Después de ver la película The Lobster, imaginé durante la noche la creación de un anti reality, en donde un grupo de solteros del país es confinado en un hotel, dentro del cual tendrán que pasar 45 días siguiendo reglas absurdas para encontrar pareja y volver a reintegrarse a la sociedad. El castigo por cada regla que no cumplan dentro del hotel sería ejemplar. Se les tendría prohibido andar solos, siendo acompañados todo el tiempo por una mascota o por compañeros de piso. Además no podrán recurrir a la auto complacencia hasta el lapso de que encontraran una pareja adecuada. Durante la tarde, se les obligaría a capturar solitarios en los bosques. Durante la noche, se les representarían de manera teatral las bondades de la vida con otra persona. De vez en cuando saldrían a la ciudad aquellos que hayan logrado el objetivo. Por supuesto, de manera paralela, se mostraría a los solitarios en los bosques, armando una conspiración para rebelarse contra el sistema de cosas. Un reality de ensueño al más puro estilo Buñuel, que sería algo así como la sátira social del amor.
jueves, 9 de febrero de 2017
martes, 7 de febrero de 2017
Muere Todorov. En la U dice una compañera que leíamos prácticamente puros autores muertos. Una excepción a ellos era Todorov. Se hablaba de dos de sus libros: La conquista de América, Nosotros y los otros. El motivo era siempre el rollo de la otredad, categoría explotada a la saciedad por nuestra escuela. Saco sin embargo, de entre el estante, su Introducción a la literatura fantástica. En una parte del libro se deja leer: "Para que la escritura sea posible, debe partir de la muerte de aquello de lo cual habla; pero esa muerte la vuelve imposible, pues ya no hay nada que escribir". Intento, con estas palabras, revivir los pensamientos que surgían de su lectura curricular. No doy con otra cosa que con el testimonio de su imposibilidad, en este texto. El otro es siempre otro. Esté vivo o muerto. Lo único que ha desaparecido fue el lector de aquellos años. Su lectura universitaria. Lo único que paradójicamente sigue viviendo es su escritura sobre la muerte. Aquí y ahora, sobre el estante, inaugurando un límite indefinido.
En los momentos de soledad de la pieza, reflexiono sobre mi cercanía al cambio de folio, y hago un recuento de las cosas materiales que he logrado, o mejor dicho, las cosas que he logrado adquirir como propiedad. Echo un vistazo rápido a la pequeña pieza. Veo el closet lleno de chaquetas. La estantería con los libros, los cds originales y las películas pirata. Abajo del estante del notebook, las carpetas con discografías grabadas en mp3. Luego, el equipo de música comprado hace años, con la radio Ritoque sonando de fondo, y el dvd arriba de la tele vieja de la casa. Todas y cada una de esas cosas, en su insolente cotidianeidad, serían prácticamente lo único que podría categorizar como "mío". Todo lo otro o es desechable o es alquilado. No contento con eso, sigo buscando, levanto un poco la vista, y de repente aparece sobre el closet el título de profesor, lleno de polvo, escondido entre unos curriculums mal impresos, a modo de bonus track. Ah! y en el cajón del velador, los audífonos, un matacolas y, más al fondo, la arrugada carta de ruptura de mi ex, confundida entre unas boletas de honorarios ya vencidas.
lunes, 6 de febrero de 2017
Suena Burning Heart de Survivor por la radio, y mientras ocurre no puedo evitar pensar que los golpes en la vida (sí, esos de los que hablaba César Vallejo) son los que dejan, los que impulsan la aventura interior. Los golpes al ego, al orgullo. Los sucios golpes. Cuando se resienten la existencia toma un sabor más intenso, una mezcla de vergüenza y de estoicismo que encandila la voluntad. Cuando eso pasa, reconoces que la mano que alguna vez arrullaste en forma de corazón, puede también volver a instalarse en el rostro pero en forma de puño, y eso es lo que logramos subrayar al final de la jornada: el tierno sarcasmo de las cosas que se aman. La mano que escribe sobre los golpes es a la vez la misma que sueña con la belleza.
domingo, 5 de febrero de 2017
En su visita a Santiago el año 2014, Paul Auster confiesa: “Escribir es como una enfermedad, el mundo real no es suficiente”. Un año después, tras recibir el Premio Formentor de las letras, Ricardo Piglia señala: “Uno escribe porque está desajustado con la vida”. Reflexiones que ambos hacen, como se dice, cuando ya vienen de vuelta. Frases con un tono concluyente, que revelan, en el fondo, el por qué hacen lo que hacen. Hay en esas confesiones una suerte de poética del desajuste. A mi modo de ver, suenan mucho más reales y honestas que esa tendencia mesiánica del escritor como portavoz de la sociedad o como agente de cambio. Cualidad en suma predecible y sospechosa. Prefiero a eso la escritura mínima, la ficción como alternativa posible, el desarreglo moral.
Hay en los narradores no sé si una necesidad, sino que una obsesión por atacar cabos, encontrar patrones. La realidad se les aparece a estos como una materia prima, ilegible, inconmensurable, una gran voz cósmica que rezuma energía pero también vacío. Su búsqueda o su tentativa podría analogarse con el mito del laberinto del minotauro. En esa inclinación por los relatos del mundo, interminables, los narradores parecen seguir el hilo de alguna Ariadna afuera del laberinto. El laberinto puede ser a ratos su propia mente. Y la Ariadna que buscan una sublimación de sus deseos ocultos. Pero claro, hay quienes se pierden en el laberinto indefinidamente, hasta regodeándose en su interior, y otros quienes buscan el centro y desean regresar invictos. Más allá de esto, existen, sin embargo, narradores que se parecen más al minotauro de Borges, seres que habitan el laberinto pero que solo desean escapar de él, para superar su condición ínfima. Estos últimos constituyen una especie aparte. Ya no siguen ningún hilo, solo caminan dejando atrás unas huellas fortuitas. Acaso el trazo de una trayectoria vacilante. Me atrevo a decir que estos narradores, ocultos, siempre desplazados, constituyen una promesa emergente. Quizá no un éxito editorial, sino que un legado subterráneo. Ya no el relato del héroe, sino que el no relato del monstruo. Los narradores minotauro que ya no sigan a ninguna Ariadna, que ya no intimiden con un intrincado relato, porque solo buscan la salida del laberinto, en espera de la estocada final, equivalente al punto al final del texto.
viernes, 3 de febrero de 2017
Un amigo me comenta por interno su panorama de hoy viernes por la noche: empezar la tercera temporada de Breaking Bad, serie que le recomendé luego de que él mismo, hace dos viernes atrás, me pidiera algo entretenido en qué distraerse. Le digo que vale la pena quedarse en la casa un viernes por la noche a verla, aunque se pierda de salir a carretear. Preferir ver Breaking Bad a simplemente salir por la noche pareciera ser, a estas alturas del partido, signo de renuncia, fanatismo, madurez o una bizarra mezcla metanfetamínica de todas esas cualidades. Recuerdo que, tras ver la primera temporada, me señalaba cómo Walter White fue capaz de llegar al límite al construir su imperio de cristales azules, con un fin en un principio éticamente correcto, para luego sufrir en carne propia la transmutación de sus propios valores. Decía que era mucho mejor fabricar algo que beneficiaría a tu círculo aun a riesgo de matarse uno mismo (simbolismo del héroe) que fabricar algo que sería potencialmente dañino para todo el mundo, sabiendo que la ambición de poder también conlleva su cuota de autodestrucción. No estaba de acuerdo con las consecuencias de las acciones de Heisenberg. Sin embargo, la adicción tiene su origen arraigado en un vacío psicológico y existencial irrenunciable. El dilema de Walter White no es otro que el que nosotros mismos nos hacemos en nuestro fuero interno: hacer lo correcto o hacer lo necesario para sobrevivir. Ese dilema no aplica solamente para el negocio de la droga. Aplica para la propia vida. La capacidad de elegir, al filo de la navaja, entre un camino u otro, asumiendo que el viaje de retorno no está garantizado.
“La irresponsabilidad es parte del placer del arte. Es la parte que las escuelas no saben reconocer”. James Joyce. Sueño con que algún día, en una realidad paralela, esta misma frase me la repita un alumno irresponsable en clases, jocoso, irónico, insolentemente jovial, y continué su cometido sin problemas.
20 poemas contra el amor nerudiano
En la lectura poética de El Clandestino en Quilpué de esta noche, se homenajeó a Gabriela Mistral. La mayoría eran poetas mujeres. Sus lecturas eran diversas. Simpáticas ellas. Ninguna parecía demasiado intimidante desde una perspectiva feminista. Al contrario. La presentación oscilaba entre lo musical, lo lúdico y lo ideológico. Hubo algo, sin embargo, que me llamó la atención en la lectura de la última chica. Le pregunté su apellido. Era impronunciable. Se llamaba Verónica. El libro del cual declamó tenía por nombre "20 poemas contra el amor nerudiano", en directa relación intertextual con el clásico poemario del vate. Una relación antagónica, paródica.
Luego de leer esta chica sus versos llenos de referencia al cuerpo erótico, liberado del yugo del hablante lírico adorador de musas, se refirió a los hombres, también poetas, que escuchaban su declamación con entusiasmo. Poseída por la energía de su puesta en escena y en parte por el vino del local, instó a que alguno de ellos diese su opinión sobre la performance, puesto que estaba englobada dentro de un conversatorio sobre escritura femenina, en correcta complicidad con el organizador del evento (que no paraba de echar tallas para parecer empático, siendo también objeto de tallas por parte de una de las lectoras). Al ver que casi ninguno se animaba a opinar o a participar de la convocatoria, nuestra joven poeta arrojó al vacío, mejor dicho, al silencio del local, una pregunta retórica: ¿Qué acaso ningún hombre se atreve esta noche?. Ante la inexistencia de la respuesta masculina, un par de poetas en el grupo en una mesa dijo que esta noche, al ser dedicada a Mistral, sería completamente femenina, por supuesto, para parecer condescendiente con la sutil propuesta de la chica. El animador dice que, ante la interrogante, los hombres podrían quedar para el micrófono abierto, instancia en que casi siempre todo se dispersa, y en donde ya los invitados se van yendo, quedando solo un momento marginal para dar todo de sí o declamar a la mala sin ninguna clase de filtro.
El impasse quedaba, después de todo, resuelto: los hombres de la noche, los poetas, se tomarían el micrófono abierto. La chica de los poemas parecía ya acabar su show para volver con sus amigas o compañeras en otra mesa. En eso, me armo de coraje y le digo a Verónica una última réplica antes de acabar. Le digo que en realidad nosotros esta noche solo vinimos a tomar y maldecir. Por eso la renuencia. Ríe de forma solapada, comprendiendo que en el fondo es así, aunque sonase a un juego irónico. Luego de acabar el evento, me acerco a Verónica para despedirme. Me dice que por qué no leí. Le recalco la razón de que el micrófono abierto resultaba poco digno, ante el hecho de que ya todos querían que la lectura acabase. Y le hago saber además que esta noche era de ellas, en honor a la Gabriela. Ella asentía sonriente, sin ninguna clase de respuesta aprendida, con soltura fresca, casi embriagante. Prometía aceptar la invitación por facebook, mientras agarraba su bolso y el celular iluminado en el bolsillo de su chaqueta. En aquel gesto de despedida intuía que nuestra falta de protagonismo en la lectura no era sino otra forma de adoración. Que el hecho de estar en un rincón, murmurando, sintiendo su poesía femenina sin llegar a comprenderla, era ya a su manera una maldición. Un último verso indescifrable, la constatación de que un puro asunto de lectura y de escritura jamás podrá hacer la diferencia entre nuestro sexo.
jueves, 2 de febrero de 2017
Couve el realista
Adolfo Couve señala en una de las entrevistas de La tercera mano: "Me cuesta mucho menos pintar que escribir. Cuando pinto estoy feliz, pero no estoy creando. Se crea en el dolor nomás. La felicidad va en contra del talento. El talento es dificultad". Ciertamente existe un arte para la cabeza, frío, académico, impersonal, condenado a quedarse en los anaqueles de la indolencia, constatando su falta de compenetración con la realidad. El otro arte, el arte doliente, genuino, será siempre para el corazón y para la vida. Couve decía que su pintura le permitía traducir su estado de ánimo o bien retratar cierto aspecto de la existencia, sin interferir demasiado en ella. En cambio, su escritura estaba más cercana a una pasión, exponiendo sus contradicciones y secretos como si fuesen parte de su arte, siempre en el límite crítico del lenguaje, en la frontera del lenguaje con la propia vida. Sin un grado de perturbación no es posible crear nada. La eterna satisfacción a la que aspira el optimista no puede estar más lejana a la aventura de la creación. Porque esta para manifestarse requiere de un goce medio doloroso, medio epifánico, siempre. Por eso Couve se consideraba ante todo un realista. Aunque no un realista de la mímesis, sino que un realista que se deja traspasar por la realidad como una especie de maestra. Todo lo que admira tiene esa cotidianeidad que puede incluso desasosegar. Entiende que hacer arte no es recluirse ni apartarse, sino que estar aquí mismo, "ponerse vivo". Todo lo que admira tiene, en definitiva, ese rostro crudo de los "vivos", como diría Vila Matas: “retratos de la conciencia de paseo por el mundo, saboreando su bocado de vida, radiantes en su desesperación”.
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