Escribí en el 2017, durante esta misma fecha, lo siguiente, tras una lectura sobre Adolfo Couve: "Sin un grado de perturbación no es posible crear nada. La eterna satisfacción a la que aspira el optimista no puede estar más lejana a la aventura de la creación, porque esta para manifestarse requiere de un goce medio doloroso, medio epifánico, siempre". Hay en el texto realizado una satisfacción, por muy jodida que sea la experiencia representada. Hay, por cierto, una representación sin la cual no sería sostenible en el tiempo ese instante de vida vivido.
Digresiones discordantes
lunes, 2 de febrero de 2026
Hoy no resultó nada de lo que tenía contemplado hacer. Luego de un fin de semana en la pobreza, sin sueldo, bono de vacaciones y término de conflicto, me había propuesto bajar al plan a realizar algunos trámites. Así, fui rumbo al cajero del Banco Estado a sacar algo de plata. Después, caminé hacia la famosa “zona de los bancos”, entre Cochrane, Blanco y Esmeralda, alrededor del reloj Turri. Hace un par de años atrás, casi en la misma fecha, también anduve por esos lados, con la idea de poder sacar un par de tarjetas de crédito en el Banco A y, por si fuera poco, en el Banco B. Aquella vez la operación resultó un éxito, aun sabiendo el costo de tener esas tarjetas y sus elevadas cifras de intereses. “Pan para hoy, hambre para mañana”. “Ten cuidado”, repetía mi polola en aquel tiempo. “Es peligroso”, agregó, muy preocupada. Lo decía por experiencia propia. Y no le hice caso. Claro que no le hice caso. Porque siempre la cago. Por eso vuelvo de nuevo a esa cuadra bancaria como quien husmea en un lugar que creyó oportuno, que creyó milagroso. Salvarse de un pozo para caer en otro.
De todas maneras, volví a recorrer esos bancos, tratando de deslumbrarme con su vieja arquitectura imponente. Fui, eso sí, aquellos en donde todavía no había pedido nada. Consciente del despropósito de mi consulta, en el Banco C le pregunté a un ejecutivo sobre la posibilidad de sacar otro crédito. Ya sabía más o menos la respuesta, pero algo en mí me decía que tenía que insistir. “Tiene una cuenta vencida”, repitió el ejecutivo. Me lo esperaba. Acto seguido, dijo que después de dos años esa deuda podía caducar. Entonces volvió a mí un halo de esperanza. De inmediato, el pecho se descomprimió un poco. Volví a respirar hondo. Era el efecto placebo del asunto. Ciertamente, después de un tiempo indefinido de mora, la deuda podía llegar a un tope y dejar de crecer de manera exponencial. Y el propio hecho de haber pedido antes un crédito constituía una prueba fidedigna.
En efecto, ya había escrito sobre estar en DICOM hace casi siete años, aquel mítico 2019, y gracias a mi solvencia económica y a mi contrato indefinido en el colegio en el que estuve desde la pandemia se me dio la oportunidad de poder pedir aquellas tarjetitas e ingresar, de nuevo, al mundo de la mora por la puerta ancha. Se siente como una recaída. El sistema te borra, después de un tiempo, y luego vuelves a caer en lo mismo. Una droga crediticia para economías escuálidas y para bolsillos endebles. Un verdadero yonqui del crédito. Prácticamente, podría considerarla como un tumor parásito, algo que se te queda pegado ahí a un costado, que de tanto en tanto despierta y te chupa la sangre, y te recuerda su existencia. Me repito a mí mismo, “ten cuidado”, las palabras de mi polola, como si fuesen un mantra, como si la estuviera invocando en la memoria, ahora que ya no estamos juntos, mientras recorro de nuevo ese sector agitado, tan fascinante como agobiante.
En la medida que me acerco a aquellas veredas archi recorridas, mis pensamientos se ordenan un poco. Sé que no servirán de nada mis acciones, pero un impulso necio me lleva a seguir buscando. De esa forma, me dirigí a las cajas de compensación. No recordaba en cuál estaba afiliado desde mi última pega, así que tuve que preguntar allí por la remota posibilidad de algún beneficio. En una de las cajas pregunté y me dijeron que sí figuraba en el sistema, aunque debía ir a otra caja en donde había quedado registrado la última vez. Salí del lugar y fui rápidamente a aquella caja. Lo hice, temiendo que cerrara, faltando quince minutos. Durante el trayecto, pasé por zonas aledañas que me trajeron recuerdos, todo tipo de recuerdos, malos, buenos, pésimos, agridulces. Risas, llantos, gritos, escapaditas de la mano, besos, golpes. Bocinas, murmullos, murmullos. Todo junto a punto de hacer ebullición, volviéndose una mora emocional. Pero debía seguir caminando. No había tiempo para pagar un costo ya vencido en el corazón. El presente era otro. Tenía que llegar a aquella caja, con la inútil idea de algún beneficio, en espera de la improbable promulgación de la ley del reajuste del sector público.
Llegué. Pedí número. Pregunté al ejecutivo de la caja. Dijo que no estaba dentro del sistema y que mi última cotización data de septiembre del año pasado. En resumidas cuentas: mientras no tuviera una pega fija ni un empleador, no podría acceder a ningún beneficio de ninguna caja, por la sencilla razón de que no estoy activo. Una respuesta de lo más lógica, para una inquietud de lo más desatada. ¿En qué momento de desesperación se me pudo haber ocurrido que dichos trámites funcionarían? Pero me di la lata de corroborarlo. Algo como lo que repetía Beckett: “fracasa mejor”. Volví sobre mis pasos, extrañamente calmado, con la certeza de haber agotado oportunidades que, en dichos momentos, solo fueron producto de una obstinación rayana en el delirio. Con las lucas que había sacado del banco tomé locomoción de regreso a casa. Sabía que lo único que quedaba era seguir esperando por los bonos dilatados hasta el hartazgo, por unas cuantas lucas adeudadas que llegarían a mi cuenta pronto y por la remota ocasión de un trabajo a contrata, para no tener que repetir el mismo ciclo flagelante en las próximas vacaciones de verano, vacaciones que nos íbamos a tomar con mi polola, en un soñado viaje a Argentina cuyo destino solo tuvo lugar en una cita donde bebimos de más, y de cuya inspiración solo resta una boleta manchada con vino.
domingo, 1 de febrero de 2026
Sobre "Enfermos de cobardía. Jorge Matute Johns. El falso crimen perfecto" de Andrés Ovalle
“Lo que hay es la desaparición de un joven en la discoteque La cucaracha, en forma total y absolutamente circunstancial, es golpeado por uno de los guardias, en atención a que lamentablemente equivocó la puerta del baño donde se había dirigido después de haber estado afuera de la discoteque, al haber sido expulsado. Él ingresa nuevamente aprovechando un descuido de los guardias por una situación que acontece en los estacionamientos, aprovecha ese instante y baja al baño que estaba en el subterráneo y aparte de eso este joven estaba bajo los efectos del alcohol, equivoca la puerta y se encuentra con una situación de una reunión privada en donde había connotados políticos de la época de connotación pública, consumiendo cocaína, alcohol, y aparte de eso había funcionarios policiales de Carabineros, además del empresario que había organizado este encuentro privado con estos políticos y con estos policías que hacían de cobertura a la entrega precisamente de drogas. Esa es la escena que ve Jorge Matute y esa es la situación que se oculta en el tiempo. Es golpeado fuertemente porque él pide ingresar y participar de esa fiesta privada. (…) Cuando vio todo el tema, la expresión de Jorge Matute fue “todo pasando”. Eso fue lo que dijo”. Andrés Ovalle.
Sobre su libro “Enfermos de cobardía. Jorge Matute Johns. El falso crimen perfecto”. Se llama “Enfermos de cobardía”, según el autor porque “los que debieron asumir un rol protagónico en la investigación, desde el punto de vista de tomar decisiones, no lo hicieron. De haber sido tal como lo describe el mayor Andrés Ovalle, la escena de Matute Johns bajando y entrando hacia ese cuarto secreto por error puede señalarse perfectamente como una “catábasis”, en el sentido del descenso a los infiernos. Ese descenso, según la mitología antigua, implicaba un encuentro con los propios horrores con el fin de enfrentarlos, reconocerlos, hacerlos conscientes para luego ascender y regresar a la realidad, “purificado” con ese nuevo estado de conciencia.
Acá, sin embargo, una hubo salvación posible. Matute Johns habría bajado sin ninguna pretensión ni búsqueda superior. Solo estuvo en el lugar equivocado y en el momento equivocado, volviéndose el testigo involuntario de una realidad abyecta, con envoltorio de conspiración, a espaldas del ojo público. La Anábasis no ocurrió para el joven Matute. No hubo resurrección ni aprendizaje posterior, solo hubo una muerte violenta e injusta, de parte de ciertos sujetos criminales y obscenos con mucho poder. Lo único real, después de todo ese descenso, era el infierno que acababa de ver. Vio demasiado, y por eso fue castigado.
Desde tiempos inmemoriales, la revelación de la verdad ha tenido un costo funesto, fuera de la forma que fuera. La puerta tiene la resonancia del portal. Al abrir la que no debía abrir, Matute Johns estaba configurando una peripecia, un giro del destino que lo llevaría a la develación de aquello que ciertos círculos de poder intentan ocultar, por todos los medios posibles. Lamentablemente, no hay anagnórisis sin un trasfondo de tragedia. Muchos otros también han sido sacrificados por haber visto más de la cuenta o por saber demasiado. Ciertamente, detrás de muchos sitios, siguen y seguirán habiendo reuniones en las sombras, porque la historia de las conspiraciones es el motor oculto de la historia. ¿Cuántos otras puertas seguirán cerradas? ¿Qué otros secretos sórdidos permanecen escondidos detrás de ellas? ¿Cuántos otros seguirán siendo eliminados con tal de mantener cerrado el antro de la corrupción? Lo dije hace tiempo y lo vuelvo a repetir: es tal el secretismo vuelto praxis, es tal lo falsario y lo mistérico, que el que más esconde, más controla, y el que más tergiversa, más figura. A su vez, el poder se debate entre el hermetismo y la revelación.
Por ahí leí que “la verdad es una fuerza de la naturaleza. Siempre hallará la manera de manifestarse”. Y lo hará de manera cruenta, mientras más resistencia presente. La banda de rock que tuvo Matute Johns en su adolescencia se llamaba “Reacción en cadena”. En efecto, eso es lo que está ocurriendo. Poco a poco, se desmantelan los montajes y “nuevos demonios reaparecen”, a medida que se avanza y se descubren cuestiones verdaderamente turbias, porque, “todos los hipócritas seguirán parados en línea/, y ya estarán listos para hacer el jaque/ y jugar con sus vidas miserables”.
Según Mario César Ingénito: "el peor de los totalitarismos es el de la literalidad", y menciona a Maurice Nicoll, quien indica que "el peor pecado es el de la literalidad". En oposición al lenguaje figurativo, propio de la poesía y de la literatura, el lenguaje literal se remite únicamente a las definiciones exactas y precisas, las cuales, precisamente por su exactitud y precisión, clausuran la posibilidad de la polisemia. Hay, por ende, en la irregularidad del lenguaje, en el "extrañamiento" (la ostranenie formalista), en la ambiguedad, una virtud, una apertura, y hay en la literalidad un cerco, una trinchera, un límite.
jueves, 29 de enero de 2026
El ocaso de MTV y la vuelta de la retromanía: un visionado personal
Tras el cierre del formato musical de MTV, surgió una plataforma gratuita llamada MTV rewind, que intentó emular una transmisión continua al estilo clásico del canal. Con MTV rewind pasa que uno puede simular un playlist automático, a través de listas de música setentera, ochentera, noventera y hasta dosmilera. Nada que no pueda hacerse ya desde youtube, ciertamente, aunque tiene la ocurrencia de anclar programas míticos como Headbangers Ball, con un jovencísimo Alfredo Lewin, o los mismísimos MTV Unplugged. Nostalgia a concho de la televisión por cable. La partida de MTV se venía venir hace mucho con el aumento de los realitys y con la evolución del streaming, pero ha habido últimamente un fetiche con las glorias del pasado. Yo creo que con eso murió una era, precisamente la era de la programación televisiva, en donde reinaba lo análogo y había que estar pendiente de lo que daban, si no querías perderte el video de tu banda favorita para alcanzar a grabarlo luego en el VHS y apretar rec de manera oportuna, antes de que se cortara la señal.
Se trata, sin duda, de un síntoma de época, algo que ya ha sido diagnosticado por el crítico de rock Simón Reynolds como "retromanía", esa manía de la industria por reciclar sus productos previos a la era digital, esa proliferación de remakes o de revivals que ha trascendido su etiqueta para convertirse en una actitud propia de cierta generación de oyentes y de melómanos -entre los cuales me incluyo-, en constante revisita y rumiación de su propia época adolescente, época que recuerdo con mucho cariño, justamente porque en ese periodo alcancé a grabar muchos videos en VHS desde el cable. Había que estar atentos a los horarios en que pasaban videos de bandas grunge, alternativas o metaleras, y también había que estar pendiente de los capítulos de Beavis and Butthead, South Park o Celebrity Deathmatch, de cuyos episodios siempre rescataré la crudeza y el sarcasmo desenfadado. Esos VHS tenían además grabaciones de otros canales, como ciertos especiales del Séptimo Vicio en Via X, o alguno que otro video del ISAT grabado cerca de la medianoche. En esas grabaciones analógicas hechas con una calidad deficiente había una magia, una magia retrómana que quizá ninguna otra nueva plataforma pueda traernos de vuelta. En esa apropiación de ese material teníamos con nosotros una reliquia, una emoción, una inyección de dopamina que resultaba del hecho de haber logrado la hazaña del registro. Aquellos VHS se sentían como propios, porque uno se apropiaba del contenido grabado en esas cintas y se coleccionaba junto a los cassettes regrabados de la radio, con una operación similar, en ciertos programas musicales de la época, tales como la Concierto, la Rock and Pop o la Futuro.
La retromanía está viva en aquellos que aún recuerdan haber visto, por ejemplo, la repetición del MTV Unplugged de Nirvana por la tele, o el de Los Tres, el "primer desenchufado chileno"; o en aquellos que vieron por primera vez la bizarra genialidad de Ren y Stimpy en televisión, luego de su éxito en Nickelodeon, casi en la misma época en que el anime irrumpía en Latinoamérica y comenzaba su reinado televisivo por estos lares, reinado que dejó muchos súbditos hasta el día de hoy, desterrados, con la eterna añoranza del regreso. El periodo de MTV, acá por este lado del mundo, al menos como yo lo recuerdo, tuvo su auge prácticamente de manera paralela a programas como Extra jóvenes (programa que alcancé a ver ya en su “faceta tecno”); el Club de los Tigritos, transmitiendo gran parte de los animes clásicos que cualquier millenial recuerda; y Maldita sea, un programa totalmente transgresor para esos años, con un Pera Cuadra y un Salfate desbocados, en su salsa, con mucha libertad creativa, hablando de videojuegos, series y películas de cine b, impensables para una tv abierta demasiado conservadora y rudimentaria en su línea editorial. Aunque eran contextos distintos, había una onda parecida entre el MTV noventero y aquellos programas. Se sentía, en ese universo analógico una cosa artesanal, una cuestión hecha a pulso que la dotaba de una inventiva y de una imaginación a toda prueba. El alma, el aura benjaminiana de MTV recaía, definitivamente, en esa música transmitida hasta altas horas, sin interrupción (salvo comerciales) y, por sobre todo, en los videoclips, motor de la mentalidad audiovisual de la década, sumada a la siempre incomprendida “animación para adultos” (cómo olvidar, en ese sentido, la aportación de la legendaria “Adult Swin”).
Podría decirse que todas y cada una de estas cosas contribuyeron a alimentar un cierto imaginario simbólico que emerge de vez en cuando, un imaginario hecho de música under, de cultura freak y de tópicos artísticos impensados, hoy por hoy, bajo la lógica del scroll infinito y la irrupción de otros referentes y de otros personajes, mucho más ligados al universo youtuber o influencer de instagram. No niego que la posterior época internet sirvió de “bisagra”, de umbral entre ambos universos y mucho de lo que hoy sé también se la debo a ella. Con la internet, de pronto, teníamos una vitrina repleta de sitios web, páginas alternativas, canales, transmisiones en vivo, sitios piratas para descargar a destajo, en suma, un menú completo de toda la cultura subterránea y de todo el contenido bizarro que uno siempre quiso ver, al alcance del dedo índice. Pero todo reino acarrea sus ruinas y miserias al próximo. La digitalización de la vida conllevó, irremediablemente, la digitalización del imaginario, y nos dejó nuevamente embotados frente a la pantalla negra, más indecisos que nunca, sin poder elegir algo que nos absorba por completo, de manera genuina, con la misma emoción que con la que se esperaba antes el próximo programa de culto frente a la pantalla chica, para regrabarlo en nuestras mentes como si se tratase de una perdida cinta de video. El retrómano vuelve a esa “retropía”, esa mezcla de utopía romantizada en un tiempo imposible, a esa visión cristalizada en su memoria y espera ponerle play, una vez más, antes de regresar a su presente y empacharse de futuro.
miércoles, 28 de enero de 2026
Poemas Carta de Ajuste. Antología de poetas inéditos en Valparaíso (2007)
Conjunto de poemas que formaron parte de la Antología Carta de Ajuste. Antología de poetas inéditos en Valparaíso (2007). Poemas escritos hace casi veinte años, editados y actualizados, conservando su estilo. Forman parte del imaginario gragkiano, por lo que podría decirse que mi primera incursión en antologías de poesía fue con poemas en esa línea.
No te quiero ahora para entrar al invernadero
y comentar este nuevo llamado al exterior
No es necesario hacer algo público
en tal dimensión de curvaturas.
Todo se cuelga expuesto
en campanas húmedas y membranosas
como sobre tu cabeza se abriera una boca
discutiendo en un depósito de rancios favores y cumplidos.
La próxima palabra estaría equivocada
si la niego dentro de esta plática, esta determinación.
Adéntrate a través de voces desorganizadas
entes amarillistas, sofocados de orgullo
Redescubre lo que alguna vez fue luz
La colisión empieza abriendo los sentidos
de ojo a garganta, la curvatura está viva.
Una recta curva toma forma de una línea predilecta
¡que todas las visiones del mundo podrían dimensionar!
y dar mayor profundidad a lo que alguna vez fue luz.
Cortinas restrictivas dramatizan la conversación
como sobre tu cabeza se abriera una boca
pone llave a cada cosa que te sea afín.
Una pantalla de fresco odio se deja ver
al chasquido metálico de campanas líquidas
di tu peor verdad y mejor mentira:
es el brote educativo presionando mi puño a mi edad
es la gangrena atada hacia el perro
es un error criado y envuelto en simpatía.
Como desconocen tu omisión
da la espalda y habla de un síntoma universal.
Mira a tu más oscura articulación
reintégrate a como acostumbras
sucumbiendo sin mucha armonía
como comprenden el fin de tu cordura
encuentra una última dimensión
y termina con la conversación.
Conocimiento sinérgico
uniformidad global
y en un nuevo día
redescubre lo que alguna vez fue luz
Pasión
Miedo.
Milagro vociferado: las sales de Edith
Y justo a la hora en que la sal neutraliza las emociones,
la insana recreación del estigma retrógrado.
Garantiza todo el oro,
sustraído de su aurífera cámara de vicio.
Ningún serafín guardaespaldas callará sus pasos,
y sus perlas son como bosquejos
de alguna bizarra profecía,
la profecía sobre el salero de la inmortal muerte
Edith: la diosa blanca
Ciento cuarenta y cuatro mil son sus visiones,
Ciento cuarenta y cuatro mil son sus elegidos,
Ciento cuarenta y cuatro mil son sus orgullos, dichas,
significado no redundante, sino maligno,
con toques de algún oculto don sodomita.
Ella genera una campaña de estrambótico disfraz
que obstruye las etiquetas del deseo
por el valor de su desenfadado salvamento.
El misterio fue cómo logró atisbar
el fuego en la pecaminosa ciudad,
y la pregunta del millón es:
¿Cómo podrán salvarse, sus elegidos, en un océano de sal?
La leyenda sobre un follaje externo,
la leyenda sobre mortales materias,
Con la matriz del invierno, canalizada
la recreación del retrógrado estigma.
Es la forma en la que desintoxican
la hiel de la visual verdad:
matando el tiempo de la gracia momificada,
la salada gracia.
Matándolo por primera y última vez,
matándolo por primera y última vez,
restaría solo un milagro vociferado
para añorar sus inmortales colores.
Todas las falsas deidades forradas de plata,
invertirán sucio por su causa.
Y a su vez, ella, Edith, gesticula un dulce sarcasmo,
mientras huye y los atisba,
hechos el aliño final de sus viciosas ensaladas.
Pieza novena
Atento,
mira por donde pisas.
No te extrañes,
tablas viejas afiladas como dagas.
4 paredes te insultan.
Ésta es una pieza absurda,
como ésta no hay ninguna.
Las pestañas pican como avispas
el corredor resulta infinito
el techo con púas pisa
el fondo a la derecha una boca
los muebles una calamidad
los cuadros lanzallamas
los inodoros coprófagos
los sofás son criaturas
las puertas son mandíbulas
las llaves proyectiles
el televisor una caja hipnótica
las lámparas son tarántulas
los floreros plantas carnívoras
las baldosas trampas profundas
el sótano es una morgue
tu mente un pantano de incógnitas.
Atento,
mira por donde pisas.
No te extrañes
si el mundo entero boca abajo se dobla.
Ésta es una pieza absurda,
como ésta no hay ninguna.
Quizás no has concebido al pánico tal como acostumbras
o quizás la pureza de los egos ya se ha vuelto nula.
domingo, 25 de enero de 2026
Salimos del Portal Álamos con mi madre, mi hermana y su pololo, luego de haber ido a la Feria del libro. Cuando esperábamos un uber de regreso a casa, bajo la entrada a la galería, se nos acercó un hombre de la calle, a mal traer, con el pelo medio rubio y un rostro extraño. Empezó a hablarnos de la nada, sin motivo aparente. Según él, trabajaba en la avenida Valparaíso, estacionando autos. No quería dinero. “Me dicen el Donald Trump”, afirmó, muy seguro. En eso, habían empezado a sonar los rayos y a caer una lluvia muy leve. “¿Escucharon esos truenos?”, preguntó el Trump callejero, “ese sonido es el mismo que se siente en el Domo de Hierro de Israel. Ese mismo sonido es un sonido de guerra”, sostuvo. Acto seguido, empezó a transmitir sobre la posible conexión entre los relámpagos y la situación geopolítica en el mundo. Además, decía tener muchos conocimientos sobre inteligencia artificial, más de lo que cualquiera podría imaginar. Se sentía un genio, un genio incomprendido. En ese mismo momento, me pregunté: ¿qué hacía un genio en la calle? ¿Cómo tanto potencial desperdiciado? ¿Por qué este Trump sudaca oriundo de las calles viñamarinas no había sido descubierto por la NASA? Un delirio, sin duda, increíble, aunque inoportuno el del hombre, dada la urgencia por marcharse de ahí, antes de que lloviera más fuerte. Mi madre ya no aguantaba al tipo. Tampoco mi hermana. Yo, por mi parte, seguí escuchándolo, confiado en que terminaría pronto su discurso. El pololo de mi hermana le dijo luego que en la otra cuadra había gente dispuesta a seguir escuchándolo. De esa manera, el hombre comprendió y se despidió, afirmando que nos iríamos al cielo y que Dios estaba de nuestra parte. “Son buenas personas. Vayan con Dios”, remató, mientras caminaba rumbo a la otra cuadra, seguramente a seguir revelando su crucial diagnóstico sobre el mundo y sus cualidades inauditas. Llegó el uber. A lo lejos, se veía al Trump de la calle, desposeído, sin ninguna otra presidencia que su imaginación, hablando con unas personas que pasaban por ahí, todavía ignorantes respecto a su curiosa genialidad. ¿Se tratará de un oráculo del presente? El cielo seguía nublado y los truenos no paraban de sonar, cada vez más bulliciosos. Era lo más cercano al sonido de la guerra para este personaje. A mi mente, vino de inmediato el tema Por quién doblan las campanas de Metallica, de su clásico álbum Ride the lightning. Dejó de relampaguear afuera, pero algo siguió cayendo cual relámpago dentro de nosotros. Era la inminencia del tiempo, del tiempo por venir, su pronóstico improbable.
Cornelius Castoriadis definía a la imaginación radical como la facultad que no reproduce lo real, sino que lo instituye sin fundamento previo. Dicho de otro modo, en la imaginación radical no habría mito fundador, no habría origen narrable ni causa primera. No habría historia porque la historia presupone un orden, el orden presupone una ley y la ley propone una clausura del sentido. La imaginación radical sería, de esta manera, lo instituyente sin institución alguna.
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