En el Café del Poeta en Valpo, sabrán los porteños asiduos del local, hay un pasillo largo con un muestrario de libros de poesía. Me detuve en algunos. Había uno llamado “Crónicas cínicas”. Debajo de este, un libro titulado “Materia Prima. Poemas sin dueño” de un tal Patricio Portales Coya. De portada tenía la imagen de una galaxia. Justo a su lado, el libro “Confesiones de un suicidio” de Marcelo Beltrand Opazo. Un poco más hacia la salida, la misma operación. Me fije en el libro “Pasaje al Nuevo Mundo” de Leonidas Emilfork. A un costado de este, otro ejemplar de “Materia Prima”, y a su costado derecho, un libro titulado “Huidas”, cuya portada consiste en la fotografía de una puerta abierta, apuntando hacia el umbral en el piso. En la siguiente vitrina, el libro “Sinfonía…” de Carlos Castro…, se escondía entre un par de libros, trasluciendo solo su mitad y ocultando su nombre completo. Bajo esa fila, el primer libro a la izquierda era “Arquitectura invisible” de Alonso Lillo. Tenía por subtítulo “Invocación” y lucía la imagen de un ojo. En esa misma fila, tres ejemplares hacia la derecha, estaba “Relatos ingenuos" de Luz Luderitz y, a su lado, “Caminando con la Historia. Destrucción, amor e intriga” del Dr. Carlos Fariña. El último libro en el que me fijé era uno llamado “El esplendor de la ceniza” de Juan Serrano. Saqué un par de fotos y salí por el pasillo hasta volver a la mesa. Solo en la contigüidad y en la disposición de cada uno de esos ejemplares ocurría una resonancia extraña, una rima secreta, palpitando misteriosamente detrás de los vidrios.
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