Veinticuatro años de la disco porteña Máscara
Ayer en el Máscara, sentí realmente una conexión subyacente distinta a las miradas volátiles. En la pista de baile, apliqué la táctica del sátiro y la dosis de bestia, con la batería suficiente de tres piscolas, bajo la noche espléndida de Valparaíso que recreaba una nostalgia efímera. Más que ochentera, la onda tenía el relieve "adrenalínico" de los noventas. Sonaba "Connected" de Stereo MCS. Yo, mientras tanto, poseído por el trago, hice mía la máxima nietzscheana de las máscaras que quedan inscritas en los corazones de la disco, ¿de qué otra forma asimilarla, sino a través del buceo en esa marejada de alientos, miradas y contorsiones? y así fue cómo me lancé al agua, en la clásica pista del fondo, sacando a bailar chicas, naufragando en esa simpática dimensión, conectado con dicha efervescencia.
Todo era la alegría del contacto eléctrico, pero, después de ciertos balbuceos ahogados por la saturación de los decibeles, las tres piscolas, un par de abrazos y otro par de besos, acabé en el centro de la vorágine y no quedó otra que observar el espectáculo desde lejos, nuevamente, como en una primavera infernal. Aquella chica simpática se perdió, el ritmo se hizo arbitrario, la parafernalia social salió a flote y reveló a otros como yo en la frontera. Las chicas fueron rescatadas por otro grupo de amigas y se marcharon al baño. Una de ellas asestó una mirada como anzuelo, arrojada al pozo seco de lo que ya fue, y esa acabó siendo la tónica de la noche, y lo que pudo salir oxigenado de semejante carrete.
Finalmente, salí de aquel laberinto colorido y vacilante, solitario, como ya se había vuelto habitual en mis salidas, como el Asterión de Borges, guardián silencioso, aristócrata venido a menos, contemplador estoico del hilo pasional en que los héroes de la vida se enredan ingenuamente. Nunca volveré a ver a esa chica del baile y esa es precisamente la gracia: redimir el pasado, ahogarlo con la caña, el recuerdo al día siguiente y pensar en la próxima noche y en el próximo baile que vendrá.
...
Una vez que se fueron, América estaba ya demasiado ebria. Recuerdo que salimos del Ele bar, borrachos hasta decir basta, con una botella de Corona en la mano, a medio beber. Fuimos caminando por Pedro Montt a medida que tomábamos el resto de chela que nos quedaba. Nos dirigíamos rumbo al Máscara, el lugar de encuentro de todos los fines de semana. Ya era tarde. Dos de la madrugada, aproximadamente. Pero esa hora en el Máscara era la hora idónea para continuar el vacile. Entramos, y pedimos un par de piscolas. Nos fuimos a sentar a unos puestos cercanos a la pista de baile. Alcanzamos a conversar un rato y de la nada nos acompañó un grupo de amigos de América. Se sentaron a nuestro lado. En medio de la confusión de la noche, América se arrimó a mi lado y junto a una amiga suya. No sé qué estaban conversando, pero todo era en tono jocoso y desenfadado. Un par de amigos de América hacían lo suyo a otro costado del puesto. De repente, la amiga de América la desafío a que nos diésemos un beso. Producto del hueveo y del alcohol en la sangre, alcanzamos a darnos un piquito y América comenzó a reír desaforadamente, junto con la amiga. Yo no entendía nada, hasta que el grupo de amigos del puesto se levantó para ir hacia la pista de baile de al fondo. América seguía al lado de su amiga. Fuimos rumbo hacia la pista de baile, pero ellas tomaron otro camino, al parecer directo al baño. Lo último que alcanzó a decirme América, fue: “ya volvemos”. Desde ese momento, no la vi más. La busqué pero literalmente había desaparecido, o quizá, sencillamente, como suele pasar en esos contextos, el carrete había tomado otras derivas, y había querido que cada uno vacilara lo suyo, sin reclamos.
Me colé entre medio de la pista de baile, totalmente ebrio, y al son de la música ochentera visualizada en la pantalla gigante y los efectos de luces en la oscuridad, alcancé a divisar a un costado de la pista a una extraña y misteriosa mujer. Me vi irresistiblemente atraído.
La oscuridad era una bromista negra.
…
Nos habíamos perdido en el Máscara con un amigo. Fue cuando vi a una chica al fondo de la pista, con la cual intercambiamos un par de palabras y bailamos un par de temas, para luego ir a beber algo. La chica decía ser abogada. Seguimos conversando durante el especial de Morrisey. Al rato, sin embargo, la perdí de vista, entre la masa de gente. Le había alcanzado a pagar su parte de la cerveza. De repente, llamada perdida del amigo. Ya iba de regreso a casa. Así que salí del local, caminé aún con la euforia de la noche y la pista sonando en un loop eterno. En eso, recordé algo relativo a un robo en un establecimiento. El robo se le adjudicaba a alguien, pero, azarosamente, la culpa psicológica recaía sobre mí. Al caminar, avisé una latente persecución. Nadie me perseguía, pero corría solo. Lo que me perseguía, en verdad, era una sombra, o tal vez, la tiniebla de una conciencia culposa.
A medida que andaba, el camino iba tomando la forma de un callejón escasamente pavimentado, casi de arena, como el de ciertos cerros de Valparaíso. En particular, tenía la forma de una explanada de Playa Ancha. Mientras avanzaba, el aire se iba haciendo más asfixiante y el ambiente se iba tornando más denso, adquiriendo el cielo un tono rojo. La sensación en la trayectoria era la de estar cruzando túneles de tiempo. Un pasaje tomaba la forma de una bajada de la infancia, entre Francia cerca del Trafón, y la salida de ese mismo callejón adquiría, en cambio, la forma de la subida Carampangue.
Avanzando un poco más hacia el mar, inconscientemente, aún sin tener la noción de la costa, el terreno colindante fue tomando luego el relieve del Batán, aquel pasaje eriazo del barrio de mis abuelos, hoy por hoy, vuelto uno de los tantos antros improvisados a merced del espíritu de la calle. No iba hacia ningún lado en particular, pero solo precisaba correr, arrancar. La geografía de los espacios que se iban abriendo no guardaba ninguna relación con sus dimensiones reales, pero tenían, para efectos del viaje, un sentido subjetivo, uno del todo emocional, al punto que la culpa por aquel robo ficticio iba distorsionando todo a su paso, cada vereda, cada esquina, cada recuerdo de cada esquina transitada.
Solo una vez que volví hacia lo que parecía una pequeña plazoleta perdida en una calle central, totalmente deshabitada, el espacio dejaba de adquirir esa mutación amenazante. Era algo parecido a Aníbal pinto, pero solo con unos cuantos sujetos anónimos pululando alrededor de una niebla espesa. El local en donde debía estar el Máscara permanecía cerrado. Tenía la forma de una antigua botica. Solo alcanzaba a salir por ahí una anciana con un bolso. Algo me llamó a acercarme a ella. Entonces, la detuve, sin más. Al voltear el rostro, la anciana me miró fijamente, al punto que me vi inmerso en aquella mirada surcando una profundidad de dimensiones cósmicas. Tanto me hundí en ella que volvía a mi memoria, y abrí una billetera roída guardada en el bolsillo del pantalón, con la cual le pagué a la anciana, por fin, la parte de aquella cerveza legendaria que le debía, luego de haber salido de aquella pista de baile todavía sonando en un loop infinito sin espacio ni tiempo.
…
Mientas volvía sobre mi soledad los fines de semana, incursioné nuevamente en la dinámica de salir a carretear como antes. La última racha había sido demasiado tóxica, y era preciso mantenerse alejado de su radiación. Entonces me decidí a ir al Máscara. Llamé al siempre fiel piloto H, para ir a vacilar con él a la disco. Entramos temprano para abrir el boliche. Ya se había hecho costumbre frecuentar el Máscara los días viernes para desquitarse del agobio laboral y botar los problemas personales a punta de copete y música retro. Se nos pasó la hora bebiendo y conversando en la zona de entrada. A medida que atardecía, entraba más y más gente. Así llegó la medianoche, y los locatarios abrieron la pista de baile de al fondo.
Al rato, se fue llenando de manera inusitada. El especial de esa noche era de Depeche Mode. Pero sabíamos que los especiales del Máscara comenzaban alrededor de las tres de la mañana, de modo que nos quedamos con H un rato en un costado de la pista para captar la onda del ambiente. Bailamos con H buscando conectar, pero se hacía cada vez más difícil ya que el lugar no daba abasto. Todos nuestros movimientos tropezaban con los de los demás. De todos modos, era divertido verse envuelto en semejante maraña de gente en la misma que nosotros, tratando de desconectarse de la realidad y vacilando una paralela dentro de la disco. Siempre había dicho que, por eso mismo, el Máscara tenía las características de San Junipero, aquel espacio virtual nostálgico en el episodio homónimo de la serie Black Mirror. El Máscara sería, de esta forma, el San Junipero de Valparaíso.
La noche se hacía más negra, la música pegaba aún más, y las luces se hacían más intermitentes. El ambiente definitivamente estaba encendido. En una de esas, le dije al piloto que iba a buscar más chelas, con la voz en alto, a causa del ruido.
-Oye, H, sabí que está super llena esta huevada, loco. Voy a buscar una chela más por acá cerca.
-Ya, dale, anda, yo te espero por acá, pa no perdernos.
-Sí, la cagó. Lleno como nunca.
-¿Como nunca? Loco, el Máscara siempre se llena. La lleva esta huevada, la lleva.
-¡Sí!
Me apronté a la barra a un costado de la pantalla gigante. Pedí dos cristales más para vacilar la onda en la pista de baile. Pero cuando intenté adentrarme a través del mar de gente, comenzó a darme una jaqueca terrible, de esas que solían darme de repente, por una sobredosis de efusividad. Al llegar con H, le entregué las chelas. No aguantaba más el dolor en la cabeza, a tal punto que cada bajo del parlante al son de la música parecía machacarme las sienes. Le dije entonces a H:
-Loco, voy a tener que virar, me dio dolor de cabeza. No aguanto esta mierda.
-¿Cómo te vas a ir ahora? Van a ser las tres ya, y va a empezar el especial de Depeche. Están llegando caleta de minas. No podí flaquear ahora-.
-Pucha, sí sé, pero así no se puede carretear pos. No pasa nada-.
-Bueno, que quieres que te diga, hermano. Justo ahora. Mala cuea, será no más-.
-Sorry igual, vacila por mí lo que queda de noche-.
Salí del Máscara, aturdido.
...
Quedamos solo Judith y yo. Por un instante, un silencio incómodo. Ella estaba a punto de acabar su cigarrillo. Entonces pensé en seguir vacilando. Era la oportunidad para coronar. A ese punto, ya no sabía qué esperar de ella, luego de su actitud fantasmal en la tocata, pero, de todos modos, estaba tan ebrio y ella se motivó tanto de un momento a otro que solo tocó seguir el hueveo, que era lo único que nos deparaba la jornada.
-¿Te tinca ir al Máscara?- le pregunté -aún no son las tres.
Se quedó muda por un momento. Miró hacia la calle y luego dio vuelta el rostro tranquilamente.
-Sabes que me leíste la mente. Vamos al Máscara. Bajemos.
El lugar estaba repleto. Fuimos a la barra. Pedimos dos Heineken. Nos sentamos en una mesa muy cerca de la ventana. Ahí brindamos, ya no sabíamos por qué.
Tan pronto se relajó y se puso cómoda, sacó de su bolso un pequeño paquete en el cual envolvía unas hojas.
-Mira, Salvador, es la maqueta de mi primer libro. Échale un vistazo.
Judith me mostró su maqueta. Por su reacción y la expresión en su rostro, se veía bastante ilusionada.
Leí algo de su maqueta, a medida que bajaba a tientas la Heineken:
-Oye ¿y realmente sientes que nadie encuentra su puerto? -le pregunté, tratando de entender los versos suyos que me quedaron dando vuelta entre tanto lugar común.
-Nadie, nadie encuentra su puerto. Cuando crees estar en un sitio, en un instante, estás en otro.
-Pero yo lo único que sé ahora… es que nuestro sitio es aquí, los dos juntos.
Al decir estas palabras, le acaricié la mejilla suavemente. Sonreí. Ella también. Nos volvimos a mirar fijo, prologando nuevamente nuestro silencio, en la bulla del local.
-Ya oh, vamos a bailar será mejor-dijo Judith, levantándose decidida.
Me tomó la mano y fuimos directo a la pista de baile del fondo.
-Hace rato que quería venir a bailar ¿sabí? -comentó Judith en el camino. -He tenido una semana de miedo, que ni te cuento. Además, está sonando el especial de Depeche.
-¿La dura? Pulento. Me encanta Depeche.
-Yo soy fanática ¡desde los 15!
-Hace caleta.
-¡Pesado!
Llegamos a la pista del fondo. Colocamos las chelas a un costado para poder vacilar tranquilos.
-Ay ¡Me muero! -exclamó Judith, al escuchar el tema que el dj había colocado.
Judith, ebria, alegre, conectada simbióticamente con la música, alzó su vaso de cerveza y tarareó “Enjoy the silence”.
All i wanted, all i needed, is here in my arms
Words are very unnecessary, they can only do harm.
Tarareamos casi al mismo tiempo con Judith esos dos versos del estribillo del clásico “Enjoy the silence”. Con ese canto ebrio y esas contorsiones, me fui acercando lentamente hacia ella, moviéndome al son de sus vaivenes, tratando de no desentonar y mantener el ritmo. De pronto, Judith me rodeó con sus brazos, tanteando el ritmo del siguiente tema, procurando no perderla de vista. Se aproximó, atrapándome con esos ojos grandes y penetrantes. Cuando estaba dispuesta, le agarré la cara y le di un beso, un beso largo que ella resolvióal son del sonido electrónico. Luego, me apartó con las manos, sonrió yseguimos bailando pegados, bajando lo poco de chela que quedaba, para acabarel especial de la noche. Nos quedamos allí hasta que la música terminó.
En un momento, Judith fue al baño. Estaba realmente lleno. La acompañé para no perderla de vista. La esperé por largos minutos. Sin embargo, no la vi más. Puede ser porque estaba desorientado. Pero no. Comenzó a dolerme la cabeza. Busqué a Judith por todo el local, mientras comenzaba a vaciarse. Ningún rastro. Había desaparecido. La llamé varias veces. Buzón de voz. Luego un audio de whatsapp. Era inútil. No contestaba.
Caminé tambaleante al baño. A medida que me abría paso entre el mar de gente, sonaba de fondo el tema Trash de Suede. Britpop. Generación X. Al llegar al baño, fui a mear. Me lavé las manos y el rostro. Ya no daba más.
Salí del Máscara, cansado. Di otra vuelta por la Plazuela. Nada. Ningún rastro de ella. No quise pensar lo peor, así que me detuve un rato en una esquina. Luego, fui a comprar un bajón donde el compañero Yuri. Un italiano. Lo devoré, aunque, en un lapso de segundo, cayó al suelo un trozo de vienesa. Un perro negro se acercó rápidamente para comérselo. Me quedó mirando unos segundos, cual guardián de la noche, y siguió su camino.

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