Ya varias veces he escuchado: "publica un libro", como si se tratase de perder alguna clase de virginidad literaria. Ahora, sin contrato renovado, sale a flote una necesidad práctica: "encuentra un trabajo". Frases con las que vamos armando el gran puzzle de nuestra vida moderna. La diferencia recae en la motivación y necesidad de cada frase, y su efecto en la realidad. Publicar un libro no es una necesidad vital. Resulta más bien una suerte de capricho personal, un deseo del ego, un deseo de dar a conocer algo o, si somos más sofisticados y pretenciosos, de exorcisar lo escrito dándole una dimensión más pública. Encontrar un trabajo, en cambio, resulta una necesidad para la supervivencia en el sistema de cosas, aquel imperativo que devela nuestra condición mendicante. Pero, visto de otra manera, debiera ser, idealmente, la forma en que cada quien se realiza en vida. Encontrar el equilibrio entre aquella necesidad del ego y la necesidad vital. Entre medio de esas dos necesidades se vive, se piensa. Ese justo medio se llama ocio. La línea de fuego entre las expectativas del mundo y las expectativas propias. La mayor parte del tiempo vivimos en ese fuego cruzado.
martes, 29 de diciembre de 2015
lunes, 28 de diciembre de 2015
Me envían por inbox el resultado Psu de un alumno particular de Ramaditas. Casi 700 en lenguaje. Esa sensación de victoria pírrica del profesor, viviendo del orgullo ajeno para alimentar el propio. El puntaje del otro es su sueldo. Ayuda a sortear alternativas en una hoja y a eso le llama construir el futuro. Sabe qué otro más logró algo en parte gracias a su grano de arena. Parece el premio invisible pero a la vez una cierta clase de consuelo, una palmadita en el hombro que el destino le ofrece a cambio de una pequeña satisfacción moral, para después volver regocijado y teledirigido a la incertidumbre del contrato.
Ley de Murphy
Leo el estado de una amiga. Dice que la ley de murphy se cumple cada vez que piensa en alguien que le gusta o en la espera de algo en particular. Generalmente se cree que cuando algo sale mal hay una serie de factores desencadenantes que provocan que además otras cosas salgan mal, como una especie de efecto dominó, más por contiguidad que por una necesaria relación entre aquellas cosas malas, que haga pensar que exista un karma que las produjo o una fuerza de orden desconocido en sintonía con lo que hemos hecho o dejamos de hacer. Investigo un comentario a las leyes de Murphy. Un tal O Toole decía que en el fondo Murphy era un optimista porque, según su lógica, si todo puede ir de mal en peor, si siempre se padece una especie de propensión al error o a la desventura, entonces paradójicamente siempre se está dentro del juego, y siempre se puede seguir probando indefinidamente que esa situación cambie, aunque suene absurda esa realización, como la frase de Beckett. Murphy era ingeniero aeroespacial. Formuló sus leyes una vez que descubrió que todos los electrodos de un arnés estaban mal conectados. De un caso particular planteó una hipótesis universal. Llevó una evidencia científica, fundada en el error, a un plano incluso existencial. El error como fundamento filosófico. Es lo fascinante de los científicos más contemporáneos, como Heisenberg: su inclinación por los elementos discordantes de la naturaleza, la negatividad en el caso de Murphy, la indeterminación en Heisenberg. Son, sin quererlo, bufones del caos. Mediante medios científicos llegan a conclusiones similares a las de los existencialistas más radicales. Sin embargo, es falso creer que en las leyes de Murphy hay pura tragedia. Sus leyes obedecen más a los parámetros de una comedia demasiado humana. Al abrazar en cada aspecto de la vida cotidiana el lado más negativo, la propensión a equivocarse, es inevitable pensar en una función satírica al estilo del humor inglés. El error llevado al paroxismo provoca risa por saturación. En el fondo celebra, más allá de si te afecta o no te afecta, el devenir caótico la vida. El optimismo, la creencia de que todo saldrá inevitablemente bien es, por el contrario, una premisa demasiado inverosímil. El caos, la naturaleza del caos, en realidad, no admite concesiones. Por eso cuando veas pasar de largo a ese alguien que te gusta, sin el mínimo de asomo o de interés alguno, esperes esa micro que ya has perdido sin posibilidad de retorno, o desees publicar un proyecto que a todas luces no tiene buen futuro, y pienses que todo se trata de una conspiración en tu contra, para mantenerte en el anonimato y la ignominia, reserva tu mejor sonrisa y piensa que aquello que vives puede ser incluso muchísimo peor de lo que crees, que así tienes un lugar especialmente reservado en el espectáculo circense del caos.
domingo, 27 de diciembre de 2015
Cada quien se inventa una vida a la medida de sus deseos y sus posibilidades. Esa premisa es ya demasiado ambiciosa. Simplemente se vive o soy vivido. Si se la inventara para qué la muerte. Morir está dentro del plan de la vida. Morir es un hecho inexplicable, pero mueve la historia hacia alguna parte. Cada quien va escribiendo la historia que mejor interpreta. Esa es otra tentativa. Se escribe o inevitablemente soy escrito. ¿Es más real cuando lo vivido se vive? ¿O solo una vez que lo escribo? A nuestra manera, sin un lenguaje, sin una audiencia definitiva, cada día vivido se parece al manuscrito de una obra secreta, siempre virgen, aún inédita por temor a revelarse o a revelarnos.
sábado, 26 de diciembre de 2015
En la micro de vuelta cargado de regalos de los cuales perdí la cuenta, unos míos y otros para los conocidos, los queridos, leo en el asiento del frente una inscripción con plumón: "Lo malo de ser dominado es que te hace querer dominar". Justo abajo de la inscripción, firman: "El innombrable". ¿Qué diría Nietzsche de esa frase? ¿Quién será el tipo que firma como el innombrable? ¿Por qué razón la escribe detrás de un asiento de un micro? ¿En qué circunstancia y a propósito de qué? Preguntas que afloran a medida que intento recordar la frase y a la vez que atajo los regalos para que no se caigan. Pensar que en semejantes condiciones un tal viejo pascuero, como nos contaron de pequeños, debe cargar, como un sísifo apócrifo, una millonada de deseos y de regalos de los cuales no recibe nada a cambio. La ilusión del viejo pascuero, del ente filantrópico, domina, pero a la vez es dominada por la codicia y los sueños ajenos. Todos y cada uno interpretan esa ilusión, la ilusión de la benevolencia y la generosidad, mientras atajan los regalos que apenas pueden cargar. Al filósofo le toca ser el personaje anónimo que constate esa ilusión, aunque sea en el asiento trasero de la locomoción colectiva.
miércoles, 23 de diciembre de 2015
Increíble constatar el cambio mismo de las cosas. Uno no se da cuenta hasta que ya ha ocurrido, entonces lo celebras o lo maldices, o eres simplemente indiferente, como mecanismo de defensa. Crees que así vas a aliviar tu necio sentido de permanencia, oculto en cada reflexión. Lo puedo ver reflejado, por ejemplo, en la ex que antiguamente desapareció de improviso y de repente reaparece en un perfil sin agregar, como por una broma de la red virtual o el destino, y curiosamente se observa, en gran parte de su historial, que ya ha tenido un hijo y una pareja a simple vista pudiente, cuestión que por estos lados no cambia ni un poco. También en el clima vacilante del puerto del cual ya no se alcanza a prevenir si amanecerá fresco, nublado o abrasadoramente caluroso como ahora. Incluso en ese helado derritiéndose afuera de la puerta de mi departamento. Aquel o aquella que se lo comía ya lo dejó atrás, fue partícipe de ese cambio por ausencia, mientras el sol y el suelo hacen lo suyo, y uno solo puede evocar cómo era antes de ser derretido, cómo acaso se alcanzaba a escurrir por el esófago cumpliendo su precio y su cometido, siendo la víctima, el cómplice y a la vez el producto de una invitación galante o simplemente de la sed veraniega. Ahora, en el suelo bajo el sol el helado se ha vuelto metáfora de esta digresión, de que algo cambió justo ahora, en el momento en que lees esto y yo escribo esto, y justo después de sentarme a hacerlo minutos antes de entrar por aquella puerta y contemplarlo. En ese helado se están convirtiendo nuestros días desempleados, nuestra vanidad profesional, nuestra nostalgia sentimental, nuestra renuencia al tiempo, nuestro corazón.
Con el tiempo libre no solo las ideas se dispersan, sino que los recuerdos también. Pareciera que así está establecido: te tomas unas vacaciones y entonces pasas al imperio de la insignificancia, guardas el intelecto productivo en cuatro llaves para abrirlo nuevamente en Marzo, y sacas en cambio la prenda a la mejor moda del verano, te pones en sintonía con la hormona del presente, y diluyes en un balde la experiencia del resto del año como si fuese el aceite de una máquina que ya estancó su funcionamiento hasta nuevo aviso. Es así como funciona. En el ocio debería recién comenzarse a vivir, cuando en realidad funciona como una postal paradisiaca para olvidar el trauma laboral y pretender un status de vida demasiado elevado, con la pareja ideal, con la casa propia, con el sueño de la realización a cuestas, y a costa tuya, de tu interior, de tu irrealidad. El ocio visto como un lapsus deseable dentro de una vida funcional, no el trabajo obligado visto como el paréntesis de la vida misma. Como sea, para muchos aún no acaban los días hábiles. Para otros aún continúa el ocio infinito (del que todos, sin duda, somos capaces).
martes, 22 de diciembre de 2015
La Navidad es triste para los pobres
El título de un cuento de John Cheever, "La Navidad es triste para los pobres". Un ascensorista soltero de Nueva York que vive solo en un apartamento y que justo ese día tiene que trabajar. Como un Bartleby tiene la misma respuesta para todos: "Para mí la Navidad no es una fiesta". Les cuenta con aflicción respecto a su supuesta ex mujer y sus hijos imaginarios viviendo un poco más lejos. Siente que con esa excusa puede sentirse menos miserable. Luego imagina la innumerable cantidad de personas que en ese preciso instante no cuentan con una familia con quien compartir ni menos con regalos que recibir. En un arranque de realidad vuelve a su labor. Hasta que los vecinos en el ascensor comienzan a preguntarle las preguntas de rigor. Y él insiste en su premisa inicial. De ese modo los vecinos comienzan a desearle felices fiestas y a llenarlo de regalos. El ascensorista agradece pero no puede evitar sentirse mal. Sensación mezcla de culpa y de nostalgia. Cree que ha abusado de la benevolencia ajena. Cree que en ese momento hay otros que necesitan lo que él ni siquiera ha pedido. De esa forma, se da un momento libre y como un Santa Claus recoge gran parte de lo que le habían regalado y se lo ofrece a su casera y a sus hijos. Ellos ya habían recibido lo suyo. No sabían qué hacer, estupefactos ante semejante avalancha de generosidad. La casera pensó un poco y decidió regalar las cosas que habían recibido del ascensorista a la gente de los barrios pobres de la ciudad. Cansada le pide a sus hijos le ayuden con esa labor. Como la propia casera señala: "obligados a una benevolencia dispensiosa un solo y único día".
Pienso en la figura del solterón que sufre la navidad como una fecha absurda la cual sin embargo, en un acto de conmiseración, logra sobrellevar, regalando lo que cree que no merece a gente que según él cree que sí lo necesita sin tampoco saberlo. Pienso también en los vecinos que vendrían siendo la gente anónima que influenciada por el espíritu de la fecha contagia alegría y bondad sin siquiera conocer del todo a las personas que acogen. Es un poco como aquellas personas que te saludan únicamente para fechas especiales, sin el conocimiento suficiente de las intenciones ni la honestidad necesaria. Finalmente, pienso además en la casera que concibe la fecha como un día normal donde extrañamente todos buscan una excusa para mostrarse más buenos y simpáticos de lo habitual. Aquellos personajes de Cheever en el cuento sobre la Navidad triste para los pobres no son, como se podría creer, simples retratos de personas desafortunadas que salen a flote durante una fecha especial, sino que arquetipos de personas que gracias a su autenticidad cruda permiten dimensionar una atmósfera más humana de la navidad, humana en el sentido de mostrar tanto el lado más amable como el más sórdido. ¡Cuántos solteros que para esa fecha trabajarán sin acaso tener su respectiva noche buena! ¡Cuántas caseras que su único panorama para esa fecha será cocinar y cuidar a sus hijos! ¡Cuántas personas anónimas que solo saludan por inercia y compran y regalan compulsivamente como si al otro día no tuvieran familia! Salir a la calle y encontrarse con cada uno de esos personajes, quizá sea el mejor regalo durante estos días, un regalo de Cheever para el mundo, un regalo literario, únicamente hecho de palabras y de realidad.
domingo, 20 de diciembre de 2015
En un afán por hallar algún pasaje revelador que me empuje a escribir, saco del estante el libro de Pauwels y Bergier, "El planeta de las posibilidades imposibles". Me encuentro con una frase de Victor Hugo que dice: "Sempiternamente, el sin fin rueda hacia el sin fondo". Tampoco hay una explicación para el hecho de dar con esa frase. Si nos pusiéramos a analizar los múltiples factores que propician cualquier acción no se podría hacer nada, la idea del azar nos hace ligeros, alivia por un momento la pesada carga de la causalidad, como el mismo libro que una vez leído se desprende de las manos. Entonces cada quien imagina significados y levanta castillos en el aire, busca hacer una novela a partir de su falta de causalidad. Pensar que si el libro no hubiese caído en el piso de la pieza tendría posiblemente otro destino. En una realidad paralela podría estar cayendo sin fin, como la frase de Hugo, o quizá haya sido leída por otra persona, querida o no, en ese mismo momento o en el instante en que cae justo en sus manos, o simplemente lo que estoy escribiendo puede que no tenga fin ni fondo, y otro ya lo haya pensado. Le pongo punto a este texto solo como una pretensión de acabar con algo, de hacer posible una imposibilidad: la de constatar algo único.
viernes, 18 de diciembre de 2015
La nieta de Miguel Serrano
Ayer conociendo a la nieta de Miguel Serrano. Su belleza tan fina como sereno su carácter. Tenía apariencia de artista, si se quiere, algo de poeta, pero nada de vanidad. Ella reconocía la influencia de su abuelo aunque sin hacer demasiado aspaviento. Tenía esa elegancia y tranquilidad de aquellas chicas que vivieron al amparo de cierta fortuna o renombre familiar. No la prepotencia ni la vanidad grosera de las que de repente se encuentran con una pizca de belleza o de poder, y desean mostrarla al mundo simplemente para elevar su ego. Ella no. Definitivamente era distinta. Le dije que había estado leyendo La serpiente del paraíso, sin haberla terminado. Terminó de deletrear el título del libro de su abuelo como si se tratase de alguna clase de rito o libro suyo. Antes que ella se pusiese a leer en público, buscó con cierto entusiasmo un poema de Robert Frost. Yo pensé que buscaría el clásico poema sobre el camino no elegido. Sin embargo, se trataba del poema que versaba sobre el oro del verde de la naturaleza. Luego de la lectura, discutíamos brevemente, junto a un amigo, sobre los escritores de Chile. Las diferencias entre Serrano y Neruda. Ella decía no gustarle el Nobel, simplemente porque su poesía, según su visión, era demasiado mundanal. Cuestionable pero elegante. Sin caer en la visión de la diferencia ideológica. En lugar de una cerveza, quiso un jugo de naranja. Parecía importante pero con un aire de perdida. Esa sola mezcla maravilló la noche. Nosotros, el amigo y yo, a su lado, únicamente parecíamos cuervos, tratando de estar a la altura de su encanto natural. A veces escribir no basta. La belleza dista mucho de las palabras para expresarse. Ella se llevó un brazalete del amigo, en una especie de irrisorio pacto de confianza, que ella tomó con humor, adorablemente, y de parte mía una colección de poesía de Gabriela Mistral a propósito de los 70 años del Nobel. Dijo que le gustaba más Gabriela que Pablo. No dio otra razón que la poesía misma. Acaso por eso mismo su mayor elegancia. La sigo recordando como la chica del poema de Robert Frost. Pareciera que hubiese sido invitada para iluminar otro poco nuestras almas despechadas, miserables, mendicantes de afecto, con algo de frescura intelectual y belleza de joyería. Para volver regocijado a otra noche de soledad, con una sonrisa clavada contra el anochecer. La figura de su abuelo, una anécdota mística, ya casi aparece como otro astro lejano, otro ídolo en la sagrada lista de los célebres, otro nombre rimbombante en medio de la oscuridad de Valparaíso. Imponente por demasiado esotérico. Ella, su nieta, en cambio, con una apariencia inocente que mata, no daba otra excusa que la poesía misma para su presencia. Quizá, cuando todo acabe, al fin y al cabo no reste otra excusa que esa.
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