viernes, 19 de junio de 2026

La modernidad como fe ciega: una conversación con Luis Landeira Caro (fragmento)

"Autores como Mircea Eliade, basados en el estudio de lo sagrado como un concepto que afirma y fundamenta la capacidad subjetiva del espacio y del tiempo, dan por hecho que lo secular moderno es una forma yerma de lo numénico, vaciado de mitos, ritos y un ethos. ¿Es la modernidad en ese sentido la más simple y vacía de las religiones, con un espacio y tiempo aplanado, logístico y sofisticadamente finito?

Más que una religión, diría que la modernidad es una superstición. En ella no hay teología sino idolatría, fe ciega en ídolos de barro como la ciencia, la economía, la tecnología o la democracia; ídolos a los que se atribuye el poder de hacer «progresar» a la humanidad. Esto es ridículo, pues, dado que el cosmos es constante, en él no hay progreso ni retroceso, así que mucho menos puede haberlo en las especies que lo habitan. Sólo cabría hablar de progreso espiritual, pero incluso en el santo es este un progreso inconstante, imponderable, lleno de altibajos. «No hay victoria espiritual que no sea necesario ganar cada día nuevamente», dice un escolio de don Nicolás Gómez Dávila.

Por absurdos y vacuos que sean, la modernidad sí tiene mitos, ritos y símbolos; por ejemplo, el mito de la productividad, el rito del reciclaje, el símbolo del $… En cuanto al ethos, hoy todas las costumbres se han reducido a una: el constante trasteo con el smartphone, un cacharro que ha aplastado los hábitos tradicionales, atrapando al hombre en una pantallita que puede que le conecte con el mundo entero, pero a costa de alejarlo de sí mismo, de su centro. Si toda práctica espiritual se basa en la concentración, el smartphone propicia su antítesis absoluta: la dispersión.

En su ensayo Arqueofuturismo, Guillaume Faye soñó en vano con maridar tecnología y tradición; e incluso Jünger, en Eumeswil (1970), prefiguró internet y los teléfonos inteligentes cuando imaginó el «Luminar»; la diferencia es que tal sistema de información sólo era utilizado por una élite, que lo aprovechaba para aumentar su conocimiento, aunque pagando peaje espiritual. La democratización de la tecnología, por el contrario, ha creado manadas de esclavos idiotizados por las pantallas.

No es mi intención mitificar las culturas tradicionales, que tenían —y, las pocas que sobreviven, aún tienen— sus limitaciones; en ellas también había hombres mundanos, y sólo una minoría participaba activamente del espíritu de la tradición. Pero de alguna manera, la potencia de esa minoría irradiaba hacia todas las cosas. Al menos, el hombre antiguo vivía en una suerte de presente eterno. Esta concepción mística del instante hacía que las vidas cundieran como milenios. Se vivía con intensidad, por eso no había tanta desesperación ante la muerte.

En cualquier caso, debemos asumir que vivimos en el mundo moderno, que aquí y ahora —y muy a pesar de que tratemos de llevar una vida equilibrada, austera, tradicional— somos todos modernos y que la modernidad es un fruto natural de la decadencia. Spengler ya nos advirtió que las civilizaciones nacen, crecen, decaen y mueren. Occidente ha muerto y ya ha entrado en proceso de putrefacción. Sólo nos queda aceptarlo, del mismo modo que aceptamos el envejecimiento y la muerte de nuestro propio cuerpo."

La modernidad como fe ciega

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