Dice mi madre que una profesora viajó a Dinamarca y se extrañó cuando vio a unos maestros de la construcción armar la base de un edificio solo con hormigón y otros materiales similares. Ninguna varilla como la de las estructuras de por acá. El maestro le preguntó a la profesora de dónde venía. Dijo que de Chile. "Eso lo explica todo", había respondido el maestro, con toda seguridad, "acá en este país no hace falta". El uso de la varilla de acero corrugado se ha vuelto una normativa técnica obligatoria. Casi toda nuestra ordenanza de urbanismo y construcciones está pensada bajo una norma sísmica. A mayor movimiento, dicen, un edificio puede absorber mejor la energía y evitar derrumbarse completamente, como si se tratase de un junco. Hay una filosofía en todo esto que el chileno ha internalizado quizá de manera inconciente y solo se manifiesta cuando ocurre lo imprevisto.
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