Durante la clase del sábado, la profesora de Edición y Publicaciones pidió que comentáramos brevemente nuestros proyectos de escritura de no ficción. Le conté el mío sobre el incendio de El Mercurio de Valparaíso. A grandes rasgos, recalqué el silencio y el hermetismo institucional en torno al caso y la incertidumbre respecto del destino del edificio. Luego de escuchar mi explicación, la profesora insistió en que mi crónica consistía justamente en mostrar ese silencio. Sobre eso trataría mi texto. Debía, para eso, atreverme a “mostrar los vértices del hermetismo”, dicho tal cual por ella. La pregunta que debía responder o en la cual debía aventurarme, sin ánimo de conclusión, mejor dicho, consistía en aquel silencio, en aquel hermetismo, asumiendo, de plano, que no podría llegar a la verdad sobre los hechos, porque ese no era mi norte, mi norte era dicha interrogante. En esa investigación inconclusa, en esa inquietud no resuelta recaería la fuerza de mi proyecto. E incluso lo podría extrapolar a mi propia “poética de la crónica”: ahondar en los vértices del hermetismo, alumbrar un poco un panorama ensombrecido, sin garantía ni certezas definitivas. “Listo, ya tengo mi libro”, le dije, entusiasta, a la profe, al escuchar sus comentarios. “De hecho, ya lo tenemos”, alcanzó a decir un compañero, en tono broma. Risas en la clase. “Hay un capítulo completo de puro vacío”, me dije a mí mismo, tratando de seguir la onda. Un capítulo dedicado al silencio por parte del propio Mercurio sobre su histórica instalación en Valpo. Dentro de la talla, los compañeros ya tenían en su poder mi libro, sin haberlo escrito todavía.
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