Un segundo ejército de termitas aladas arremete una vez que prendo la luz de la ampolleta del techo al llegar tarde. Aparecieron nada más comenzado el Verano, y durante el día se supone que se refugian entre las grietas y los entrecejos de madera. No dejaban de revolotear alrededor de la luz artificial. ¿Por qué harían ese baile desagradable? Según lo que leí, se trataba de un ritual de apareamiento. Los que están dispuesto a copular botarían sus alas. Eso explicaría que en la mañana, la sábana amanezca llena de alas desprendidas. Serían nada menos que los residuos de una noche de pasión a costa de su huésped solitario. Criaturas sarcásticas que festinan en territorio ajeno mientras otros se encuentran en su séptima pesadilla. El hecho es que apago la luz de la ampolleta al llegar, y las termitas se confunden con la oscuridad. Desaparecen. Entonces, prendo la luz de la ampolleta del velador. Allá llegan ellas, de manera refleja, a cazar esa luz sin tocarla (porque eso significaría la muerte) y montar a su alrededor otro de esos vuelos nupciales bajo la cortina. Sin quererlo, van cayendo una a una cuando, en su desesperación o en el clímax de sus movimientos, tocan sin remedio el borde de la ampolleta, candente, mortal. Así que, para rematar, apago la luz del velador y prendo la del computador. Las pocas sobrevivientes que restan a aquel ritual funesto, se acoplan rápidamente a la pantalla como si con eso pudieran revivir o perpetuarse, encima de una luz que no proyecta otra cosa que un simulacro. Increíblemente, con esta luz no mueren. Se hallan a gusto en la luz fría de la pantalla. Han dejado a un lado el baile desenfrenado de la vida y parecen finalmente descansar sobre la pantalla, cayendo al piso, cansadas o tal vez solo dormidas, soñando no se sabe qué cosa.
miércoles, 27 de diciembre de 2017
martes, 26 de diciembre de 2017
En las noticias sobre cabros puntajes nacionales destaca uno que cuestiona el sistema PSU: “No sé de qué me servirá en el futuro ser puntaje nacional”, confiesa José Tomás Mijac Pasini, estudiante de Punta Arenas, luego de haber obtenido 850 puntos en la prueba de Historia. No dice nada que el grueso de la población estudiantil no haya pensado antes, pero sucede que su declaración resulta totalmente mediática al tratarse precisamente de un ganador, el gesto cínico del ganador que se sube al podio para arrojar su anatema contra el mismo esquema que le permitió su absurdo y contraproducente minuto de fama. Sus dichos, además de revelar la inutilidad del premio, manifiestan que ser puntaje nacional no garantiza su éxito en la U, menos su futuro. Se trata del escepticismo propio de quien dominó las reglas para luego criticarlas. Pero su postura es testigo de la envidia que todavía muchos otros expresan en su fijación psíquica hacia la competitividad. Cuántos otros quisieran estar en su lugar, pero para luego mirar hacia atrás, mandar al diablo el pasado y hacerse parte de la máquina con el total consentimiento del aval del Estado, o, en su defecto, del aparato crediticio. Cuántos otros, además, quisieran hacer lo mismo que el cabro puntaje nacional: criticar sobre el carro de victoria, como una forma de auto boicot o bien como una manera de probar, con esa duda prematura, que no hay todavía gloria ni mérito suficiente que alcance a resolver por completo la incertidumbre de la posibilidad, siempre abierta a la comedia o bien a la tragedia, por no decir a la vida o a la muerte. Que sirva de consuelo para la inmensa pléyade de segundones y perdedores del sistema: ser puntaje nacional no garantiza nada, pero, no serlo, tampoco.
lunes, 25 de diciembre de 2017
El apilamiento de puestos verdes de Navidad sobre todo en el perímetro de Plaza Victoria y calle Molina acaba hoy. Se respiraba ayer un contraste inusual entre el ajetreo de los transeúntes producto del comercio instalado en todo el paso de peatones y vehículos, y el vacío absoluto de las calles y aceras anoche a causa de la víspera de Navidad, una paz oscura, silenciosa como la de una fuerza escondida luego de haber desatado su libertad a mansalva, con todo el desparpajo de envolturas en el piso y villancicos improvisados, sincronizando a su vez con el ritmo de las bocinas y los rumores de la ciudadanía.
Había algo que en medio de aquella maraña de tradiciones paganas y mercantiles, sin embargo, conseguía conmover: el espacio de un pequeño niño, solo, en calle independencia, listo y dispuesto para la envoltura de regalos. Le acompañaba un joven “angustiado” que macheteaba. Llegaba de pronto un viejo obeso, sudoroso, a pedirle al niño que le envolviese un juego de Monopoly. El chico lo hacía con una rapidez impresionante, no sin antes revisarse los bolsillos para contar las chauchas que le quedaban de vuelto. El viejo partía con su paquete de regalo cuando al mismo tiempo guardaba en un bolso lo que parecía una barba sopeada de Papá Noel. El mismo que le compraba un regalo al niño hacía, fuera de servicio, las veces de viejo pascuero.
De noche pasé por ese mismo sitio en completa desolación. El lugar donde envolvía regalos aquel niño y donde macheteaba el joven “angustiado” estaba desierto, y solo se dejaba ver en el suelo la parte de una rosa en el asfalto, el indicio de un regalo que alguien no alcanzó a envolver, o bien la imagen de algún regalo improbable que otro podría haber envuelto para luego ser abierto en el momento preciso en el que la ciudad descansaba de sí misma y abrigaba su propia remota ilusión puertas adentro. Entonces, al otro día, luego de esa ilusión nocturna, de ese gran acto de genuflexión general, todo habrá vuelto a su intemperie, para atestiguar que ya se acabaron los presentes, y no queda otra cosa que barrer las envolturas usadas, desarmar los puestitos verdes de metal y volver a la sobriedad de los días hábiles con un dulce gesto de resignación.
domingo, 24 de diciembre de 2017
La creencia habitual sostiene que el viejo pascuero fue un invento de la Coca Cola, usando los colores corporativos de la compañía, pero según cuenta otra fuente el personaje tendría su origen en un poema de Clement Clark Moore, ‘Una visita de San Nicolás‘, que se publicó anónimamente en 1823. En estricto rigor, la idea de un viejo entrando a las casas y obsequiando regalos de manera clandestina se la debemos a la poesía, pero sus derechos de difusión le pertenecen al capitalismo.
viernes, 22 de diciembre de 2017
Pensamientos iluminadores de Navidad. Albert Caraco en su Breviario del caos: "La libertad de incoherencia ha reemplazado a las otras, y nosotros ya no renunciaremos a ella, las artes lo ilustran y las letras a ella nos remiten, ¿qué digo?, las ciencias en ella se reconocen y los más grandes sabios renuncian a la idea misma de síntesis".
Una chica de España con la cual mantenía una comunicación larga y tendida me confesó una vez que me sentía “otoñal”, que siempre me había considerado un hombre de otoño, aunque para ella pudiera ser todas las estaciones si yo lo quisiera, y si así lo permitiese el tiempo. (Cabe recordar que ella se consideraba invernal). Palabras reproducidas más o menos merced al recuerdo y la distancia. Me acordaba de ella y sus dichos a raíz del solsticio de Verano, bajo un calor implacable, y pensé de repente que ojala fuesen ciertas sus palabras, a pesar de su excesivo lirismo, que de pronto realmente se pudiera sacar a flote, en lo más profundo del verano, un otoño invencible, recóndito, palpitando fresco.
jueves, 21 de diciembre de 2017
Ayer en lectura itinerante de Metro Valparaíso, lo más sorprendente era la otra mirada: el hecho de que nosotros, los que íbamos auspiciados por el propio metro en nombre del FILVA, solo teníamos un espacio de lectura perfectamente cartografiado y delineado según la disposición de la política interna del sistema de metro. El espacio para la lectura estaba solamente reservado, de manera oficial, para ciertas estaciones estratégicas. Contra viento y marea, sin embargo, las lecturas en las estaciones consiguieron convocar a unas pocas personas aficionadas, o tan solo interesadas, en medio de la masa ambulante. Posteriormente, en el intersticio de las lecturas programadas, durante el recorrido subterráneo, nos dimos cuenta que habían otros, sin el permiso oficial, que leían por su propia voluntad, cuestión que nosotros, bajo el auspicio del metro, no podíamos hacer. Qué paradójico. Nosotros, los que teníamos el permiso, no teníamos en cambio la libertad de los que leían de manera independiente y clandestina. Ahí uno se percata de la verdadera dinámica de la poesía. Con todo, la de ayer fue una jornada que reflejó la auténtica precariedad pero también la auténtica voluntad que mira de frente al automatismo y la indolencia. Era un poco como aquella frase de Bolaño al referirse a la literatura como una batalla perdida de antemano, que, pese a todo, se lucha con un ánimo algunas veces lúdico, otras tantas trágico, para testimoniar que el monstruo con el que lucha el samurai no es otro que el del silencio cómplice de la máquina.
miércoles, 20 de diciembre de 2017
Arabia Saudita concedió la nacionalidad a Sophia, una androide creada por una empresa de Hong Kong. Lo mejor (o lo peor) es que, a pesar de su nacionalidad, puede presentarse al resto del mundo sin velo ni guardianes, cuestión que la propia ley islámica obliga a las mujeres humanas. El año 2016 ya había causado polémica al plantear frente a una audiencia británica que quería destruir a la humanidad. Cuando se le consultó sobre sus gustos cinematográficos, la androide dijo que nunca había visto la película 'Terminator' y se preguntó si acaso le gustaría. Una respuesta demasiado inteligente, o tal vez, un tanto macabra. Phlip Dick tenía razón. Los dilemas morales de la robótica anticipados por Asimov ya son una realidad.
Me entero con alegría que mi hermana será matriculada en el Liceo Eduardo de la Barra, uno de los pocos liceos de tradición que van quedando, (aunque ya no refleje ni la sombra de lo que era antes), el mismo por el que pasaron figuras tan disímiles como Joaquín Edwards Bello y Salvador Allende. Luego de pasar su básica en un colegio de orientación laica, ahora terminará la media en el liceo más emblemático de Valpo, también laico y hasta con el nombre de un masón. Yo no puedo decir lo mismo. Habiendo cursado la básica y la media completa en colegios católicos, y hasta habiendo estudiado en la mismísima Universidad católica, debo tal vez a estas instituciones y a tempranas lecturas nihilistas, mis resquemores con la Iglesia. Por eso, no tengo más que felicitar a mi hermana por la oportunidad de completar sus estudios sin el inconveniente de las concesiones religiosas. Solo falta que curse la educación superior en cualquier otra U que no sea la católica para que complete una trilogía invicta. Libre de dogmas. O, por lo menos, libre de moralina.
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