Primera vez que me atiendo con una psicóloga. Sentí como si le hubiese pagado por conversar de la vida, o la falta de esta...
miércoles, 5 de junio de 2019
sábado, 1 de junio de 2019
Lo que hace radiactivamente brillante a Chernobyl, la nueva serie HBO, creo que es el tratamiento del desastre nuclear a raíz de su arista humana, más allá de lo meramente anecdótico. Aquí incluso observar los planos y las secuencias se siente como un agente de contagio. La amenaza viene desde dentro. Resulta incomprensible en un principio. Luego, arremete de manera sigilosa, contaminando todo a su paso, lentamente como veneno surcando las arterias. Lo terrible de la radiación era que pillaba desprevenido hasta a los peces gordos, no sabiendo cómo lidiar con semejante enemigo invisible. Nadie estaba preparado para tamaño desastre. Solo tocar a un infectado o rondar el perímetro de la explosión te volvía una víctima en potencia. La radiación te tocaba y no había vuelta atrás. Un cagazo técnico que mantuvo en vilo prácticamente a medio Occidente, durante años. Sus efectos, subliminales, traspasan el filtro de la historia, colándose en nuestro inconciente, en forma de visionado. Somos testigos del hecho pero, a la vez, lo padecemos. Seguimos vivos al momento de rememorarlo, pero prontamente muertos, una vez que ya ha invadido nuestro tejido existencial.
viernes, 31 de mayo de 2019
"Cobro 10 lucas la hora", le respondí hoy a una alumna que me había consultado por clases particulares, para reforzamiento de lenguaje. "Barato", dijo ella, convencida sobre el precio del servicio. Una compañera suya, que estaba cerca, y había escuchado la conversación, se sorprendió y preguntó en qué andanza rara andaba. "¿10 lucas la hora? Profe, cuente, ¿en qué anda?", volvió a preguntar, insistente como ella sola. La otra cachó la talla, pero se quedó piola a un costado del asiento. "Lo que cobro por clase hecha pues", le dije a aquella chica, despejando cualquier clase de duda sobre mi integridad profesional. "No vaya a pensar otra cosa", le repetí. "Aaaah ya", remató la alumna, atreviéndose a insinuar, aunque fuese en broma, que su profesor podía estar incurriendo en alguna clase de emprendimiento carnal para poder sumar ingresos y llegar así a fin de mes, airoso, exultante.
jueves, 30 de mayo de 2019
¿Qué significa “hacerse hombre”? ¿Ganarle a quién? ¿A la muerte? ¿Defender tu metro cuadrado como gato de espaldas? ¿Enfrentar el chaparrón? ¿absorberlo a rostro descubierto? ¿Aplicar el código del samurái? ¿el código del perro fantasma? ¿Meterse la vida real al bolsillo? ¿conjurar la noche cuando aguarda la bestia? ¿volverse un animal al momento del sexo? ¿un cervatillo al momento de la ternura? ¿ofrecer un universo de confort? ¿vivir una vida que no sea apócrifa? ¿amar el proceso más que el fin? ¿invocar el riesgo y revocar el obstáculo? ¿crear una coraza impenetrable? ¿desarmar la coraza del mundo? ¿amar a la mujer; amar la bendición? ¿asumir un compromiso y a la vez cagarse en la prerrogativa? ¿urdir un plan y descartar su cuota de miseria? ¿para quién? ¿para ti? ¿asesinar el ego sin dejar evidencia? ¿rugir cual león enjaulado? ¿reír cual hiena nihilista? ¿observar el abismo, limpiarse los bigotes y luego ser observado de vuelta? ¿derrocar el sistema; volverlo tu imperio, tu laberinto personal? ¿matar al padre? ¿abrazar a la esfinge? ¿intuir el sinsentido; el borrón universal? ¿volverlo escritura? ¿volverlo tachadura?
Se cortó la luz en el preu mientras los cabros realizaban un ensayo psu. Inmediatamente, de un silencio absoluto, la clase pasó a un auténtico zafarrancho. Los celulares, que estaban guardados por motivo de la instancia solemne, se volvieron luminarias en medio de la oscuridad general. "¿Qué pasó, profe? ¿qué pasó?" gritaba una chica consternada. Otros no aguantaban la risa nerviosa. "Ahora, copiemos!", gritaba un cabro de más al fondo, haciéndose el oportunista. Atiné entonces a prender mi computador aún con carga de batería, y le dije a los chicos que me esperaran hasta que subiera a la oficina y consultara la situación con la secretaria, única cara visible en esos instantes de emergencia. La secretaria miraba hacia la ventana exterior que daba a la calle. Afuera también se había cortado, a excepción del supermercado. Todo indicaba que se trataba de un desperfecto en el sistema eléctrico del plan de la ciudad, producto de los repentinos chaparrones. "Esperemos un rato a ver si vuelve", me decía la secre. Le confirmaba que era lo mejor. Pasaron cinco minutos. La luz aún no regresaba. Ya era hora de bajar y explicarle a los cabros que podían retirarse y dejar el ensayo para otra ocasión. Tan pronto fui con esa idea en mente bajando las escaleras, la luz retornó al instituto mágicamente. Cómo será que los cabros, presos de la ansiedad, ya habían anotado sus nombres en una lista y ya habían preparado sus mochilas para retirarse, movidos por el ánimo convulso post tinieblas. "Épale!", demasiado luego para retirarse. Para mi sorpresa, algunos ya habían apretado cueva sin mediar explicaciones. Otros tantos, honestos o demasiado embotados para despegar el culo del asiento, habían decidido quedarse a la última sesión de la jornada. Todos lucían más o menos conmovidos luego de semejante apagón, excepto uno. Un cabro que durante todas las clases se sienta en cualquier parte de la sala y no emite ninguna, pero ninguna palabra en lo que resta de tiempo. Un cabro extremadamente callado, hasta invisible. Sus compañeros apenas logran advertir su presencia. Seguramente, durante el lapso en que el instituto se volvió una fosa prehistórica, y la pizarra asemejaba la galería de la caverna de Platón, el cabro permaneció ahí, en esa misma posición impertérrita en la que había llegado. La fuga y posterior reinvocación de la luz no provocó ni un gesto de inmutabilidad en este solitario cabro. Tan pronto habían vuelto a funcionar los miserables tubos fluorescentes de la sala grande, el cabro daba por terminado el ensayo. Se arregló, pescó sus cosas, me entregó el papelito con el facsímil y se viró de ahí, indiferente como una estrella errante en un universo caótico. Para algunos, todavía no se había hecho la luz.
miércoles, 29 de mayo de 2019
Soñé cuestiones cuáticas estas noches, verdaderos golpes bajos. El lunes, por ejemplo, soñé que nos echaban a todos de la pega, sin razones aparentes. Anoche, soñé que una mina de años me pateaba. Pero nada fue tan brígido como cuando desperté, escuché el sonido de la lluvia y recordé que todavía tenía la ropa colgada de ayer. Tan solo recordar eso desestructuró por completo mi sistema.
Y ustedes ¿ya se acordaron de quitar la ropa colgada (de sus vidas)?
"Wow, al parecer no resultó, si sucedió es porque me dieron razones, cada uno que murió fue por algo", se dejaba leer en una carta dejada por un joven estudiante del Patagonia college en Puerto Montt. Habría iniciado una balacera, supuestamente luego de haberse sacado una nota roja en la asignatura de Química. "¿Quieren vivir o no?", les habría advertido antes a algunos de sus compañeros. Incluso le habría comentado a un profesor, que vio el documental de la matanza en Columbine (tal vez a modo de "inspiración"). Alcanzó a dispararle a uno de sus compañeros. Salió herido, sin gravedad. El cabro, por su parte, está detenido, esperando ser procesado. Primera vez que ocurre por estos lares que un estudiante se incrimine contra una comunidad educativa a punta de balas (en el verano recuerdo que hubo una amenaza virtual de un loco de derecho de la católica de valpo, que al final acabó en nada). El cabro en cuestión no alcanzó a perpetrar muerte alguna. Por ende, no se puede hablar de matanza. Sí de una intentona. No existe en Chile (todavía) una cultura del ataque a colegios por parte de estudiantes, como sí la hay en Estados Unidos. Este hecho frustrado podría tratarse, si me apresuran, de un comienzo, de un ensayo error. ¿Podrá ser posible que la estrecha relación con yanquilandia se haga manifiesta hasta en esas circunstancias? Por lo pronto, aún no existe la figura del lone wolf adolescente chileno. Se viene fraguando en ciernes o quizá solo es cuestión de tiempo para que entre en acción.
El mismo fenómeno que ocurrió con GOT ahora ocurre con Pacto de sangre: una gran masa de seguidores desencantados con el final. ¿Es Pacto de sangre acaso la nueva GOT? ¿Por qué la gente le exige finales lógicos a las series, y no se los exige a sus vidas? ¿Será que subliman las falsas expectativas de sus existencias a través del aparato de ficción? Interesante fenómeno, el de los finales infelices y su horda de detractores impetuosos.
martes, 28 de mayo de 2019
Cuático cómo una sesión de ensayo PSU se vuelve lo más parecido a una interpretación pedagógica del 4'33 de John Cage: un aparente silencio bajo el cual, sin embargo, se escuchan conspirar sonidos tales como celulares vibrando, murmullos, risitas, masticadas, hasta la voz del profe de la clase contigua. Un silencio protocolar, un silencio performático.
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