Editada y reescrita por este servidor
Imagina, por un momento, a Albert Camus, Bolaño, Borges, Lihn, etc. -agregue al escritor que más le gusta o disgusta, da lo mismo, ya que todos pertenecen al mismo club- vestidos todos con pantaloncitos cortos, zapatos negros, polerón Adidas, con cualquier número atrás en la espalda, sudando la gota gorda, jugando con una díscola pelotita, una de cuero, de las de antes, pesada, tosca, inatajable, por el riesgo de recibir un pelotazo en el hocico. Y se enfrentan contra los del otro equipo para invadir su área y meter el gol -agregue quiénes son los adversarios, ¿Filósofos neoplatónicos? ¿Tecnócratas positivistas? ¿Críticos implacables de la palabra?-, todos disfrutando un gran partido de fútbol y siendo famosos, conocidos, comentados, fotografiados y, por supuesto, ganando buena plata, divulgando sus grandes jugadas, pases, habilitaciones, siendo verdaderamente reconocidos por sus logros, en la cancha, y que todos los admiren, porque en la cancha se ven los gallos, en buen chileno, pero son solo ocurrencias, solo ocurrencias, porque la literatura es más bien un estadio sin suficientes hinchas, un deporte extremo en el que se compite sin un equipo fijo, un arco sin malla, una patada hacia cualquier dirección.
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