de su familia digna de permanecer a su lado, su tesoro más preciado.

-Ahora abuela dígame la verdad-

En ese momento, Paula sostuvo con las manos los hombros de su abuela.

-¿Mi padre no volverá nunca?-.

La abuela apenas se animó a decir algo y se limitó a mirarle a los ojos y negar con la cabeza. Paula, un poco más calmada, hizo una mueca leve con sus labios, señal de resignación.

Se secó las lágrimas suyas, también las de la abuela, y se acomodó para volver a hablarle directamente.

-Ahora sé que nunca volverán, Tita. Yo quiero mucho a mi madre, pero no puedo seguir así. No podemos seguir así, abuela.

-Es cierto, mi niña.

-Y mi padre, nunca lo entenderé, pero no puedo esperarlo toda la vida.

-Así es, Paulita.

-Vamos a hacer algo por nosotras, abuela.

Desde ese momento, ambas mujeres decidieron seguir con sus vidas, sin importar el pasado. Paula se propuso salir de Concepción en cuanto terminara sus estudios. Contaba con el apoyo de Tita. Quería irse lejos, donde nadie la conociera, comenzar otra vida en otro mundo. Tenía todo el derecho. Sus padres también lo habían hecho, solo que ella era libre de decidir, sin ninguna culpa.

Paula comenzó entonces a trabajar en sus tiempos libres para ahorrar dinero. Empezó como ayudante en un taller de costura, por medio del contacto de su abuela, y luego se dedicó a ser promotora de una agencia publicitaria. De esa manera, fue reuniendo el dinero suficiente para costear el viaje que ella había estado planeando, el viaje de iniciación.

Nunca más volvería a ser la huacha de Lota. Paula sería, desde ese momento, una princesa solitaria, errante, tanteando un posible destino allende las fronteras.