Locura por el pozo del loto de hoy domingo. El más alto en la historia de Chile, dice la periodista de Chv. Pregunta a la gente de la Vega en la fila qué haría con el premio mayor. Gente humilde. Gente que lo necesita pero no sabe muy bien para qué. La mayoría no sabe qué haría con tanta plata. Sus respuestas rondan en lo genérico. Ayudaría a mi familia, viajaría, compraría una casa, no trabajaría. Puros verbos hipotéticos. Si yo estuviese en la fila, tampoco sabría responder bien, razón por la que no voy a comprar el loto, o tal vez, razón por la que simplemente no me atrevo. Al negocio de la esquina entraba un caballero a pedir boleto. Serio como él solo. La señora que atendía le asintió con alegría, en el momento que la tele seguía con la transmisión de la Vega. Una serena expectación se dibujaba en la cara del caballero al buscar algún condenado apoyo donde poder adivinar su suerte. Supongo que lo que mueve a esa gente en la fila tanto como al caballero del negocio es un impulso de necesidad y de ambición revestido de remota esperanza. Me autoengaño, se autoengañan dilucidando qué harían exactamente con la plata. Imaginan escenarios. Idealizan una posibilidad improbable. En pocas ocasiones, maquinan un plan de acción. Esa improvisación, ese desconocimiento es el que mueve a los participantes a dejar su suerte al azar. "El sueño de todos los chilenos" penderá del hilo de la digitación azarosa. El rostro ansioso de todos indica que no saben muy bien lo que quieren pero lo quieren ya. La plata hablará por ellos. La plata hablará por su vida. El azar, cual santo patrono de los sueños, bendecirá o maldecirá su futuro.
lunes, 4 de febrero de 2019
sábado, 2 de febrero de 2019
Rumor sobre la muerte de Armando Uribe. De inmediato, la noticia falsa se viralizó cual letanía profana. Lo que no saben aquellos que hicieron circular la noticia es que el mismísimo Uribe confesó en alguna ocasión haber nacido muerto. La parca, para el viejo Uribe, más que terror o pánico, le produce disgusto. Un precio que se debe pagar como si fuera el autor de la existencia de ese mal. Sin embargo, lo que cruza casi toda su obra es el sentimiento angustioso de seguir vivo, muy a pesar de todo, muy a pesar suyo: “Los muertos que fuimos ya se aburrieron de estar muertos”.
Llegó la cruzada evangelizadora. Lo que hacía falta para convertir a la masa imberbe porteña: Libros y más libros.
martes, 29 de enero de 2019
Los libreros, entre ellos los de Metales pesados y Qué Leo, alegan contra la librería popular de Jadue por competencia desleal. La socia de Metales pesados sostiene que por qué mejor no refuerza las bibliotecas, y el de Qué Leo argumenta que las ofertas en los precios no deberían ser lo relevante sino que el catálogo más allá del precio general de los libros. En todo momento, el foco de atención está puesto en el libro en cuanto producto comercial. La discusión pasa por un asunto eminentemente financiero y, de soslayo, ideológico. El compañero Yuri en Valpo, por ejemplo, también se jacta de vender sus completos más baratos. Pero no hay ahí ningún otro vendedor de completos parándole el carro. Simplemente se instala, arma su negocio y ya. La cuestión es qué se gana rebajando el precio de los libros. Y, por otro lado, qué tiene que ofrecer el vendedor aparte de esa rebaja. Pienso tal vez en los locos que venden libros viejos en la O Higgins o en alguna que otra feria de antigüedades. De repente los compadres se exceden en los precios de los libros y a la larga no hay mucha diferencia entre comprar un best seller en la Antártica que en la misma calle, pero la gracia está en que en la calle hay más posibilidad de regatear y de encontrar variedad de literatura. Abundan en la calle los gruñones mercaderes de libros que venden los usados como si fuesen palta, pero también los aficionados que te hacen un precio pesando el valor "real" de tal o cual libro según su carácter de culto o su contenido particular. Es cosa de buscar con lupa y de sacar con pinzas.
sábado, 26 de enero de 2019
La firma sueca SPT que participó en la búsqueda del niño Julen caído en un pozo en Málaga también habría sido la que ubicó a los 33 mineros chilenos. La diferencia es que el niño Julen fue encontrado muerto al fondo del pozo luego de extraviarse durante más de dos semanas. Por lo tanto, no hubo aquí espectacularización de la épica del rescate, sino que espectacularización del luto sobre el desastre. Lo que sí une este hecho a lo ocurrido con los mineros es el grado de chovinismo latente que sugieren los medios de prensa. “Toda España se suma a la tristeza infinita de la familia de Julen”, tuiteó el presidente de gobierno. Chile se unía "en un solo corazón" para celebrar el montaje de la heroicidad de sus mineros rescatados. En cambio, España se une en un solo corazón para lamentar con suma congoja el destino funesto de la inocencia. Bajo la mirada del desastre renacen los ánimos nacionalistas. Lo individual, al verse susceptible, se suma al sentimiento del desastre que reflota con tintes de identidad colectiva. "Te podría pasar a ti" parecen decir. "Todos somos los mineros", "todos somos Julen" rezan las consignas, enarbolando un efectista sentido de la conmiseración, con tal de remecer un poco las conciencias de los entes civiles, borrachos de catástrofe, adictos al color humano de la política. Lo espectacular recae tanto en el sobreviviente como en la víctima del abismo, pero el abismo les devuelve la mirada a todos por igual.
La otra vez se nos acercó un compadre en el Muelle Prat y nos preguntó si podía quitarnos un poco de tiempo para hablar sobre los orígenes de distintas ciudades de la Región, a cambio de un poco de plata para salvar el día. Se presentó como un profesor retirado y licenciado en Historia que hace años, por abc motivo, dejó de ejercer para abocarse a lo que él llamaba "investigación errante" (sarcástica presentación que de alguna manera interpelaba mi hipotético futuro). Él mismo nos dijo si acaso queríamos saber aquel conocimiento de primera fuente. El aporte, por cierto, lo dejaba a la conciencia de cada uno. Algunas de las cosas de las que hablaba este loco francamente ya las sabía, pese a insistir en que era información que el turismo oficial omitía sistemáticamente. Pero hubo cuestiones sobre las que no había reparado, como el verdadero origen del nombre Quilpué y por qué se le llamaba Ciudad del Sol, y también respecto a la explicación de por qué existieron asentamientos diaguitas en la costa de Valparaíso, a raíz del descubrimiento de los yacimientos debajo de la Plaza O Higgins durante el proyecto de construcción de los estacionamientos subterráneos. Al parecer, según lo que decía el compadre, el apelativo de Ciudad del Sol venía de un semanario de literatura de los años 30, del cual se extrajo la metáfora de una poeta desconocida. Y sobre lo de los diaguitas, estos habrían sido los primeros en ser descubiertos a la altura de la costa, por lo que el hallazgo habría barrido con todo lo que se sabía del sector en términos arqueológicos. El compadre se encargaba de remarcar que este último hallazgo es más importante de lo que se cree, ya que volvería a poner en la palestra algo que se creía olvidado en la ultratumba de la memoria. Nos confesaba que, de acuerdo a su apreciación personal, mucho del tabú que gira en torno a aquel descubrimiento de la Plaza O Higgins tiene alguna relación con fenómenos paranormales, influencia de las almas de los muertos que allí descansaban. Para los descendientes del pueblo diaguita que aún moran por ahí, la extracción de aquellos cuerpos implicaba una profanación sin precedentes. Como se sabe, los restos arqueológicos ahora son exhibidos en el Museo de Historia Natural de Valparaíso para conocimiento general de la ciudadanía. Lo que comentaba nuestro investigador errante después de todo, no era nada tan novedoso, pero la forma en que lo contaba nos hacía pensar que detrás de aquella paradigmática búsqueda podía intuirse un trasfondo de fuerzas ocultas aún no del todo comprensibles para el entendimiento. El rostro del compadre al relatarnos todo esto era el rostro del profesor resignado, del profesor que no dio más con el sistema y dio un paso a un lado de manera deliberada para dedicarse a una pasión mucho más grata: la revelación de misterios locales, o, mejor dicho, su clandestina hermenéutica. Su interpretación sobre estas cosas, marcada por el conflicto aunque también por el espíritu de la indagación, dejaba entrever un aire a John Silence porteño, un espíritu quizá extinto por estos días, decimonónico por lo enigmático, pero contingente en su sencillez y proximidad desprolija. Luego de entregarnos generosamente su visión sobre el tema de los diaguitas en valpo, le dimos unas cuantas chauchas que alcanzó a agradecer y a apretar fuerte entre la palma de su mano derecha, mientras que con el rostro miraba hacia Errázuriz, con cierto guiño incierto, para indicarnos que debía seguir caminando hacia paradero desconocido, con el fin de seguir en esta, su cruzada mistérica personal.
jueves, 24 de enero de 2019
Amante Eledín Parraguez, poeta y profesor, conocido como el “verdadero Machuca” por haber inspirado el personaje de la película del mismo nombre, se pronunció y dijo estar en contra tanto del proyecto de Admisión Justa del oficialismo como de la llamada Ley Machuca propuesta por la oposición. Por un lado, sostiene que la meritocracia “no es solo para quienes se sacan puras nota 7, también es para quien se saca un 5 o un 4, pero que es un buen artista o músico”. Por otro, argumenta que la idea de incluir alumnos de escasos recursos en colegios particulares resulta contraproducente, porque, según su propia experiencia al ingresar al colegio Saint George en la época de la Unidad Popular, el proceso de integración social se ve marcado mayormente por el sesgo y la discriminación. Parraguez cree que si todos los establecimientos fueran de buena calidad, en especial los de carácter público, no sería necesaria esa ley. La realidad es que la brecha no solo pasa por una cuestión de oportunidades, sino que por una cosa más profunda, digamos que una de carácter estructural. Por ejemplo, el alumno/a de la Pintana, por mucho que pretenda partir al Saint George, se verá impelido por el contexto y por las condiciones materiales. O, tomando el caso local, uno de Las Cañas que busque postular al Mackay. Si la supuesta inclusión se postula por ley, se sentirá desnaturalizada, porque hay lamentablemente un trasfondo de clase que no se puede soslayar con una pura medida política. Retomando el punto del real Machuca, la solución supuesta no pasaría por achacarle a los llamados colegios particulares la responsabilidad de incluir a los desposeídos, sino que por mejorar de alguna u otra forma la calidad de los establecimientos deficitarios. Como las propuestas del oficialismo y las de la oposición no convencen por partes iguales, salió al baile ese sector de la política llamado Evópoli a postular una “Ley Machuca liberal” que básicamente consistiría en acoger a los cabros vulnerables en colegios particulares pero con algún tipo de apoyo en la subvención escolar. Se plantean como alternativa al proyecto de la oposición pero corriendo en paralelo a los planteamientos del gobierno de turno. No comulgan con el progresismo pero tampoco se queman por un liberalismo a ultranzas. Un perfecto voladero de luces en medio de una batahola ideológica. Todo indica que la pugna entre derecho y mérito sigue siendo el conflicto de fondo de este gallito educacional en pos de la carrera eleccionaria. Entonces ¿Ofrecer la oportunidad de la inclusión por mandato legal? ¿Incentivar el mérito de las capacidades individuales como la flor de la libertad en un programa liberal? O ¿Tratar de impulsar, de una vez por todas, el maltrecho sueño de la educación pública? ¿A quién creerle? Saque usted sus propias conclusiones o mande a lavar a los mentirosos que hacen gárgaras con la palabra educación.
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