lunes, 8 de enero de 2018

Un libro de Zizek en un stand de la feria del libro de Viña. Se llamaba La permanencia en lo negativo. Di con él luego de una vuelta sin sentido a través de los puestos. Al hojearlo di con la siguiente frase: "¿Qué ocurriría si el último velo que oculta lo Real es la noción misma de que detrás del velo está el Horror?". Me detuve por un minuto en esa frase. Acto seguido, terminé de hojear el resto de las páginas en un acto de inercia. Cerré el libro y seguí de largo. Detrás del velo de la feria también se escondía una suerte de horror, pero un horror de otro orden, el horror de no poder leerlo todo, o de no poder leer lo suficiente.
Thom Yorke de Radiohead ha acusado a Lana del Rey de copiar el clásico Creep en su tema Get free. El plagio en el rock (y en el arte en general) ya resulta un lugar común. Lo más curioso de este caso es que los propios Radiohead admitieron en su tiempo que 'Creep' tenía mucho parecido con el tema 'The air that I breathe' de The Hollies, compuesta por Albert Hammond y Mike Hazlewood. Al final la banda había sido obligada a incluirlos como coautores en los créditos. Y todos salieron ganando. Las musas son temerarias. La cuestión está en cómo distinguir el límite entre una influencia, un homenaje o una apropiación descarada.
La reiteración del nombre de pila al final de ciertos textos publicados por amigos ¿será para remarcar la autoría? ¿para inventar un heterónimo idéntico al autor? ¿o para citarse a si mismo como fuente? Preguntas a la hora del desayuno.
Dando su vuelta nocturna por el plan, un día domingo, noto que hay en el vacío de Aníbal Pinto algo que lo sustrae de sí, de su algarabía habitual, una serenidad sospechosa, un tanto inquietante. Los que son de ahí lo saben. Se puede reflejar en la acera sin comercio, en un par de buses de carabineros estacionados de punto fijo y en una señora con un niñito esperando la micro bajo el foco malo, frente a un joven tirado en el suelo, derramando lo poco que le quedaba en la botella ante la mirada impávida de los que allí pasaban.

sábado, 6 de enero de 2018

Se cuenta que un día 2 de enero de 1948, el día que murió Vicente Huidobro, el poeta despedía el mundo con tres palabras para la pintora Henriette Petit, que lloraba en su lecho de muerte: 'Cara de poto'. En su epitafio, en cambio, versan las siguientes líneas: "Abrid la tumba, al fondo de esta tumba se ve el mar." Aún no se dimensiona la implicancia de esa diferencia de estilo para la poesía del futuro. La diferencia radical entre esas palabras coloquiales al momento de la muerte y esos versos solemnes para después de la muerte. O tal vez esa diferencia, al final de la vida, no es tal, y lo único que sobrevive es el lenguaje haciendo de las suyas, comunicando su propia condición arbitraria.

viernes, 5 de enero de 2018

La vieja confiable de los entrevistadores de trabajo: lo llamamos. La aspirina mental de los entrevistados de trabajo: quedaron de llamarme.
Salió anoche una conversa con un amigo sobre el incendio que arrasó con casi toda la bohemia de Bellavista. Él apuntaba al mal mantenimiento de las instalaciones y sistemas eléctricos, la inexistencia de cortafuegos y la nula intención de invertir en cuestiones básicas de seguridad, llenándose los bolsillos a costa de la exposición de los que allí trabajan. La conversa tomó luego otra deriva, sobre las posibilidades de muerte en medio de un incendio como el del otro día. Concluía que lo que mata más rápido es el monóxido de carbono concentrándose en espacios cerrados. La wea liquida derechamente el sistema respiratorio, y te conduce sutilmente al patio de los callados. En cambio, las llamas rostizarían a los individuos involucrados, pero lo harían de una manera más lenta y dolorosa. Una muerte terrible. El amigo asociaba ese tipo de muerte a lo ocurrido en el contexto del gran incendio de Valpo el 2014. Citaba el caso de abuelitos del pasaje Quillota que murieron envueltos en las llamas, imposibilitados de escapar. Algo parecido a lo que en aquella ocasión ocurrió cerca de mi antigua casa. Muchos habían muerto de esa forma, totalmente incomunicados. Sin ir más lejos, la propia casa del Cerro Merced, después del gran siniestro, quedó totalmente devastada, quedando en su lugar solo un terreno baldío y un par de palos quemados que sostenían la vieja estructura. El recuerdo cruento volvía a la vida, la memoria se hacía incandescente. Eso nos llevó inmediatamente, como en un ígneo agujero de gusano, hacia aquel fatídico 2008, el incendio de la casa del Cerro La Cruz, la primera gran tragedia personal. Lo que queda de esa vieja casa ahora es el puro esqueleto y la fachada. Allí fue donde, durante la madrugada, perdimos a dos familiares, en un fuego que hacía reacción en cadena, devorando prácticamente todas las inmediaciones. Le contaba al amigo que aquella vez había despertado de la nada, tal vez sin razón. El humo ya había llegado hasta el living. Mi madre y mi hermana ya se hallaban despiertas. Entonces, ante la emergencia y la inminencia del infierno, escapábamos teledirigidos hacia la calle. En una de esas elucubraciones, luego de haber visto una sobredosis de Dark, le decía que en volada los incendios estaban conectados en el tiempo y el espacio. Que de alguna u otra forma una fuerza intangible había querido que esa noche acabáramos consumidos por el fuego. La explicación sobrenatural siempre resultaba mucho más emocionante que el simple argumento lógico (todavía no probado) del cortocircuito o el choque de unos pajaritos sobre el tendido eléctrico. Por supuesto, eran rollos pasados a película que se nos ocurrían en ese instante, a causa de la emoción y la imaginación. El amigo, para seguir la onda, decía que la muerte tal vez quería completar un patrón, como en Destino final, pero algo, en el último momento, la habría burlado o distraído para siempre, o quizá, solo de manera provisoria, hasta nuevo aviso. En un tono medio solemne, medio bromista, declaraba que a lo mejor simplemente no era nuestra hora. Al rato, seguía extrañado con la naturaleza de la situación. Se preguntaba cómo había despertado aquella vez. Incluso se pasaba otro rollo, aduciendo, (esta vez de manera irónica), que era su presencia la que estaba cargada y habría dejado una estela en el lugar que luego desembocaría inevitablemente en el desastre. Después se preguntaba cómo era posible que no alcanzaran a avisarme aquella vez en medio del incendio, agregando, de paso, que era muy probable que quisieran dejarme botado, como diciendo “que este wn se despierte solo”. Por supuesto, un humor algo negro que solo nosotros entendíamos. Un acto deliberado de auto sabotaje. Una risa sardónica que seguía de inmediato a un gesto de conmoción. El trasfondo era la destrucción de toda una vida, sin mayores explicaciones, pero quizá por eso mismo, por ese tono trágico, el desastre superado, ya asimilado en la conciencia, cicatrizado en la llaga, no merecía, después de todo, más que una nerviosa maniobra de comedia ante la esencia misma de su oscuridad ignota.

Dark

Hay algo en la serie Dark que conecta más con Twin Peaks que con Stranger Things. Esta última parece un refrito pop (uno entretenido, en todo caso) en comparación con la primera, llena de una energía genuinamente oscura, una atmósfera de verdad irrespirable. Si hasta en la pieza se sentía un ambiente denso, como medio radiactivo, al momento de su visionado nocturno (producto en verdad del matamoscas echado en los bordes de la ventana). Dark va un paso más allá en la complejidad del misterio. Añade el terror atómico y su influencia en la vida circundante. La paranoia conspirativa suma además el experimento cuántico del viaje en el tiempo, y la manipulación de la realidad material a través de los agujeros de gusano. Todo aquello, entremezclado como un hervidero en el contexto de un pueblito alejado de la gran ciudad (Wilden), en medio de la maraña de una naturaleza sombría, atestada de visiones y apariciones, tal vez representaciones mismas del mal propiciado por la acción del hombre y su desastre nuclear. En suma, hay en Dark una profundidad abismante, y una sobriedad en el estilo que la hace mucho más seria, y su tensión aún más enrevesada. Es el retrato fidedigno de una era post guerra. Repleta de un equilibrio y un orden aparente que bajo su superficie va desatando su propia entropía. Así como el átomo puede ser desintegrado mediante la fisión, también la realidad y la sociedad pueden desintegrarse, y provocar la aniquilación o el residuo de lo que alguna vez fue, un espacio ideal en el tiempo, o su contraparte oculta.

jueves, 4 de enero de 2018

Según los diarios, El irlandés y el Cívico se salvaron por poquito del incendio de Bellavista, teniendo solo daños por agua. No así el resto de los otros locales. El fuego no perdona, lo sé de primera fuente. 
La señora del negocio pregunta al comprarle un par de cuestiones para la mercadería: -¿Usted trabaja?-. Lo dijo inmediatamente después de arrojar un rostro de extrañamiento. Seguramente notó que voy casi todos los días, y a comprar casi siempre lo mismo, por lo que su deducción tal vez la obligó a pensar que últimamente siempre paso desocupado. Pensé en un principio decirle que no de puro pesado, pero preferí hablarle con franqueza y mencionarle que sí trabajo, solo que estoy de vacaciones. Al enterarse la señora de que era profe, vino otra pregunta en el mismo tenor que la primera: -¿Usted es profesor?-. Segundo gesto de extrañamiento. Tal vez no podía creer que alguien como yo lo fuese, a juzgar por la apariencia desprolija, o por la demasiada juventud. En fin. La señora, luego de sus preguntas, y de descubrir la identidad de su cliente redundante, pasó sin más las bolsas con la compra, y, acto seguido, se despedía apenas, sin alcanzar a explicarle mayores detalles sobre nada, atendiendo al próximo cliente con la rutinaria facilidad que la caracteriza.