El temblor me pilló en la pieza. Todo se movía. Su azote brusco te obliga a salir de tu zona segura. Abrí la puerta y me alejé de la ventana. Luego, vino una segunda y una tercera réplica. Lo único que se cayó fue la tapa de un cassette antiguo. Los libros en el librero permanecieron en su sitio, inamovibles, apenas sacudieron un poco el polvo entre sus páginas. Afuera, algunos vecinos salieron al patio del condominio. Ladridos de perros a lo lejos y una bandada de gaviotas en el cielo. Los temblores en Chile se han vuelto prácticamente un patrimonio inmaterial, la fuerza de un dios telúrico que nos recuerda, de vez en cuando, a sacudidas, su presencia ineludible. Son parte de nuestro imaginario, tanto así que algunos hasta los extrañan, y hasta desean que haya uno fuerte para revolver un poco las cosas, a ver si en ese revolver despabilamos y reencontramos lo que creíamos perdido.
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